Sebastián Freire

María Moreno, cronista argentina: “No ha ocurrido en otros episodios de crisis, con represión al pueblo, que salten los ojos”

De pequeña a María Moreno su madre le prohibía ir a la Plaza Once, la que les correspondía como parte del barrio. María solía ir en la clandestinidad hasta que se hizo mayor y recuperó ese espacio, lo hizo propio. La escritora argentina dice que “ocupar la plaza es el gesto político por excelencia” y desde esa reflexión habla de Chile, de la violencia, de que abrieron los ojos y que es ahí donde se les apunta a dañar, de que “siempre se sofistican en la crueldad”. Hace un paralelismo con el movimiento Ni Una Menos para pedir paciencia ante la falta de voces representativas del movimiento de masas y la suspensión de la demanda de sentido y así evitar domesticar una nueva forma de articulación social.

Es la tarde de un lunes de noviembre en Barcelona y María Moreno hace su entrada a la sala de Casa América de Catalunya. Ahí esperan a la ganadora del Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas no más de treinta personas. Con una voz lúcida y abrumadoramente consciente, María, volverá a escuchar con paciencia en la presentación de sus libros reeditados por Random House, Panfleto. Erótica y feminismo y Banco a la Sombra, que Black Out es un punto de inflexión en su carrera, que gracias a este libro hubo una suerte de descubrimiento de su obra. María dirá que Black Out fue quizás uno de sus libros más trabajados y más distanciados, en el que se habla de vidas que terminan muy temprano, donde no hay duelo sino que un “orgullo de gastar el cuerpo en un goce”. Tratando de entender ese cuestionamiento de por qué hoy, y no antes, es su momento de mayor reconocimiento, ella solo dirá que es su libro más legible. 

La escritora argentina acaba de sacar Loquibambia (sexo e insurgencia) con Ediciones Universidad Diego Portales, que recopila algunas de sus columnas y ensayos. María, quien tenía programado un viaje a Santiago en noviembre para recibir su premio y que fue suspendido desde la organización del acto, ha seguido de cerca la situación en Chile y hace una lectura que va más allá de las diferencias obvias que existen entre el movimiento Ni Una Menos y el estallido social. Plantea, en una suerte de paralelismo, que la falta de voces y de liderazgos es parte de una nueva forma de hacer política, que hay que ser pacientes, mantener la tensión de no saber hasta dónde llegarán estos movimientos y combatir el vértigo, que eso puede generar, militando. 

“Podría decirse que, con los años, yo había recuperado el espacio público que me correspondía como vecina”, dices en uno de los relatos de Banco a la Sombra y hoy en la región, que está bastante convulsionada, somos testigos de que hay una apropiación de estos espacios.

—Hay un personaje fundamental que recorre todos mis libros, que invito en categoría de fantasma que es mi madre. Mi madre era doctora en química y quizás como una deformación profesional tenía una obsesión por la infección. Por ejemplo, cuando era chica antes de subirme en el caballo de la calesita le pasaba alcohol y no me dejaba comer el cucurucho del helado porque lo tocaba el heladero. Tenía una idea de presencia constante de las bacterias y la Plaza Once, era una plaza descuidada y para ella era un foco de infección, por ahí pasaban los llamados, despectivamente, cabecitas negras. Era un lugar de pasada de los habitantes del interior de filiación peronista y mi madre era, lo que se llama en Argentina, un gorila, alguien absolutamente en contra del peronismo. Era una plaza prohibida, solo me llevaban las empleadas domésticas, casi en la clandestinidad, a pasear por allí. Cuando de mayor vivo en el Once, recupero esa plaza como vecina, voy a esa plaza, bebo en el bar de enfrente, cultivo esa plaza, sin el juicio de mi madre. 

¿Sigues viviendo ahí?

—Sigo en el Once, nunca salí del Once, estoy a unas cuatro cuadras. Donde vivo hay una zona de asentamientos y casas tomadas, con otro tipo de marginados. Están los africanos que venden joyas, hay también, que no es tan marginada, una comunidad china, han venido peruanos, venezolanos. Es una internacional, sudaca y del tercer mundo, me gusta mucho.

Marcha “Ni una menos” en las calles de Santiago. Fotografía: Agencia Uno.

Te lo comento porque específicamente en Chile, más allá de que hay quienes están de acuerdo o no con el movimiento social, hay un apoyo transversal a esa recuperación del espacio público, de relacionarse con los vecinos, de hacer al barrio parte de la vida diaria, algo que antes se había perdido. 

—Ocupar la plaza es el gesto político por excelencia. Los movimientos Ni Una Menos marchan hacia la Plaza de Mayo, hacia el lugar donde está centrado el poder del gobierno. Estoy pensando también en la metáfora que usó la brillante de Diamela Eltit. Es impresionante que estén perdiendo los ojos, les sacan los ojos en la represión, es como si les sacaran los elementos al testigo de la represión. Ella recordó la idea del ojo por ojo de la Biblia y advirtió que eso no iba a cesar y que la respuesta de la resistencia iba a seguir. Me parece increíble, no ha ocurrido en otros episodios de crisis, con represión al pueblo, que salten los ojos. Justamente en este momento, que cualquiera con un celular puede testimoniar la represión. El celular es un arma de defensa, pero para eso tienes que tener primero el ojo y se apunta al elemento anterior a lo que sería tecnológico, eso es una novedad. Se podría apuntar a lastimar, al pecho, por ejemplo, pero siempre se sofistican en la crueldad. O sea abren los ojos y es a los ojos donde se apunta. 

En Panfleto se habla de una revolución de masas, en que no se identifica a un líder, sino que son varias voces las que funcionan como un discurso coral. En Chile aún no se ven liderazgos que sean representativos del estallido social, sino que es una masa de gente que se une por demandas comunes. 

—Y eso, para mi, se ha marcado demasiado y precozmente. Creo que hay que esperar, los tiempos de la política son muy largos. Por ejemplo Ni Una Menos tiene esa característica, no hay cabezas visibles, hay múltiples voces y las voces que aparecen a través del periodismo no son reconocidas en el cuerpo presente de la movilización. Pienso que son formas nuevas de hacer política, que modifican incluso el sentido de la palabra política, dejemos de pensar en toma de poder, en líderes, no sabemos qué forma va a adoptar. Está la asamblea, el colectivo igualitario donde, supongo que, como siempre sucede, habrá voces más escuchables, más pregnantes, pero todavía no podemos empezar a exigirlas. Hay una demanda de sentido que hay que suspender, porque hay que evitar querer confirmar lo que uno ya sabe y saber hasta dónde va. Tenemos que mantener esta tensión, ese suspenso sobre el sentido posible. Nada es totalmente inédito pero, al mismo tiempo, eso que uno ve que irrumpe y que lo localiza como inédito, no hay que domesticarlo con un sentido conocido de acuerdo a la propia experiencia. Quizás haya formas de política que no conocemos y que después veremos cómo se vuelven inteligibles, esto en Chile es muy reciente. Nosotros estamos acostumbrados al modelo en que hay un balcón y que alguien habla del balcón, acá no hay un balcón, Piñera no se asoma al balcón, generalmente se esconde, pero a su vez es la ciudad toda entera.

Intervención en apoyo de las personas víctimas de perdidas oculares. Fotografía: Agencia Uno.

Dices que hay que dejar en suspenso la pregunta de a dónde van a parar estos movimientos. Mientras, ¿qué se hace con el vértigo del suspenso? 

—Lo militas. Lo militas en reuniones sin jerarquías, en núcleos pequeños que se pueden ir expandiendo y entrando en alianzas con otros, en lo cotidiano y también hablando mucho porque me parece que a muchos les cuesta todavía tomar la palabra y hacerlo en grupos más pequeños puede ser más fácil. Es muy difícil para quien ingrese a la política conseguir tomar la palabra en asambleas ya de expertos, con voces llenas de prestancia, de saberes establecidos y donde se genera inmediatamente una intimidación a través de la jerarquía en lo que supone la oratoria legítima. Esa es una tradición del feminismo, lo que se llamaba en una época, a pesar que viene de los gringos, las reuniones de concientización, que es juntar a un grupo de amigas y ahí poder hablar. En mi época, hablábamos de la virginidad, la maternidad, el amor pasional. A través de testimonios, llegábamos a una reflexión y a una política, pasando de lo personal a lo político. 

Cuando se extraña la falta de líderes hay una sensación incluso de conservadurismo. 

—Hay que tener paciencia y sobre todo escuchar. Contener el impulso de la interpretación coagulante. Entiendo que lo que pasa en Chile provoca angustia porque van avanzando los muertos y las torturas y no hay intervención con el tema de los Derechos Humanos. Lo único que hizo Piñera fue aumentar la represión, los puntos que entregó son puntos de dominio y más responsabilidad otorgada a los pacos. Hablábamos de lo común entre esto que está sucediendo en Chile y el Ni Una Menos, esto de la no visibilidad todavía de voces representativas, pero se está buscando otra forma de intervención, no me apresuraría a domesticarlo en una lectura. Hay muchas lecturas, sobretodo de los intelectuales, casi diría agoreros, que piensan que esto no va a ningún lado porque no tiene ninguna forma conocida, pero la va a tener en algún momento. 

Ese conservadurismo puede responder a una historia de modelo presidencial a la que estamos acostumbrados.

—De representación y de líderes incluso seductores, pregnantes, fáciles de capturar hasta por el marketing, se está esperando al líder para que aparezca el diseño y la cooptación como un producto. También detrás de la espera, está eso, de que cuando aparece una voz, surge un nuevo mito. 

Cada vez que se habla de Black Out, se plantea que existe un punto de inflexión en tu carrera, como el trillado “antes y después”, ¿crees que se debe que los lectores hemos sido lentos con tu obra?

—No. Yo creo que Black Out es un libro que tiene cierta unidad. Simplemente es el libro más legible, aun con la oscilación del género. Los anteriores son, salvo El Petiso Orejudo, antologías de mis propias notas. También entiendo que tiene que ver con que es Random House y antes era Sudamericana, tiene que ver con la visibilidad. Tengo la impresión de que son otros los lectores, no son los lectores de Black Out aquel grupo más acotado que compraba los libros anteriores.

Coincidió hace unas semanas que cinco escritoras argentinas recibieron premios e inmediatamente se empezó a hablar de boom de las escritoras.

—Son notables todas las premiadas, a su vez pienso y como señaló irónicamente la escritora mexicana Margo Glantz que la rebelión es marketing también. Es un descubrimiento, legítimo, son excelentes todas y son novedosas en cuanto a la producción e intervención en la lengua. La manera en que tiene de leer el terror Mariana Enríquez es totalmente original, María Gainza pone en jaque el arte y Selva Almada inventa un lenguaje provinciano y trabaja el amor entre varones con una originalidad notoria. Son textos valiosísimos y también hay una cosa de mercado, que me parece bárbaro. Se puede traficar dentro del marketing que uno asocia a lo fácil, a un lector no demasiado avezado, ahí de pronto se puede traficar otra cosa. Es una manera también machista de nombrarlo (Boom), es como decir, ‘ah bueno ahora vienen ellas´, es el intento de filiar inmediatamente, el boom latinoamericano y ahora el boom mujeres. Me parece que es una manera de enseguida poner rápidamente un nombre que tranquilice, que ya ha sucedido antes y no, no ha sucedido antes.

Durante la presentación de tus libros hablaste de Rodolfo Walsh y de que su utopía hubiese sido borrarse y planteabas que ese sería uno de tus proyectos, borrar tu voz. 

—El planteaba una escritura que imaginaba anónima, donde el testimonio valía más que la novela solo con el elemento de la selección y el montaje y me parece que ese es un proyecto, que realizó Manuel Puig y que me interesa experimentar. En cada texto busco una reflexión, para mi trabajar sobre Rodolfo Walsh era algo impensable de antemano, por el tipo de escritura y porque no soy una investigadora en el plano estrictamente político. Meterme con él era cambiar de tema brutalmente, una zona de la cual me imagino considerada “ilegítima”. El desafío último para mi fue Walsh y ahora mi desafío sería entre Walsh y Puig intentar trabajar ciertos textos. Hay que romper con esa frase absolutamente infeliz que es “dar voz a los que no tienen voz”, no se trata de eso, pero sí crear con otro un objeto común, donde se elimine y se haga estallar la idea de propiedad. Todavía no tengo un ejemplo, pero me parece que ya con el modelo y la experiencia de Puig, es interesante hacer eso, pero no firmarlo o bien, no hay verbos para eso, es la transferencia, por ahí con lo que yo llamo novelas vivientes. No tengo en estos momentos una idea de trabajar con alguien concreto, pero podemos pensar en aquellos que están todo el tiempo interrogados, hablados, intervenidos por otros, que pueden ser presos, transexuales, personajes ajenos a la ley. Lograr una transferencia, creo que eso es fundamental, cuando Truman Capote habla con Perry Smith, es fundamental esa transferencia. No ignoro el poder de quien pertenece a un espacio cultural más “letrado”, pero también el tema es que hay infinitos saberes en el otro que no están legitimados. Vamos a tener que estar todo el tiempo revisando esa transferencia, en que siempre hay alguien que tiene un poder, pero que no me parece que sea el poder siempre del “letrado”.

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