Columna de Alejandra Matus: Conspiranoia y coronavirus

EFE

Columna de Alejandra Matus: Conspiranoia y coronavirus

He visto varios reportajes (como el que adjunto), especialmente inclinados hacia la izquierda, advirtiendo que las noticias sobre los riesgos de una pandemia de coronavirus son exagerados y, dependiendo del país de que se trate, maniobras de los gobiernos de derecha o de los laboratorios para infundir miedo injustificado en la población. Curiosamente, aquí en Estados Unidos, es Trump quien acusa a los medios demócratas e izquierdistas de exagerar los peligros con el fin de causarle daño.

Unos y otros argumentan que la influenza, a la que ya estamos habituados, ha cobrado muchas más vidas este año, sin nombrar una lista larga de otras enfermedades, guerras y violencia que matan más.

Esta forma de reaccionar ha sido largamente estudiada por la sicología conductual: los seres humanos acomodamos los datos a nuestras creencias y es muy difícil salir de ahí.

Sin embargo, es falaz comparar el nuevo coronavirus (que produce la enfermedad que los científicos ahora llaman SARS 2) con la influenza, para la cual actualmente hay vacunas más o menos efectivas. Los patógenos que producen el SARS 2 y la influenza se propagan con similar rapidez, pero los cálculos más conservadores ponen la tasa de mortalidad del primero diez veces por encima de la segunda, fundamentalmente porque aún no hay vacuna y no la habrá hasta, por lo menos, un año.

Es cierto que el SARS 1 y el MERS tienen tasas de mortalidad muchísimo mayores que ambas (otro de los datos que se sacan a colación), pero también lo es que su propagación es mucho más lenta y difícil y, por lo tanto el número, de fallecidos total es menor.

Es verdad que hoy la gran mayoría de los casos se concentra en China. Las drásticas medidas adoptadas por ese país retrasaron por un tiempo la propagación del coronavirus por el mundo. Pero eso no significa que China tenga alguna característica peculiar que la haga más vulnerable, dejando a salvo al resto del mundo. Ahora que el virus salió y que avanza en todos los continentes, dado que el contagio no tiene nada que ver con la nacionalidad, el escenario se va a replicar donde quiera que se encuentre. Y esto es que para la mayoría de las personas que se contagien, la enfermedad no pasará de ser un simple resfriado y que, incluso, pueden no desarrollar síntomas, pero eso no evitará ellos mismos contagien a a otras personas que sí enfermarán gravemente. Según las estimaciones de distintos especialistas, finalmente, entre un 1 y un 2 por ciento de todos los contagiados morirá.

Dado que mucha gente no enferma de modo grave y no llega al hospital, el virus puede avanzar sin que nadie lo note hasta que un paciente grave activa los protocolos y le hacen el test del coronavirus. Para entonces, ya es muy difícil identificar a todos quienes han sido contagiados y que siguen propagando el virus. Especialistas de Harvard dicen que a este ritmo el patógeno alcanzará al 40 o 70 por ciento de la población mundial. Si solo el 1 por ciento de ellos muere, es mucha gente.

Por cierto, la tasa de mortalidad es más aguda en las personas mientras más viejas y empeora si hay enfermedades preexistentes. Pero en un país desigual como Chile, donde hay 10 años de diferencia entre la expectativa de vida de ricos y pobres, cuando llegue la epidemia, habrá más muertes entre estos últimos. Entre las enfermedades preexistentes que se consideran de riesgo frente al coronavirus, está la diabetes, que tiene una alta prevalencia en el país: el 10 por ciento de la población la padece. Según un informe de la OCDE, Chile ocupa el sexto lugar entre los 35 países de esa organización, con mayor presencia de esa patología.

Las comparaciones con otras enfermedades graves y fenómenos mundiales también es engañosa, porque no se trata de una elección entre el coronavirus y lo demás. El virus no hará desaparecer las guerras ni otras graves amenazas a la salud mundial, sino que se suma a ellas. En otras palabras, por ejemplo, en Chile, este invierno, el precario sistema de salud va a tener que lidiar con las enfermedades respiratorias habituales y con pacientes adicionales, afectados por el SARS 2. Si colapsa en años normales, ¿qué va a pasar éste?

Compartir estos datos no es alarmismo, ni “histeria” (curiosa palabra que también se usaba mucho para desacreditar la opinión de las mujeres). Tampoco es tomar partido por las farmacéuticas, ni por el gobierno de turno. Es un llamado a que nos hagamos cargo de la realidad y a pensar en respuestas creativas a preguntas como ¿de qué manera se puede seguir protestando si, llegado el caso, se imponen medidas de cuarentena en las principales ciudades de Chile? o ¿qué vamos a proponer para que la gente participe en el plebiscito de abril, en caso de que, para esa fecha, Chile se vea afectado por un brote severo del SARS 2? ¿O va a pasar lo mismo que para las movilizaciones del 2011, en que la caída del avión en que viajaba Felipe Camiroaga dejó al país tan perplejo que el movimiento se detuvo?

Lo bueno de esto es que, a diferencia de ese accidente y de los terremotos, el fenómeno empezó lejos de Chile y hay tiempo para prepararse e informarse. Con un poco de sentido común y curiosidad, es posible.

Comentarios
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