Ruth Olate, histórica dirigenta de empleadas de casa particular: “El panorama para nosotras es desolador”

En tiempos de coronavirus, ella mira con impotencia la desprotección con la que ejercen su labor las trabajadoras de casa particular. Observa todo desde la Octava Región, donde se fue por salud hace unos meses sin imaginar que el Covid-19 terminaría en pandemia. Dice que, inevitablemente, tal como pasó con el terremoto de 2010, muchas de sus compañeras de oficio terminarán sin trabajo, sin sueldo y sin posibilidades de retomar sus funciones. “Este virus viene a hacer estragos en la vida y salud de nosotras”, reflexiona.

Tres meses antes de que el primer caso de coronavirus se detectara en Chile  a comienzos de marzo, Ruth Olate (60) había tomado una decisión irrevocable. Tras 11 años en la presidencia del Sindicato de Trabajadoras de Casa Particular (Sintracap), dio un paso al costado. No fue fácil. Lo había postergado hasta que su cáncer de mama en etapa IV le impidió seguir funcionando como antes. El deterioro emocional y físico, dice ella, es evidente. Con lo único que se quedó es con la secretaría general de la Confederación Latinoamericana y del Caribe de Trabajadoras del Hogar (Conlactraho). Ese cargo lo ejerce a través de reuniones por videollamada. 

En diciembre dejó su oficina, que además era su casa, armó sus maletas, se despidió de Santiago -según ella, para siempre-  y partió a Santa Juana, en la Octava Región, a vivir con su hermana, una amiga y su mascota. “Estoy bien acá. Aunque estoy con dolores que no aguanto y para eso uso morfina y tramadol, estar lejos de la ciudad me ha hecho bien. O me hizo bien hasta ver todo lo que ha ocurrido ahora. Jamás imaginé todo lo que estamos viviendo”, reconoce. Lo dice con pesar, porque sus compañeras en Santiago y la nueva administración del sindicato están hoy enfrentándose a la precariedad de un sistema que, según Ruth, “nunca nos ha considerado dignamente”.

El panorama actual, en medio de una pandemia, es complejo para estas mujeres. Desde hace semanas se discute en los medios y en las redes sociales la situación de empleadas domésticas que deben atravesar la ciudad para ir a sus trabajos, exponiéndose al contagio, o que incluso han tenido que aceptar quedarse encerradas en las residencias de sus empleadores. Pero la preocupación no es sólo por la salud de cada trabajadora, sino que también por las condiciones laborales que cada una de ellas tiene. Según cifras del INE, hasta 2019 eran 296.548 mujeres que se desempeñaban formalmente como trabajadoras de casa particular. La cifra del sindicato, en cambio, bordea las 350 mil personas que ejercen este rubro. “Hay un alto porcentaje que no se contabiliza, porque pese a que hace cinco años se están reforzando nuestros derechos, todavía no están todas legalizadas, por así decirlo”, explica Ruth.

Estar fuera de la dirigencia ha sido para ella un proceso emocional. “Dejar la organización fue terrible para mí”, confiesa. 

¿En cierta medida no fue un alivio?

-No, porque era mi vida. Y con todo lo que habíamos trabajado… yo veía que quedaba mucho por hacer, sin saber siquiera que venía el coronavirus, pero no podía más con mi cáncer. Cuando renuncié traté de dejar todo listo, y si bien avanzamos durante estos dos últimos años en conversaciones, fue poco lo que este gobierno nos tomó en cuenta.

Bueno, pero hoy sigue trabajando en los mismos temas, con una mirada más global en el Conlactraho. ¿Cómo se ve el panorama latinoamericano en este tema?

-Pésimo. La situación a nivel internacional es tal cual a la de acá. Y es mundial, no sólo un tema latinoamericano. Tenemos todos más o menos los mismos problemas.

¿Se refiere a la contingencia o en general?

-En general las trabajadoras de casa particular han tenido históricos conflictos por la irregularidad de sus trabajos y porque el Estado no les proporciona mayores resguardos. Hay muchos países donde no hay salud ni previsión para ellas o para que puedan pagarles bajo estándares mínimos. Siempre tienen que partir desde lo más bajo. La trabajadora de casa particular ha sido históricamente muy vulnerada. Si bien es cierto aquí en Chile estamos sujetas a una indemnización a todo evento, considerando lo que se gana, tampoco es una gran cosa, porque es medio mes por año, no es un seguro que nos vaya a sustentar los meses que estemos sin trabajo.

¿Y cuál es el problema más profundo que detecta ahora, en el contexto de la actual emergencia sanitaria?

-Chuta, el problema hoy es que ya no somos útiles para quienes están en cuarentena. Eso en un principio, porque muchas trabajadoras que funcionaban por días están quedándose sin trabajo y a otras las están despidiendo. Sí hay algunas que tienen empleadores conscientes y ellos van a pagar sus sueldos al ciento por ciento, pero son minoría. Y entiendo también que sean minoría, porque se viene una crisis profunda, pero el problema radica ahí justamente.

¿Radica en que en tiempos de crisis no hay algo que las sostenga?

-Claro. No somos las únicas, hay muchos rubros que están padeciendo lo mismo. Pero como yo me he hice cargo durante años del Sintracap, conozco desde adentro nuestra labor y se pudieron haber hecho esfuerzos para que no quedáramos en el aire como pasa siempre que ocurre algo en el país. Por cierto, nuestras compañeras de regiones están más vulneradas, porque están sin contrato, sin previsión, sin nada. Entonces este virus viene a hacer un estrago en la situación de vida y salud de nosotras, las trabajadoras de casa particular. 

INVISIBILIZADAS 

No es consuelo, pero no están solas. En la misma situación están, por ejemplo, los conserjes. La encrucijada es: cuidan a la comunidad o cuidan su salud y la de sus familias; parece incompatible hacer ambas cosas.

-No es compatible y se arriesgan todos. Además, muchas de nosotras han dejado todo por dedicarse a ser trabajadoras de casa particular y criar a niños ajenos, cuidar a familias que no son las nuestras. Hemos hecho labores que no son menores aunque somos tratadas como si lo fueran.

Cuando dice eso, es como si Ruth estuviera retratando su historia laboral. A los 12 años empezó a trabajar en una casa puertas adentro. Desde ahí no se dedicó a otra cosa hasta que en uno de sus viajes al sur con sus empleadores, en 2005, conoció a un grupo de mujeres de Osorno que se dedicaban a lo mismo que ella y que querían formar un grupo para, poco a poco, ir conociendo la realidad que cada una vivía en las casas en que trabajaban y tratar de igualar la brecha por ciudad. La situación en regiones era tan desoladora, recuerda Ruth, que ella, entre risas, les prometió que haría un sindicato al volver a Santiago. En ese tiempo, ya tenía 45 años.

Lo que Ruth no sabía es que el Sintracap ya existía. Faltaba que alguien tomara la posta y reclutara a otras mujeres dispuestas a reunirse y estudiar para poder mejorar sus condiciones laborales. Ruth se aplicó, terminó el colegio y en 2006 renunció a su trabajo de años para dedicarse a fortalecer los derechos de las trabajadoras de casa particular. Luego asumió la presidencia del sindicato. “Ahí conocí a grandes mujeres que fueron mis mentoras y mi apoyo. Por eso estar lejos me duele, porque yo siempre he querido ser un apoyo para mis compañeras también. Esto me da una impotencia muy grande”, dice.

¿Ve su trabajo tirado por la borda?

-Absolutamente. Se está echando por la borda todo el trabajo que hicimos. Y eso tiene un motivo de fondo que es histórico: como las trabajadoras estamos invisibilizadas en cuanto a nuestros derechos, cuando pasan cosas sujetas a la contingencia somos las primeras en volar y en perder. Nadie considera que mis compañeras pueden tener familias, ser extranjeras radicadas en Chile, que muchas de ellas además viven en condiciones de hacinamiento. A nadie le importa.

Hace unas semanas la diputada Maite Orsini presentó el proyecto de ley “Cuida a quien te cuida”, que en la minuta decía que la intención era que las trabajadoras de casa particular puedan seguir manteniendo ingresos en caso de una alerta sanitaria. Pero fue rechazado.

-Hay quienes se han preocupado de nosotras y nos han apoyado. Maite Orsini es una de esas personas. Es urgente tener políticas públicas que nos protejan y financien en este momento de catástrofe. Porque no es solamente ahora. En 2010 fue el terremoto y pasó lo mismo: caos, crisis, pérdidas de empleos y las compañeras fueron muy vulneradas. Algunas dejaron de saber hasta de sus familias, porque no las dejaron ir a verlas post terremoto. Ahora con esta enfermedad es peor, porque hay muchas trabajadoras que deben hacer cuarentena junto con sus empleadores. También hay otras que tienen que dejar de trabajar porque son de puertas afuera y no les pagan nada. Ellas son las más afectadas, las que tienen que ir todos los días a su trabajo o simplemente dejar de ir sin goce de sueldo. ¿Lo peor? Que si van, se pueden infectar los empleadores y ellas mismas.

MESES PEORES

Previo al Covid-19, ¿cuáles eran los temas más recurrentes a nivel internacional?

-La salud de las trabajadoras de casa particular. La previsión, la cobertura, el sistema de salud de cada país. Actualmente las compañeras que están de dirigentas están trabajando arduamente, buscando apoyo del gobierno y de quien quiera tendernos una mano la verdad. La diputada Orsini entró a apoyar a las compañeras con un documento. Eso es importante. Hay que seguir trabajando a nivel nacional e internacional para poder proteger a las trabajadoras de casa particular. No sabemos cuánto va a durar esto y sabemos que los meses que vienen serán peores.

Su mirada sigue importando y está muy presente en el debate también. ¿Eso lo canaliza a través de Luz Videla, la actual presidenta del sindicato?

-Seguimos en contacto. Hemos tenido reuniones a distancia, he conversado con las chiquillas, las nuevas dirigentas para poder levantar este tema y que se dé a conocer: las trabajadoras de casa particular siempre hemos sido vulneradas. Eso es de siempre. El trabajo de ahora es de monitoreo de esa realidad.

¿Y cree que en el corto plazo se pueda hacer algo?

-Debería, pero el panorama para nosotras es desolador.

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