Columna de Ernesto Águila: La pandemia y la sombra del 18-O

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Columna de Ernesto Águila: La pandemia y la sombra del 18-O

Vale la pena preguntarse por qué esta obsesión por parecer exitoso a todo trance. Hay razones. En definitiva, estamos frente a la pandemia vista no sólo en su intrínseca e infinita complejidad, sino también como la oportunidad para recuperar legitimidades políticas y económicas perdidas.

En los últimos días el gobierno se ha autoinfligido una derrota. El problema es que esta derrota arrastra al país a una grave crisis sanitaria, económica y social.

La obsesión por parecer exitoso a todo trance y por mostrar de manera prematura que se podía establecer una “nueva normalidad”, con regreso al trabajo, reapertura de centros comerciales (incluida la mediática reapertura de un mall) o preparación del retorno a clases, ha terminado estrellándose con la realidad de una pandemia en ascenso.

Vale la pena preguntarse por qué esta obsesión por parecer exitoso a todo trance. Por qué intentar sostener la imagen de una pandemia controlada contra toda evidencia. Una primera razón es la convicción del gobierno, y sobre todo del empresariado, de que no es posible asumir el real costo económico que una estrategia sanitaria estricta implica. El gobierno y el empresariado piensan que ya han hecho lo suficiente y que el esfuerzo fiscal está al límite, y tienen la firme creencia de que una parálisis económica del país producto de una estrategia sanitaria más dura constituiría un remedio peor que la enfermedad. La estrategia sanitaria, por tanto, tiene que adecuarse a la necesidad de que la economía no se paralice. Incluso los más audaces e inescrupulosos han visto en esta pandemia una oportunidad de negocio: seguir distribuyendo cuantiosas utilidades y abaratar costos vía “ley de protección del empleo”.

La otra razón que subyace al actuar exitista del gobierno es el poco disimulado intento de desarticular los significados y los caminos que abrió el 18-O, especialmente el proceso constituyente. Nadie podría dudar de que el gobierno quiere derrotar la pandemia, pero lo quiere hacer de paso derrotando al 18-O. La prueba de esto lo constituyeron las coordinadas vocerías de hace unos días relativizando la oportunidad de realizar el plebiscito el 25 de octubre. Las razones iban desde lo sanitario a lo económico. Finalmente, la operación se frustró por la incoherencia lógica de proclamar una “nueva normalidad” con la imposibilidad de hacer un evento electoral para cuya realización restan aún seis meses. El argumento económico tampoco resistió mucho porque la democracia no puede interrumpirse según el estado de la economía. Pero este intento solo se ha suspendido transitoriamente.

En definitiva, estamos frente a la pandemia vista no solo en su intrínseca e infinita complejidad sino también como la oportunidad para recuperar legitimidades políticas y económicas perdidas. 

La supeditación de la estrategia sanitaria a la estrategia económica ha dado como resultado un diseño para enfrentar la pandemia errático e inconsistente, sin referencias exitosas internacionales. Ni testeos masivos ni tempranas cuarentenas generales y estrictas. Ni el modelo de Corea del Sur ni el de nueva Nueva Zelandia, por mencionar dos países de los cuales puede decirse que han sido capaces, por ahora, de erradicar la pandemia. Incluso Corea del Sur ha realizado unas concurridas elecciones legislativas hace pocas semanas atrás. Quizás la única buena noticia de este tiempo es constatar que la pandemia sí puede ser erradicada, que ciertos países lo han logrado y que por lo mismo hoy están en óptimas condiciones para iniciar una rápida recuperación económica. Por el contrario, nuestro inconsistente modelo sanitario no hace sino tornar más lejano el fin de la pandemia y con ello prolongar la crisis económica y social.

En nuestro caso, se ha implementado un modelo de “cuarentenas dinámicas”, las cuales se van decretando a la zaga de los contagios, combinado con un manejo opaco de información crítica para seguir la pista de la pandemia o para descifrar las decisiones de la autoridad. A esto se agrega la falta de coordinación con actores claves como los alcaldes y las comunidades locales. Lo anterior unido a un permanente intento de minimizar la gravedad de los hechos, incluido ese poco compasivo recordatorio sobre la edad y las enfermedades preexistentes de los fallecidos, en una suerte de “darwinismo social” -aunque Darwin es inocente de este uso de sus teorías- que parece querer recordarnos que la vida es solo para los más aptos.

El significativo salto de los casos de contagio de los últimos días permite anticipar un escenario dramático en las próximas semanas, con una previsible presión sobre el sistema sanitario que todo indica se verá sobrepasado y desbordado en su capacidad, aumentando con ello la letalidad de la pandemia. Ello junto a una estrategia económica que no resuelve el problema del empleo y de los salarios en una sociedad de vidas precarias y de abusos, de la que hablara el 18-O y que bajos nuevas formas reaparece en estos tiempos de pandemia.

Lo más probable es que las personas comiencen a expresar su malestar. Algunos ya lo están haciendo. ¿Será necesario un nuevo “estallido social” para hacer a tiempo un drástico giro del fracasado modelo sanitario que se ha seguido y para una supeditación de la estrategia económica al cuidado de la salud y de la vida? Pronóstico reservado.

*Analista político y académico U. de Chile.

Comentarios
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