COLUMNA - Derechos bioculturales: una Constitución para las generaciones futuras

Agencia UNO

COLUMNA – Derechos bioculturales: una Constitución para las generaciones futuras

“He descubierto que las raíces de nuestra vida moral están completamente podridas, que la base de nuestra sociedad está corrompida por la mentira”.

La cita corresponde al texto “Un enemigo del pueblo” del dramaturgo y poeta noruego Henrik Ibsen. Obra indispensable publicada en 1882, en la que el espectador se interna en el dilema trascendental de su protagonista, a través de una cuestión recurrente en el teatro y en la cultura occidental: la ética.

El relato de la obra, narra la historia de Thomas Stockman, un padre de familia con sólidos principios que se desempeña como médico en un pequeño pueblo de Noruega, cuya particularidad es ser el balneario
de mayor atracción turística y motor de la economía local, quien casualmente, a través de sus investigaciones, descubre que las aguas del lugar están altamente contaminadas por una bacteria que representa un peligro para la comunidad, del cual debe ser advertida con urgencia.

En un principio la mayoría de los habitantes del sector se sienten agradecidos de haber sido puestos sobre aviso, felicitando el altruismo del doctor y brindándole su apoyo, pero todo eso cambia cuando las evaluaciones oficiales indican que enfrentar el problema, significaría un elevado gasto municipal, que impactará directamente en los bolsillos de los contribuyentes y en la microeconomía de las familias.

A partir de ese momento, Stockman comenzará una travesía solitaria por el desierto, enfrentándose a su propio hermano (el alcalde de la ciudad), a los medios de comunicación y a todo un grupo social que, hasta entonces, constituía su tranquilo circulo cotidiano.

Sus cercanos le sugieren moderación en el discurso, pero para Stockman ya no hay marcha atrás y decide convocar a una reunión popular para comunicar públicamente sus hallazgos y punto de vista al respecto.

Lo sindican como un enemigo del pueblo. Nadie parece estar dispuesto a hipotecar la felicidad y los privilegios del presente, para solucionar las problemáticas del futuro.

El doctor se ve obligado a abandonar la reunión y a asumir consecuencias dramáticas para él y su familia. Tras una serie de desgracias, abatido y desmoralizado, fantasea con la posibilidad de abandonar el país, pero en un último gesto de perdón, logra dejar atrás su rabia preliminar y decide quedarse para intentar concientizar a sus coterráneos sobre los riesgos del mañana al no proteger los recursos naturales del presente.

Desde el arte, el teatro nos señala el cruce inherente entre el mundo de la cultura y los desafíos medioambientales, como un maridaje augurado hace ya más de un siglo por el autor, enarbolando una analogía que opera como desafío preconizante de cara al proceso constituyente que se avecina; el vínculo especial entre cultura y medio ambiente existente para los pueblos del mundo, quienes comparten una relación espiritual, cultural, social, emocional y económica con los espacios que habitan.

La pieza tiene una vigencia indiscutible y se sigue poniendo en escena alrededor del mundo entero hasta el día de hoy, cobrando gran sentido en todas las latitudes.

Tan grande es su asidero en las problemáticas de la realidad, que más de un siglo después, al otro lado del océano atlántico, un estamento legal latinoamericano, el Tribunal Constitucional colombiano, en causa ROL T-622/16, se pronunció sobre la acción de tutela interpuesta por las comunidades étnicas que habitan en la localidad cercana al río Atrato y cuyos derechos fundamentales como la salud, la vida, la seguridad alimentaria y a un medio ambiente sano, se vulneraron por la actividad contaminante de la explotación minera ilegal.

En la sentencia, el tribunal reconoce el vínculo especial entre cultura y medio ambiente existente para los pueblos originarios, comunidades que comparten una relación espiritual, cultural, social y económica con sus tierras tradicionales.

Sus normas, costumbres, expresiones artísticas y prácticas atávicas reflejan tanto una adhesión a la tierra, como también la responsabilidad por la conservación de sus territorios para las generaciones futuras. El respeto a la biodiversidad conlleva necesariamente la preservación y protección de los modos de vida y culturas que interactúan con ella.

La corte colombiana, en un pronunciamiento histórico, consideró que el “río constituye el principal factor de identidad cultural de esta región”. La sentencia reconoce que para los pueblos originarios – a diferencia de la cosmovisión de la comunidad occidental retratada por el autor nórdico en la obra de teatro -el territorio y sus recursos están íntimamente ligados a su existencia y supervivencia desde un punto de vista biocultural, no representando un simple objeto de dominio, sino que un elemento esencial de los ecosistemas y de la biodiversidad con los que interactúan de forma cotidiana.

Por tanto, se pone en relieve la mirada antropológica de los pueblos indígenas, quienes consideran que el territorio recae sobre todo el grupo humano que lo habita, adquiriendo un carácter colectivo: “En efecto, estos derechos resultan del reconocimiento de la profunda e intrínseca conexión que existe entre la naturaleza, sus recursos y la cultura de las comunidades étnicas e indígenas que los habitan, los cuales son interdependientes entre sí y no pueden comprenderse aisladamente.”

Ante la latente amenaza de un colapso climático, es importante observar la imbricada relación que existe entre cultura, arte y territorio. Entendiendo la cultura como ese conjunto de saberes atávicos de una comunidad, que transita desde el pasado hacia el presente, allanando un camino apropiado para el futuro.

Los pueblos originarios del mundo así lo entendieron y con una paciencia milenaria han estado a la espera de que nosotros constatemos lo irrefutable; existe una interdependencia entre las costumbres y tradiciones de la comunidad y la preservación del ecosistema en el cual se desarrollan, de forma que no se pueden comprender como individualidades que meramente coinciden en un determinado espacio.

Los cuidados que las comunidades indígenas del río Atrato, o que el doctor Stockman prestaron a sus territorios, a través de la defensa cultural del ámbito dónde se desarrollan todos los quehaceres que constituyen sus identidades colectivas, son esenciales para la preservación y conservación de nuestro planeta.

Es por ello, que en un nuevo texto constitucional debe reconocerse a la cultura, las artes y la naturaleza como sujetos de derecho de especial protección en el nuevo pacto social, en tanto existe una innegable relación holística entre ambos y los derechos bioculturales vienen a reafirmar el profundo vínculo que une a las comunidades y sus territorios.

Si queremos que las generaciones futuras habiten este planeta en condiciones posibles para la vida y su desarrollo, hoy debemos actuar para proteger sus derechos de mañana.

La sociedad chilena debe reconstruir y preservar su herencia cultural distintiva, que es esencial para el mantenimiento de la diversidad biológica y la diversidad cultural del planeta. Desaprovechar esta oportunidad histórica y no hacernos cargo de estos asuntos en este proceso, atentaría contra los derechos humanos de las generaciones que vendrán.

*Camila Musante y Mario Horton Fleck son militante de Fuerza Común.

Comentarios
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