Columna de Susana Muñoz: Cuidar a quienes nos cuidan

Columna de Susana Muñoz: Cuidar a quienes nos cuidan

“La responsabilidad del autocuidado no debe quedar sólo en manos del personal. No puede depender de lo que cada cual sea capaz de hacer en su –reducido- tiempo libre, ni de los recursos propios que el trabajador pueda destinar a distintas formas de autocuidado como espacios psicoterapéuticos, de arteterapia, de actividad física, y de grupos de apoyo, entre otros”.

A quienes nos desempeñamos en el área de la salud, el Covid-19 nos ha impuesto una serie de dificultades que no esperábamos. Muchos han tenido que adoptar nuevas funciones, y eso implica, cómo no, una sobrecarga adicional. Como el caso de Agustín, médico intensivista pediátrico, que en el pick de la pandemia atendió a muchas personas adultas con el virus. 

“Atender pacientes adultos ha sido todo un desafío, un constante aprendizaje… Ha sido triste acompañar la soledad y ver familias en la incertidumbre de estar lejos de sus seres queridos hospitalizados, porque como pediatras, siempre intentamos mantener a la familia unida y este virus no lo permite…”, explica.

Aunque durante estos meses hemos aprendido mucho acerca del virus, lo cierto es que hay información que sigue siendo incierta, lo que genera inseguridad a la hora de trabajar. Aunque sabemos que existen los llamados “grupos de riesgo”, referidos a la edad, comorbilidades y enfermedades previas, hemos sido testigos de muchos casos de personas sanas, sin antecedentes previos, que han requerido intubación, que han permanecido un tiempo prolongado con secuelas graves, e incluso que han perdido la vida.

Esta incertidumbre nos ha expuesto a un estrés adicional, a niveles de angustia que desconocíamos, y el impacto emocional en los equipos de salud –y a nivel individual, por cierto- ha sido más importante que nunca. Para Tina, médica familiar de una Unidad de Cuidados Paliativos que colabora con la Atención Primaria atendiendo pacientes con enfermedad avanzada, trabajar en esta área en esta época, ha hecho más intensas las emociones como el miedo. 

“Es el temor a no poder brindar alivio a los pacientes… el miedo a derivarlos a la Urgencia, porque allí se pueden contagiar, o a hospitalizarlos, porque pueden morir solos… El miedo a transmitirles yo el virus, o a contagiar a mi familia…”, dice.  Y agrega que ha sido más difícil el manejo familiar “porque no tenemos como darles la tranquilidad que necesitan, cuando pensamos que lo mejor es que se hospitalicen, asumiendo como equipo los riesgos que sabemos que esa decisión conlleva… Es difícil asumir una responsabilidad con temor…”.

Alvaro, psicólogo que ha acompañado innumerables despedidas por Covid-19, define su experiencia como agridulce. “Ver morir gente todos los días es difícil. En todas las despedidas ha habido pena, pero poder despedirse cuando todo es distancia y soledad, se agradece… He visto personas morir acompañadas y plenas. En otros casos, sólo he podido acompañar la despedida de un cuerpo, porque la frialdad de los protocolos no permite algo distinto… En lo personal también ha sido complejo. Mi abuelo falleció por Covid. Este año nos ha dejado a todos con nuestros muertos…”, reflexiona.

El desconocimiento respecto del virus, la alta prevalencia de contagio, y la sensación de inseguridad que esto significa, no repercute sólo en el desempeño profesional frente al paciente, sino que es motivo de estrés adicional por las repercusiones que tiene a nivel personal y familiar. 

Esto ha significado que muchos trabajadores de la salud hayan tenido que alejarse de sus familias, especialmente de sus hijos y/o de sus padres adultos mayores, y otros, simplemente han tenido que asumir el riesgo, porque no tienen alternativa. Para Yasna, tens de un hospital público, trabajar durante la pandemia también ha sido un desafío, especialmente desde el punto de vista emocional.

“Un desafío que me mantiene en una cuerda floja permanente, donde debo equilibrar lo profesional y lo familiar. Expongo a mi familia al peligro del contagio, por cumplir mi labor de cuidar a otros, en un lugar donde no existen todas las medidas de seguridad necesarias, donde el riesgo es permanente, donde la paga es poca… Entonces me pregunto si será necesario correr tanto riesgo. Y decido seguir en esta cuerda floja, intentando equilibrarme para no caer…. Se suma el cansancio, la pena, la frustración, la angustia… Pero debo seguir. Y al finalizar el día, te das cuenta que pudiste hacerlo, que pudiste entregar lo mejor de ti a quien lo necesitaba en su momento de mayor vulnerabilidad… Y entonces das gracias por tener a tu familia a salvo, aunque te sigues enfrentando a lo desconocido… Porque cada mañana al salir de tu casa, es un nuevo desafío, del que no sabes si vas a salir bien parada…”, afirma.

En este escenario, la necesidad de cuidado y apoyo emocional al personal de salud resulta fundamental. Como hemos podido, y contra el tiempo, hemos intentado compensar de la mejor forma nuestras competencias técnicas, con el cuidado amoroso a pacientes y sus familias, además de nuestro propio cuidado. Porque estamos convencidos de que sólo en la medida en que nos cuidamos a nosotros mismos, podremos cuidar y acompañar a otros con humanidad. Pero no ha sido suficiente.

“Expongo a mi familia al peligro del contagio, por cumplir mi labor de cuidar a otros, en un lugar donde no existen todas las medidas de seguridad necesarias, donde el riesgo es permanente, donde la paga es poca”.

De acuerdo a lo referido por los propios equipos de salud, el síndrome de burnout, caracterizado como sensación de falta de energía y agotamiento, distanciamiento mental progresivo en el trabajo, percepción negativa del entorno, hipocresía y disminución de la eficiencia profesional, se ha observado más frecuentemente durante este año. Por otra parte, según los especialistas, las licencias médicas por causas asociadas a la salud mental del personal de salud han aumentado durante la pandemia.

Pero la responsabilidad del autocuidado no debe quedar sólo en manos del personal. No puede depender de lo que cada cual sea capaz de hacer en su –reducido- tiempo libre, ni de los recursos propios que el trabajador pueda destinar a distintas formas de autocuidado como espacios psicoterapéuticos, de arteterapia, de actividad física, y de grupos de apoyo, entre otros. 

Tampoco del tiempo que destina a compartir actividades recreativas con su familia y amigos. Es responsabilidad de la respectiva jefatura, el proveer espacios para procurar el bienestar físico y emocional de sus trabajadores, especialmente en tiempos de pandemia. Y por qué no decirlo, debiera ser responsabilidad de la autoridad ministerial, el diseñar estrategias de autocuidado para todo el personal de salud del país.

Los rostros de mis compañeros marcados por las mascarillas con los que me cruzo en el hospital cada día son reales. Como las fotos de tantos profesionales demacrados que hemos visto en redes sociales alrededor del mundo, después de casi un año en la primera línea. Quienes acompañamos a personas en su tránsito por el Covid-19, no necesitamos el reconocimiento social de los aplausos desde los balcones a las nueve de la noche. Esperamos simplemente mayor empatía de parte de la autoridad competente, expresada en sus declaraciones públicas, y pedimos a la ciudadanía mayor consciencia en el cuidado, que se traduzca en conductas responsables en el diario vivir. Porque el virus sigue entre nosotros, y sigue cobrando vidas. 

*Susana Muñoz Politzer es psicooncóloga paliativista y trabaja en el Hospital Sótero del Río.

Comentarios
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