Sonia Montecino, antropóloga: “Percibo mucha angustia y temor atragantados”

Crédito: Universidad de Chile

Sonia Montecino, antropóloga: “Percibo mucha angustia y temor atragantados”

Para la académica y Premio Nacional de Humanidades, la pandemia nos ha obligado a detenernos y a pensar. También se han develado miedos atávicos. “La amenaza de la pobreza y el hambre, igual que la muerte, activa la memoria de la escasez”, afirma. Aquí Sonia Montecino pone bajo lupa las emociones de los últimos meses y los procesos en curso.

El 2020 va quedando atrás con una estela de cifras terribles, nuevas palabras y viejos temores, pero sobre todo con cambios culturales y golpes emocionales que aún están en proceso. Por eso, la mirada de esta mujer que se ha dedicado a escudriñar en los pliegues de Chile cobra mucho interés. 

La antropóloga Sonia Montecino pone el foco en los duelos inconclusos y en el necesario espacio que las sociedades necesitan para despedir a sus deudos. Aquí, en cambio, los muertos de la pandemia han sido recogidos como cifras, pero no vistos en su dimensión más humana. 

No todo ha sido gris para la Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales 2013. Montecino también rescata el valor de lo comunitario que ha podido resurgir en estos tiempos inciertos. Y así como el hambre ha vuelto a ser una palabra en uso, también las ollas comunes han mostrado que, en torno a la comida, a la mesa común, se teje la solidaridad y la fraternidad.

La autora del libro “Mitos de Chile, madres y huachos” analiza el cambio de vida que la pandemia ha instalado: el encierro, el miedo, la crisis económica, la vulnerabilidad, el hambre.

-Después de nueve meses de pandemia, tenemos la amenaza de una segunda ola. De aquello que has registrado y procesado en estos meses, ¿qué elementos han emergido en el Chile de 2020?

-Es ya un lugar común decir que la pandemia ha puesto en el escenario las desigualdades de género, clase, étnicas, la pésima gobernanza y otros elementos estructurales que, por lo demás, son develamientos que ya emergieron con la revuelta de octubre. Pero habría que decir que ha habido otros elementos como la cercanía con la muerte y la experiencia colectiva de la fragilidad humana que no han sido suficientemente tematizados.

-¿Por qué? ¿Qué es lo que no se ha procesado bien?

-Las consecuencias en el alma humana de duelos no elaborados por falta de rituales y la desafección del poder de turno frente a esas muertes. También siento que se activó una memoria de otras pérdidas que tocan a lo personal y a lo social. Los desaparecidos, los no nacidos, los muertos y fantasmas que todos(as) arrastramos, comenzaron a emerger y aunque no se habla, están presentes. 

-¿No hemos podido elaborar la muerte?

-Desde mi óptica, la cuantificación de las muertes por el virus ha tenido una función nefasta, pues ha reducido el dolor de las pérdidas a números y estándares de mortalidad y letalidad. Es como si se pensara que las cifras fueran el escudo protector al vacío que dejan las muertes.  No me canso de decir que hay una frialdad inquietante en la no realización de ceremonias nacionales o colectivas por los(as) fallecidos(as). Eso para mí revela un estado civilizatorio pobre y deteriorado. Desde que fuimos cazadores-recolectores nos ocupamos de conjurar a la muerte, aun cuando fuera atando una chaquira de piedra en el cuerpo del muerto. Lo que ha sucedido ahora revela un descuido tremendo, una desafección tremenda por parte de las instituciones, en general.

-Enfrentarse a la vulnerabilidad en tantos frentes: en lo económico, la muerte rondando, la incertidumbre de lo que pasará mañana, ¿de qué modo nos afecta?

 -Los efectos son múltiples en la vida psíquica y en la vida cotidiana, pero quizás ese ir tocando fondo en muchas cosas sea positivo, bueno para pensar, bueno para reconocernos desde otras miradas, bueno para transformar.

-¿Qué de bueno y qué de negativo ha surgido en este tiempo?

-Lo bueno ha sido que nos ha obligado a detenernos y a pensar, que ha roto con el orden y con lo previsible, que nos ha enfrentado a la incerteza máxima y al miedo, pero sobre todo al sentido de las cosas, a las prioridades: ¿qué está primero? ¿la salud? ¿la economía? ¿nuestros vínculos solidarios, amorosos con el prójimo? Por otro lado, quienes viven en grupos familiares o pareja han tenido que aprender a convivir  de una manera hiperpresencial abriéndose una serie de interrogantes relacionadas a la distribución sexual del trabajo doméstico y reproductivo, a los afectos y a las violencias. 

“El espectáculo de las personas y sus vanidades constituyentes no da para más hoy”.

-En estos claros y oscuros, ¿qué ves como negativo?

-Lo negativo ha sido la experiencia del confinamiento que nos ha traído a un tipo de trabajo virtual, de estudio y de vida social puertas adentro embebidos en las pantallas. En muchos casos -es mi experiencia como profesora- hemos tenido que hablarle a pequeños nichos cerrados, sin saber quién está ahí adentro en esas criptas, intentando crear formas pedagógicas para las cuales no estábamos preparados -aunque nos “capacitaran” raudamente-. Hay una episteme tras esas formas on line que no se ha discutido ni elaborado, sino sólo acatado. De eso negativo surgen muchas preguntas, incluso algunas “conspirativas” como la de quiénes “ganan” con la vida virtual; quiénes están cómodos sin ver al resto, sin interactuar y quiénes se benefician de los estados de excepción permanentes, de los toques de queda.

-Muy probablemente se viene un 2021 tan complejo como el 2020. ¿Cuánto estrés e incertidumbre resiste una sociedad?

-Pienso que la resiliencia de los grupos humanos es enorme, pero hay que cuidar los límites del estrés. Ya estamos viendo los estragos en la psiquis y en el cuerpo. Creo que se debe lograr un equilibrio entre medidas de encierro, vida en común y horizontes de cambio.

-Pareciera que el tema es cómo ubicarse en esa nueva realidad. ¿Qué temores se abren? 

Como te decía, son los temores a volver a experiencias límite, a tener conciencia de lo feble que es lo que se ha logrado. Yo percibo mucha angustia y temor atragantados y que se expresan en un ánimo “bajoneado” y en poca credibilidad de las medidas que se toman. La gente duerme mal, toma ansiolíticos, busca compensaciones al vacío de futuro. Esta realidad exige ejes personales y colectivos firmes, mucha reflexión y buscar lo mejor de nosotros mismos para resistir. 

-Y lo hemos hecho, ¿no? 

-Sí, creo que tenemos unos mecanismos muy fuertes de resiliencia, acumulados históricamente por nuestro devenir terremoteado, de desastres naturales y políticos. Durante mucho tiempo, hemos  sido un país pobre que ha tenido que arreglárselas para salir adelante ante las inclemencias. Sobre todo, veo esa resistencia y “echarle pa delante” en las mujeres y en el mundo popular.

 “No hubo sensibilidad por parte de quienes administran los recursos para pensar en apoyar también aquello que estaba entregando alimento al alma”.

FRAGILIDAD Y RESILIENCIA

 -¿El espejo actual nos muestra una cara distinta a lo que creíamos que éramos?

No creo que muestre un rostro distinto. Quizás se exacerban rasgos como el consumismo. Es alucinante ver cómo pese a todo lo que se dice de no ir a espacios aglomerados y cerrados, la ansiedad del consumo puede más. La consigna parece ser: comprar que el mundo se va a acabar. Y eso alentado por los intereses empresariales que no cierran sus mall o que toman pocas medidas para aminorar los contagios. 

-Pero algo más habrá detrás de esa locura por comprar. ¿Será sólo consumo?

-Yo veo en ello angustia, la satisfacción ilusoria que produce el objeto deseado en un momento límite. Pero, también hay que decir que junto a ello hay una contracorriente que decide no ir a esos espacios y que opta por solidarizar con los(as) artesanos(as) y recuperar otro espíritu para las fiestas de fin de año.

-Mirando el duro año que hemos transitado, ¿dirías que éramos más frágiles de lo que creíamos?

-No, nuestra fragilidad estaba ya al descubierto en octubre.

-¿Cuál ha sido, a tu juicio, la mayor fragilidad que estamos viviendo?

-No sé si hay una fragilidad mayor que otra porque las cosas siempre son un conjunto, pero veo una gran carencia de diálogos y conversaciones, de valoración de nuestros recursos simbólicos por parte de quienes detentan el poder de las instituciones.

-Por ejemplo…

-Me refiero a todo el caudal que el arte, la cultura popular y las diversas expresiones del patrimonio inmaterial ofrecieron en los momentos más álgidos de la pandemia y que circularon por redes. No hubo sensibilidad por parte de quienes administran los recursos para pensar en apoyar también aquello que estaba entregando alimento al alma. Ahí veo un punto complejo que hace emerger otra pobreza que no se mide: la de la cultura -hablo en el sentido de sus expresiones inmateriales y materiales- y su distribución desigual. En eso veo mucha fragilidad.

 -La pandemia trajo de vuelta palabras que creíamos superadas como la pobreza y el hambre… 

-La amenaza de la pobreza y el hambre, igual que la muerte, activa la memoria de la escasez, del pasado familiar y el miedo a volver a sufrir esas experiencias. Por un lado, veo que el hambre trae a escena las tremendas desigualdades que hay en el acceso a la alimentación, pero con varios ecos adosados como el de la seguridad alimentaria y la soberanía alimentaria. Por otro lado, está la paradoja que mucha gente en la pandemia ha dado especial importancia a la alimentación, a recuperar genealogías culinarias, a mirar aquello dejado de lado, como es el preparar alimentos en las casas y a ejercer el comensalismo y la solidaridad. 

“La amenaza de la pobreza y el hambre, igual que la muerte, activa la memoria de la escasez, del pasado familiar y el miedo a volver a sufrir esas experiencias”.

-De hecho, reaparecieron las ollas comunes…

-Claro. Las ollas comunes son un reflejo de ese sentimiento humano que se activa al ver que otros(as) no tienen qué comer. Rescato, por ejemplo, lo que ha hecho Kiltro Suelto y muy fundamentalmente las mujeres en distintas localidades y regiones. Ellas han recuperado el profundo sentido solidario y colaborativo que es el cocinar para otros(as). 

Se decía que nos habíamos individualizado al punto que no veíamos al otro. Pero cuando vemos la organización en torno a ollas comunes,  ¿dirías que estamos recuperando el sentido de lo comunitario? ¿O es una mirada romántica de la crisis?

-No creo que sea romántico pensar en la comunidad. La comunidad no es un paraíso, es un agregado que tiene conflictos, pero que se siente compartiendo una vida en común, habitando el mundo de un modo determinado y que se identifica con ciertos valores éticos y básicos de humanidad, así como de ayuda y solidaridad. Siento que estamos, en muchos casos, recuperando y recreando ese sentido de comunidad necesario para deconstruir ese individualismo malsano que se ha vuelto epidémico en muchos sectores.

La comida como vínculo

-Tú has trabajado el tema de la comida desde un punto de vista sociológico, identitario. ¿Cómo se debería leer el regreso de estos espacios comunitarios en torno a la comida? 

-Hay que construir mesas grandes, practicar el comensalismo, es decir llegar todos en igualdad de condiciones a comer a esa mesa. Hay muchos ejemplos concretos: en algunos pasajes de los barrios de nuestro país, especialmente en provincias, se celebra en común el 18 de septiembre y otras fiestas, se sacan las mesas y sillas y todos aportan para lograr esa comensalidad que nos hace hermanos(as). Son modelos culturales de nuestra tradición que podemos acoger de manera más amplia. Para ello hay que derribar la siutiquería, el arribismo, el clasismo y la desconfianza en el(la) otro(a). Invitarnos a comer es otra manera de superar el individualismo y el egoísmo. Compartir la comida resulta lo más transformador en estos momentos, porque ello nos remite a repensar toda la cadena que hay tras llevarse un alimento a la boca, todo lo que se activa en ese gesto y los cambios en el sistema productivo y económico que conlleva realmente el “comer bien”.

 -¿Dirías que en torno a los alimentos ha emergido una nueva solidaridad? ¿Es solamente el impulso de la subsistencia?

-Sin duda las experiencias nuevas y viejas de solidaridad van cimentando una memoria y la subsistencia es lo que nos hace humanos(as).

-Otro tema tiene que ver con la presencia del Estado en tiempos de crisis. ¿Cómo evalúas el rol que ha jugado la institucionalidad política en esta vuelta? 

-La institucionalidad ha hecho lo que ha podido dentro de sus límites de visión de mundo y proyectos de desarrollo. Por ello, tanto los acontecimientos de octubre, como los pandémicos han sido vividos por la sociedad con mucha desazón. No hay credibilidad a las visiones del mundo de quienes tienen el poder político y estatal. Pero ha habido mucha sensatez de parte de la ciudadanía.

-¿En qué lo notas?

-En el saber que no se puede pedir peras al olmo. Se ha aplicado ese dicho popular “es lo que hay” con que la resignación se mezcla con el resentimiento, lo cual es un cóctel muy nuestro. Creo que han sido fenómenos muy complejos para un establishment institucional y político más bien romo y decadente. Si aún estamos a flote es por esa sensatez de la gente.

-En medio de la pandemia y la crisis económica, caminamos hacia un proceso constituyente, ¿qué puede catalizar este proceso?

-Puede ser un proceso muy esperanzador en la medida en que se creen mecanismos de amplia participación y discusión ciudadana. No se saca nada con tener a unos cuantos constituyentes encerrados en una torre de marfil debatiendo entre ellos y redactando -ojalá como dice Adriana Valdés un texto que nos enorgullezca- sin los vasos comunicantes de cabildos, conversaciones diversas y escucha abierta y generosa a la ciudadanía y a su diversidad. 

-¿Y existe el peligro de que no se recoja la diversidad?

-La exclusión del pueblo tribal afrodescendiente me parece una muestra de no respeto a lo diverso. Más aún cuando ya el Estado lo ha reconocido como una identidad social. Esos son los gestos contradictorios que producen malestar. El éxito dependerá de cuánto se sienta representada en sus ideas la mayor cantidad de gente y cuánto se sientan participando. El espectáculo de las personas y sus vanidades constituyentes no da para más hoy. 

-¿La conversación sobre una nueva Constitución, alimenta la esperanza ciudadana frente a tanta incertidumbre? 

-Sin duda, si se logra fijar ese horizonte con mucho diálogo y conversaciones múltiples y plurales, tendremos la esperanza al menos de un mejor devenir en medio de las incertezas de la pandemia. Confío en que habrá la inteligencia política de crear y fomentar aquello que la ciudadanía ya practicó, con éxito, en octubre: cabildear, sistematizar y ser escuchados(as) en las demandas de todos(as). Creo que hace falta lograr el horizonte común del “espíritu de la nueva Constitución”. Eso nos ayudará a seguir un buen y plural derrotero para nuestro país.

Comentarios
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