Columna de Diana Aurenque - El hombre pirotécnico: Entre femicidios y narcos

Columna de Diana Aurenque – El hombre pirotécnico: Entre femicidios y narcos

“La masculinidad violenta del narco más que consecuencia de la masculinidad en sí misma, viene dada por una violencia estructurante que le precede. Es decir, también el joven que se vuelve “soldado” (“halcón” en México) en una pandilla es parte de una minoría vulnerada, donde el Estado no llega”.

Mucho se ha comentado (e hipermoralizado) sobre la actitud “consumista” que, pese al aumento de casos positivos por COVID-19, demostró buena parte de la población en esta Navidad. Pero de lo verdaderamente más impactante, de los femicidios recientes, tiroteos a plena luz del día y la pirotecnia desenfrenada de la última semana, deberíamos estremecernos aún más. Y también reflexionar más.

Cada uno de estos hechos ha sido observado como un asunto aislado, separado uno de los otros. Para tratar el problema de la seguridad, por ejemplo, el gobierno presentó un proyecto de ley para desarticular el crimen organizado. Pero, aún cuando es necesario reconocer que existen tales organizaciones y que deben ser combatidas, proponer sólo medidas correctivas, de mayor diferenciación punitiva y que amplían atribuciones de Carabineros de Chile -institución aún al debe y necesitada de una reestructuración profunda- no puede sino plagarnos de nuevas preocupaciones.

¿Y qué tal si ensayamos un diagnóstico diferente? ¿qué pueden tener femicidios, tiroteos y pirotecnia en común? Resulta evidente, aunque irrite reconocerlo, que en estas tres situaciones los principales sospechosos son hombres, al menos, hasta ahora. De seguro puede haber alguna mujer implicada en los anteriores casos, pero en el estudio del crimen organizado existe evidencia de que sus agentes son mayoritariamente hombres.

Por lo tanto, y de ser cierto que los tiroteos se vinculan a bandas de narcotráfico, esta descripción más que intentar sin más avivar luchas feministas, debería ante todo servirnos de ocasión para pensar de nuevo en los hombres, o dicho más claramente, en una masculinidad en creciente crisis.

¿Se trata de relacionar a la masculinidad con la violencia?  Aquí debemos ser cuidadosos. Pues, como indican los estudios de masculinidades, se constata una relación entre ambos, pero no por fundamentos biológicos, sino más bien debido a condicionantes culturales. En breve, podríamos decir, el patriarcado no sólo afecta a las mujeres, sino también a los hombres. 

La masculinidad pirotécnica, esa que literalmente explota vidas de mujeres, y se estalla a sí misma al adherir a bandas criminales, parece sostenerse en un estereotipo masculino que, por añejo e inaceptable nos parezca, sigue renovando y reclutando nuevos adeptos. ¿A quién culpamos? ¿Será esta masculinidad pirotécnica hija del más flagrante resentimiento ante la “sublevación” de las mujeres? ¿O no será más bien un oculto culto al padre, a las viejas usanzas donde autoridad y poderío se asociaban a un falo?

Podríamos especular en múltiples direcciones. Pero más nos vale recurrir a los datos. Y ahí nos conviene atender a los estudios sobre la relación entre la cultura narco y la masculinidad, ampliamente estudiado, por ejemplo, en México. Estos nos ofrecen algunos análisis que mutatis mutandis aplican bastante bien a nuestro contexto. Pues tanto en México como en Chile, el diagnóstico permite aseverar que los jóvenes que adhieren al mundo narco no lo hacen en realidad por seguir opciones libres e informadas, sino precisamente a raíz de la falta de oportunidades. 

La masculinidad violenta del narco más que consecuencia de la masculinidad en sí misma, viene dada por una violencia estructurante que le precede. Es decir, también el joven que se vuelve “soldado” (“halcón” en México) en una pandilla es parte de una minoría vulnerada, donde el Estado no llega. Pero ante la posibilidad de reconocerse víctima y vulnerable cree mejor, nos indica la masculinidad pirotécnica, volverse fuerte, victimario, el “soldado” que mata y se ordena jerárquicamente o el “halcón” que ataca a sus presas. 

En esta pirotecnia, en este literal “fuego artificial”, se sostienen hombres que han aprendido históricamente a dividir el mundo entre poderosos y oprimidos, y donde está tácitamente prohibido ocupar el lugar de los débiles; serían “blandengues”, algo inaceptable para un hombre “hecho y derecho”, como dicta el falo-hombre.

En el estereotipo tradicional patriarcal, el hombre no puede reconocer debilidad, ni de su propio carácter, cuerpo o acciones, ni tampoco el daño que le ocasionan terceros. No sabe lidiar con la ofensa o con lo que le duele. No acepta que teme, languidece, decae y erra. Y en esa negación de sí mismo, por supuesto, no sólo se niega una posible mejor vida resguardada bajo un nuevo estereotipo masculino, sino también a los demás.

“También se requiere de un cambio social y cultural profundo, en el que cada uno debe asumir su parte. Mientras se siga vitoreando la estética del gánster, con sus lujosos autos, bitches, mansiones y música sexista, la masculinidad pirotécnica encuentra asidero incluso en las famosas tres comunas”.

Hay estudios que muestran que en situaciones de crisis o catástrofes, la violencia contra las mujeres aumenta. Y la pandemia ha ratificado estos datos con espanto. En nuestro país, la lista de femicidios consumados y frustrados sigue creciendo. Al más puro estilo medieval, en pleno siglo XXI, aún se intenta quemar vivas a las mujeres, achicharrar a las brujas. Y en toda esta barbarie: ¿no llama la atención que los agresores frecuentemente culpan a las víctimas? Siempre fueron provocados. Siempre fueron víctimas de su “amor” por ellas –“ellas”, las que descontrolan al hombre pirotécnico para que explote. La paradoja roza en lo absurdo: Negándose toda la vida a ser víctimas, terminan los artificiales fogosos declarándose a sí mismos víctimas de sus fúnebres, frías víctimas.

Ante una historia tan extensa se requiere no solo que el Estado reconozca y revierta las condiciones estructurales de desamparo en la que viven los jóvenes; generaciones completas tentadas por la ilusión de ser forajidos, sin Dios ni Ley, gobernando las calles. También se requiere de un cambio social y cultural profundo, en el que cada uno debe asumir su parte. Mientras se siga vitoreando la estética del gánster, con sus lujosos autos, bitches, mansiones y música sexista, la masculinidad pirotécnica encuentra asidero incluso en las famosas tres comunas. 

Los hombres deben forjar y encontrar un prestigio distinto, al interior del Estado. Tendrán que construir una masculinidad nueva que por primera vez, sin referentes, se edifique no desde la ilusión de un falo en eterna potencia y resistencia, sino precisamente desde su contrario; de un reconocerse de una vez a sí mismos como dolientes y confusos, lisiados por las exigencias que, si bien siglos atrás les dio la voz y el puño, hoy nos roba y les roba vidas. Para crear un fuego nuevo que no le y nos explote, sino que solo brille también de día.

*Diana Aurenque es filósofa, académica de la Universidad de Santiago de Chile (Usach).

Comentarios
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