Columna de Agustín Squella: ¿Tienen liberales y socialistas que estar siempre mostrándose los dientes?

Columna de Agustín Squella: ¿Tienen liberales y socialistas que estar siempre mostrándose los dientes?

En amplios sectores de izquierda hay una tendencia a desdeñar la palabra “liberalismo”, mientras que en extensos grupos de derecha ocurre lo mismo con la palabra “socialismo”.

Hay una explicación posible para ese doble fenómeno: muchos de quienes se definen de izquierda desconocen el origen, desarrollo, historia y diversidad del liberalismo, y muchos que se reconocen de derecha tienen el mismo desconocimiento respecto del socialismo.

Ese rechazo de unos y de otros hacia el que consideran su rival  doctrinario tradicional se agudizó en el siglo XX, y también en lo que va corrido del actual, por el hecho de que muchos izquierdistas, al pensar en el liberalismo, lo han hecho en una determinada versión y aplicación de esa doctrina –el neoliberalismo-, perdiendo de vista que el liberalismo tiene varias y distintas versiones (teóricas) y aplicaciones (prácticas). Todas esas distintas versiones y aplicaciones son liberales, desde luego, pero difieren unas de otras en el énfasis, la intensidad y la extensión con que asumen los postulados básicos de su común raíz liberal. Lo que hay, entonces, son liberalismos, en plural, como si el tronco liberal hubiera dado lugar a varias ramas e incluso a diferentes frutos.

Al socialismo le ha ocurrido algo similar, puesto que la mayoría de sus detractores piensan en una sola de las ramas del tronco socialista –la de los llamados “socialismos reales” o, más claramente, dictaduras comunistas-, perdiendo también de vista que el socialismo es una doctrina que tiene distintas versiones y aplicaciones, todas socialistas, pero que difieren, igual que los liberalismos, en el énfasis, intensidad y extensión con que asumen su raíz común. Lo que tenemos, entonces, son socialismos –otra vez en plural- porque el árbol socialista tiene diferentes ramas o ha dado lugar a distintos frutos.

Como versión y aplicación del liberalismo, el neoliberalismo fue muy exitoso en las décadas finales del siglo pasado y ha empezado a declinar en el actual a causa de las profundas desigualdades que produjo en sus aplicaciones prácticas en distintos países, incluido el nuestro. Marcadas y persistentes desigualdades de ingresos, de patrimonio, de riqueza, de trato, de bienestar, de influencia en el curso de los asuntos públicos y, a ojos vista, en el acceso a bienes básicos o primordiales de salud, educación, vivienda, protección social y seguridad, sin los cuales nadie puede llevar una vida digna, responsable y autónoma. Hegemónico durante largo tiempo y hoy sometido a profundo examen crítico y hasta abandono, el neoliberalismo acabó desprestigiado, desprestigiando de paso a la palabra “liberalismo” que incluye en su nombre. Hoy, cuando uno se declara liberal, tienen que aclarar que no por ello es neoliberal, sino partidario de alguna otra versión y aplicación de la doctrina liberal.

En cuanto a los socialismos reales como versión y aplicación de la doctrina socialista, cayeron también en un estrepitoso descrédito al no conseguir acabar con las desigualdades, propiciando para ello una fuerte limitación y hasta supresión de las libertades. Ni libertad ni tampoco igualdad: ese fue el resultado de tales socialismos. Por lo mismo, hoy, cualquiera que se declare socialista, tienen que aclarar que no por ello aprueba los socialismos reales ni es partidario de que su país adopte esa aplicación de las ideas socialistas.

El neoliberalismo ha causado daño al liberalismo, mientras que los socialismos reales hicieron otro tanto con el socialismo. Una determinada versión y aplicación de cada una de esas doctrinas perjudicó al completo liberalismo y al completo socialismo.

Una manera de salir de este embrollo, válida tanto para los liberales no neoliberales como para los socialistas no partidarios de  los  socialismos reales, es acercar ambas doctrinas –la liberal y la socialista-, olvidarse de aquellos dos malos ejemplos e intentar descubrir puntos en común y diferencias que podrían ser superadas. Si neoliberalismo y socialismos reales nunca conversaron ni podrían  llegar a entenderse, eso no quiere decir que otras versiones de la doctrina liberal y de la doctrina socialista no puedan conversar y entenderse unas con otras.

“El neoliberalismo ha causado daño al liberalismo, mientras que los socialismos reales hicieron otro tanto con el socialismo. Una determinada versión y aplicación de cada una de esas doctrinas perjudicó al completo liberalismo y al completo socialismo”.

Tampoco se trata de combinar por mitades liberalismo y socialismo, o sea, iguales partes de aquel y de este, para alcanzar de ese modo una mezcla perfectamente equilibrada, puesto que lo más probable es que de la conversación que proponemos puedan salir acuerdos que en algunos casos se carguen más del lado liberal y en otros del lado socialista. La conversación entre liberales y socialistas no es algo tan sencillo como poner a ambos en una juguera  y echar a andar la máquina.

En cualquier caso, y en retirada ya los destructivos efectos de la tormenta neoliberal y del vendaval de los socialismo reales, es preciso recuperar el buen nombre del liberalismo y del socialismo  y aceptar que como buenos hijos de la modernidad, y en tal sentido hermanos, no tienen necesidad de pelearse entre sí. Lo que se espera es que se abran a una conversación que, si bien urgente, puede y debe ser también serena, reflexiva, pausada, leal.

Tampoco se trataría de una conversación enteramente nueva. Hay no pocos autores cuyas versiones del liberalismo o del socialismo, así como  gobiernos que hicieron aplicación de ambas doctrinas, pueden servir, si no de modelos, al menos de inspiración para aquello de lo que ahora se trata. ¿Un par de ejemplos de autores? John Stuart Mill y Norberto Bobbio. ¿Dos, ahora locales?  Cualquiera de los grandes liberales de nuestro siglo XIX, y, en el XX, Eugenio González, quien fuera socialista y rector de la Universidad de Chile.

“En cualquier caso, y en retirada ya los destructivos efectos de la tormenta neoliberal y del vendaval de los socialismo reales, es preciso recuperar el buen nombre del liberalismo y del socialismo  y aceptar que como buenos hijos de la modernidad, y en tal sentido hermanos, no tienen necesidad de pelearse entre sí”.

Liberalismo y socialismo son palabras nobles que tienen que seguir siendo utilizadas a pesar del menoscabo que ambas han sufrido, en un caso por culpa del neoliberalismo y en el otro a causa de los socialismos reales.

*Agustín Squella es abogado, Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales 2009 y precandidato constituyente.

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