@rodelindoroman (Twitter)

Viaje al interior del Rodelindo Román

El cuadro de San Joaquín es el club de barrio más famoso del país. En sus filas debutó Arturo Vidal. En el 2018 el crack de la Roja comenzó a invertir en la institución que acaba de conseguir el ascenso al fútbol profesional chileno. Una historia que comenzó hace décadas y que está atada a la familia de uno de los mejores futbolistas nacionales de todos los tiempos. Un relato lleno de sueños por cumplir en una población donde el estigma y el prejuicio son los verdaderos rivales a vencer.

Rodelindo Román era un caballero de fina estampa. Casi todos los días de su vida adulta vistió terno de tres piezas: pantalón de tela, chaleco sin mangas abrochado hasta el cuello, chaqueta al tono y un pañuelo de seda en la solapa. Usaba reloj de bolsillo y los domingos, sagradamente, almorzaba con su madre Irma y algunos de sus tantos sobrinos que llegaban a la casa familiar ubicada en el sector de San Isidro con Avenida Matta, en el corazón de la capital chilena. Uno de esos niños era Willy Díaz, hoy de 57 años, quien recuerda a su tío-abuelo como “un hombre gentil, muy correcto en sus formas, cariñoso con su entorno y muy educado”. 

Rodelindo Román, hijo de Irma y Alejandro, tenía cinco hermanos. Nunca se casó ni tuvo hijos. Ejerció como director del Departamento de Aseo y Ornato de la Municipalidad de Santiago en la mitad del siglo pasado. Dicen quienes lo conocieron que su principal dedicación eran los jardines. Se enfocaba en el prolijo cuidado de las áreas verdes distribuidas en el municipio más importante de la capital. En ese rol consiguió unos terrenos para que los vecinos de la Villa Huasco, ubicada en lo que hoy conocemos como San Joaquín, pudieran instalar una cancha de fútbol y una sede social donde poder reunirse y organizar sus actividades sociales, lúdicas y deportivas. Los dirigentes del sector, en gratitud, bautizaron con su nombre al flamante club deportivo. Era el 16 de noviembre de 1956. Rodelindo Román agradeció la iniciativa aunque hasta el final de sus días consideró que tal gesto había sido una exageración. Él sólo cumplía con su trabajo.  

El primer Arturo

Arturo Erasmo Vidal Pardo es uno de los mejores futbolistas chilenos de todos los tiempos. El hijo más ilustre y reconocido de la comuna de San Joaquín. Mucho antes de ser campeón de América con la Selección Chilena, de jugar en Colo Colo, Bayer Leverkusen, Juventus, Bayern Munich, Barcelona, Inter de Milán, mucho antes de ser compañero de Messi, Buffon o Lukaku, Arturo fue jugador del Rodelindo Román, su primer equipo. Pero Vidal no fue el primer Arturo en vestir la camiseta verde del club. El primer Arturo fue su abuelo, Arturo Pardo. 

Arturo Pardo trabajaba en la Municipalidad. Un día era barrendero, la semana siguiente jardinero, después basurero. En empeño no se quedaba. Su gran pasión era el fútbol. Sus vecinos recuerdan que tenía más entusiasmo que condiciones, aunque no jugaba nada de mal. Pardo llevó a su nieto al Rodelindo. Su hija Jacqueline había bautizado en su honor al hijo que había tenido con su esposo, Erasmo Vidal, un niño que nació el 22 de mayo de 1987, Arturo Erasmo Vidal Pardo. El pequeño Arturo acompañó a su abuelo primero como espectador y luego como integrante de las divisiones más pequeñas de la institución. Tenía cinco años. Luisa, vecina de la calle Juan Araneda dónde estaba emplazada la cancha donde Vidal aprendió a jugar a la pelota, señala que “a veces lo veíamos corriendo, a pata pelada, pegándole a la pelota toda la tarde. Colocaba a su hermana al arco y chuteaba desde lejos”. 

En ese tiempo la cancha del Rodelindo Román no tenía el césped sintético que luce actualmente. Era de tierra, piedras, vidrios y maleza. Para el pequeño Arturo no era difícil llegar hasta allí. Su casa estaba exactamente detrás de uno de los arcos. Abría la puerta y se encontraba, literalmente, con una cancha de fútbol. En ese rigor se formó el mejor mediocampista chileno de toda la historia.  

Un día el Tata Arturo no volvió del trabajo. Falleció atropellado en plena faena laboral. Un pasaje ubicado a sólo una cuadra de la sede del Rodelindo Román lleva su nombre. Su nieto había heredado el germen del fútbol, una adicción incurable que lo llevaría a triunfar en las canchas más importantes del mundo. 

El come-tierra

Mucho antes de ser el Rey Arturo o El Celia, como fue bautizado por sus compañeros en las divisiones inferiores de Colo Colo, Arturo Vidal era conocido en la Villa Huasco como El Come-Tierra, apodo que recibió mientras jugaba en el Rodelindo Román por su pundonor extremo y carácter temerario al entrar a la cancha. “Hace un tiempo una imagen de Arturo dio la vuelta al mundo. Se lanzó al piso a trabar una pelota con la cabeza. Para nosotros eso no era ninguna novedad. Acá lo vimos hacer lo mismo cien veces. Se tiraba de hocico al suelo, por eso le pusieron El Come-Tierra”, recuerda Sergio, vecino del sector, quien no evita lanzar una carcajada al rememorar el origen del alias del ex jugador del Barcelona. 

La historia de Arturo Vidal es muy conocida, quizás demasiado. Suele pasar con los ídolos deportivos. Despiertan adhesión desmedida entre los aficionados y convocan la curiosidad de los medios de comunicación, quienes resaltan no sólo su rendimiento en la cancha sino que hurgan en los detalles más íntimos de su biografía. Mucho sabemos de Arturo Vidal pero poco de Rodelindo Román. 

Arturo Vidal en “Rodelindo Román: Del Barrio al Mundo” (Chilevisión)

Vidal decidió comprar su club de origen el año 2018. No sería una inversión decorativa sino un proyecto serio. Desde ese día todo cambió para este modesto equipo de barrio. Llegaron las cámaras, las notas de prensa, hasta un reality que seguía al detalle los pasos de los jugadores, cuerpo técnico, hinchas y vecinos. El club mantiene un fuerte arraigo en el sector. Muchos de sus aficionados son adultos mayores, la generación que fue testigo de los albores de la institución. “La gente siente que el club es de ellos y tienen razón. Existe un sentido de pertenencia y de identificación con los vecinos. Son muy fanáticos”, reconoce Gianni Rivera, actual coordinador del equipo de fútbol del Rodelindo Román, que acaba de ascender a la Segunda División Profesional, la antigua Tercera División. 

Quizás para Arturo Vidal adquirir el Rodelindo Román no significaba un gran cambio en su vida, pero esa decisión sí cambiaba la vida de muchas personas que viven alrededor del club y del barrio.

“Cuando Arturo nos llamó para dirigir el equipo siempre nos dijo que esto era fútbol profesional, que así debíamos trabajar”, asegura Rodolfo Madrid, el único entrenador que ha tenido el Rodelindo durante la administración Vidal. Este ex jugador de Colo Colo y la selección chilena camina con tranquilidad junto a la cancha de entrenamiento del equipo, esta vez cedidas por el Instituto Nacional del Fútbol. “Hemos ido gitaneando por diferentes lugares, buscando donde practicar y jugar, pero siempre hemos encontrado gente que nos ha abierto las puertas”, agrega Madrid, quien fue compañero de Vidal en el cuadro albo. Si bien tenían una buena relación, no era particularmente amigos. Cuando el jugador del Inter tomó las riendas del club tenía una carpeta con tres posibles entrenadores. Rodrigo Meléndez, Miguel Riffo y Rodolfo Madrid, todos con pasado en el Cacique. El menos cercano a Vidal era, precisamente, quien terminó siendo escogido. “En ese tiempo yo trabajaba en las inferiores de Colo Colo con Hugo González, que es el padre futbolístico de Arturo Vidal. Él me recomendó y así fue como llegamos y comenzamos a trabajar. El objetivo de Arturo era que el Rodelindo llegara a ser profesional en cuatro años. Lo conseguimos en menos tiempo”, añade el técnico mientras sus dirigidos terminan la práctica y se marchan de inmediato a sus respectivos hogares, cumpliendo los protocolos sanitarios dispuestos en la pandemia que no permiten que los futbolistas usen los camarines para ducharse. 

El proyecto de Arturo Vidal y el Rodelindo Román es encabezado en Chile por los hermanos Carlos y Víctor Albornoz. Su abuelo era hermano de Arturo Pardo, el abuelo de Vidal. Son primos en segundo grado, aunque el jugador les dice familiarmente “tíos”. Se criaron en el mismo barrio. Uno se desarrolló en la cancha mientras los Albornoz siguieron el camino de los estudios. Carlos Albornoz es el hombre de mayor confianza de Arturo Vidal. “El Rodelindo es parte de nuestra historia familiar”, admite sin remilgos ni rodeos. Albornoz aclara que el club funciona desde dos estructuras independientes, el club de barrio, con sus presupuestos, cuentas bancarias, directivas independientes y el equipo de fútbol que jugará este 2021 en la Segunda División Profesional. Al ascender de categoría el Rodelindo Román debe cumplir con los requisitos que se le exigen a todos los clubes: contar con divisiones inferiores, cadetes y con una rama oficial de fútbol femenino. Además, deberán convertirse en una Sociedad Anónima Deportiva, donde seguramente Arturo Vidal será el principal inversionista pero cuya estructura aún no está definida. 

“La SADP es algo nuevo. Se debe constituir y aún no está claro quiénes serán los participantes. La pandemia condiciona ciertas planificaciones a corto plazo, pero Rodelindo tiene vocación de trabajar con jóvenes y sectores populares. Parte central del proyecto es seguir identificándonos con el lugar desde donde venimos”, explica Albornoz.

Rodolfo Madrid añade que esta convivencia entre un club profesional y mantener la visión del barrio es algo fundamental del proyecto. “Siempre pensamos en un plantel profesional y buscamos jugadores que tuvieran formación, que trajeran cosas incorporadas, la disciplina de entrenamiento. La gente del barrio quiere mucho al club y lo notamos. Son los patriarcas, los precursores. Son muy fanáticos, exigentes como cualquier hinchada, pero mantienen el alma del club de barrio”. 

El Rey no juega en su estadio

José Cáceres es el primero en llegar a las jornadas de entrenamiento, por lo menos dos horas antes del inicio de cada práctica. Los días de partido es aún más previsor. Tres horas antes de que comience a rodar la pelota este utilero, con cuatro décadas de experiencia en el fútbol, arriba a la cancha de turno con todos los utensilios necesarios para que los futbolistas se dediquen sólo a entrar a la cancha y jugar. 

Cáceres fue utilero de Unión Española durante casi 40 años. Allí conoció a Rodolfo Madrid, el técnico del Rodelindo y Mario Cáceres, su asistente de campo. Hace dos años lo invitaron a unirse al proyecto. “Cuando me despidieron de la Unión me había alejado completamente del fútbol, no fui más al estadio, pero uno nunca deja esto. A Rodolfo y Mario los conozco de niños, no podía decirles que no. Acá trabajamos como profesionales y los chiquillos notan la diferencia, saben que son unos privilegiados”, enfatiza, mientras no pierde de vista el entrenamiento que se realiza en la cancha aledaña. 

La pandemia obligó a un receso total de las actividades deportivas. Rodelindo Román no fue la excepción. Durante casi ocho meses no hubo partidos, competencias ni entrenamientos presenciales. “Nos pagaron todo el sueldo, no tuvimos ningún descuento durante todo ese período. Los utileros, administrativos, jugadores, entrenadores, preparadores físicos, funcionarios, recibimos lo mismo, como si estuviéramos en pleno campeonato. Eso fue muy importante para nosotros”, dice Cáceres. 

El estadio en el año 2014 (Street View)

El coordinador del equipo, Ganni Rivera, también tiene experiencia en equipos grandes. Trabajó en Colo Colo por casi una década. Hombre de fútbol, es el encargado de los detalles logísticos del club: viajes, traslados, merienda, locaciones. En el cuadro albo trabajó durante el período de Héctor Tapia como entrenador. Pasó, en menos de una semana, del Arena Corinthians de Sao Paulo a un recinto en Lampa. 

“Arturo está pendiente de todo. Sabe lo que comen los muchachos, la hora de los entrenamientos, sigue los partidos. No deja ningún detalle al azar. Antes de la pandemia concentrábamos en el hostal que tiene en la calle Crédito, barrio Santa Isabel, con todo lo necesario”, asegura.

El técnico Rodolfo Madrid coincide en este punto. “Mantenemos comunicación con Arturo todos los días o día por medio a más tardar. Nos pide informes de los partidos, de las prácticas, el desarrollo físico de los jugadores. Todo lo que solicita el dueño de un club. Pero nos da amplia libertad para las decisiones deportivas. Opina, sabe mucho de fútbol, pero nunca traspasa la línea del rol del entrenador. Eso nos da mucha libertad para trabajar”.

Pese a los 11.874 kilómetros que separan Santiago y Milán, Vidal no deja cabos sueltos en la administración del club. “El whatsapp y el zoom nos permite mantener conversaciones diarias.  Arturo conoce mucho la industria y entrega lineamientos de lo que piensa. Las determinaciones deportivas las toma Rodolfo, nosotros opinamos en lo administrativo y Arturo tiene la última palabra”, admite Carlos Albornoz.

Tanto es el compromiso de Vidal con su club de origen que se las arregla para ver todos los partidos del equipo. El encargado de comunicaciones, el periodista Claudio Lara, se las ingenió para que el volante del Inter pudiera ver los cotejos en vivo. “Al principio era una transmisión muy precaria, con un teléfono  y un programa del computador. Transmitíamos los partidos junto al relator José Ángel González, El poeta del gol. Poco a poco fuimos mejorando en tecnología. Ahora la hacemos con la gente de Natoprolive y con José Gálvez en la narración”. 

 El estadio Municipal de San Joaquín se llama Arturo Vidal. El jugador fue declarado hijo ilustre de la comuna, en una pomposa ceremonia. Lo paradójico es que el Rodelindo Román, el equipo de Vidal, no puede jugar como local en el estadio que lleva el nombre del propietario. Entrenan en la cancha sintética ubicada en la Villa Huasco o en el predio de la INAF, vecino a la sede de la ANFP. La mayoría de sus partidos los disputaron como locales en el estadio Joaquín Edwards Bello Oriente, ubicado en la calle Vecinal, entre Departamental y Varas Mena, un recinto con capacidad para no más de 700 espectadores. Al final del certamen consiguieron jugar en la cancha del Municipal de La Pintana. Pero el equipo de Arturo Vidal no juega en el estadio Arturo Vidal. 

“Poco pudimos ocupar el estadio Municipal de la comuna de donde somos. Ya jugaba ahí el Real San Joaquín. El municipio nunca tuvo mucho interés en el proyecto del Rodelindo pero desconozco los detalles. Si bien Arturo es hijo ilustre y el alcalde lo invitó, cuando elaboramos el proyecto nunca apoyó. La Dirección de Deportes puso muchas trabas. Además la cancha es muy pequeña. Con el ascenso nos toca buscar un lugar, invitando a los municipios que quieran apoyarnos en este proyecto y tomar una decisión”, explica Carlos Albornoz. 

El guerrero del Rodelindo

Israel Muñoz, jugador del Rodelindo Román, luce un tatuaje con la palabra Guerrero estampada en su piel, acompañado de dos número 1. “Eso es porque una vez tuve cáncer y una vez lo vencí”, relata mientras cuenta las horas para enfrentar a Deportivo Limache por la final del campeonato de la Segunda División Profesional. Ese pleito de desenlace lo perderían por definición en tanda de penales. Pero Muñoz ha jugado finales mucho más duras que un partido de fútbol. 

“El 2015  me diagnosticaron un cáncer a los ganglios cuando jugaba en Deportes Pintana. Fue un proceso duro, pero siempre mantuve una mentalidad positiva. Me dijeron que nunca más podría jugar futbol, pero me dije que podía vencerlo, que iba a volver a jugar. Dios me sanó y me dio otra oportunidad”. 

El fútbol es veleidoso y de pronto colisiona con el destino para cambiar la biografía de los jugadores. Israel Muñoz defendía a Pintana Unida, otro club de su comuna natal, cuando le tocó medirse contra el Rodelindo Román. Su equipo perdió, pero su juego despertó el interés del cuerpo técnico del equipo de San Joaquín, quien le ofreció enlistarse en el elenco de Arturo Vidal. “Acepté de inmediato. Sabía que el club quería hacer las cosas bien, como un equipo profesional. La experiencia ha sido muy bonita a pesar de la pandemia. El club está súper comprometido con nosotros”. 

Israel Muñoz proviene de la población El Castillo. Creció en un entorno complejo, donde las oportunidades no existen y la sobrevivencia se disputa a diario. Soñaba con jugar al fútbol. Llegar a ser un día como Arturo Vidal. “Jugar en su equipo es increíble para mí. Lo admiré siempre, no sólo cómo jugaba, sino cómo afrontaba los desafíos. Su actitud. En cualquier equipo, ante cualquier rival, juega con todo. He hablado con él por whatsapp. Ha sido muy amable, me ha dado consejos y espero responderle”. 

El fútbol lo motiva, lo mueve y lo nutre. Muñoz sabe que su vida gira en torno a la pelota y no quiere alejarse. Estuvo cerca de no contar esta historia. “La muerte pasó muchas veces cerca. Viví muertes en mi proceso de recuperación. Pacientes, compañeros que estaban a mi lado durante la quimio de pronto no aparecían más. Lo bueno es que ahora estoy bien, me  controlo cada cierto tiempo y todos los exámenes han salido positivos. Eso me motiva a seguir en esto”. 

Donde todo empezó

Es un martes de febrero del año 2021. Son las 10.30 de la mañana. La temperatura en la capital comienza a subir. Esa tarde el termómetro llegará a los 34 grados. La cancha del Rodelindo Román esté repleta de chicos. Tranquilamente, son más de cincuenta. Un grupo sale, de inmediato otro entra. A un costado de la reja un trío de jóvenes mira el entrenamiento y algo más. Camino por las calles aledañas al campo de juego para reconocer el territorio donde todo comenzó. Hace muchos años vine a este mismo lugar a hacerle una nota a una joven promesa de Colo Colo que comenzaba a brillar con luz propia en tierra de gigantes. Se llamaba Arturo Vidal y nos recibió en su casa.

La cancha, antes de tierra, hoy tiene pasto artificial. Una reja metálica rodea el recinto y evita que los pelotazos lleguen a los hogares vecinos, como antaño. La antigua casa de ese joven futbolista registra varios cambios, ampliaciones, pero es fácilmente reconocible. Esa vez, cuando aún soñaba con ser uno de los mejores jugadores del mundo, el joven Arturo nos invitó a recorrer el sector. Orgulloso de su barrio no evitaba preguntas y saludaba a hombres, mujeres y niños que se cruzaban mientras realizábamos la entrevista. Todos los conocían y él conocía a todos. 

La sede del Rodelindo Román sigue emplazada en el mismo lugar, pero ha sido notoriamente acicalada. Exhibe un intenso color verde oscuro, el mismo de la camiseta oficial.  El club ha recibido sendos montos por las diferentes transferencias de Arturo Vidal en el fútbol internacional, lo que se denomina derechos de formación: 14 millones de pesos llegaron a su caja cuando se marchó de Colo Colo al Bayer Leverkusen de Alemania. 21 cuando pasó de los germanos a la Juventus de Turín. Y 70 cuando dejó Italia para enrolarse en el Bayer Munich, otra vez en tierras bávaras.

–“Diego, mañana zapatos y zapatillas”–, dice un hombre de unos cuarenta años, con un silbato colgado al cuello. “Sí profe, nos vemos mañana”, contesta el aludido. Presumo que es Diego.

Me acerco a uno de los profesores que están al borde de la cancha. Le consulto si puedo sacar fotografías del entrenamiento. Lo permite, pero con una condición. “En la cancha sólo entran jugadores, de la reja hacia afuera no hay ningún problema”.

Detrás de una de las porterías hay un par de árboles mayúsculos que regalan una generosa sombra. El calor imperante provoca que ese sector sea codiciado. Eso explica la presencia de al menos cuatro testigos del entrenamiento a pocos metros de distancia.

Mientras capturo fotografías de la práctica diviso que los integrantes del trío que vi al llegar dejan su lugar y se dirigen hacia mi posición. 

–¿Por qué estai sacando fotos? ¿Estai sapeando? Te estamos mirando hace rato–, añade el primero de ellos, a unos tres metros de distancia.

–¿Sapeando? Para nada, amigo. Soy periodista. Estoy armando una historia sobre el Rodelindo Román. Ayer fui a la práctica del primer equipo y hoy me citaron acá–, respondo. 

El segundo vestía un jeans oscuro y una polera clara. Mucho más calmado que su compañero agrega:

–Tienes que pedir permiso. Acá la gente piensa mal. Pensamos que le sacabas fotos a las patentes de los autos–.

–Pero si pedí permiso. Le dije al profe que iba a sacar fotos de la práctica y eso estoy haciendo–, contesto, mientras le muestro la galería de fotos de mi teléfono que contenía imágenes del entrenamiento y del sector, sin ningún otro interés que acompañar el texto con material gráfico. 

–Ya, ándate luego de acá–, el tercero se une a la charla, con tono amenazante. 

No me muevo. Guardé el teléfono para evitar suspicacias, pero me mantuve mirando el entrenamiento al menos veinte minutos más. Redacto un par de ideas en la libreta de apuntes mientras el trío continuaba vigilándome a varios metros. Una joven sale de una de las casas cercanas. Le pregunta al trío si había pasado algo. Ellos responden negativamente con la cabeza. Me preparo para partir cuando se acerca un hombre mayor, de frondoso pelo cano y gafas colgadas con un cordón alrededor del pescuezo. Me dice que se llama Carlos y que me vaya tranquilo, que no pasa nada. “Usted tiene que entender. Viene gente que desconfía de nosotros sólo por vivir acá. El prejuicio en este país sigue siendo grande y los cabros se ponen a la defensiva. Son años de soportar que nos apunten con el dedo. No nos queda otra que desconfiar”. Don Carlos me acompaña hasta el final del pasaje. Dice que en el sector todos conocen a Arturo Vidal y su familia, pero que el Rodelindo Román es más importante. “El equipo es nuestro, sabe. Y lo tratamos de cuidar”.

Ya es cerca del mediodía de un caluroso martes de febrero. El barrio sigue en el mismo lugar, con cambios cosméticos. Algunas historias no cambian. Otras sí. Propias y ajenas. La de Arturo Vidal es una de ellas. Hace un tiempo, en este mismo sitio, nos dijo que quería jugar en los mejores equipos del mundo. Ahora que ya lo hizo asegura que algún día quiere regresar al lugar donde todo empezó y retirarse vistiendo la camiseta del Rodelindo Román. Como el destino, que siempre vuelve a su inevitable forma circular. 

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