Columna de Cristóbal Palma: Extraña compulsión de generosidad

Agencia Uno

Columna de Cristóbal Palma: Extraña compulsión de generosidad

"Pero nosotros ya tenemos un royalty, ustedes dirán, justamente uno creado por nuestra centroizquierda. Bueno, Sturla calcula que lo que se percibe en términos efectivos por este llamado “royalty” es tan bajo, algo así como un 1% de lo que producen, que ni siquiera alcanza para compensar por el agua que las mineras utilizan y que, nuevamente, el Estado les regala".

La reciente activación en el debate público del tema del cobre y sus rentas nos recuerda una frase de Evelyn Matthei de enero pasado: “La centroizquierda cree mucho más en regalar, nosotros creemos mucho más en el esfuerzo personal”.

Por supuesto, la frase era absurda en muchos sentidos: desde el despropósito de referirse a la protección social que brinda el Estado como un “regalo”, o insistir en la importancia del “esfuerzo personal” y “mérito” mientras su gobierno rota ministerios entre compañeros de curso, etc. Pero hay una parte de lo dicho por la alcaldesa que aunque tal vez no en el sentido que quería darle, quizás sí tiene mayor asidero: “la centroizquierda cree mucho más en regalar”.

Veamos: el investigador de la Universidad de Chile, Gino Sturla –quien junto a Ramón López ha trabajando el tema de las rentas mineras por años-, utilizando datos del Banco Mundial y Cepal, calcula que desde el retorno a la democracia -los años dorados de nuestra centroizquierda-, el Estado chileno ha dejado de captar el equivalente a un promedio de 8,1% del PIB por año en rentas mineras. Esto significa, calcula Sturla, que si todas estas rentas hubieran sido captadas y acumuladas en un fondo soberano, con una tasa de interés de 5% anual, el tamaño de este fondo sería hoy de US$ 980.000 millones.

El propio Sturla nos aclara que esta pérdida de rentas es por varios motivos: falta de mecanismos para captarla, ineficiencia en la producción y comercialización, falta de fiscalización, etc., y que en cualquier escenario sería casi imposible para un país captar el total de sus rentas. Imaginemos entonces que desde 1990 el Estado hubiera sido capaz de captar una porción más realista, y hubiéramos terminado con solo un tercio del escenario optimo que calcula Sturla. Bueno, este escenario “no optimo” sería un fondo equivalente a más de un PIB anual completo pre-pandemia, algo así como más de 7 mil Teletones que el Estado regaló, en su mayoría a grande empresas privadas, sin una razón aparente.

Imagínense lo ventajoso que sería disponer de estos recursos extra por si algún día tuviéramos una crisis de pensiones, descubriéramos que tenemos un sistema de educación y salud deficientes, necesitáramos invertir más en innovación, diversificación productiva, o nos golpeara, Dios no quiera, algo así como una pandemia.

Pero claro, acá es cuando colectivamente nos preguntamos ¿qué diablos son las “rentas mineras”? Porque uno podría pensar -como nos han hecho creer gran parte de nuestros “expertos” y la industria en los últimos 40 años-, que si una compañía minera ha invertido, extraído y comercializado el mineral, se merecen cada peso que gana, y bastaría con que paguen el impuesto a las utilidades correspondiente (algo que al parecer no hacen). Excepto que para pensar de esta manera, al parecer primero habría que ignorar gran parte de la teoría económica desarrollada desde Adam Smith en adelante, o sea las fundaciones teóricas mismas del capitalismo, donde uno de los temas centrales es diferenciar las rentas de las utilidades operativas.

Como explica la economista Mariana Mazzucato en su libro “The Value of Everything”, la disciplina económica se funda en Europa en el s. XVIII en la necesidad de definir qué sectores de la economía son creadores de valor y cuáles simplemente lo extraen. De esa manera, entre otras cosas, se logra diferenciar qué ingresos son “ganados” (“earned income”) y cuáles son el simple beneficio económico de una actividad no productiva (“unearned income”). A estos últimos, bajo ciertas condiciones, se les denomina “rentas”.

Así, Adam Smith (1723-1790), padre de la economía y supuesto guía espiritual de nuestros neoliberales económicos, en su búsqueda por producir una teoría del valor, definió que existían tres tipos de ingresos: por trabajo, por ser dueños de capital productivo, y las rentas por poseer tierras. Este último ingreso lo definía como “no productivo”, o sea sólo el resultado de solo tener la propiedad sobre un recurso, condición que podía ser extendida a otras áreas, como por ejemplo tener el derecho exclusivo a importar un producto en particular. De esta manera Smith llegó a la conclusión de que un mercado realmente “libre” correspondía a aquel libre de rentas artificialmente construidas.

Pero es a David Ricardo (1772-1823), algo así como el segundo padre de la economía, a quien normalmente se le atribuye la definición que más ha perdurado de renta. Ricardo observó la relación entre la fertilidad de la tierra y la ley de los rendimientos decrecientes, en que a medida que existe una mayor demanda por cultivar más tierras, los dueños de aquellas tierras más fértiles pueden cobrar a quienes la trabajan (los capitalistas) un valor extra con respecto a tierras menos fértiles. Y fue a este valor extra que Ricardo definió como “renta”. Y en el caso de la minería, Ricardo estableció que además se debía pagar una regalía al dueño del recurso por el material extraído.  Esto como compensación por la pérdida patrimonial que sufre el dueño del recurso al ser este no renovable.

Luego, a principios del siglo pasado aparecieron los llamados economistas “neoclásicos”, quienes desarrollarían una teoría de valor determinada por precio (una visión alternativa a la marxista y a la clásica en general, quienes proponían que la fuente real de valor económico era el trabajo). La corriente neoclásica, en gran medida dominante hasta hoy, sostuvo que el concepto de “rentas” debía considerar cualquier exceso en las utilidades “normales”, o sea todo por sobre aquello que ya es suficiente para mantener los incentivos y niveles de inversión de una determinada actividad productiva que ocurren en un mercado competitivo. Este exceso puede darse, entre otras razones, por diseño (por ejemplo una patente), debido a la escasez de un factor productivo (por ejemplo de un recurso natural), o por alguna distorsión mercado (por ejemplo acciones monopólicas no reguladas).

Pero tomando en cuenta lo anterior, y volviendo a nuestra mundana realidad ¿No es el principal argumento de nuestros neoliberales en contra de implementar un royalty efectivo, que se corre el riesgo de desincentivar la inversión? Bueno, esto solo nos recuerda que hay una diferencia fundamental entre ser ideológicamente dogmático, y simplemente no entender muy bien tu propia ideología. Porque al ser las rentas ganancias “excesivas”, entonces todavía queda abierta la pregunta, que no se han molestado en responder, de por qué la industria minera necesitaría esas ganancias excesivas -o sea que el dueño del recurso lo subsidie regalándole su renta-, para justificar la inversión. Econ 101… (como les gusta decir a ellos).

Así entonces, nos damos cuenta que siguiendo las líneas más clásicas y ortodoxas de pensamiento económico, dentro de los ingresos de las compañías mineras que operan en Chile, se debiera hacer la distinción entre aquellos ingresos “ganados”, o sea los que corresponden a la actividad productiva de extraer y comercializar el cobre -que ya debiese generan el retorno suficiente para justificar la inversión-, de aquellos ingresos que provienen simplemente de tener acceso al mineral que está en la roca, recurso ya existente y que constitucionalmente pertenece a todos los chilenos. Este acceso al mineral es lo que en definitiva explica el retorno excesivo obtenido por las compañías mineras, que poco tiene que ver con alguna supuesta eficiencia extraordinaria, o cuánto han reinvertido las compañías en sus procesos productivos. Además, no olvidemos que después de décadas de ganancias estratosféricas, la minería privada sigue exportando principalmente un producto que es dos tercios basura (escoria).

¿Y cómo hacen otros países? Como hemos mencionado antes, Noruega, por ejemplo, ha logrado crear el fondo soberano más grande del planeta -un millón de millones de dólares- justamente gracias a su capacidad de captar gran parte de las rentas generadas por la extracción de petróleo, que en el caso de extracción privada es a través de un impuesto específico de 55% por sobre el impuesto a las utilidades de 23%. Con este fondo, no sólo se han estado preparando para cuando este recurso deje de existir o sea remplazado, sino que anualmente a través de su rentabilidad cubren hasta un 20% del gasto público, y en este período extraordinario de pandemia les permitió acceder a US$ 40 mil millones extra, más que todo el presupuesto público chileno en un año normal. Eso es lo que allá probablemente llaman tener un “Estado moderno”, aquel que se beneficia de un entendimiento más sofisticado de los procesos productivos: o sea que la extracción de un recurso natural no necesita del incentivo (subsidio) de tener ganancias excesivas (rentas).

Pero nosotros ya tenemos un royalty, ustedes dirán, justamente uno creado por nuestra centroizquierda. Bueno, Sturla calcula que lo que se percibe en términos efectivos por este llamado “royalty” es tan bajo, algo así como un 1% de lo que producen, que ni siquiera alcanza para compensar por el agua que las mineras utilizan y que, nuevamente, el Estado les regala.

En fin, Matthei parece tenía razón, nuestra centroizquierda cree mucho en regalar. Así es como ninguno de los actuales precandidatos/as del sector han mostrado el menor interés por cambiar esta dinámica. Esto en momentos en que los medios hace meses nos avisan que está comenzando un nuevo súper ciclo del cobre, y en que se supone que no sólo hay que hacer reformas importantes a nuestro sistema de protección social, sino que también a parte de nuestro sistema productivo. Hasta el momento, el más radical del sector ha sido Rodrigo Valdés, quien en una columna reciente describe esta perdida de recursos como una simple “percepción” que puede ser correcta, quién sabe, porque “nos faltan mejores datos para tener una discusión informada”, nos advierte. Lo que no explica Valdés es por qué después de treinta años y 5 gobiernos de centroizquierda, todavía no tenemos esos datos.

Tal vez la alcaldesa donde se quedó un poco corta es que lamentablemente no es solo nuestra centroizquierda la que cree más en regalar, sino que por alguna razón gran parte del espectro político no puede controlar esta extraña compulsión de generosidad para con las grandes compañías mineras privadas. Y que hasta el momento sea solo nuestra “extrema izquierda” la que ha mostrado una más bien tímida preocupación por el tema, solo nos recuerda los niveles de distorsión ideológica en los que vivimos. Porque como el pensamiento económico más elemental pareciera demuestrar, la necesidad de captar nuestras rentas mineras no debiese ser un tema de “izquierdas” vs “derechas”, sino más bien la diferencia entre un capitalismo virtuoso, y uno muy confundido, rentista e ineficiente. Uno podría pensar que no hay donde perderse…

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