Columna de Álvaro Bisama: La sátira y la verdad

“Políticamente Incorrecto” no puede resultar más oportuno. Pura urgencia: está acá la necesidad de que la comedia hurgue en la realidad para desmontarla como caricatura, exorcizándola y exhibiéndola como una ficción endeble, despojada de poder y autoridad.

En el canal La Red lo están haciendo muy bien. Lo digo porque luego de su emisión del viernes pasado, “Políticamente Incorrecto”, el programa de los comediantes Belén Mora y Francisco “Toto” Acuña, recibió cartas de protesta del Ejército, la Fuerza Aérea, la Armada y el Ministro de Defensa. La razón: en una de sus secciones Acuña se disfrazó de uniforme y dio una entrevista caracterizado como “un militar de verdad”. “Yo no voy a la guerra ni cagando. No, es que a mí me da como cosa esa cuestión. Yo veo sangre y me desmayo. Se me sube la presión”, dijo. Por supuesto, de la mano de todos esos reclamos estalló el escándalo y el debate llegó a adquirir un aspecto inverosímil; una discusión sobre la libertad de expresión que terminó por incluir comentarios como el del periodista Matías del Río, quien se refirió a La Red como un “Fox News, pero de izquierda”. 

En cualquier caso, “Políticamente Incorrecto” no puede resultar más oportuno. Compuesto de viñetas veloces que funcionan como apuntes de una crisis permanente, el programa de Mora y Acuña hace una lectura in situ de la actualidad. Para eso abandonan de la picaresca para describir el funcionamiento de la política, en un estilo donde no hay espacio para la confesión biográfica o el absurdo doméstico, y donde la parodia y la sátira valen como consignas. Pura urgencia: está acá la necesidad de que la comedia hurgue en la realidad para desmontarla como caricatura, exorcizándola y exhibiéndola como una ficción endeble, despojada de poder y autoridad. 

“Compuesto de viñetas veloces que funcionan como apuntes de una crisis permanente, el programa de Mora y Acuña hace una lectura in situ de la actualidad. Para eso abandonan de la picaresca para describir el funcionamiento de la política, en un estilo donde no hay espacio para la confesión biográfica o el absurdo doméstico, y donde la parodia y la sátira valen como consignas”.

La semana anterior, en la misma sección, el entrevistado era un diputado ahora candidato a constituyente, presentado como “un político de verdad”. “La verdad es que nosotros no queremos que cambie la Constitución. Nosotros antes del estallido social estábamos la raja. Hacíamos lo que queríamos, nos subíamos los sueldos cuando queríamos, ganábamos lucas para todo; viáticos, todo era para dentro. Nos pasaban plata para la bencina, los hoteles, las amantes, para todo. Y para mantener eso, nosotros tenemos que estar adentro. Estábamos más saltones que la cresta, estábamos con el poto a dos manos”, dijo. Mora, caracterizada como una periodista, lo miraba horrorizada y parecía hundirse en su silla. Ahí el infierno y el chiste estaban en los detalles. Acuña y Mora usaban para el gag el set de “Poder y verdad”, el programa donde Mónica González entrevista candidatos/as presidenciales todos los lunes. No movieron los muebles ni tocaron las luces, para qué. Ahí, Acuña nos recordaba su mejor habilidad, la decir y padecer las atrocidades más grandes sin conmoverse apenas, como uno de esos viejos capos cómicos que mantienen la calma en medio del caos. Ese mismo día, minutos antes, el show también puso al aire una entrevista al caballo del General Baquedano, que se echaba pasto recién cortado a la boca y hablaba del olvido en el que lo habían dejado los animalistas.

Pero el viernes de la semana pasada los militares no lo soportaron. “Para eso están los pelados”, dijo el “militar de verdad” respecto a los conscriptos. “Nosotros inventamos las guerras, pero los mandamos a ellos (…) Una de las cosas que hacemos es lavarles el cerebro, que la patria aquí, que la patria allá, que la patria es tu madre, y ahí quedan locos, ahí hacen lo que nosotros queramos”, agregó Acuña y lo más corrosivo de su chiste no estaba sólo en sus palabras sino narrara todo con una pasmosa normalidad. Ahí estaba la verdadera sátira en que todo se presentaba como una certeza necesaria o la aceptación de una verdad evidente. Caracterizado como general con un uniforme que le quedaba grande era posible reconocer en Acuña los ecos de las viejas caricaturas y el humor gráfico de Palomo, Hervi y Guillo de los años de la dictadura; pero también los peculiares usos del ex general Fuente-Alba de los aviones del Ejército (el año pasado lo procesaron por usarlos en 38 viajes a La Serena) o la imagen del ex director de Carabineros Bruno Villalobos, quien se filmó llevando en su vehículo policial a Santa Claus mientras sonaba un villancico de José Feliciano.

“Caracterizado como general con un uniforme que le quedaba grande era posible reconocer en Acuña los ecos de las viejas caricaturas y el humor gráfico de Palomo, Hervi y Guillo de los años de la dictadura; pero también los peculiares usos del ex general Fuente-Alba de los aviones del Ejército (el año pasado lo procesaron por usarlos en 38 viajes a La Serena) o la imagen del ex director de Carabineros Bruno Villalobos, quien se filmó llevando en su vehículo policial a Santa Claus mientras sonaba un villancico de José Feliciano”.

De hecho, ahora mismo donde nada parece tener mucho sentido o funciona como una paradoja espantosa (el mismo Ejército que espiaba a periodistas es quien no acepta el examen de la ficción satírica), el show de Mora y Acuña resulta lo mejor que se puede ver los viernes por el prime time, en medio de la cuarentena. Así, en un país bananero como Chile, donde el presidente parece odiar a los ciudadanos y en el que nos enteramos -por ejemplo- que casi un centenar de personas fue vacunado por veterinarios con un medicamento para el coronavirus de los perros, “Políticamente incorrecto” luce como un programa documental. Esa es su mejor virtud: la cercanía con los hechos, la intensidad de una pauta en llamas, la lucidez que pasa por mala leche.

Tal vez éste es el humor político que necesitábamos, luego del estallido y de las noches idénticas. Un humor rápido y facturado desde la trinchera de la inmediatez, reconocible como una parodia de hechos y rostros concretos y elaborado con los materiales de una realidad que no deja de ser triste o idiota. En ese humor no hay una válvula de escape sino más bien un espejo; es un lugar donde se revisan los gestos del propio rostro en un examen constante de las vacilaciones y grietas de la identidad. En medio de este otoño hecho de crueldad es la risa la que nos protege y nos salva; la que nos recuerda que no estamos tan locos o tan perdidos o tan solos. Tal vez esto es lo único que le podemos exigir a la buena comedia: que separe la paja del trigo y nos muestre lo ridículo del poder (y quienes lo detentan) mientras indica dónde reconocer lo importante y lo urgente en medio del vacío. 

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