Escribir el futuro | Antonio Díaz Oliva: Los accidentes del futuro

Los accidentes del futuro

Eran casi las once de la noche cuando Calvina se sentó, con un vaso de agua con una rodaja de limón, en su sillón plomo. A su lado dormía acurrucado Kobo, el perro que había recogido de la calle. Afuera, vio Calvina por la ventana, había tres camiones Amazon. Hace tiempo que Calvina contaba más camiones Amazon que gente en las calles. Bebió del vaso y sintió el agua con limón bajar por su garganta cuando escuchó un ruido. Venía de afuera. Se puso de pie y miró por la ventana otra vez. Vio que dos de los tres camiones Amazon habían chocado; la colisión había sido en una esquina, uno de los camiones se había estrellado en la parte trasera del otro. Calvina vio, también, que no era la única mirando por la ventana. Todos sus vecinos estaban atentos. Algunos incluso saliendo de sus casas. Sí, estaban saliendo y corriendo para tomar cajas, sin importar si eran suyas o no.

Afuera, en la calle, Calvina se dio cuenta de que algunos vecinos grababan con sus teléfonos desde sus ventanas. Otros, como ella, habían salido y estaban saqueando los camiones. “¿Y los conductores?”, se preguntó. Al parecer salieron abandonaron los camiones, no estaban por ninguna parte. Calvina se acercó al choque y vio las cajas desparramadas por el suelo. Había de todos los tamaños. Sintió algo de culpa. Alguna vez Calvina se prometió no comprar por Amazon, algo imposible una vez que Cencosud y los otros conglomerados quebraron. Pero ahora todas las compras, de cualquier cosa (comida, ropa, entretenimiento), llegaban por Amazon. Por eso había tantos camiones en las calles.

Antes de que llegaran los perros autómatas policiales, Calvina tomó una de las cajas y regresó a su departamento. Alcanzó a cerrar la puerta justo cuando uno de los helicópteros sobrevolaba el barrio. Desde uno de los altavoces escuchó una voz que le ordenaba a los vecinos que no salieran de sus hogares. Calvina dejó la caja de Amazon sobre el sillón verde, al lado de su perro, quien se despertó y comenzó a ladrar. Lo tuvo que calmar. “Ya, Kobo”, le dijo. “Para la hueá”. Después volvió a su vaso de agua con limón, lo sorbió mirando la caja y de a poco se quedó dormida sobre el sillón.

Cuando finalmente abrió la caja, a la mañana siguiente, Calvina se encontró con otra caja, del tamaño de una de zapatos, de tono verde palta. Por fuera decía Mentiras en blanco.

Calvina era muy joven para recordarlas. Las mentiras. Si algo sabía de estas, era por su madre. Su madre era de las personas que renunciaron al mundo digital; vivía sin conexión, en alguna parte del sur, en una serie de inmensos complejos autónomos. La única forma de contactarla era a través de cartas y Calvina no sabía escribir a mano. Solo sabía teclear.

Calvina puso la caja sobre el sillón plomo. Lo único a la vista era un botón rojo y una ranura. Presionó el botón. La caja se movió y de la ranura salió un papel blanco, rectangular, con un mensaje. Kobo se asustó y corrió al baño, donde por lo general se escondía cuando temblaba. Calvina tendría que sacar a su perro de la ducha. Sin embargo, en ese momento prefirió leer la mentira. Su madre le dijo que alguna vez reconocer la diferencia entre lo uno y lo otro, entre las mentiras y la realidad, fue fácil. “Ahora todo es… no sé lo que es. Ahora todo es confuso y por eso prefiero vivir lejos”.

Cuando Kobo volvió del baño, minutos más tarde, Calvina estaba sentada en el suelo, con varios papeles alrededor. “Mira”, le dijo. “Son mentiras”. Kobo se acercó, reticente, y olió el papel que Calvina le mostraba. Calvina lo leyó en voz alta: era algo sobre un holocausto. Seis millones de judíos, gitanos y otros grupos habían desaparecido. Por supuesto que Calvina no podía confirmarlo, ya que para eso habría necesitado confirmar si el holocausto era algo real o no, y si lo ponía en el Google le saldría que sí. Pero también que no. La web se había vuelto un gran basural donde los humanos buscaban confirmar su humanidad. Aunque la web lo era todo menos humana.

Calvina puso el papel junto con los otros y presionó de nuevo el botón. La caja tembló. Apareció otra mentira. Calvina leyó las primeras líneas. “¿Pero qué es esto?”, se preguntó. Era sobre octubre del 2019, sobre algo sucedido no muy lejos de su departamento. Dudó. Y si lo que estaba leyendo… ¿y si lo que estaba leyendo no era mentira? Calvina se dio cuenta de que si bien sabía de la palabra mentira, no sabía diferenciarla de la verdad. Se dio cuenta, asimismo, de que le gustaba tomar los papeles y verlos a contraluz. “Mentiras”, le dijo a su perro, quien ahora estaba acurrucado sobre el sillón. “Suenan tan bien, son tan hermosas, ¿no te parece?” Kobo suspiró con agotamiento y sin mirarla. El perro cerró los ojos. Calvina miró lo que tenía en su mano. Por un momento pensó en botarla, junto con los demás papeles, al contenedor del reciclaje. Pero la curiosidad pudo más que el miedo, así que la puso a contraluz y continuó leyéndola.

*Antonio Díaz Oliva (ADO) es autor de la novela “La soga de los muertos” (2011) y de los relatos “La experiencia formativa” (2016) y “La experiencia deformativa” (2020). Ha traducido los libros “Lunes o martes” de Virginia Woolf, “Una vida salvaje y desobediente”, de Henry David Thoreau y “La voluntad tarada”, de Roberto Arlt. 

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Comentarios
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