Columna de Diana Aurenque: El fin de la salud

La paradoja pandémica nos lleva a pensar un absurdo evidente: para cuidar la salud, la aniquilamos. Claro, porque para cuidarnos del COVID-19, nos encerramos; pero al hacerlo, nos enfermamos y seguimos enfermando de una y mil formas.

La filosofía goza de un talento para identificar cambios; no sin algo de drama. Nietzsche anuncia blasfemo “la muerte de Dios”; y años más tarde, Heidegger advierte el “fin de la filosofía”, mientras Fukuyama sugiere el “fin de la historia”. Hoy, la nueva realidad pandémica impone un límite distinto: el fin de la salud.

La realidad pandémica incluye a los enfermos por Covid-19: a los pacientes críticos, graves y leves. Pero ellos representan solo la punta del iceberg. Más abajo se ubican los así llamadas “recuperados”, quienes superaron (¿superamos?) la enfermedad, pero que aun lidian con múltiples secuelas, como angustia postraumática, cefaleas, fatiga, daño pulmonar, problemas cardíacos, etc. Luego se suman todos quienes padecen el resto de las enfermedades y que con la pandemia no han dejado de existir: los enfermos crónicos, las personas que interrumpieron sus tratamientos, también incluso aquellos que no han realizado sus diagnósticos preventivos – y aún no saben que están enfermos.

¿Queda alguien sano? Parece que no. Porque incluso aquellos que no tienen enfermedades del cuerpo, adolecen, sufren de otros males. Nunca se hizo más patente en nuestro país que los “sanos” que quedan, los aún no contagiados, están transversal e intergeneracionalmente al límite con su salud mental. Los otros “sanos”, adoleciendo de la “fatiga pandémica”, o invadidos por ansiedad y miedo al contagio. Hasta los “sanos” que asisten a fiestas clandestinas, ¿no serán más bien suicidas patológicos?, ¿mentes enfermas que prefieren buscar el riesgo y coquetearle a la muerte para bajar la ansiedad y sentir control sobre la vida?

¿Queda alguien sano? Parece que no. Porque incluso aquellos que no tienen enfermedades del cuerpo, adolecen, sufren de otros males. Nunca se hizo más patente en nuestro país que los “sanos” que quedan, los aún no contagiados, están transversal e intergeneracionalmente al límite con su salud mental.

La paradoja pandémica nos lleva a pensar un absurdo evidente: para cuidar la salud, la aniquilamos. Claro, porque para cuidarnos del COVID-19, nos encerramos; pero al hacerlo, nos enfermamos y seguimos enfermando de una y mil formas.

A diferencia de los demás animales no humanos, los seres humamos enfermamos de modos muy particulares. Nuestra salud no sólo se vincula al cuerpo biológico; al funcionamiento eficiente y promedio de los ejemplares homo sapiens que somos -orientado a las tareas evolutivas de la supervivencia y la reproducción. A esa concepción naturalista de la salud, se le suma una visión normativista. La salud del animal especial que somos se entiende también como un valor, como la capacidad de realizarnos de acuerdo con nuestras propias “metas vitales” (como llama Lennart Nordenfelt); con nuestros planes y proyectos. Más aún, el ser humano es el único animal que enferma anticipadamente, por un mal diagnóstico, por un número, por desamor o hasta por un pensamiento.

Más aún, el ser humano es el único animal que enferma anticipadamente, por un mal diagnóstico, por un número, por desamor o hasta por un pensamiento.

La salud del humano es física, mental e incluso social. Eso lo reconoce incluso la Organización Mundial de la Salud (OMS) cuando la define como “un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. Bajo esa, por cierto, exigente definición es indiscutible que todos estamos enfermos mucho antes de la pandemia.

Con todo, la realidad pandémica pone en luz diferente el “fin de la salud”. Pero ese fin, no quiere decir que no podamos encontrar sanidad. Mejor dicho, lo que acaba hoy más que nunca es la ilusión de contar con “la” salud. El ser humano es sano y enfermo no sólo de forma biológica y por tanto su peligro no es sólo enfermar de COVID-19. Somos una unidad psicofísica que, a la vez, es también social y cultural. Así, tal como no existe “el” cuerpo físico, mental y social hegemónico, ideal de toda salud, tampoco existe una única salud. La historia lo ratifica. Pues lo sano y lo enfermo cambia en concordancia con los cambios de nuestro mundo cultural; condiciones y cuerpos antes patologizados son hoy aceptados como legítimas formas de ser.

Tampoco existe una única salud. La historia lo ratifica. Pues lo sano y lo enfermo cambia en concordancia con los cambios de nuestro mundo cultural; condiciones y cuerpos antes patologizados son hoy aceptados como legítimas formas de ser.

Nietzsche lo advirtió antes que nadie. No hay “una salud”, sino “saludes” porque los seres humanos somos diversos, al igual que nuestros cuerpos y nuestras culturas. Hoy más que nunca, donde enfermamos de mucho más que de COVID-19, la salud pública nacional debe ser sensible ante esto, y no sólo concentrar sus esfuerzos a cuidar el cuerpo, como si no fuera ese cuerpo también una mente, y una cultura que requiere reconocimiento y cuidado -hoy más que nunca del Estado.

*Diana Aurenque es filósofa, académica de la USACH.

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