La ilustración muestra a vecinos en distintas situaciones durante la pandemia (tocando batería, amamantando, entre otras)

Patricio Vera

¿Amigos o enemigos?: 8 historias de vecinos en pandemia

Desde el inicio de las cuarentenas, una figura que ha cobrado importancia es la del vecino. Esa persona que ha estado siempre ahí al lado, pero que ahora ha dejado de tener un rol secundario para convertirse en un factor relevante en las rutinas cotidianas del encierro. Ya sea para bien o para mal. The Clinic reunió ocho historias de vecinos en tiempo del Covid-19.

La pandemia y la obligación de estar puertas adentro han cambiado la vida en estos meses: en muchos casos, la vida de barrio es a escala pequeña y tomó mayor relevancia. Con ello, la figura del vecino se hizo más presente. Si antes era una persona que se cruzaba de vez en cuando, con saludos esporádicos en las mañanas o las tardes, ahora puede ser hasta parte de las rutinas cotidianas. El sicólogo social e investigador del Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (COES) UC, Roberto González, rescata los beneficios que esta experiencia tiene para la vida vecinal: “El encierro limita tus capacidades de interacción social, y nosotros los humanos somos tremendamente sociales, entonces la posibilidad de conversar, de entender y la idea de hablar con otros se transforma en algo muy fuerte para las personas, y por eso no es de extrañar que estos momentos tienen una cosa bien positiva para los vecinos”.

En tanto, para María Luisa Méndez, académica asociada del Instituto de Estudios Urbanos de la Universidad Católica y directora de COES -que lideró recientemente el estudio “Vivienda, barrio y ciudad en el control de epidemias”-, los cambios en la vida de barrio afectan de distinta forma de acuerdo con las condiciones que tienen los territorios para respetar el confinamiento.

“En los sectores más privilegiados les favorece mucho el hecho de que tienen espacios públicos disponibles para volver a encontrarse, además son sectores más homogéneos en términos socioeconómicos y hay mucha más confianza interpersonal, entonces la sociabilidad se ha recuperado bastante rápidamente”, comenta María Luisa Méndez, y marca el contrapunto con otros lugares con menos condiciones para enfrentar las cuarentenas: “En cambio, hemos visto que en lugares más difíciles para respetar el confinamiento, como los campamentos, los niveles de inseguridad de las personas se han visto bastante intensificados, lo cual deteriora la sociabilidad de los vecinos. Y además por las condiciones de precariedad se han intensificado actividades que son de carácter ilegal o fuera de la formalidad”.

Por otro lado, la investigadora y sicóloga social resalta la organización vecinal frente a la ausencia del Estado en algunos territorios. “En algunos sectores más marginalizados se ha retomado la sociabilidad a través del apoyo mutuo donde hay sobre todo un tejido social más organizado, en forma de ollas comunes, por ejemplo. Los vecinos colectivamente vinieron a reemplazar a un Estado que llega tarde”, explica.

“La figura del vecino se hizo más presente. Si antes era una persona que se cruzaba de vez en cuando, con saludos esporádicos en las mañanas o las tardes, ahora puede ser hasta parte de las rutinas cotidianas”.

A continuación, ocho experiencias con vecinos. Buenas y malas. Algunos nombres de las historias fueron modificados a petición de los involucrados.

1.“Nos habla cortado, fuerte y golpeado”

 “Es un vecino con una presencia súper fuerte, siempre está actuando como un fiscalizador en todo el quehacer del edificio. Ponte tú, se pone a hacer rondas por los pisos, a distintas horas y va revisando que todo esté bien”, cuanto el director de arte Maximiliano Naturalis (39) sobre uno de los residentes del edificio en el barrio Santa Isabel, en Santiago centro, donde vive hace 14 años con su esposa. “Tenemos un paco metido en el edificio, pero que no es paco”, comenta.

Según Maximiliano, su vecino -de unos cuarenta años y contextura ancha- intimida a la mayoría de los residentes con su “entonación muy parecida a la de las Fuerzas Armadas, que te hablan cortado, fuerte y golpeado”. Agrega que, además de este repentino empoderamiento, todos los otros aspectos de la vida de su vecino son un misterio: “Lo he visto con distintos uniformes, desde bombero hasta instalador de cosas eléctricas… siempre está haciendo pegas del edificio”.

“Desde el inicio se las cuarentenas lo he visto más enfocado en el edificio. Si no está fiscalizando algo, está sentado en los bancos de la vía pública del frente. Siempre está rondando, y ahí se agarró atribuciones que no tenía antes”, comenta. Por ejemplo, acceso remoto a las cámaras de seguridad del edificio, pese a no ser funcionario de la comunidad; o aplicar multas a vecinos que ha sorprendido llegando después del horario del toque de queda.

Una mujer observa la calle desde el interior de la ventana de su casa durante la novena semana de la cuarta cuarentena que ha tenido que vivir.
La cuarentena ha potenciado la relación (positiva o negativa) entre los vecinos. Crédito: Agencia Uno.

“Hace unos días, llegó un correo a la comunidad diciendo que se iban a retirar todas las bicicletas que estuvieran mal amarradas, y diez minutos después me llaman por citófono para decirme ‘¡Lo que pasa es que las vamos a sacar todas ahora!’”, recuerda Maximiliano. Asegura que, durante las dos horas siguientes, su vecino -con complicidad de los guardias- se dedicó a romper los candados de las bicicletas con una sierra; y luego dejó veinte de ellas amontonadas en el salón de eventos del edificio. “¡Quedó la escoba!”, cuenta Naturalis.

“Es un vecino con una presencia súper fuerte, siempre está actuando como un fiscalizador en todo el quehacer del edificio. Ponte tú, se pone a hacer rondas por los pisos, a distintas horas y va revisando que todo esté bien”, cuanto el director de arte Maximiliano Naturalis (39) sobre uno de los residentes del edificio en el barrio Santa Isabel, en Santiago centro, donde vive hace 14 años con su esposa”.

Frente a eso, otros residentes llamaron a carabineros. “La cuestión ahí se puso peliaguda”, dice Maximiliano. “El tipo se fue violentamente del edificio y amenazó físicamente a una de mis amigas (que llamó a las autoridades), le tiró el cuerpo y tuvieron un forcejeo más o menos con los carabineros, después lo metieron a la patrulla y se lo llevaron”.

2.“Somos los postergados”

“Yo solamente soy una buena vecina que le gusta ayudar”, comenta Patricia Reyes (50), quien vive en la villa El Abrazo, de Maipú, hace 32 años, junto a sus dos hijos. Desde el inicio de la pandemia, dice que comenzó a organizar ayudas sociales junto a otras dos vecinas para las personas de su comunidad. Es contadora auditora y, al igual que a sus vecinos, las cuarentenas afectaron su fuente laboral.

En su pasaje hay aproximadamente 100 casas y las familias están conectadas por el grupo de Whatsapp “Vecinos unidos”, creado por Patricia antes de la pandemia para tener un canal que sirviera de apoyo y seguridad entre la comunidad. “Todos estábamos muy asustados porque nadie sabía qué tan grave era la pandemia. Entonces cuando yo pregunté por el grupo si alguien necesitaba ayuda, porque aquí somos todos trabajadores de clase media, me di cuenta de que nadie respondía. Entonces me di el tiempo un día de salir por mi pasaje a preguntar casa por casa”, comenta Patricia. “Ahí me percaté de lo que estábamos viviendo y que mis vecinos, por vergüenza más que nada, no nos decían que no tenían plata para el gas y para la mercadería, fue muy triste, muy triste”.

Patricia comenzó a organizar, junto a dos vecinas, colectas de mercadería, útiles de aseo y cupones para gas, que repartían por las noches. Recibían donaciones de otras comunidades y un restaurante de comida china de la zona les donó 500 kilos de arroz. “Cuando les entregábamos las cosas, nuestros vecinos se quebraban y lloraban. Eso nos conmovió mucho, sobre todo a mí porque soy muy sensible: yo lloraba abrazados de ellos”, cuenta.

“Yo solamente soy una buena vecina que le gusta ayudar”, comenta Patricia Reyes (50), quien vive en la villa El Abrazo, de Maipú, hace 32 años, junto a sus dos hijos. Desde el inicio de la pandemia, dice que comenzó a organizar ayudas sociales junto a otras dos vecinas para las personas de su comunidad. Es contadora auditora y, al igual que a sus vecinos, las cuarentenas afectaron su fuente laboral.

Según Patricia, el año pasado fue crítico para sus vecinos, quienes no calificaron para recibir ayudas estatales. “Después del famoso retiro del 10% empezaron a salir más a flote y a pagar deudas. Como acá somos de clase media, ninguno tuvo el derecho a un bono, habrán sido dos personas que ganaron el famoso bono de clase media, y los demás todos hemos confiado nuestra vida a nuestros propios ahorros y a nuestra plata de la AFP. Ha sido siempre así”, comenta, resignada. “Somos los postergados”.

La imagen muestra a tres personas, dos de ellas con bolsas de comida en las manos, en el pasillo de un edificio.
En algunos casos, la pandemia aumentó la solidaridad entre los vecinos. Crédito: Agencia Uno.

Cuenta que este año la ayuda que organiza para su barrio no se ha detenido, aunque hay incertidumbre. “Todavía no viene ni siquiera el invierno con toda su crudeza, hay que esperar para ver lo que va a pasar -dice-. Esperemos que no sea tan complicado y podamos pasar este año tranquilamente”.

3.“Con la pandemia se acabó la solidaridad”

“Muchas veces uno dice ‘bueno, en tiempos de crisis nos unimos por esto, por el otro, por una causa’, pero no es así, yo no lo veo así”, dice Rosa Montecinos (75), presidenta de la junta de vecinos del sector 9 de Recoleta y quien vive junto a su marido y su hijo hace 35 años en un cité de la calle Río de Janeiro. Allí hay 22 casas y alrededor de 80 habitantes en cuatro cuadras. “Aquí toda la gente se mira mal, nunca nadie fue a preguntarle al vecino: ‘Oye, ¿qué te falta?’. Nada. No pasó eso. Con la pandemia se acabó la solidaridad”, comenta.

Rosa dice que la pandemia afectó mucho a todo su barrio, que comprende desde Loreto a Recoleta. Un sector que antes gozaba de abundante actividad económica y que tenía negocios y tiendas en cada rincón, pero que a un año del inicio de las cuarentenas se encuentra con la mayoría de los locales cerrados y muchos vecinos desempleados. “Como la gente pasa en la casa, ahí se juntan los curados y la cosa no es fácil donde hay gente que toma y son drogadictos”, comenta.

Como ejemplo de esto, cuenta que hace dos meses se formó una pelea afuera de una casa de su cité que está a dos metros y medio de su puerta: “Estaba entrando la vecina peruana de 60 años con su perro, y éste corrió y se orinó en la puerta de otra vecina de 30 años. La joven le gritó ‘¡Amarra a tu perro, peruana tal por cual!’ y la señora, que no suele ser mal hablada, le gritó que era de mal vivir y una maraca tal por cual. La muchacha se enojó tanto que, junto a su hija, se le tiraron encima a la peruana, le tiraron el pelo, la agarraron a combos y patadas. Después se metió el hijo de la peruana, de 18 años, para ayudarla y le pegaron atambién. Vino carabineros; y la señora y su hijo fueron a constatar lesiones”.

“Muchas veces uno dice ‘bueno, en tiempos de crisis nos unimos por esto, por el otro, por una causa’, pero no es así, yo no lo veo así”, dice Rosa Montecinos (75), presidenta de la junta de vecinos del sector 9 de Recoleta y quien vive junto a su marido y su hijo hace 35 años en un cité de la calle Río de Janeiro. Allí hay 22 casas y alrededor de 80 habitantes en cuatro cuadras. “Aquí toda la gente se mira mal, nunca nadie fue a preguntarle al vecino: ‘Oye, ¿qué te falta?’. Nada. No pasó eso. Con la pandemia se acabó la solidaridad”, comenta.

Sin embargo, según Rosa, el incidente estuvo lejos de terminar ahí. “Al otro día en la tarde vino el exmarido de la vecina joven, que es un paco que fue dado de baja por ladrón y violento, con dos matones más que no son del barrio. A punta de patadas le echaron abajo la puerta a la peruana; y con palos y bates le destrozaron todo lo que tenía adentro de la casa; y le rompieron la mano al hijo. Cuando iba saliendo, el tipo le dijo ‘ten cuidado, no te vayai a los pacos, que te va a salir peor’, y le rompió todos los vidrios del frente a punta de batatazos”, cuenta.

Desilusionada, Rosa concluye diciendo que, desde el inicio de las cuarentenas, se han presentado más conflictos en su barrio. “Pero quisiera decir que esto no sólo pasa en mi cité, pasa en todos los cité”.

4.“La situación era insostenible”

“Mi vieja igual tenía idealizada la idea de vivir en departamento por tener a sus ‘pollos’ debajo del ala y todo eso, pero terminó siendo muy diferente”, comenta A.R (25) sobre el cambio que hizo junto a sus padres a comienzos del 2020: dejaron la casa en la que vivieron por 25 años y se fueron a un departamento ubicado en Colón con Manquehue, en Las Condes.

“Todos los problemas partieron porque como ese edificio tiene mala aislación de sonido, hay un reglamento interno que obliga a los departamentos a tener alfombra, pero mi mamá es reticente a eso porque le hace mal para la alergia: así que acordamos con el vecino de abajo que no pondríamos alfombra con la condición de poner una membrana que aislara el sonido”, cuenta A.R. Sin embargo, el problema sólo estaba comenzando.

“Nos cambiamos al departamento; y él ya estaba hinchando con el ruido, pero nosotros pensamos: ‘Ok, esto va a ser por la mudanza’. Pero no fue así. Pasaron los meses y él seguía llamando por teléfono todos los días pidiendo que dejáramos de hacer ruido”, dice A.R. Incluso, comenta que en una ocasión el vecino, gracias a una supuesta amistad con el administrador del edificio, cortó la luz del departamento porque le molestaba el ruido de un motor pequeño que regaba las plantas.

Según M.P (20), sobrino de A.R y que también vivió en el departamento durante ese período, nadie sabía de donde provenían los ruidos que el vecino alegaba. Incluso ellos llegaron a poner antideslizantes de goma en las patas de algunos muebles para que no sonaran cuando se movían. Pero que aun así recibían los mismos reclamos. “No podíamos ni siquiera lavar los platos después de comer en la noche, porque el vecino llamaba al tiro diciendo que le molestaba el sonido”, comenta M.P.

“Mi vieja igual tenía idealizada la idea de vivir en departamento por tener a sus ‘pollos’ debajo del ala y todo eso, pero terminó siendo muy diferente”, comenta A.R (25) sobre el cambio que hizo junto a sus padres a comienzos del 2020: dejaron la casa en la que vivieron por 25 años y se fueron a un departamento ubicado en Colón con Manquehue, en Las Condes.

“La cuarentena ya era algo muy estresante, y mi mamá, que es una persona muy nerviosa, esta situación empezó a afectarla física y sicológicamente, desarrolló tics nerviosos y estaba muy angustiada todo el día por si alguien hacía ruido”, comenta A.R, quien junto a sus hermanos decidieron involucrarse para solucionar el problema.

“El día que a mi viejo salió de la clínica producto de una arritmia auricular, a comienzos de este año, el vecino fue a tocar el timbre de forma histérica a las dos de la mañana gritando ‘¡den la cara!’, porque a mi hermano chico se le había caído algo. Ahí decidimos sacar a mis viejos de ahí. La situación era insostenible”, comenta A.R.

Finalmente, los hermanos lograron encontrar otro departamento para sus padres. El departamento de Colón lo arrendaron al presidente del comité de ese edificio, quien desde entonces comenzó a recibir reclamos por ruidos de parte del vecino de abajo.

5.“¡Me están mojando!”

El día antes de que entrara en rigor la primera cuarentena total en la RM, el año pasado, la familia de Carlos (26) estaba celebrando en el patio de su casa -ubicada en Las Condes– el matrimonio de su hermana mayor. Entonces Seguridad Ciudadana llamó a su puerta. Apenas salió el papá de Carlos, la vecina, que estaba junto al funcionario de seguridad, dijo: “¡Ah no, no, no, con él yo no hablo!” y entró a su casa mientras le gritaba “¡roto!”. Durante el resto del tiempo de pandemia, la relación entre ambas casas siguió ese mismo rumbo.

“Siempre hemos tenido problemas, la verdad”, dice Carlos, quien junto a sus padres viven en esa casa desde el 2009. “Pero ahora es distinto, ya ni siquiera vienen nuestros amigos o las parejas de mis hermanos, porque la vecina llama a Seguridad Ciudadana por cada ruido que hay”.

Para el 18 de septiembre pasado, la familia celebraba el cumpleaños del hermano menor. “Mi hermana venía saliendo de la casa con unas cosas para la parrilla y de repente dijo: ‘¡Me están mojando!’”, cuenta Carlos; y agrega que ahí se dieron cuenta de que la vecina les estaba manguereando la parrilla desde su patio. “Mi mamá le gritaba ‘¡loca!’”, se ríe.

Dice que los únicos ruidos que escuchan de la casa de sus vecinos durante el día son gritos e insultos. “Llegó un minuto en que mi mamá no dejaba que mi hermano chico saliera a jugar para que no escuchara los garabatos”, dice. “En la cuarentena siempre ocurre que el señor de la casa se pone a taladrar los domingos y se le escucha a ella gritando: ‘¡Es que no me ayudas en nada por la chucha!’”.

“El día antes de que entrara en rigor la primera cuarentena total en la RM, el año pasado, la familia de Carlos (26) estaba celebrando en el patio de su casa -ubicada en Las Condes– el matrimonio de su hermana mayor. Entonces Seguridad Ciudadana llamó a su puerta. Apenas salió el papá de Carlos, la vecina, que estaba junto al funcionario de seguridad, dijo: “¡Ah no, no, no, con él yo no hablo!” y entró a su casa mientras le gritaba “¡roto!”. Durante el resto del tiempo de pandemia, la relación entre ambas casas siguió ese mismo rumbo”.

La hermana de Carlos cuenta que, hace unas semanas, escucharon una discusión entre el padre y el hijo de la casa del lado. El padre no quería dejar que un repartidor de comida entregara una pizza, acusando que su hijo estaba muy gordo. “Le decía al Rappi ‘¡Ándate, ándate!’ y de repente el hijo se enoja y grita fuerte ‘¡Qué te metís en lo que como! ¿¡Querís acaso que le diga a la mamá quién te llama en la madrugada!?’ Después de eso nos entramos y no quisimos saber más”, comenta.

6.“Imagínate no poder tener la ventana abierta”

“Imagínate no poder tener la ventana abierta. Es asqueroso, no podís tener paz, siento que ese tipo de cosas te cortan la pequeña libertad que uno puede tener en tiempos como éstos”, dice Rodrigo (37), con tono alterado, sobre los ruidos y olores que entran constantemente a su departamento. Vive en un edificio ubicado en Pedro de Valdivia, en Providencia, y dice que en el edificio de al frente, a poco menos de tres metros de su pieza, funciona un taller clandestino.

Rodrigo es ingeniero y vive junto a su esposa. En la recepción de su edificio hay gran hoyo en el techo de la recepción causado por la humedad. Este deterioro se extendió hasta los departamentos, lo que causó que muchos de sus vecinos comenzaran a realizar trabajos en sus hogares durante la cuarentena. Sin embargo, nada colmó su paciencia como lo han hecho quienes trabajan de lunes a domingo frente a su ventana. “La libertad de estar bien y tranquilo en tu departamento te la cagan porque una persona en vez de tener un taller en 10 de Julio se le ocurrió tenerlo en el patio de su departamento”, comenta indignado.

La imagen muestra a algunas personas desde la terraza de un edificio.
Para muchos, el mayor problema es el ruido de los vecinos. Crédito: Agencia Uno.

Según Rodrigo, los ruidos comenzaron a principios del 2020 y se escuchan desde las 10 de la mañana hasta las 4 de la tarde. A veces, dice, pueden llegar hasta las 8 de la noche. “Es el sonido de una sierra que corta metal y madera, suena fuerte y es constante, y a veces se escuchan martillos. Yo asumí que era un taller clandestino porque es siempre el mismo ruido y no es normal, si uno hace un arreglo en un departamento sonarían distintos ruidos, pero en esto ¿cómo cresta están todo el día haciendo la misma cuestión? La otra vez estaba viendo el fútbol un domingo a las tres de la tarde y sonaba TAAAAAA la sierra”, señala.

“Imagínate no poder tener la ventana abierta. Es asqueroso, no podís tener paz, siento que ese tipo de cosas te cortan la pequeña libertad que uno puede tener en tiempos como éstos”, dice Rodrigo (37), con tono alterado, sobre los ruidos y olores que entran constantemente a su departamento. Vive en un edificio ubicado en Pedro de Valdivia, en Providencia, y dice que en el edificio de al frente, a poco menos de tres metros de su pieza, funciona un taller clandestino”.

Pero los ruidos no son la principal molestia. Según Rodrigo, del lugar también salen olores. “Sale olor a metal, era el mismo olor que cuando frena un camión, que queda olor a freno. Es el metal contra el metal, haciendo fricción, que se calienta o se funde” explica. Hace poco más de un mes comenzó a acudir a las autoridades para que solucionaran el problema. “Empecé llamando a carabineros, pero no pasó nada; después a Paz Ciudadana, y tampoco; hasta que al final puse tres denuncias en Sosafe Red social Ciudadana)”, comenta.

Si bien otros residentes del edificio también se veían afectados por estos ruidos y olores, Rodrigo dice que nadie más se dispuso a hacer algo al respecto: “Generalmente la gente se queda callada, entonces depende mucho de la buena voluntad de cada vecino en que las cosas no sean así. Y con la autoridad tampoco, y esa cuestión te deja un sentimiento de frustración muy grande”.

7. “No hubiera sido lo mismo este encierro sin esto”

Con una cerveza Austral en la mano, Carlos Alonso (34) y Cristóbal del Río (38) están parados al borde de una plaza en Las Condes, desde donde ven jugar a sus hijos de entre 8 y 4 años. Ambos se ríen. Desde que comenzó la última cuarentena general en la RM pasaron de ser vecinos que se saludaban con distancia y cordialidad, a verse casi todos los días de la semana en dos horarios distintos en esos paseos a la plaza.

Carlos es ingeniero comercial y vive hace dos años en el sector. Cristóbal, que trabaja en una productora, hace cuatro Ambos viven a pocas casas de distancia y junto con otros dos vecinos que tienen edades similares, y sus hijos también, desde marzo se juntan casi todos los días en la plaza más cercana. “Partió medio de chiripa, un día estábamos todos acá y nos saludamos y los niños tienen edades parecidas entonces empezaron a jugar. En un contexto en el que no se puede salir ni a la esquina, es rico aprovechar un poco esta plaza”, comenta Carlos. “¡Hoy día tenemos hasta grupo de Whatsapp! A veces sale su junta y salen sus cosas ahí”, agrega riendo, mientras mira a Cristóbal con complicidad.

“Con una cerveza Austral en la mano, Carlos Alonso (34) y Cristóbal del Río (38) están parados al borde de una plaza en Las Condes, desde donde ven jugar a sus hijos de entre 8 y 4 años. Ambos se ríen. Desde que comenzó la última cuarentena general en la RM pasaron de ser vecinos que se saludaban con distancia y cordialidad, a verse casi todos los días de la semana en dos horarios distintos en esos paseos a la plaza”.

“Esto de seguro no se hubiera dado si no hubiera sido por el encierro, porque es necesario salir”, dice Cristóbal. Y Carlos agrega: “Poder conversar con un adulto distinto cualquier cosa es súper importante. Y para los niños también, compartir con otros niños ha sido súper bueno para desarrollarse. No hubiera sido lo mismo este encierro sin esta cuestión”.

Desde el comienzo de las cuarentenas el grupo se junta una vez en la mañana, alrededor de las 12, y otra vez en las tardes, hasta las 18:30. “En general salimos todos los días, es raro un día en que no estén (sus hijos) aunque sea un rato en la plaza”, dice Carlos.

8. “Con esta pandemia nos volvimos más humanos” 

El 18 de septiembre del año pasado estaba siendo un día especial para los casi 40 vecinos del pasaje San Luis, de Independencia. Por un lado, celebraban las Fiestas Patrias, con parrillas y juegos. Por el otro, que era la primera vez que pasaban esa fecha juntos. Se habían vuelto muy cercanos durante los últimos meses, en los que se organizaron para hacer frente a la pandemia, y de forma inédita estaban todos en la calle disfrutando.

Pero la alegría no duró mucho, ya que la fiesta tuvo que suspenderse de forma abrupta cuando llegaron alrededor de treinta hombres a destruir, con balazos y golpes, uno de los autos del pasaje. Entre las balas, los asistentes tomaron a sus niños y entraron corriendo a sus casas. “Era como ver una película de narcotraficantes”, recuerda Cyntia Lizama (36), presidenta de la junta de vecinos del lugar. 

Hasta ahora, los vecinos sólo saben que el auto pertenecía al hijo de una de las cocineras de su olla común, el resto quedó en rumores. Para Cyntia, que vive junto a su marido y sus dos hijos hace 20 años en el barrio, esta escena describe cómo han sido los últimos meses los residentes del sector, quienes han tenido que protegerse entre ellos para superar los dos grandes problemas que aquejan a su comunidad: las consecuencias de la crisis sanitaria y la inseguridad. “Aquí tú levantas una piedra y hay alguien vendiendo droga. Al final, nos cuidamos entre nosotros mismos, porque carabineros no llega”, dice.

“El 18 de septiembre del año pasado estaba siendo un día especial para los casi 40 vecinos del pasaje San Luis, de Independencia. Por un lado, celebraban las Fiestas Patrias, con parrillas y juegos. Por el otro, que era la primera vez que pasaban esa fecha juntos. Se habían vuelto muy cercanos durante los últimos meses, en los que se organizaron para hacer frente a la pandemia, y de forma inédita estaban todos en la calle disfrutando”.

Según Cyntia, los vecinos de su barrio comenzaron a conocerse en octubre del 2019 cuando se organizaron para evitar saqueos en sus dos supermercados cercanos, y dice que con la pandemia esa relación sólo se estrechó. “Por más que algunos llevábamos viviendo 20, 30 o 50 años en la comuna, no nos conocíamos mucho, nos decíamos ‘hola vecino’ pero nada más allá de eso. Ahora, en cambio, todos tenemos nuestros números de teléfono, si pasa algo nos llamamos y nos unimos. Estamos más pendientes del otro. Como que con esta pandemia nos volvimos más humanos y vimos nuestras realidades”, comenta.

Durante el año pasado, la red de vecinos se organizó para gestionar distintas ayudas sociales a quienes la necesitaran. “Por ejemplo, había una pareja de abuelitos que fuimos a hacerles una sanitización y vimos que vivían en un departamento donde no tenían ni cama donde dormir, tenían el baño tapado, no tenían cocina y calentaban su comida en un brasero, porque la pensión no les permitía más. Nos unimos y los ayudamos, le cambiamos todo, nos conseguimos cama, les dimos ropa, mercadería, les regalamos una cocina y una tele”, dice Cyntia. De la misma forma, los vecinos se han organizado para exigirle a las autoridades que atiendan sus demandas por mayor seguridad. “Hemos tenido muchas reuniones con carabineros, PDI, con el alcalde, con todo el mundo y vemos que nadie nos escucha, ahora lo que queremos es llamar a la tele y que muestren nuestra realidad para que el alcalde se ponga los pantalones”, finaliza con tono de frustración.

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