Agencia Uno

Columna de Rafael Gumucio: Contra la esperanza

¿Por qué Chile tendría que ser distinto a otros países de Latinoamérica? La respuesta es una vez más la esperanza; es decir, la sensación de que aún no se agota -aunque se diga a diario lo contrario-, que estamos siempre a punto de tocar el cielo con las manos. Un triunfalismo que muchas veces se viste de rabia, de odio, de escupo, de lamento, pero que nunca llega a ser un real escepticismo.

Lo que más me desespera de la desesperanza a la chilena es su exceso de esperanza. Pueden los unos y los otros a veces jugar a ser cínicos, lo cierto es que todos a su manera creen que los problemas del país se resolverían de manera muy simple si todos pusiéramos la buena voluntad correspondiente. O ni siquiera; para que todos se resolvieran, piensan otros, bastaría simplemente que la élite ladrona dejara de robar, de engañar, de estafar y le devolviera al pueblo lo que es del pueblo. Esta exigencia puede ser lanzada en tono de amenaza, de gemido, de impaciencia, pero no deja de ser tan candorosa como las voces que desde los barrios del Rechazo siguen pensando que pase lo que pase todo al final va a estar bien.

¿Por qué todo tendría que estar mejor? ¿Por qué no podría todo estar peor? Cuando se discutió del retiro del 10 por ciento me tocó hablar con varios políticos de izquierda y de centro izquierda que admitían que la medida sólo iba a empobrecer a los ahorrantes más pobres, prometiéndole un futuro paupérrimo. Pero acto seguido me explicaban que ya su futuro en el sistema de AFP era miserable. ¿Pero quién y cómo iba a cubrir mañana los fondos gastados hoy?, preguntaba con real ganas de saber. “Algo se va a hacer, alguna solución van a encontrar. Un país no puede sobrevivir con todos sus pensionados en la miseria”.

Claro que puede y lo hacen la mayor parte de los países de Latinoamérica. Países donde ese “alguien” del futuro es un nadie en perfecto presente. ¿Por qué Chile tendría que ser distinto? La respuesta es una vez más la esperanza, es decir la sensación que aún no se agota, aunque se diga a diario lo contrario, que estamos siempre a punto de tocar el cielo con las manos. Un triunfalismo que muchas veces se viste de rabia, de odio, de escupo, de lamento, pero que nunca llega a ser un real escepticismo; es decir, la creencia tan razonable como su contrario, que todo puede llegar a ser siempre peor. O la idea, también razonable, que los seres humanos somos más o menos siempre igualmente bestiales y divinos, hambrientos y sublimes, y que es mejor no pedirle demasiada bondad o generosidad a la humanidad si no quiere recibir su contrario.

“¿Por qué todo tendría que estar mejor? ¿Por qué no podría todo estar peor? Cuando se discutió del retiro del 10 por ciento me tocó hablar con varios políticos de izquierda y de centro izquierda que admitían que la medida sólo iba a empobrecer a los ahorrantes más pobres, prometiéndole un futuro paupérrimo. Pero acto seguido me explicaban que ya su futuro en el sistema de AFP era miserable”.

Pero eso era antes, eso era en el siglo XX, me dicen gente que considero inteligente. Pensar que el siglo XXI tendría que ser por fuerza mejor que el XX porque viene después, es como creer que uno es mejor persona el miércoles que el martes, o que en diciembre todo debería ser mejor que marzo. Steve Job sabía vender sus infernales teléfonos y computadoras inventando pequeños gadget que los hacía mejor que la versión anterior (que se convertía en inmediatamente obsoleta). Pero la historia no la puede resumir ese truco de mercadotecnia. Lo nuevo no es sinónimo de bueno o de malo. Lo nuevo ni siquiera es sinónimo de novedad. La nueva política es tan vieja como el hambre de Espartaco un siglo antes de Cristo. Los CD con que nos convencieron de dejar los vinilos se escuchan peor que ellos. Es cierto que la esclavitud se empezó a abolir en el siglo XVIII, pero cierto que ya quedaba prohibida en la Biblia hebrea muchos años antes que el cristianismo recordara abominarla. Los teléfonos con que pensamos que podemos organizarnos sin orgánica, ni partidos, ni sindicatos son nuevos, y nueva será por fuerza nuestra manera de interactuar entre nosotros. Pero las pasiones, los miedos, la sangre, el sudor y las lágrimas de los humanos son las mismas. No saberlo de entrada es exponerse a una serie de sorpresas que nada tienen de sorprendentes.

Todas las encuestas revelan de los chilenos hemos dejado de creer en casi todas las instituciones. A cambio creemos como nunca en nosotros mismos y nuestra familia. Es creer en lo imposible, es confiar en algo, partiendo por nuestros cuerpos, llegando a nuestra alma, que de seguro nos va a fallar. Quizás por eso esta era de rebelión y el fuego viene acompañada por todas las redes sociales de reforzamiento de sicología positiva. Libros, películas, reels de Instagram y live de la misma red que nos aseguran que si queremos, podemos; y si no podemos es porque no hemos sabido querer a tiempo.

“Los teléfonos con que pensamos que podemos organizarnos sin orgánica, ni partidos, ni sindicatos son nuevos, y nueva será por fuerza nuestra manera de interactuar entre nosotros. Pero las pasiones, los miedos, la sangre, el sudor y las lágrimas de los humanos son las mismas. No saberlo de entrada es exponerse a una serie de sorpresas que nada tienen de sorprendentes”.

Dirigir, controlar, gobernar o siquiera comprender un ejército de personas que son destinatarias de un destino único e intransferible, es algo perfectamente imposible. Todo el sistema democrático está basado en la idea que hay muchas cosas que no sabemos y otras que no queremos saber y que lo deseamos no es lo que quisiéramos desear. En la idea, para resumir, que no sólo no somos perfectos, sino que no somos perfectible, y que está muy bien que así sea.

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