Collage: Patricio Vera.

Elisa Araya, nueva rectora de la UMCE: “Este país es tan injusto, que se sorprenden de que alguien viniendo de la pobreza pueda llegar a la rectoría de una universidad”

En una íntima entrevista con The Clinic, cuenta su historia personal, sus visiones sobre la educación y la pobreza. Se autodefine como una defensora del juego infantil, profesora y lectora. "El gran daño que ha sufrido Chile es la excesiva segmentación. Yo nací en un país donde la gente estaba mezclada", afirma.

Elisa, la estudiante sagaz. Elisa, la vendedora de helados. Elisa, la profe de Educación Física. Elisa, la que trabajó haciendo aseo mientras hizo su PhD en Bélgica. Elisa, hija de Elisa y de Óscar y madre de Pablo y Alejandra.

La historia de Elisa Araya Cortez (59) cobró notoriedad esta semana, luego de que su hijo Pablo le dedicara en Twitter un sentido homenaje a su madre raíz de su elección como la primera mujer rectora de la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación (UMCE) con el 62,81% de los votos.

“Mi vieja vendió helados en la micro mientras iba a la U, cuando nací vivíamos allegados donde mi abuela y como no había plata fuimos declarados indigentes para el parto. Se ganó una beca y trabajó limpiando wc’s mientras hacía su PhD. Hoy fue electa como rectora de la UMCE”, decía su mensaje, acompañado de dos corazones.

Pronto empezaron a surgir los recuerdos de sus conocidos, exalumnos y compañeros de trabajo. “Fue mi profesora de Magíster en Educación en 2005 y 2006. La experiencia de sus clases fue tremendamente marcadora hasta ahora. En esos años nos invitaba a repensar la escuela como espacio comunitario y el rol de las y los profesores como agentes de cambio”, comenta a The Clinic Marco Antonio Ávila (44), jefe de Proyectos y coordinador de Contenidos en Educar Chile.

“Su sinceridad, transparencia y visión de justicia, junto con el dominio teórico de su profesión, son cualidades que han destacado. Cualidades que la construyen como una persona con mucha sabiduría y de la cual hay mucho que aprender”, afirma Valeska Navarro (40), profesional de la Unidad de Gestión Curricular de la UMCE. “Elisa fue mi jefa en el Departamento de Educación Extraescolar del Ministerio de Educación y después nos encontramos en la UMCE… es una mujer con una visión de la educación como fenómeno muy profunda. Me asombra su capacidad de análisis”, dice, a su vez, Gonzalo Zapata Vera (47).

El contador público y auditor Juan Francisco Araya (56), quien la conoció como investigadora de un programa de liceos, la recuerda como una persona “sencilla, inteligente, generosa, de sonrisa fácil y con una palabra siempre sensata y madura”.

“Su sinceridad, transparencia y visión de justicia, junto con el dominio teórico de su profesión son cualidades que han destacado” .

Con esos comentarios, cuesta no querer conocer a Elisa.

En una íntima entrevista vía zoom con The Clinic, ella cuenta su historia personal, sus visiones sobre la educación y el Chile de hoy. Se autodefine como una defensora del juego infantil. “Me defino así porque la infancia, la niñez, es una etapa crucial en el desarrollo del ser humano. Son las raíces de cualquier árbol. Mientras más profundas estén estas raíces, el árbol crecerá más, dará mucha más sombra y mucho más fruto. Los niños están siendo institucionalizados cada vez más tempranamente y eso no puede ser. Un niño nace, va a la sala cuna, una institución. Después va al jardín, otra institución. Hemos ido metiendo la niñez en la misma lógica adulta de competencia, de trabajo excesivo… La niñez está perdiendo mucho en ese sentido”.

-¿De qué otras formas se definiría usted?

-Creo que soy profesora, me gusta mucho ser profesora y trabajar con mis estudiantes. Creo que uno aprende mucho de los niños y de los jóvenes. Me gusta mucho el aula, lo que se puede hacer ahí es maravilloso. Soy lectora, me gusta leer novelas, leer las historias y los ensayos y por supuesto me gusta mucho leer sobre educación, pero una buena novela es una obra filosófica y de arte que te puede acompañar toda la vida.

-¿Cuáles son sus favoritas?

-He tratado de hacer varias veces el ejercicio de cuáles son mis 10 favoritas y me cuesta. Pero sin duda, “La Montaña Mágica” (de Thomas Mann) me gusta mucho. Es una obra entrañable en el tratamiento del tiempo. También tengo recuerdos muy lindos de “Mujercitas” (Louisa May Alcott), “Cien años de soledad” (Gabriel García Márquez), la gran novela de Latinoamérica, y tantos otros. Me gustan mucho los escritores húngaros. Y los escritores chilenos; Roberto Bolaño es un genio.

-¿Se sorprendió con su elección como rectora de la UMCE?  

-No, no me sorprendió mi victoria. Trabajamos en un buen programa para las elecciones. Pero todo lo que ha pasado entre ayer (miércoles 2) y hoy (jueves 3) con el tuit de mi hijo, lo que me ha provocado es decir: este país es tan injusto, que se sorprenden de que alguien viniendo de la pobreza pueda llegar a la rectoría de una universidad. Me parece increíble no mi elección, sino el que mi historia se vea como algo increíble, porque es la historia de muchos chilenos. Para mí, esto debería acabarse, un poco lo que está pasando con la Constituyente…

Elisa fue elegida como la primera mujer rectora de la UMCE. Crédito: Archivo personal.

-Pareciera que su historia es un ejemplo perfecto del Chile que se quiere cambiar…

-Exactamente. A mí me parece que si hay algo que tiene que cambiar en Chile ahora es que se desperdicien talentos, que las puertas estén cerradas. Y eso se ha generado en los últimos 40 años con una educación mercantil, con una educación competitiva, con la destrucción pública, con el egoísmo. Mira, yo siempre he sido muy atenta a las reacciones de la gente y siempre me he preguntado por qué la gente se permite decir barbaridades a uno sólo porque somos pobres. He sido una testigo de eso. En la sala común del Hospital Salvador, donde tuve a Pablo, mi primer hijo, a los 24 años, me acuerdo de que pasó el médico, anotó en una tablilla y yo la tomé para leer.  Y la enfermera me dice ‘¿y qué lee? ¿Entiende algo acaso?’. Y yo le contesto: ‘leo que la guagua está encajada, el parto es inminente’. Ese fue el comienzo de mi martirio en el hospital público. Se trata de un país con tantas desigualdades, con tantas humillaciones totalmente gratuitas…

“Me parece increíble no mi elección, sino el que mi historia se vea como algo increíble, porque es la historia de muchos chilenos. Para mí, esto debería acabarse, un poco lo que está pasando con la Constituyente…”

PRIMEROS AÑOS

-¿Cómo fue su infancia?

-Soy nacida y criada en Santiago. Tengo un hermano menor, que se llama Óscar, y una hermana mayor que se llama Virginia. Vivimos la primera etapa de nuestras vidas en Quinta Normal y después a fines de los 60 tuvimos un cambio importante en nuestras vidas: nos fuimos a la periferia de Ñuñoa, Los Presidentes. Mi papá y mi mamá eran trabajadores no calificados. Mi mamá era modista y mantuvo la casa muchos años. Cuando yo estaba estudiando, fue en plena crisis, en plena dictadura militar, y mi papá, obrero, estuvo muchos años sin trabajar. Para él fue muy duro lo que pasó con el golpe militar, como para muchos trabajadores que tenían puestas las esperanzas de una vida más digna. En los años 80, mi familia vivía en una situación muy precaria. Recuerdo que nos cortaban el gas y mi mamá cocinaba con cocinilla a parafina y las vecinas se quejaban del olor…

-¿Por qué dice que ese cambio a Ñuñoa fue tan importante?

-Porque nosotros llegamos a las viviendas sociales, a una casa que fue comprada con un descuento por planilla. Los departamentos ahí son lo que yo siempre consideré como lo mínimo de dignidad. Cuando yo pienso en una vivienda social no pienso más que en ese tipo de vivienda: un living comedor, una cocina, baño y tres piezas. No sé cómo ahora se construyen unas cosas que son unas cajas de fósforo.

-¿Diría que esa dignidad también fue posible en otros ámbitos, como la educación?

-Sí. Yo salí del sistema educativo antes de las reformas que destruyeron la educación pública, que hacían que gente como yo socializara de otra manera, y lo que no alcanzaba a darte tu casa, te lo daban tus amigos, tu escuela, tu barrio. Pero ahora todo es segmentado. Si yo naciera ahora, estaría viviendo en extrema pobreza. Y la historia cambia totalmente. En la universidad, estudié con crédito fiscal, que cubría el arancel y algo más. Pero los libros, la fotocopia, el transporte los tuve que pagar yo, con mi trabajo. Hubo una época que vendí helados. Había un sistema que era en unas camionetas: andábamos dos personas arriba de la camioneta, te bajabas y te ponías a ofrecer casatas por las casas. O te parabas en una esquina y los niños iban a comprar helados. Cuando ya estaba en segundo año, empecé a trabajar en campamentos escolares, trabajando en recreación, talleres con niños. Fueron años muy interesantes, además, porque hubo manifestaciones contra la dictadura y había muchos conversatorios al respecto.

Elisa junto a sus estudiantes. Crédito: Archivo personal.

-¿Además de esa educación, cuáles son los elementos distintivos de su historia?

-Mis padres. Son fundamentales en esto. Mi mamá trabajó toda su vida en confecciones de ropa y participó en alguna medida en movimientos sindicales de mujeres, era cercana al Partido Socialista, entonces tiene consciencia de las luchas sociales. En mi casa siempre se habló de política y justicia social. Mi padre militó durante mucho tiempo en el Partido Comunista, que educaba a sus bases y los mezclaban con universitarios. Mi padre siempre cuenta que aprendió a pintar, porque es aficionado a la pintura, con un profesor del Bellas Artes, porque eran militantes. Era un país que se cruzaba, que se mezclaba. Que te hacía sentir que ese país también te pertenecía, que independientemente de tu clase social, ese espacio en la cultura también era tuyo. Mis padres, a pesar de no haber terminado la escolaridad, tenían claridad sobre el aspecto social y de la cultura.

-Sin duda eso fue clave para su fascinación por los libros (Elisa realizó la entrevista frente a una gran biblioteca)…

-Sí. Mi padre, cuando éramos pequeños, nos leía cada noche, un cuento de los Hermanos Grimm. Mi papá compraba libros a crédito, por cuotas. La lectura no era un objeto extraño. Vivíamos en una casa enana antes de llegar a Ñuñoa, y dormíamos todos en la misma pieza, porque existía sólo el dormitorio y el comedor, y leíamos todos juntos. Mi papá debe ser la persona que más se ha leído “El Quijote” en Chile y ahora tiene problemas de visión y lamenta tanto no poder leer…

-Qué pena. Por lo menos ahora podemos acceder a los audiolibros…

-Sí, él encuentra que “El Quijote” narrado por Vargas Llosa es lo más lindo que hay.

“Mi papá debe ser la persona que más se ha leído El Quijote en Chile y ahora tiene problemas de visión y lamenta tanto no poder leer…”

VIDA PROFESIONAL

-¿Desde cuándo usted supo que quería ser profesora?

-Yo tengo recuerdos muy marcados de momentos relacionados con la educación. Recuerdo perfectamente mi primer día de clases. Yo quería estar en la escuela. Recuerdo perfectamente que la profesora dejó a cargo una niña más grande y nosotros no nos teníamos que mover del escritorio y yo decidí ver qué pasaba. Me levanté, me anotaron en la pizarra y cuando llegó la profesora me pegó con una regla en las dos manos. No te podría decir que hice una reflexión pedagógica, pero lo encontré tan absurdo. También recuerdo una profesora que me regaló un libro, cuando me felicitaron por una tarea que hice sobre los egipcios, los cuadernos que venían escritos “República de Chile”, una charla que hicieron sobre Gabriela Mistral… Y teniendo a mis padres sin haber completado la escolaridad, yo lo valoraba más. Además, siempre me ha gustado correr.

-¿Hasta hoy?

-Sí, he corrido el maratón de Santiago unas tres veces. Me gustan los 42 kilómetros. Entonces para mí unir el deporte y la pedagogía era como la pedagogía total.

Elisa en el maratón de Santiago. Crédito: Archivo personal.

-Al salir de la UMCE usted ya tenía a Pablo. Y a diferencia de lo que se dice, la educación universitaria no siempre garantiza buenos puestos de trabajo. ¿Qué hizo entonces?

-Trabajé en gimnasios, pero después lo hice en una ONG, Centro de Innovación y Desarrollo de la Educación (CIDE), que pertenecía al Arzobispado de Santiago, que para mí fue mi segunda universidad. Trabajé en educación parental, programas para mujeres y jóvenes, etc., muy inspirado en el trabajo horizontal con las comunidades. Fue ahí donde yo me di cuenta de que quería seguir estudiando y el CIDE tenía un convenio con una universidad en Bélgica y estaba la posibilidad de recibir a gente e irse a estudiar allá. Finalmente gané una beca y fui.

Elisa junto a sus hijos Pablo y Alejandra. Crédito: Archivo personal.

-¿Fue su primera experiencia fuera de Chile?

-Sí, una experiencia muy buena. Pero era una beca que cubría los estudios, pero no otros gastos. Y una persona como yo, estudiando en Europa, que no sabía si era la única vez que iba a estar allá, sabía que tenía que aprovechar esa oportunidad y viajar.

-¿Cómo hizo con el dinero?

-Estudiar allá fue muy duro. Me costó mucho, mucho, sacar el doctorado. Tuve que trabajar haciendo el aseo en la casa de profesores. Entonces… plancho súper bien (se ríe).

“Una persona como yo, estudiando en Europa, que no sabía si era la única vez que iba a estar allá, sabía que tenía que aprovechar esa oportunidad y viajar”.

-Y una vez que usted logró ahorrar ese dinero, ¿qué hizo?

-Fui a París, fui al museo de los impresionistas y me saqué fotos frente a las pinturas de Renoir que mi papá había pintado cuando yo era chica. Fui a Ámsterdam, a Italia…

-Un mundo completamente distinto, más todavía en esa época.

-¡Sí! De hecho, tengo una anécdota: mi mamá siempre me dijo que uno tiene que andar ordenadito y planchadito. Y yo no sabía dónde meter la plancha en la maleta, entonces la puse en la cartera. Cuando llegamos a Europa, pasamos por Frankfurt, y las alarmas sonaron: era mi bolso, con una plancha, velas y fósforos, por si acaso. Porque no me imaginaba nada de cómo sería el viaje. La mujer del aeropuerto lo miró y no entendió nada. Eso es lo que digo yo: las experiencias vividas son las que generan la cultura y la red de relaciones conceptuales. Y la pobreza lo que hace es privar a la gente de esa red de experiencia. La gente no es ni tonta, ni floja, ni nada, está encerrada en un mundo muy estrecho.

Elisa cuando joven. Crédito: Archivo personal.

-También las personas con dinero y/o privilegios pueden estar en un mundo estrecho. Más bien en una burbuja…

-Sí, por supuesto. De hecho, el gran daño que ha sufrido Chile es la excesiva segmentación. Yo nací en un país donde estaba la gente mezclada. La segmentación empobrece a cualquiera. Al que tiene recursos, que conoce sólo a gente como ellos, que piensa igual, que viste igual. Pero no hay que confundirlo con la injusticia, la falta de oportunidades, la falta de salud, de educación, que te encierra de otra manera.

-Finalmente, ¿cómo va a ser su gestión como rectora de la UMCE?

-Nosotros tenemos, como Universidad, muchas capacidades y experiencia. Tenemos un saber hacer y mucho que ofrecer al país, al mundo de la educación. Nosotros podemos hablar con el país sobre la educación, porque hemos formado profesores y profesoras durante mucho tiempo y lo hemos hecho bien. Nosotros podemos ofrecer una mirada distinta al modelo educativo actual. El modelo educativo actual, hiperestandarizado, extremadamente centrado en cuestiones que internet ofrece por miles. Pero lo que no hace el internet es volverte ciudadano, volverte una persona que piense en el medio ambiente, que resuelva problemas concretos, herramientas pertinentes para el siglo XXI. Tenemos que pensar en competencias y capacidades para este siglo, investigar, colaborar, informar. Esas palabras hoy no están en el discurso educacional en Chile.

“La segmentación empobrece a cualquiera. Al que tiene recursos, que conoce solo a gente como ellos, que piensa igual, que viste igual. Pero no hay que confundirlo con la injusticia, la falta de oportunidades, la falta de salud, de educación, que te encierra de otra manera”.

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