Archivo Revista VEA

“Gritábamos que éramos libres”: Historia de la primera marcha LGBT en Chile

En abril de 1973 un grupo de quince a veinte homosexuales y travestis sacudieron el atardecer en la Plaza de Armas el mismo día que Patria y Libertad hacía explotar una estatua del Che Guevara en San Miguel. Entre sus peticiones estaban el fin de la persecución policial y la regulación del matrimonio igualitario. Hoy, casi cinco décadas después, The Clinic reconstruyó esa histórica jornada y conversó con sus protagonistas sobre su legado y el panorama actual para las disidencias sexuales.

El domingo 22 de abril de 1973 comenzó con la cabeza de bronce del Che Guevara volando veinte metros por el aire. El grupo paramilitar ultraderechista Patria y Libertad había dinamitado la estatua de 1.400 kilos del guerrillero ubicada en San Miguel en respuesta a las recientes elecciones legislativas, en las que la Unidad Popular había obtenido el 44% de los votos, y querían forzar el derrocamiento armado de Salvador Allende. Horas después, el día terminaría con los gritos de entre quince y veinte homosexuales y travestis que se reunieron en la Plaza de Armas para manifestarse en contra de la represión policial ante transeúntes y periodistas atónitos. Fue la primera protesta de una disidencia sexual de la que se tenga registro en el país, y fue cuatro meses y dieciocho días antes del golpe de Estado.

“¡Queremos libertad!”

“¡Queremos ser libres! ¡Queremos que no nos peguen, no somos delincuentes!”, gritaban entre quince y veinte homosexuales y travestis en la Plaza de Armas en contra de la represión policial. Algunas se subían a la estatua de Pedro de Valdivia y tocaban los testículos de bronce del caballo del conquistador mientras eran fotografiadas por periodistas boquiabiertos y otras daban vueltas por la plaza frente al repudio o los aplausos de los transeúntes. Eran casi las siete de la tarde, el sol caía en Santiago y, en medio de la agitación política de la época, la Raquel, Katty Fontey, la Doctora, la Gitana, la Roberta, la Belén, la Bambi, la Pupa, la Estrella, la Eva, la Larguero, la Fresia Soto, la Natacha, la Peggy Cordero, y otras más se volvían la cara visible de la primera manifestación de una disidencia sexual de la historia de Chile.

Por el impacto que generó, la protesta duró menos de una hora y terminó por las razones por las que comenzó: llegó la policía y las manifestantes corrieron por miedo a ser detenidas, rapadas, golpeadas y torturadas. Pocos minutos bastaron para remecer al público, a la prensa y para marcar el inició de las luchas públicas de la comunidad LGBT.

The Royal Travesti Ballet.

Las protagonistas de la manifestación se conocieron en la calle, muchas de ellas se habían escapado o las habían echado de sus casas. Tenían entre 14 y 21 años y frecuentaban fuentes de soda, la Alameda, San Antonio y la Plaza de Armas, donde casi todas durante el día dormían en una bodega que estaba bajo el escenario central -y donde los jardineros guardaban sus herramientas- y durante la noche ejercían el trabajo sexual. “Todas estábamos en la misma situación, vivíamos en la calle, porque en ese tiempo no era muy acontecido ser homosexual, ni una cabra soltera con una guagua era bien mirado, imagínate un homosexual. Todas practicábamos el trabajo sexual, pero no abiertamente. No faltaba el hombre que sabía que uno a esas horas de la noche no iba a andar rezando el rosario”, comenta Katty Fontey (69), una de las manifestantes y actual presidenta de la agrupación Traves Chile.

Ese domingo, como de costumbre, el grupo se juntó en la plaza. Mientras compartían su cansancio por el hostigamiento policial, del cual eran víctimas a menudo, probablemente la Doctora, una travesti que trabajaba como arsenalero en la Posta Central, partió alzando la voz y el resto le siguió de forma espontánea. “Se organizó sin querer queriendo. Gritábamos que éramos libres frente a la opresión de la policía, de la gente, del qué dirán, pedíamos que no nos miraran en menos, todas esas cosas. También pedíamos el matrimonio. La gente nos miraba, algunos aplaudían y otros murmuraban”, cuenta Raquel Troncoso (66), quien actualmente es comerciante del persa Biobío.

Uno de los transeúntes curiosos e impactados con la escena fue Marcos Ruiz, que en 1991 sería uno de los fundadores del Movilh (Movimiento de Liberación Homosexual) histórico. En ese entonces el futuro activista tenía 13 años y se topó con la movilización mientras acompañaba a su padre a hacer unas compras. “Hasta ese minuto yo no tenía claro qué es lo que era, pero estaban con vestimentas bastante llamativas reivindicando, entre comillas, el tercer sexo, y el derecho a casarse y lo que a mí me llamó la atención fue ver a hombres, entre comillas, disfrazados de mujeres y que reivindicaban estas cosas. Estuve un rato mirando y mi papá me agarró y me subió a la micro y nos fuimos para la casa, pero me quedé con esa imagen”, comenta.

Durante esos años, la policía se valía de los artículos 373 y 365 del Código Penal para perseguir a la comunidad LGBT. El primero castigaba a quienes “de cualquier modo ofendieren el pudor o las buenas costumbres” —aún vigente—, y el segundo, la sodomía —modificado en 1999—. Estos parámetros permitían, e incentivaban, constante represión policial, que incluía golpizas y torturas, en contra del grupo de Plaza de Armas, quienes dicen, medio en broma y medio en serio, que las comisarías y cárceles eran como hoteles para ellas. “Era terrible, era como si a ellos (policías) los fueran a subir de grado entre más reprimían a los homosexuales de calle que se les notara. Pero no andábamos haciendo nada, mariconeando nomás, no sé qué podían ofenderse si los hombres que uno pinchaba eran mayores de edad y uno ya sabía a lo que iba y los hombres también. Cuando una ya tenía una muchos arrestos la pasaban a la cárcel y la ofensa a la moral tenía condena, entonces una tenía que hacer seis o tres meses, según cuantas veces te pasaban al juzgado de policía local”, comenta Katty Fontey.

“Todas practicábamos el trabajo sexual, pero no abiertamente. No faltaba el hombre que sabía que uno a esas horas de la noche no iba a andar rezando el rosario”, comenta Katty Fontey (69), una de las manifestantes y actual presidenta de la agrupación Traves Chile.

Por eso, cuando esa noche llegaron los furgones en los que se movilizaba la policía, el grupo se dispersó al instante y cada una se escabulló como pudo en la oscuridad. Ninguna fue tomada detenida en esa ocasión, lo que hizo que durante los días siguientes Carabineros comenzara a hacer intensas redadas en distintos prostíbulos en busca de las manifestantes, quienes se volvieron humo por la ciudad para protegerse, al menos por unos días.

“La rebelión”

El impacto provocado por la manifestación motivó que durante los días siguientes la prensa publicara fotos y notas de carácter homófobo sobre lo ocurrido. El Clarín, diario cercano al gobierno de la Unidad Popular, y cuyo lema era “Firme junto al pueblo”, tituló su primera plana del martes 24 de abril como “Colipatos piden chicha y chancho”. La nota correspondiente al hecho, al que calificaron como “repugnante espectáculo”, llevó por título: “Ostentación de sus desviaciones sexuales hicieron los maracos en la Plaza de Armas”. En el texto se referían a las manifestantes como “las colas rascas”, “yeguas sueltas” y “asquerosos especímenes” y aseguraban que detrás de la organización del evento estaba una agrupación llamada “Movimiento de Liberación Homosexual”. Incluso, la redacción agregó: “con razón un viejo propuso rociarlos con parafina y tirarles un fósforo encendido”.

Archivo de la época. Revista VEA.

Otros medios, como el diario Puro Chile, también cercano a la Unidad Popular, se refirió a las manifestantes como “colas rascas desyeguadas”, “maricones santiaguinos” y “colipatos”, y la revista VEA, de tendencia conservadora, y cuyas fotos de un reportaje que incluye material de ese día están firmadas por el fotógrafo Sergio Larraín, tituló el hecho como “La rebelión de los raros”. “Lo más doloroso, sobre todo para los maricones y locas que somos de izquierda, era el que diario que promovía la revolución, el diario del pueblo, que fue el Clarín, estuvo solamente junto al pueblo heterosexual, no existía el pueblo homosexual para la izquierda en la época. Hasta hoy ninguno de los trabajadores de esos medios ha tenido la capacidad política e histórica de disculparse con la comunidad que en ese tiempo se vio gravemente afectada por ese tipo de redacción”, comenta el periodista y activista Víctor Hugo Robles, conocido también como El Che de los Gays.

“Se organizó sin querer queriendo. Gritábamos que éramos libres frente a la opresión de la policía, de la gente, del qué dirán, pedíamos que no nos miraran en menos, todas esas cosas. También pedíamos el matrimonio. La gente nos miraba, algunos aplaudían y otros murmuraban”, cuenta Raquel Troncoso (66), quien actualmente es comerciante del persa Biobío.

Las publicaciones de los días siguientes dan cuenta del ambiente adverso para este tipo de manifestaciones, que también permeaba otros aspectos, como la política. “El contexto de los sesenta y setenta para la izquierda latinoamericana es uno en que la homofobia es parte importante de la construcción de las identidades de género y de las relaciones entre los individuos y por eso, tanto como los sectores conservadores, la izquierda también tenía un discurso de rechazo a las identidades LGBTQI. Las consideraban en algunos sectores más ortodoxos como una desviación capitalista que se experimenta en la sociedad. Existía el prejuicio de que eran personas no aptas para los rigores de la militancia o de la insurgencia y eran marginados de los movimientos, partidos y vanguardias políticas”, comenta el historiador y profesor de la Universidad Diego Portales, Claudio Barrientos.

En un contexto en el que la Organización Mundial de la Salud (OMS) consideraba la homosexualidad como una enfermedad mental —dejó de hacerlo en 1990—, la homofobia y el conservadurismo con las disidencias sexuales no era exclusivo de un sector político, sino que era transversal. “Recordemos que para la iglesia la homosexualidad era un pecado y para la ciencia era una enfermedad, entonces había un contexto general que a lo mejor no permitía este nivel de apertura. Ahora, yo pienso también que el hecho de que haya ocurrido esta marcha en pleno contexto de la Unidad Popular, también se puede entender porque eran grupos que se estaban movilizando, aprovechando que había un contexto de cambio y de transformación. Es un intento de querer participar de ese proceso de cambios”, comenta el historiador Juan Carlos Garrido.

Archivo de la época. Diario Clarín.

En este tema también está de acuerdo el historiador Claudio Barrientos, quien atribuye al gobierno de la Unidad Popular el espacio propicio para las manifestaciones de distinto tipo. “Era un período extremadamente convulso en el que distintos actores de la sociedad civil se estaban manifestando y expresando, algunos con acciones más extremas, como esta acción de Patria y Libertad —que dinamitaron la estatua del Che— o este grupo minoritario, muy esporádico, con poca repercusión, con poco retorno de la sociedad, pero que estaba articulando una demanda ciudadana y visibilizando un tipo de ciudadanía dentro de un contexto político de apertura hacia los distintos tipos de ciudadanía que existían en nuestro país”.

“Lo más doloroso, sobre todo para los maricones y locas que somos de izquierda, era el que diario que promovía la revolución, el diario del pueblo, que fue el Clarín, estuvo solamente junto al pueblo heterosexual, no existía el pueblo homosexual para la izquierda en la época”, comenta el periodista y activista Víctor Hugo Robles, conocido también como El Che de los Gays.

Para el director del área de Derechos Humanos del Movilh, Ramón Gómez, esta manifestación se plantea de forma rupturista en el contexto de la época, principalmente, porque marca un precedente con respecto a la representación de la comunidad LGBT. “Es la primera vez que la población de la diversidad sexual y de género sale a decir algo de sí misma, antes habían hablado los curas, psicólogos, psiquiatras y pacos. Entonces ese ejercicio de autorrepresentación de decir ‘yo soy, aquí estoy, esto es lo que quiero ser y esto es lo que demando’, sin duda tiene un impacto y es un ejemplo hasta ahora”.

Pero en ese entonces el grupo de manifestantes no fue considerado un ejemplo, y por el miedo a ser detenidas y perseguidas, las protagonistas de la movilización comenzaron a distanciarse de la Plaza de Armas. Algunas buscaron otras calles para ejercer el trabajo sexual, y Raquel se refugió en el prostíbulo San Camilo, centro neurálgico del comercio sexual de la época, donde estuvo por los próximos 30 años.

Archivo de la época. Revista VEA.

Legado

Para los expertos, esta manifestación marcó un hito fundacional para el movimiento y para las luchas por los derechos de la población LGBT. “Yo creo que sentó los precedentes de dónde vienen las primeras luchas y marchas. Y demuestra que esta historia de luchas no viene de los años 90 y no nace con el Movilh, ni con Iguales, ni con Acción Gay sino que hay antecedentes previos”, dice el historiador Juan Carlos Garrido.

Para Víctor Hugo Robles, este evento es el equivalente a lo que fueron en Estados Unidos las protestas de Stonewall, que en 1969 marcaron el inicio del movimiento LGBT. En tanto, para Ramón Gómez, el factor de clases que tuvo la manifestación le entrega un valor extra. “Manifestarte teniendo toda una información disponible errónea, prejuiciada, odiosa y aun así decir ‘lo voy a hacer, sin ni siquiera tener claridad de quién exactamente soy yo porque toda la información que tengo dice que soy una persona mala’ hace que ese hito tenga doble o triple importancia porque proviene de personas de escasos recursos económico que demuestran que la lucha LGBT siempre vino de las poblaciones, de la gente más vulnerable o de la gente que no tenía acceso a la educación de manera igualitaria y eso le da un valor tremendamente relevante”, comenta.

Raquel, una de las protagonistas de la manifestación de 1973. Crédito: archivo personal.

Los historiadores también resaltan la importancia del hecho no sólo por la visibilidad que tuvo y que le dio a la comunidad LGBT, sino también porque fue la primera vez que se demandaron esos derechos. “Marca el inicio de una serie de reivindicaciones que por años se han venido demandando, que han venido siendo parte del imaginario, historia y memoria de los movimientos LGBTQI”, comenta Claudio Barrientos. En tanto, Víctor Hugo Robles hace una lectura anclada con la actualidad: “Pensar que ahora estamos discutiendo el matrimonio homosexual cuando las primeras que levantaron esa batalla fueron las locas del 73 te habla de una demanda y de un anhelo de muchas décadas, de mucho tiempo”.

Pero también hay detractores de la importancia de la protesta, que se basan, principalmente, en que no hubo una continuidad de trabajo entre las manifestantes para seguir organizándose por sus demandas, y que estas apuntaban a recuperar ciertos espacios, relacionados con el trabajo sexual, antes que a un cambio estructural.

“Obvio, era un contexto bastante duro, era el 73, era un ambiente muy convulsionado social y políticamente, ahí cualquier manifestación de juntarse era súper peligrosa, entonces el contexto tampoco se daba para que tú dijeras ‘mira nos vamos a juntar, vamos a discutir o vamos a conversar del tema’. Me imagino que algo de verdad tiene que haber habido ahí, pero desde mi perspectiva como feminista y como lesbiana yo siento que no fue un hecho político porque no hubo contenido político”, comenta Lilian Inostroza, fundadora del colectivo lésbico Ayuquelén, en 1983, quien también suma a sus críticas cuestionamientos al matrimonio por considerarlo una institución patriarcal que establece relaciones de poder y que, en su opinión, junto con el trabajo sexual son temas no consensuados por la comunidad LGBT.

“La movilización marca el inicio de una serie de reivindicaciones que por años se han venido demandando, que han venido siendo parte del imaginario, historia y memoria de los movimientos LGBTQI”, comenta Claudio Barrientos.

Sobre el continuo que tuvo la manifestación, Claudio Barrientos dice que este puede encontrarse no en la movilización u organización misma, sino en las prácticas de discriminación: “En lo que sí establece un continuo, más que en la articulación de un movimiento, es en las prácticas de exclusión ciudadana de este país. Para mí el continuo histórico entre este evento de 1973 y la realidad de hoy es que tenemos una Convención Constituyente donde no hay representación trans, y para mí eso es grave y en eso hay un continuo histórico”.

Katty Fontey, una de las protagonistas de la protesta de 1973. Crédito: archivo personal.

Por su parte, Raquel, una de las protagonistas de la manifestación, dice que, si bien en ese momento no pensó que el evento sería algo más que un momento de expresión para liberarse de la opresión, ahora está consciente de la importancia que tuvo. “Fue algo histórico, porque hicimos lo posible por sacar la voz en ese tiempo antes de que poco después todo se callara —por el golpe—. Si hasta el momento se habla de esto, entonces es una huella que una dejó y que tienen que seguir a futuro las que vengan más adelante”, dice.

Pensando en la lucha que levantaron hace 48 años, tanto Raquel como Katty Fontey se alegraron con el anuncio del ejecutivo de poner urgencia al proyecto de ley del matrimonio igualitario. Y con la mira en ese convulsionado domingo de 1973, Raquel evalúa los cambios que ha tenido la sociedad con respecto a la comunidad LGBT: “En esa época era una cosa terrible, espantosa, nos miraban en menos, nos tiraban piedras y nos insultaban. Ahora hay un cambio radical, hay más libertad y más derechos para expresarse”, dice, antes de finalizar con emoción en su voz: “Yo encuentro que el resultado de ahora son las consecuencias a largo plazo de la marcha”.

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