Columna de Rafael Gumucio: No son 30 años; son 10 años y medio

La Concertación tiene sus propios pecados. Pero más allá de los logros y fracasos, la idea de que éste era un solo país y que no podíamos escapar a este destino era algo que compartíamos incluso los más fieros enemigos. No volver a la dictadura y no repetir los errores de la UP era un horizonte compartido. Esa solidaridad tácita murió el 2010. A partir de ahí no fuimos ya parte de la misma historia.

En la raíz del movimiento político social que estamos viviendo está la frase que reza que “no son treinta pesos, son treinta años”. Es una evidente media verdad. No hay duda de que el aumento del costo de los bienes básicos, en particular el transporte, tuvo mucho más que ver con la revuelta que la idea de refundar del país. La nueva Constitución fue una demanda entre muchas otras, sólo cuando un millón de personas se tomaron el centro de Santiago. Otro hito esencial de la revuelta, deliberadamente olvidado.

Más allá de los 30 pesos de más o de menos, fue el desprecio de varios ministros de Piñera por las necesidades económicas de los chilenos lo que desató la furia. Ese desprecio de alguna forma encuentra su continuidad en la manera en que los voceros “la Lista del Pueblo” se espantan ante la idea de que alguien pudiera manifestarse sólo por 30 de pesos de más o de menos, porque fijarse en ella sería de alguna forma rebajar la dignidad del pueblo que habría salido a la calle básicamente para respaldar un diagnóstico histórico: la que los últimos 30 años fue una continua entrega a los poderes del neoliberalismo.

La Concertación sería entonces el enemigo único al que hay que atribuirle todas las culpas, esto, aunque hace diez años que no gobierne y lo haya hecho entre medio la Alianza dos veces y la Nueva Mayoría, una. Extrañamente partidos como el Comunista y Revolución Democrática ignoran haber sido parte de esta última alianza política, quizás una de las apuestas más ambiciosa de la historia política chilena. Lo mismo sucede con el movimiento estudiantil que, a comienzos del 2011, puso al centro del debate casi todos los temas de los que hablamos hoy, pero que de manera absurda se avergüenza de su mayor éxito: el haber convertido en política sus demandas. Eso que volvió a hacer a solas Gabriel Boric, firmando el acuerdo gracias al que “octubristas” y “estallistas” consiguieron la tribuna y el poder desde donde vuelven a llamar traidor al que debía ser su héroe.

Que Piñera 1 era la continuación de la Concertación fue una idea que el propio Piñera trató de instalar insistentemente. Nadie se engañó demasiado por entonces. Chile empezó el 2010 a ser “atendido por sus dueños”. La manera de tratar el descontento social el 2011 dejó en claro que un ciclo se cerraba y empezaba otro. Ni la forma de crecer, ni la de administrar el crecimiento, fue ya la misma. Incluso la desigualdad, la vergüenza más visible de los años de la Concertación, empezó a retroceder a partir del 2010. Lo hizo, por desgracia, junto con un estancamiento económico, y una falta de iniciativa en todos los campos, que es la marca de fabrica de estos diez años de la dupla Pi-Ba o Bacheñera o Piñeralet.

Más allá de los 30 pesos de más o de menos, fue el desprecio de varios ministros de Piñera por las necesidades económicas de los chilenos lo que desató la furia. Ese desprecio de alguna forma encuentra su continuidad en la manera en que los voceros “la Lista del Pueblo” se espantan ante la idea de que alguien pudiera manifestarse sólo por 30 de pesos de más o de menos, porque fijarse en ella sería de alguna forma rebajar la dignidad del pueblo que habría salido a la calle básicamente para respaldar un diagnóstico histórico: la que los últimos 30 años fue una continua entrega a los poderes del neoliberalismo.

El país que exportaba desde madera a vino fue confiando sólo y exclusivamente en el cobre, porque empezó a no planificar nada a más de cuatro años plazos. Las dos principales alianzas electorales no fueron capaces de crear un solo líder nuevo. Y hasta los nuevos (el actual FA) prefirieron aliarse a los antiguos. Se empezó a pensar sólo en ganar o peor aún en no perder. Piñera en particular, haciendo tiempo para volver luego de la Bachelet, se dedicó a sabotear el gobierno de esta presidenta, burlándose de su intento de emprender algo así como un proceso constituyente.

Tuvo éxito, todo hay que decirlo, y parecía al ser reelegido bajo la promesa de que la plata volviera fluir y se acabaran “las ideas raras.” Pero ya había cambiado todo de una manera que nadie alcanzó a mirar con detención. Una sociedad mal ajustada, viviendo en una edad del pavo permanente, fue naciendo debajo de la idea de que éramos el mismo país de siempre. Pero ni el neoliberalismo era ya tan neoliberal, sin que el Estado llegara a asistir a los que se quedaron fuera del cada vez más escaso crecimiento. De ahí la rabia contra los formularios y los procedimientos burocráticos para acceder a la ayuda. Más estatistas y consumistas que nunca, pero sobre todo escindido, sin leyenda, sin historia que contarse a sí mismo. De ahí la desesperada demanda por dignidad, eso que se supone nacía y moría con uno antes, que la doble mendicidad de las tarjetas de créditos y los programas de gobierno nos fueron quitando día a día.

Ni la forma de crecer, ni la de administrar el crecimiento, fue ya la misma. Incluso la desigualdad, la vergüenza más visible de los años de la Concertación, empezó a retroceder a partir del 2010. Lo hizo, por desgracia, junto con un estancamiento económico, y una falta de iniciativa en todos los campos, que es la marca de fabrica de estos diez años de la dupla Pi-Ba o Bacheñera o Piñeralet.

La Concertación tiene sus propios pecados, y quienes fuimos críticos a ella cuando era realmente incómodo serlo, los conocemos mejor que nadie. Más allá de los logros y fracasos, la idea de que éste era un solo país y que no podíamos escapar a este destino era algo que compartíamos incluso los más fieros enemigos. No volver a la dictadura y no repetir los errores de la UP era un horizonte compartido. Esa solidaridad tácita murió el 2010. A partir de ahí no fuimos ya parte de la misma historia. Quizás eso explica que ya no seamos capaces de contar esa historia en su complejidad e impureza y queramos la leyenda de los malos muy malos y los buenos muy buenos.

The Clinic Newsletter
Comentarios