Paseo por Santiago

Entre organilleros, El Monumental y pinballs de Iron Maiden: El paseo por Santiago que intenta retomar la normalidad

Con la llegada de la Fase 4 y una vacunación que superó al 80% de la población objetivo, el miércoles pasado el toque de queda se redujo: el libre desplazamiento en la región Metropolitana se amplió hasta las 00:00. La medida se dio luego de más de 17 meses de restricciones. La mayor libertad se notó en las calles de Santiago y no solo significó un mayor tiempo de desarrollo comercial, sino también de uno mucho más importante: el humano.

Santiago es gris. Ese es un lugar común que cada santiaguino ha escuchado desde que tiene noción de la ciudad que eligió o le tocó vivir. Se puede estar o no de acuerdo con esa premisa y con todo lo que implica ese color: formalidad, frío, lejanía o incluso resabios de melancolía, tristeza y dolor.

Lo cierto es que con la llegada del Covid-19 en marzo del 2020 y con todas las medidas sanitarias que le sucedieron, principalmente la aplicación del toque de queda -el 22 de marzo de ese mismo año-, la ciudad comenzó adolecer de algo mucho peor que la opacidad. 

Santiago fue perdiendo su carácter.

El poco tiempo para el ocio que durante 17 meses aquejó a la ciudad, la convirtió en un espacio de funciones provisionales, de trámites que se cumplen para sobrevivir, pero no para vivir. De filas incómodas, muchas veces sin tener un lugar para sentarse, de una mayor irritabilidad. De tardes de llantos desconsolados y mañanas de hastíos. Y, principalmente, de ansiedades. 

Esto no significa que los santiaguinos estuviesen enjaulados, ingenuo sería decir que las medidas sanitarias se respetaron a cabalidad, o incluso dentro de lo medianamente aceptable. Pero, sí es cierto decir que los espacios de ocio y diversión durante más de un año estuvieron limitados a infringir las normas y eso a muchos no les gusta. 

También es cierto, que la apertura de las terrazas de bares y restaurantes (y luego sus espacios interiores con el pase de movilidad) solo correspondían a una fracción de la libertad que una persona necesita para vivir su vida. Para abstraerse.

Esa fracción de libertad se extendió con la implementación de la fase 3 del Plan Paso a Paso en toda la Región Metropolitana y, también, con su posterior salto a la Fase 4 (de apertura), la que fue anunciada el 24 de agosto y que significó que, el pasado miércoles, luego de que el 80% de la población objetivo se vacunara, el toque de queda se redujera permitiendo el libre desplazamiento en las comunas de la región Metropolitana hasta las 00:00. 

Ese mismo día, los santiaguinos aprovecharon el mayor tiempo. El barrio Lastarria, ícono de la tragedia comercial, primero con el estallido social y luego con el coronavirus, estaba a tope.

La mayoría de sus locales tenían fila para sentarse tanto al interior como al exterior, esto pese a que cayeron unas tímidas gotas, las que no fueron capaces de espantar a los clientes ¿Qué son un par de gotas de lluvia comparado con tomarse un schop y comerse unas papas fritas de noche en un bar? 

Eso se preguntaron Marta e Ignacia, dos compañeras universitarias, una de Santiago y la otra de Talca, quienes se vieron por primera vez las caras, luego de más de un año de amistad por chat y videollamadas. Y que encontraron en el bar Victorino, un buen punto de encuentro para ponerse al día después de sus primeras jornadas de estudios presenciales, esto luego de que su universidad implementará clases híbridas, mezclando las videoconferencias con la presencialidad.

 “A mí me cuesta caleta hablar en grupos, así que en cierto sentido era súper cómodo vivir y hacer mi amistad con la Marta por Zoom. Igual podíamos hablar hasta tarde; como si nos viéramos y tampoco sentí que estuviera tan lejos. Pero ya cuando se empezó a abrir todo, quería puro ver y conocer a mi amiga. Poder expresar las cosas normales cara a cara”, dice Ignacia sobre su amiga, quien viajó de Talca a Santiago por primera vez sola. 

En Lastarria estuvieron ambas hasta cerca de las 22:40, cuando se pusieron de acuerdo para tomar un Uber que nunca llegó. Tres autos les cancelaron el viaje a sus casas en Macul y La Florida. Y es que en el Santiago de la movilización tecnológica, es mucho más fácil que los conductores acepten carreras para las comunas del sector oriente que para las demás. Eso principalmente en las noches. 

Finalmente las dos se devolvieron en Metro. Alcanzaron a llegar. Ese mismo día la red de transporte extendió su horario de funcionamiento hasta las 23:00. Una verdadera bendición para los capitalinos.

En la caminata al Metro vieron una veintena de carabineros desplegados a pie y en bicicleta por el barrio, las patrullas y rondas son más habituales en el sector desde que se incrementó la dotación policial a inicios de agosto, luego de que encapuchados vandalizaran, una vez más, una serie de locales.

Esos últimos destrozos cimentaron una alianza entre los locatarios, el gobierno y carabineros, quienes luego de una reunión no sólo acordaron aumentar las rondas, si no que también habilitaron un grupo de WhatsApp donde los empresarios gastronómicos pueden reportar directamente al jefe de zona cualquier destrozo o delito. 

Ya en el primer viaje nocturno en el Metro de Santiago, luego de más de un año en que operó hasta las 21:00 horas, no solo Marta e Ignacia retornaban a sus casas luego de pasarla bien en un bar. 

Varios grupos de personas hacían lo mismo en los trenes relativamente vacíos, algunos de ellos bebiendo alcohol, bajándose la mascarilla entre sorbos. Los carros del Metro parecían los clásicos recorridos fiesteros de la mítica 210 del Transantiago o las tantas micros de la Quinta Región, famosas por su actividad fiestera en las madrugadas.

El metro a las 22:50
El metro a las 22:50


Con fiesta o no, el metro hasta más tarde, es también una medida democratizadora. No sólo en taxis o Uber se mueve el santiaguino y hasta antes del cambio de horario, desplazarse hasta tarde solo se podía hacer por esos medios.

Así al menos lo piensa Marcos, quien tomó la combinación del metro en la estación Universidad de Chile cerca de las 23:00. Agradecido por el cambio, en una estación casi vacía comentaba que “el Metro hasta temprano no tenía ningún brillo”. 

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Al día siguiente del cambio de horario en el toque de queda, el jueves 2 de septiembre, Santiago amaneció con un sol radiante, el cielo azul y las nubes blancas. Nadie podría decir ese día que Santiago es gris.

Joaquín, un amistoso encargado de una farmacia de barrio, dice que él puede reconocer mejor que nadie cuando comienza la primavera. Cuenta que eso ocurre cuando cientos de personas llegan a su tienda ubicada en calle Cóndor, desesperados buscando antihistamínicos, gotas para los ojos, e inhaladores para combatir las alergias estacionales, producidas principalmente por los plátanos orientales. 

Esas ventas partieron tímidamente en julio, cuando los alérgicos más experimentados y precavidos comenzaron a consumir los fármacos de manera preventiva, pero explotaron la semana pasada, cuando una tropa de enfermos llegó con la nariz tapada a buscar una solución a sus males. 

Para Joaquín entonces, la primavera empezó hace una semana.

Alérgicos o no, en Santiago las personas suelen respetar el uso de la mascarilla cuando se está en movimiento.  Es muy raro ver a peatones sin cubrebocas caminando por la calle. El uso correcto es otra cosa. Algunos las llevan bien puestas, otros sólo se tapan la boca dejando su nariz descubierta, algunos incluso la llevan por debajo de la pera, como si se tratara de un cubrepapadas. 

Independiente de cómo se usa la mascarilla, ese 2 de septiembre “primaveral” muchos santiaguinos salieron a las calles para hacerse parte de su ciudad. Una de esas personas es Siria González (35) quien miraba con atención los carteles pegados afuera de un gimnasio Pacific cercano a su departamento. 

Siria mira los precios de un gimnasio
Siria mira los precios de un gimnasio


Ella dejó de ir al gimnasio antes de la pandemia, antes asistía a uno cerca de su empleo en Tobalaba, pero lo dejó luego de que estos espacios cerraran por la pandemia. No se animó a retomar esa rutina hasta hoy, donde dice saber que la mayoría de las personas está vacunada. 

El rubro de gimnasios fue uno de los que más sufrió con la pandemia, de hecho el exdueño de la cadena de gimnasios a la que Siria pretende entrar, Fritz Yerry Bartsch Briceño, de 55 años, fue encontrado sin vida en su casa en Las Condes. Según cercanos, Fritz estaba acomplejado por las deudas y el estrés. Sus gimnasios estuvieron cerca de 15 meses sin poder funcionar. 

La reactivación de gimnasios ha sido explosiva desde su reapertura, Siria representa ese boom, ella pretende hacerse con uno de los cupos del gimnasio, que a pesar de sus grandes dimensiones tiene un aforo de 50 personas. 

“Necesito volver a entrenar. Mi departamento es chiquitito entonces no tengo el espacio para poder hacerlo ahí. Ahora con el tema de las vacunas me siento más segura.Yo vivo con adultos mayores, entonces no me podía arriesgar a contagiarlos a ellos”, dice la mujer, antes de que la atiendan en el establecimiento.

Otro de los comercios que sufre con la pandemia es el de las barberías y peluquerías. Luis Contreras, barbero de 21 años que se gana la vida rasurando y cortando el cabello desde que tiene 15, cuenta que estuvo meses sin poder trabajar en la barbería donde se desempeña ubicada en la calle Arturo Prat.

El joven cuenta que en el tiempo que estuvo sin trabajo se las arregló cortando el pelo a domicilio, pero que algunos de sus amigos no tuvieron la misma suerte, que incluso algunos de ellos se quedaron sin plata para pagar los arriendos y que se tuvieron que ir a vivir a la calle. 

Hoy dice que la situación es distinta, las peluquerías pueden atender a partir de la Fase 2. Además cuenta que la clientela es harta y que la gente, al salir más, está más preocupada de verse bien y él con sus navajas, tijeras y máquinas de afeitar intenta ayudarles en eso. 

“Antes la gente no se cortaba porque pensaba que los podíamos contagiar los peluqueros. Pero ahora el miedo se está yendo desde las vacunas. La gente ahora entra con más confianza y tranquilidad. Además todos se quieren ver bien”, comenta. 

Quien conoce bien los problemas económicos en la pandemia es el venezolano Homer Férnandez. Él no es economista, ni experto en estadísticas. Trabaja en una imprenta ubicada a dos cuadras de la Alameda y la mayoría de los documentos que imprime son currículos de trabajadores. Dice que imprime cerca de 15 al día. La mayoría de ellos a inmigrantes con estudios que buscan empleos en trabajos relacionados a servicios.  

Homer dice imprimir unos 15 C.V diarios

En el centro, la ciudad también se ha adaptado. El teatro del Instituto Nacional, que no recibirá alumnos presencialmente este año, fue arrendado a distintas instituciones culturales. Una de ellas el Centro Arte Alameda, que fue quemado durante el estallido social, y que funciona provisoriamente en uno de los colegios más antiguos del país. 

En el lugar, dos de sus empleados muestran la variada cartelera que incluyen estrenos nacionales como “Sergio Larraín instante eterno” y clásicos como “Carretera pérdida” de David Lynch o “Interstella 5555”, musicalizada por Daft Punk 

One more time we’re gonna celebrate, dice la canción insigne de la banda y el film, la que bien refleja lo que ocurre en Santiago. Las celebraciones, eso sí, son variadas.

Para una niña, el festejo, por ejemplo, puede estar en algo tan sencillo como poder sentarse dentro de un McDonalds y comerse una cajita feliz. Eso comenzó a pasar hace un par de semanas, cuando la franquicia gastronómica más conocida del mundo habilitó en Santiago espacios al interior de sus locales para poder comer. 

Hacerlo no es fácil, la fila para la atención presencial dura 15 minutos, si es que la orden es para llevar y unos 40 si es que la intención es sentarse en el local. Pese a la larga espera, una niña de siete años hizo la fila de más de 25 personas junto a su madre y a su tía. Es la primera vez que se sienta en la hamburguesería desde el inicio de la pandemia. 

“Antes, para poder comer había que pedir, sentarse en la calle y comer a la mala. Allí siempre está lleno. Puede parecer muy simple, pero poder sentarte y comer tranquilo es una libertad. Vale la pena esperar”, dice la tía de la niña, mientras la niña juega con un “Pregunta quién Adivina quién” que salió en su cajita y que prefirió por sobre a un auto a escala de la película “Rápido y Furioso 9”.

No todos prefieren a Rápido y Furioso


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“El paseo es el pabellón en que se exhibe el quiebre del modelo económico”, decía Enrique Lihn sobre el Paseo Ahumada, en el epílogo de su libro de poesía del mismo nombre. Y esa premisa se sigue cumpliendo a casi 40 años de la publicación del libro, y con una pandemia mundial incluida. 

En el Santiago de la Fase 4, el Paseo Ahumada volvió a ser el mismo de siempre: en el pabellón peatonal de Lihn, situado entre las grandes tiendas comerciales, carabineros se lleva detenida y esposada a una mujer, talentosos músicos muestran su arte pidiendo colaboraciones y varios otros piden monedas así sin más.También ambulantes venden banderas y guirnaldas plásticas de Chile hechas en China. 

Una pareja toca el saxo en el Paseo Ahumada. Santiago.

Además de esa fauna típica, el Paseo Ahumada sigue siendo un hervidero de gente. Andrea, dueña de un kiosko ubicado al frente del Eurocentro, dice que estuvo cinco meses sin poder trabajar por el Covid. Que antes, por el estallido social, también vio afectada sus ventas.  

Hoy afirma que la gente está volviendo poco a poco, que las ventas están subiendo y si bien ya no vende diarios -las crisis de los medios también la golpeó-, aún conserva tradiciones de antaño, como ventas de álbumes y láminas: una de las que más vende hoy es de la película Luca, de Disney.

A metros de su local: al final o al principio del paseo, según la perspectiva, Valeska Ávila (21) hace sonar su organillo. Ella trabaja vendiendo remolinos de papel, máquinas de burbujas y dulces mientras su marido, un chinchinero con carácter y buena facha, da vueltas y vueltas interminables haciendo sonar su tambor. 

Cuando las cuarentenas dinámicas fueron levantadas en distintas comunas de Santiago, ambos recorrieron distintas poblaciones del sur de la capital con sus implementos: vendieron productos en las poblaciones El Castillo, El Volcán y la Santo Tomás. 

Cuando llegó la Fase 3, Valeska se animó a trabajar junto a su marido en la Plaza de Armas. Dice que vende unos 15 remolinos diarios, los que fabrica junto a su cuñada: “Uno hace por amor este oficio, no todos entienden eso. A mí me sustenta en lo que necesito, pero más importante que eso: a mí me da mucha alegría que este trabajo sea más para los niños. Verle la alegría a los niños cuando ven que el remolino da vueltas me causa emoción. Es una bendición verlos sonreír”. 

Valeska en la Plaza de Armas de Santiago

A dos cuadras del organillo que hace sonar Valeska, en los Entretenimientos Diana, Gustavo Moraga, administrador del local, dice que la franquicia de juegos nació con el mismo espíritu que proyecta Valeska. 

“Entretenimientos Diana cumplirá en dos o tres años 90 años de funcionamiento. El fundador de esta empresa fue huérfano, nunca supo lo que era una familia, una Navidad o un juguete, entonces a él se le ocurre hacer esto porque él no quería que los niños sufrieran como él sufrió en su niñez”, cuenta emocionado, a un costado del videojuegos Mario Kart, uno de los más populares del local. 

Los Entretenimientos Diana de la Plaza de Armas abrieron el lunes pasado, luego de un año y cinco meses sin que pudieran funcionar. Hoy el local, que cuenta con una aforo de 90 personas, está casi al máximo de su capacidad. Parte importante de los clientes son habituales del negocio de entretenimiento. Que no habían podido ir desde el cierre de sus puertas. 

“La entretención es muy necesaria después de este encierro que nos golpeó tanto. La gente está con un apetito de espacios de entretención y los Diana son un clásico en ese sentido. Acá llegaron los habituales: los rockeros que juegan al pinball en las máquinas de Kiss, AC/DC o de Iron Maiden, también están las comunidades de los juegos de pelea como Street Fighter o King of Fighter que se reencontraron después de tanto tiempo”, agrega Moraga. 

Uno de esos habituales de los Diana, que regresó tras un año y medio, es Gerard Provost. Él disfrutaba del juego Dance Revolution hace 15 años. Desde la reapertura de los juegos hace menos de una semana, ésta es la segunda vez que viene. Allí pasa horas jugando y saltando al ritmo de las flechas que simulan una coreografía.  

“Vengo a bailar, me gustan los juegos en general, pero vengo harto a bailar. Hoy vi más gente, así que supongo que se está haciendo saber que volvió a abrir. Hacía falta que esto abriera porque aquí hay recreación para todos los gustos. La gente viene a desestresarse ”, comenta Gerard. 


Con menos ritmo, pero con la misma destreza, un centenar de adultos mayores juegan ajedrez en los distintos tableros de la Plaza de Armas, ellos pagan una tarifa de mil pesos y con eso tienen derecho a las piezas, los relojes y a horas y horas de partidas. 

Entre los jugadores sólo hay hombres, la gran mayoría de ellos adultos mayores, quienes volvieron a jugar cuando la capital pasó a Fase 3. Santiago Guzmán, presidente del Club de Ajedrez Plaza de Armas, cuenta que la implementación de las fases 3 y 4 le permitieron a los ajedrecistas poder reencontrarse luego de mucho tiempo.

Un centenar de hombres se reúne a jugar Ajedrez


“Estuvimos casi un año cerrados y eso para cualquier institución es fatal. Pero hace poco más de un mes cuando volvimos a la Fase 3 volvimos a poner mesa. Aquí la gente juega hace más de 30 años, nosotros somos un patrimonio cultural acreditado por el municipio. Esto es más que un espacio de juego, es un lugar de relaciones sociales. Acá viene mucho adulto mayor que vive solo y esta es su segunda casa donde comparte con amistades. Muchos estaban desesperados por volver”, asegura. 

Consciente de la baja convocatoria femenina, Guzman dice que el club implementó una política de no cobrar tarifa a mujeres. “Tenemos mujeres asociadas, pero son muy pocas. Queremos incentivar su participación”, agrega, mientras a su lado hombres de traje y sombreros calados mueven sus piezas, en un cuadro muy parecido, salvo por un detalle obvio, al final de la serie Gambito de Dama.


Cuadro final Gambito de Dama

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Otra cosa que no se pudo hacer en mucho tiempo por la pandemia fue asistir a un estadio de fútbol a ver a la Selección Chilena. Ayer, poco más de 8 mil personas tuvieron la fortuna de poder ver a Chile frente a Brasil en el Estadio Monumental, con un aforo restringido. 

Y si bien gran parte de los asistentes eran invitados por las marcas aliadas de la Roja, un grupo no menor logró su ticket con mucho esfuerzo y algo de fortuna. Dos de ellos fueron los rancagüinos Gerardo Alvarez (49) y su hijo Renato (13), quienes fueron sorteados dentro de los postulantes. 

Gerardo desembolsó más de 240 mil pesos en ambas entradas. Una cifra alta, pero que se permite costear por su fanatismo incondicional a la selección: “Yo con mi hijo vivimos toda la Copa América del 2015, para los dos es muy especial venir al estadio después de tanto tiempo. Con Renato somos afortunados de estar acá, postulamos como los demás. Es un esfuerzo económico muy grande, pero yo soy rayado por Chile, me podría gastar lo que no tengo”, asegura.

Pese a sentirse privilegiado, Gerardo es crítico con el alto precio de las entradas a la Selección, las más caras de toda Sudamérica: “Da molestia que no todos tienen acceso a comprar la entrada. Los precios son muy elevados y el hincha que goza, que grita, que sufre y que llora por el equipo, muchas veces es el que no puede pagar su entrada”, agrega. 

Gerardo y Renato viajaron de Rancagua a Santiago para ver a La Roja


La apreciación de Gerardo, quien gritó, cantó, sufrió y se persignó más de 50 veces durante el partido, fue generalizada. De hecho uno de los propios jugadores de la selección, Eduardo Vargas, escribió en sus redes sociales que: “Ayer parecíamos visita”. 

Pese a tener todo en contra, incluída la derrota por 0-1 como resultado final, Gerardo y Renato volvieron a Rancagua con esa tácita alianza y complicidad que se da entre un padre y un hijo en un estadio de fútbol. Y también saboreando parte de la normalidad que el coronavirus les arrebató. 

A la salida del estadio, caminando por Departamental, dos amigos con sus caras pintadas y banderas de Chile puestas en sus hombros como una capa de superhéroe reflejan muy bien esa sensación.

–Igual disfruté el partido-  le dice el más flaco y largo a su amigo.

–Pero huevón, si perdimos- responde el amigo . 

–Es que sabís qué… Todo volvió a ser como antes.

https://www.theclinic.cl/2021/08/31/apostasias-vocaciones-a-la-baja-y-desconfianza-radiografia-a-la-desafiliacion-a-la-iglesia-catolica/
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