Apostasías, vocaciones a la baja y desconfianza: Radiografía a la desafiliación a la Iglesia Católica

Según las últimas encuestas disponibles, la mitad de Chile se considera católico, pero la mayoría cree en Dios. Algunas de las razones de eso son la secularización y la crisis de los abusos sexuales cometidos por miembros de la Iglesia Católica. En tanto, sigue en aumento quienes deciden desligarse formalmente de la institución.

“Mi apostasía se motivó en la necesidad de formalizar lo que en los hechos ya era. La misma institución define que sólo son católicos aquellos que, estando bautizados, están en comunión con el Papa y con los obispos legítimamente escogidos por él. En mi caso, atesoro el bautismo, pues lo siento como un regalo de mi mamá, quien quería regalarme lo más valioso que ella tenía, y eso no se borra con nada, pero no me siento en comunión ni con el Papa ni con sus obispos”.

Un lunes de noviembre de 2019, Juan Carlos Claret, ex vocero de los Laicos y Laicas de Osorno y ex miembro de la Red Nacional de Laicos y Laicas de Chile, no quiso irse en silencio y dejó por escrito las razones que lo llevaron a solicitar formalmente que se lo considere apóstata de la institución.

“Choco con ellos porque en su obsesión de jerarquizar la experiencia comunitaria de fe, han hecho de la Iglesia una institución peligrosa, que sólo le importa tener curas para sobrevivir mientras menosprecia la fe de su propia gente. Como chileno, veo en los obispos, y sobre todo en el de Roma, la mayor responsabilidad ante los abusos”, agrega.

Osorno fue la misma diócesis que en 2015 recibió dividida al exobispo Juan Barros, cercano a Fernando Karadima, y que posteriormente sería quien opacara la visita del Papa Francisco a Chile.

En junio de 2019, el ex concejal de la comuna de Providencia, Jaime Parada, hizo el mismo trámite y lo contó públicamente a través de sus redes sociales. En concreto, relató que el paso a paso fue así: primero, pedir su certificado de bautismo en la parroquia donde fue bautizado, cuyo costo aproximado es de $ 1.500. Segundo, llamar al arzobispado u obispado que corresponda, y pedir una hora con la persona a cargo de las apostasías. Tercero, el día de la entrevista llevar dicho certificado y a un testigo. Cuarto, firmar el acta que leerá la autoridad eclesiástica.

https://twitter.com/jparadahoyl/status/1143182101212274688

Y una historia así fue la que inspiró la película El Apóstata (2015), cuyo protagonista, hombre, español, de 30 años, quien no decidió su bautismo, sí decidió renunciar administrativamente a la Iglesia Católica. En el camino, el personaje se encuentra con numerosas trabas burocráticas. 

Las cifras de cuánta gente ha apostatado cada año no están centralizadas en la Conferencia Episcopal, si no que las posee cada diócesis.

La Asociación Escéptica de Chile, quienes se definen como una “organización chilena dedicada a la difusión de la ciencia y el pensamiento crítico”, nació en mayo de 2010 y cuenta en su directorio con un presidente, vicepresidente, secretaria y tesorero, además de 18 socios activos.

Ellos han realizado dos campañas, en 2012 y 2018, para promover apostasías a la Iglesia Católica, en que se cursaron 56 trámites a través de ellos. En su sitio web también tienen una guía básica para hacer el proceso.

Crédito: Asociación Escéptica de Chile

Post cristianismo

El Doctor en Historia y miembro de la Sociedad de Historia de la Iglesia en Chile, Marcial Sánchez, explica que el acto de salida de la Iglesia Católica es algo que se ha hecho siempre, pero que después del Concilio Vaticano II, en la década del 60, se hizo más regular. Hoy, habla de un mundo post cristiano, en que este toma una posición distinta en el contexto de la toma de decisiones.

Así como han bajado la cantidad de personas que se interesan por la Iglesia Católica, explica, “las cartas de apostasía también han crecido, porque la gente se siente con la libertad de hacerlo y también estamos viviendo en un mundo más racional, en donde la pregunta está sobre la mesa, y no solamente el creer por creer”.

Y afirma que esta crisis hoy es de credibilidad, que a la institución le costó afrontar la realidad y ver los signos de los tiempos. El deterioro interno comenzó a notarse en Estados Unidos, luego Europa y después Latinoamérica, en países como Chile en que los abusos sexuales a menores por parte de miembros de la Iglesia Católica fue de público conocimiento.

El llamado “caso chileno” estalló luego de la visita del Papa Francisco al país en enero de 2018, tras haber sido abordado por la prensa sobre la presencia del exobispo Juan Barros -acusado por las víctimas como encubridor de los delitos de Fernando Karadima- en los actos públicos del Pontífice.

“El día que me traigan una prueba contra el obispo Barros, ahí voy a hablar. No hay una sola prueba en contra, todo es calumnia”. Esta frase del Papa Francisco, en medio de una ceremonia casi vacía -llegó casi un sexto del público esperado a Iquique- le siguieron una sucesión de hechos que marcaron un caso inédito a nivel mundial: las disculpas públicas del máximo líder de la Iglesia Católica; el envío a Chile del arzobispo de Malta, Charles Scicluna, y el “promotor de justicia” de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Jordi Bertomeu, con el posterior Informe Scicluna; la visita de los sobrevivientes de Karadima al Vaticano; y la renuncia de toda la Conferencia Episcopal chilena en Roma.

Visita del Papa Francisco a Chile. Crédito: Agencia Uno

En julio de ese mismo año, la Fiscalía comenzó a llevar un catastro nacional de investigaciones vigentes por delitos sexuales cometidos por sacerdotes y laicos relacionados con la Iglesia Católica. Nueve meses después, el conteo ascendía a 166 investigaciones, 221 personas investigadas y 248 víctimas. 

Para analizar la crisis, en 2018, la Universidad Católica convocó a 16 académicos UC, de las facultades de Ciencias Sociales, Comunicaciones, Derecho, Filosofía, Historia, Geografía y Ciencia Política y Teología para analizar la crisis de la Iglesia.

Entre las conclusiones del documento, está que la respuesta de la Iglesia chilena ante estos casos fue insuficiente, y que los abusos dejaron como consecuencias “la desazón de los creyentes, el desánimo de las comunidades religiosas (algunas de las cuales han perdido a sus pastores, e incluso a sus fundadores) y la desconfianza generalizada hacia las autoridades religiosas”. “La caída de la confianza en la Iglesia chilena y en sus sacerdotes no tiene parangón en nuestra historia”, se indica.

Y se añade: “Tampoco se tiene registros de que una Iglesia nacional haya perdido tantos miembros en el curso de las últimas décadas (al menos un tercio de los católicos chilenos han dejado de identificarse como tales en el lapso de 20 años), hasta el punto de que las últimas mediciones muestran que el catolicismo ha dejado de ser la religión de la mayoría de los chilenos”.

El impacto de la crisis también ha afectado la mediación sacerdotal de la vida religiosa, con bajas en la asistencia al templo y la recepción de los sacramentos. Todo esto, coincidente con una tendencia global de secularización de masas.

Sin embargo, las donaciones, el voluntariado en las obras sociales de la Iglesia y la matrícula en colegios católicos se ha resentido menos. La asistencia a santuarios, sin contar la pandemia, han continuado siendo masivas.

Eduardo Valenzuela, ex decano de la Facultad de Sociología UC y quien presidió la comisión, señala que uno de los principales factores es que “la gente validaba ampliamente a la Iglesia Católica como la principal institución moral (…) Nuestra tradición católica ha sido también profundamente clerical, lo que acentuó la crisis, porque impidió reconocer los abusos sexuales a tiempo y puso en entredicho a las propias autoridades religiosas en el manejo del problema”.

Para él, “es necesario reconciliarse con las víctimas, es decir, producir condiciones tales de reparación que hagan que víctimas y sobrevivientes vuelvan a confiar en la misma institución que los ha dañado”.

La agrupación “Laicos y Laicas de Osorno” en una manifestación pacífica en las afueras de la Catedral San Mateo Apóstol, tras la Misa de la Reconciliación en 2018. Crédito: Agencia Uno.

Menos católicos, misma fe en Dios

Entre las cifras disponibles que dan luces sobre este escenario, está el tema especial Religión del Centro de Estudios Públicos (CEP). Este arrojó que en dos décadas -entre 1998 y 2018- las personas que dicen no pertenecer a ninguna iglesia o religión aumentó de 7 a 24%. Lo que no podría explicarse por los abusos únicamente, ya que en 2017, un año antes de que explotara la crisis, la desafiliación llegaba al 22%. Además, en estas dos décadas, la proporción de quienes se denominaban católicos bajó de un 73 a un 55%.

La secularización tampoco sería una razón determinante. Según el estudio, ocho de diez afirmaron creer en Dios y tener otras creencias como los milagros religiosos (69%), el infierno (57%), el cielo (68%) y la vida después de la muerte (68%). Más de la mitad también indicó creer en “el mal de ojo”, la Virgen, la energía espiritual localizada en montañas, lagos, árboles o cristales, y los poderes sobrenaturales de nuestros antepasados muertos.

Los datos son coincidentes con la información entregada por la Encuesta Bicentenario UC. Entre otros antecedentes, la religión católica siguió siendo la que más adherentes tiene en el país (58%), la confianza en la Iglesia continuó cayendo (9%), la frecuencia del rezo y la asistencia a servicios religiosos disminuyó, así como también la importancia de que la pareja e hijos conserven la orientación religiosa. Pero la creencia en Dios se mantuvo alta (80%).

De aquellos que sí cambiaron de preferencia o de identidad religiosa, más de la mitad afirmó que un factor importante fueron los abusos sexuales cometidos por sacerdotes.

A nivel internacional, Isabel Castillo, investigadora de la Escuela de Gobierno UC, COES, y miembro de la Red de Politólogas, explica que si bien en las últimas dos décadas en la región -como en Perú y Brasil– se ha observado un aumento del mundo evangélico en detrimento del católico, este no ha sido el caso de Chile, en que aquellos crecieron entre la década del 70 y 90, pero que en la actualidad son personas de tercera generación.

La baja en el número de católicos también se ha visto reflejada en una baja en el número de los miembros de las congregaciones. Según datos de la Conferencia de Religiosos y Religiosas de Chile (Conferre), entre 2013 y 2019 han dejado el país 26 congregaciones, 17 femeninas y nueve masculinas. Esto, debido a la falta de vocaciones y la vejez o enfermedad de sus integrantes.

Como una forma de adaptación, también han habido traslados o cierres internos dentro del país. Uno de estos casos fue el de las Carmelitas Descalzas -la misma congregación a la que perteneció Santa Teresa de Los Andes– en Viña del Mar, que en julio de 2019 cerraron el monasterio de dicha ciudad luego de 130 años en la región.

Como parte de esta reestructuración, las congregaciones también han modificado la administración de sus casas, la venta de propiedades, junto con el cierre o apertura de comunidades y obras.

Otro ámbito que se ha visto golpeado son las vocaciones sacerdotales y religiosas. De acuerdo al Anuario Eclesiástico de la Conferencia Episcopal (Cech), mientras que el número de candidatos al sacerdocio diocesano ascendía a 847 en 2001, este bajó 566 en 2017 (último año disponible). En tanto, las ordenaciones sacerdotales diocesanas en 2001 fueron 38 y en 2017 hubo 11.

En las congregaciones, la cantidad de vocaciones también va a la baja. Por ejemplo, en la Compañía de Jesús -una de las más grandes del país- entre 2000 y 2010 ingresaron 57 jóvenes, tanto para quienes desean ser sacerdotes como hermanos jesuitas, y entre el 2011 y 2021 fueron admitidos 22. Es decir, pasaron de un promedio de cinco vocaciones al año a dos.

Santuario de Lourdes. Crédito: Agencia Uno

Cristian Viñales sj, coordinador de Vocaciones Jesuitas Chile, señala que dentro de los factores que se explican para este fenómeno están la secularización del país, la crisis de las instituciones, la situación de los abusos sexuales en la Iglesia Católica y la desconfianza profunda asociada a esto, sumado al individualismo y la pérdida de sentido de los compromisos de vida y de los proyectos a largo plazo.

Sobre este último punto, señala que “hoy culturalmente vivimos en una dinámica de Zapping vital. Parece que todo se trata de consumir experiencias, pasar de una a otra sin profundizar: menos matrimonios, más separaciones, incluso a la gente le da miedo amar en serio, dura menos en los trabajos, se cambian más de casa… Además, todo debe ser inmediato, en un click rápido y menos profundo”. 

Pero estos últimos dos años, aprovechando el boom de los espacios online, han podido realizar Ejercicios Espirituales con más de 500 jóvenes: “En este despertar de lo espiritual hay una tremenda oportunidad. En la Iglesia estamos llamados a acoger estos signos. Estoy convencido que hay muchos jóvenes con deseo de profundidad espiritual, pero en códigos renovados, esto nos interpela a renovar nuestra Iglesia junto a ellos”. 

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