Columna de Yenny Cáceres: Golpe a la memoria

La noticia del estreno en la televisión abierta de La batalla de Chile es un acontecimiento. Que el documental de Patricio Guzmán sea transmitido este fin de semana por La Red es el pago de una deuda bochornosa con uno de los directores chilenos más importantes y, a la vez, es un acto liberador.

“El 4 de septiembre, se sentía algo extraño en el aire. Entre fiesta y funeral”. Esto escribió el fotógrafo Marcelo Montecino, evocando la última marcha de la Unidad Popular. Las imágenes que tomó ese día, una semana antes del golpe del 73, lo atestiguan. Una  mujer de pelo corto, con el puño derecho en alto, le sonríe a la cámara. En otra, un obrero saluda con la mano y, a su lado, un niño se empina y sonríe mostrando sus dientes de conejo. Promesas de un futuro que pronto quedará inconcluso.

Las imágenes del pasado esconden un misterio. Siempre que veo documentales y fotografías de la época de la Unidad Popular, me pregunto lo mismo. ¿Cuántos de esas mujeres, hombres y niños están vivos? ¿Los habrán detenido? ¿Fueron torturados? Son las sombras y espectros de un pasado que nos interpela. Por eso, la noticia del estreno en la televisión abierta de La batalla de Chile es un acontecimiento. Que el documental de Patricio Guzmán sea transmitido este fin de semana por La Red es el pago de una deuda bochornosa con uno de los directores chilenos más importantes y, a la vez, es un acto liberador.

“Un país sin cine documental es como un país sin álbum de fotografías”, dice Guzmán. Esa es la mejor definición de su quehacer, el cine como un ejercicio de la memoria. Un trabajo reconocido a nivel mundial. En 2004, la prestigiosa revista británica Sight & Sound incluyó a La batalla de Chile (1975-1979) y a Nostalgia de la luz (2010) dentro de los mejores 20 documentales de la historia.

Siempre que veo documentales y fotografías de la época de la Unidad Popular, me pregunto lo mismo. ¿Cuántos de esas mujeres, hombres y niños están vivos? ¿Los habrán detenido? ¿Fueron torturados? Son las sombras y espectros de un pasado que nos interpela.

Tras quedar sin financiamiento para filmar un largometraje sobre Manuel Rodríguez, en octubre de 1972, Guzmán decidió salir a las calles a filmar un registro del tercer año del presidente Salvador Allende en el poder. De esa experiencia nació La batalla de Chile, que filmó junto al camarógrafo Jorge Müller, colaborador de Raúl Ruiz y detenido desaparecido desde 1974. Estructurada como una trilogía, es una crónica de los agitados últimos días del gobierno de la UP y un documento histórico ineludible.

“Un país sin cine documental es como un país sin álbum de fotografías”, dice Guzmán. Esa es la mejor definición de su quehacer, el cine como un ejercicio de la memoria. Un trabajo reconocido a nivel mundial.

“En realidad, filmábamos para los tiempos futuros –sin ninguna inhibición, sin tomar conciencia– y tampoco sin saber todavía que uno de nosotros no volvería nunca (nuestro Jorge camarógrafo Jorge Müller Silva)”, escribe Guzmán en La batalla de Chile. Historia de una película (Catalonia), libro que reúne una serie de archivos sobre cómo se realizó el documental.

Ese cruce entre el pasado y el presente, entre los que no están y los sobrevivientes, entre los torturadores y torturados, es uno de los ejes de Santiago-Italia (2018), el extraordinario documental de Nanni Moretti que, quizá por haber sido estrenado en medio de la pandemia, no ha tenido la atención que se merece. Disponible en la plataforma de cine chileno Ondamedia, es una película que cuenta cómo cientos de chilenos escaparon de la dictadura tras refugiarse en la embajada de Italia, en Santiago.

Eso, en el papel. Porque el director italiano, admirado por cintas como Caro diario (1993) y La habitación del hijo(2001), va mucho más allá. Entrevista a exiliados chilenos en Italia, a testigos de la represión, como Carmen Hertz y Patricio Guzmán, a los diplomáticos italianos, héroes anónimos en salvar vidas. Moretti escucha, con delicadeza, distancia y respeto, y logra testimonios conmovedores. Como el de la periodista Marcia Scantlebury, relatando las torturas que sufrió en Villa Grimaldi, o el de otra periodista, Alejandra Matus, que recuerda el día del golpe y su inocencia de niña, encaramada a una pandereta y saludando a los aviones que iban a bombardear La Moneda, mientras su madre, profesora, se disponía a quemar sus libros.

Ese cruce entre el pasado y el presente, entre los que no están y los sobrevivientes, entre los torturadores y torturados, es uno de los ejes de Santiago-Italia (2018), el extraordinario documental de Nanni Moretti que, quizá por haber sido estrenado en medio de la pandemia, no ha tenido la atención que se merece.

Pero el momento más revelador del documental ocurre en la cárcel de Punta Peuco, durante una entrevista del cineasta al exgeneral Raúl Iturriaga Neumann, subdirector de la Dina condenado por violaciones a los derechos humanos en varias causas. Cuando Iturriaga comienza a alegar inocencia y a decir que hubo “muertos de lado y lado”, Moretti contrapregunta, sin perder la tranquilidad pero con firmeza. “Me dijeron que esto iba a ser imparcial”, reclama después Iturriaga. “Yo no soy imparcial”, le responde Moretti. Ese breve diálogo es como un manifiesto del cineasta, de su humanidad y de su calidad ética. Al igual que para Guzmán, el cine para Nanni Moretti es un ejercicio para reencontrarnos con el pasado, para no olvidar de dónde venimos y desde dónde filmamos, un golpe a la memoria, doloroso pero necesario.

*Yenny Cáceres es periodista y autora del libro Los años chilenos de Raúl Ruiz (Catalonia-Periodismo UDP), ganador del Premio Escrituras de la Memoria 2020.

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