Agencia Uno

Columna de Yenny Cáceres: Tres vidas y un solo Ruiz

Con desenfado y siempre con mucho humor, desde sus inicios Ruiz logró que su cine sea un reflejo de nuestra forma de hablar y de nuestro comportamiento, como un espejo incómodo y feroz de los chilenos, al punto que lo ruiciano hoy se alza como una categoría. Nos pasan cosas ruicianas y el país vive momentos ruicianos.

“Las películas no las vemos, las soñamos”, decía Raúl Ruiz. Esta semana, sus palabras han tomado otro significado para quienes vivimos en Chile y lo echamos de menos, a diez años de su muerte, ocurrida el 19 de agosto de 2011, en París. Un repaso, para los despistados: una candidata al Senado que proponía la monarquía, la reaparición de zombies políticos que uno creía muertos y enterrados y, el mejor de todos, un candidato presidencial independiente que promete mandar a los niños al espacio. Esta semana de candidatos y propuestas delirantes, nos hemos sentido atrapados en una película de Ruiz.

Una de las escenas más recordadas de Palomita blanca (1973) comparte esta misma vocación por el delirio. Es el monólogo del profesor de música, donde Rodrigo Maturana parte hablando de botánica y luego, en una perorata interminable, se pasea por Wagner, Mesopotamia y una madre enferma que lo confunde con un santo.

Puro exceso y lenguaje a la vez. Esa secuencia es una síntesis de su periodo chileno, de esas películas que filmó antes de su exilio en Francia y donde el director, con su oído privilegiado, se desvive por rescatar nuestro lenguaje coloquial, un habla disperso y sin rumbo, en un intento de lograr lo imposible, de filmar la chilenidad. Ruiz, al igual que el profesor de música, se desvía, y en Tres tristes tigres (1968), su primer largometraje, sus personajes deambulan por una noche santiaguina de bares de mala muerte. Lo mismo ocurre en la entrañable Nadie dijo nada(1971), la cinta que realizó como encargo para la RAI en que homenajea a sus amigos escritores de ese entonces, Waldo Rojas y Germán Marín.

Con desenfado y siempre con mucho humor, desde sus inicios Ruiz logró que su cine sea un reflejo de nuestra forma de hablar y de nuestro comportamiento, como un espejo incómodo y feroz de los chilenos, al punto que lo ruiciano hoy se alza como una categoría. Nos pasan cosas ruicianas y el país vive momentos ruicianos. Si al momento de su estreno, a fines de los 60, Tres tristes tigres provocó la perplejidad de muchos, hoy nos reconocemos sin vergüenza en su cine.

No es casual que su periodo chileno sea el más valorado entre los críticos locales. Hace unos días, una nota de Culto de La Tercera le preguntó a un grupo de especialistas cuál era su filme favorito del director, y todos se decantaron por alguna de sus películas de ese primer periodo. Ruiz está más vivo que nunca, lo cual no deja de ser otro chiste ruiciano, tratándose de un director obsesionado con los fantasmas y los personajes que viven otras vidas en sus filmes, como ocurría en Tres vidas y una sola muerte (1996), donde tenía a una leyenda como Marcello Mastroianni de protagonista.

El streaming también le ha dado una nueva vida a Ruiz. Si antes conseguir sus películas era una proeza, ahora están más a la mano. O a un click. El año pasado, en el peor momento de la pandemia, la Cinemateca Francesa liberó las versiones restauradas de Tres tristes tigres y Diálogo de exiliados (1974), y mientras Netflix se llena de basura, Mubi, la plataforma que es la perdición de los cinéfilos, ya subió a su catálogo joyas como Las tres coronas del marinero (1983).

Si al momento de su estreno, a fines de los 60, Tres tristes tigres provocó la perplejidad de muchos, hoy nos reconocemos sin vergüenza en su cine.

Ruiz vive también entre sus colaboradores, como el músico Jorge Arriagada, compositor de la música de las películas que el director filmó en Francia, y autor de partituras hermosas e inolvidables, como El tiempo recobrado (1999)y Klimt(2006). Hace poco, para honrar su legado, Arriagada realizó una compilación de su trabajo junto al cineasta en cuatro discos, disponibles en Spotify.

Pero estos 10 años sin Ruiz también nos dejan un sabor amargo. Pese a que es un patrimonio nacional, el más importante cineasta que ha tenido este país, “un milagro del sur”, comparable con Borges, como apuntó el crítico argentino Roger Koza, en este aniversario no pudimos disfrutar un nuevo rescate de su obra. Esa era la manera en que su viuda, la cineasta Valeria Sarmiento, quería recordarlo. Tras varios rechazos de los Fondos de Cultura, Sarmiento ahora encabeza una campaña internacional (ruizsarmiento.film) para financiar la postproducción de El realismo socialista, un valioso retrato del Chile de la UP que el director dejó inconcluso.

Ruiz vive también entre sus colaboradores, como el músico Jorge Arriagada, compositor de la música de las películas que el director filmó en Francia, y autor de partituras hermosas e inolvidables, como El tiempo recobrado (1999)y Klimt(2006). Hace poco, para honrar su legado, Arriagada realizó una compilación de su trabajo junto al cineasta en cuatro discos, disponibles en Spotify.

“Yo no vivo en Chile porque vivir en Chile es desvivirse, es lo contrario de la vida”, me dijo Ruiz la primera vez que lo entrevisté, el 2005. Porque esto también era Chile para el cineasta. Una relación de amor-odio, en que recibió varios portazos para financiar o exhibir su trabajo. Pero Ruiz es un fantasma porfiado. Aunque a algunos les pese, tenemos Ruiz para rato.

*Periodista y autora del libro Los años chilenos de Raúl Ruiz (Catalonia-Periodismo UDP), ganador del Premio Escrituras de la Memoria 2020.

También puedes leer: Columna de Álvaro Bisama: Charlie Watts


Volver al Home

Comentarios