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Columna de Rafael Gumucio: Piñera: La tragedia del tamaño

Los papeles de Pandora añaden sólo detalles a un retrato que todos tenemos claro desde hace décadas. Sabemos hoy, en resumen, lo que siempre hemos sabido: Piñera es alguien que puede hacer cualquier cosa con tal de ganar, incluso perder. Es lo que mejor hace, de hecho: perder incluso cuando gana.

La necesidad de noticias siempre nuevas, transforman las antiguas en perpetuas novedades. Algo de eso sucede con Piñera. Los papeles de Pandora añaden sólo detalles a un retrato que todos tenemos claro desde hace décadas. Sabemos hoy, en resumen, lo que siempre hemos sabido: Piñera es alguien que puede hacer cualquier cosa con tal de ganar, incluso perder. Es lo que mejor hace, de hecho: perder incluso cuando gana.

Piñera es alguien que necesita siempre más. No sabe muy bien qué, sólo sabe que necesita más. Quizás porque sabe que el “más” es seguro, cuantificable, medible; mientras el “mejor” es incierto y depende del juicio del tiempo. No tiene la paciencia para esperar ese juicio, menos la sabiduría de los expertos o el relato de los poetas y los narradores. Es alguien que necesita medirse, pero que todos sus amigos llaman “chato”; o sea, lo juzgan por el porte. Quizás por eso trata de ser más grande que él mismo, pero al rebotar con sus propias medidas siempre se ve más chico de lo que realmente es.

De miedo a que lo pisoteen los gigantes, el chato no puede parar de decir “estoy aquí”. Sé lo que hablo, mido 1 metro 63, sé cuál es el peso de tener de hacer que te vean todo el tiempo. La maldición de imponer como sea tu personalidad para hacer olvidar la escasez de tu cuerpo. Una amiga mía dice que el crecimiento es una obsesión de enanos. Es cierto que, al dejar de crecer, los que nacimos cerca del suelo sentimos que nos empequeñecemos.

Piñera es alguien que necesita siempre más. No sabe muy bien qué, sólo sabe que necesita más. Quizás porque sabe que el “más” es seguro, cuantificable, medible; mientras el “mejor” es incierto y depende del juicio del tiempo. No tiene la paciencia para esperar ese juicio, menos la sabiduría de los expertos o el relato de los poetas y los narradores.

Esa sensación, la de que crecer es la única manera de no desaparecer, se la contagió Piñera al país el 2019. Sentimos que estancarnos era morir y para no morir nos separamos del todo del destino del Presidente, pero lo dejamos ahí, en su puesto, para que viera hasta que punto no lo necesitábamos. Porque los chilenos no hemos podido vivir con Piñera, pero tampoco parecemos poder vivir sin él. Cualquier otro presidente habría renunciado después de la manifestación del millón de chilenos a finales del 2019. Él descubrió, no se sabe cómo, que la marcha celebraba los logros de su gobierno. No sólo eso: patéticamente recordó haber marchado el también. El gesto era ridículo. Nadie se engañó con él, pero nadie dejó de engañarse tampoco. Siguió poniendo y sacando ministro como si nada. Tenía la suerte parcial de que nadie quería realmente reemplazarlo. Sus enemigos lo llaman asesino, y lo igualan a Pinochet, pero viven perfectamente cómodos al abrigo de ese mandatario poderoso e impotente, capaz, pero sin capacidad alguna. Teníamos la ilusión que, como ese compañero de oficina que nadie quiere, al final de la juerga el “jefecito” iba a pagar la cuenta por todos. Olvidamos, o quisimos olvidar, que era rico justamente porque sabía como nadie irse sin pagar la cuenta.

Lo convertimos en el presidente Piñata, el monigote al que todos golpean para ver si cae algún dulce de él. Tan perdidos, tan poco dignos también nosotros los chilenos que lo “votamos” para “botarlo” mejor. Sin partidos ni partidarios, sigue solo explicando lo ciego que es su fidecomiso ciego. ¿Tendría que ser sordo también?, pregunta con indignación que indigna más todavía. Sí, y también tendría que perder el olfato y el tacto si me apuran. Tendría para ser creíble, para ser posible, ser inmóvil e invisible. Tendría para ser presidente que renunciar no sólo a hacer negocios, sino a “ser” negocios.

Sentimos que estancarnos era morir y para no morir nos separamos del todo del destino del Presidente, pero lo dejamos ahí, en su puesto, para que viera hasta que punto no lo necesitábamos. Porque los chilenos no hemos podido vivir con Piñera, pero tampoco parecemos poder vivir sin él. Cualquier otro presidente habría renunciado después de la manifestación del millón de chilenos a finales del 2019. Él descubrió, no se sabe cómo, que la marcha celebraba los logros de su gobierno.

Porque al final de cuenta, más allá del caso Piñera, lo que queda claro en Chile como en Argentina (Macri) o en Estados Unidos (Trump y los Buch) es que después de unos números de millones en la cuenta, las cuentas, es imposible gobernar a un país honestamente. No porque los millonarios sean de por sí deshonestos -hay de todo-, sino porque la democracia se basa en separar el poder del poder, y no hay hoy poder más grande que el del dinero.

En contra de lo que suele justamente decir la derecha de siempre y la izquierda de ahora, los países necesitan a políticos profesionales, dedicados a eso y nada más que a eso. Políticos que vivan lo suficientemente bien para no sentirse humillados por nadie y lo suficientemente mal para no humillar demasiado a nadie. Políticos que no sean ni académicos ni antiacadémicos, ni millonarios ni antimillonarios, ni poetas ni antipoetas, sino señores más o menos grises que piensan por su propia sobrevivencia en que el país continúe y no termine de empezar todos los años como empieza a ser costumbre en Chile.

Un millonario después de algunas decenas de millones de dólares no puede ser ese político profesional, por la misma razón un general en ejercicio o un cura no puede presentarse a cargo de elección popular. Porque cada poder debe quedarse en su lugar. Claro que se puede renunciar a ser cura y retirarse de militar y presentarse a cualquier cargo en cualquier elección. ¿Pero se puede uno retirar de ser billonario? El caso de Piñera es un ejemplo más que la extrema riqueza, como la extrema pobreza, es un círculo vicioso del que es difícil salir indemne.

En contra de lo que suele justamente decir la derecha de siempre y la izquierda de ahora, los países necesitan a políticos profesionales, dedicados a eso y nada más que a eso. Políticos que vivan lo suficientemente bien para no sentirse humillados por nadie y lo suficientemente mal para no humillar demasiado a nadie.

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