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Opinión

11 de marzo de 2022

Columna de Matías Fuenzalida: Polonia y su pequeña revancha en medio de la guerra

La imagen muestra a Matías Fuenzalida frente a una bandera de Rusia y de la Fifa.

Mientras los bombardeos continúan en Ucrania, la FIFA acaba de ratificar su castigo a la selección de fútbol de Rusia, excluyéndola del camino a Qatar 2022 donde debían enfrentar en una eliminatoria a Polonia. Un pequeño consuelo deportivo para este país brutalmente masacrado por los soviéticos y que ahora sueña con llegar al Mundial.

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“Me niego a jugar contra jugadores que eligen representar los valores y principios de Rusia. Me niego a estar en el campo con los colores de mi país y a escuchar el himno nacional de Rusia. Me niego a participar en un deporte que legitima las acciones del gobierno ruso”.

Había pasado solo un par de días desde el comienzo de la invasión a Ucrania, cuando el portero de la Juventus y de la selección de Polonia, Wojciech Szczesny, escribió estas líneas en sus redes sociales. Un mensaje claro y potente, presionando directamente a la FIFA para que anuncie algún tipo de sanción deportiva al régimen de Vladimir Putin. En esos momentos, las tropas recién comenzaban a avanzar desde el sur y desde el oeste, con la capital Kiev en la mira.

“En el momento en el que Putin decidió invadir Ucrania, no solo declaró la guerra a ese país, sino también a todos los valores que defiende Europa: libertad, independencia y, sobre todo, paz”.

Parecían palabras sacadas del discurso de algún parlamentario de la Unión Europea, pero no. Era solo el sentimiento de un deportista con esposa y familia ucraniana. Su llamado al parecer fue escuchado y el ente rector del fútbol mundial tomó medidas drásticas. Esta semana se ratificó la expulsión de la selección de Rusia del proceso clasificatorio rumbo a Qatar 2022, donde justamente debían enfrentar a Polonia.

La medida de la FIFA es radical, apresurada, pero políticamente correcta a ojos de occidente. Castigar a deportistas por el solo hecho de ser rusos, carece de todo sentido diplomático y su efectividad como medida de presión o amedrentamiento al Kremlin es, a lo menos, cuestionable. Solo un ítem más, de una larga lista de bloqueos hasta ahora poco eficaces contra el cese del fuego. Más aún, cuando se asoma un Mundial que se celebrará en un país ensombrecido por un manto de acusaciones de financiamiento al terrorismo, corrupción, sobreexplotación y esclavitud.

Parecían palabras sacadas del discurso de algún parlamentario de la Unión Europea, pero no. Era solo el sentimiento de un deportista con esposa y familia ucraniana. Su llamado al parecer fue escuchado y el ente rector del fútbol mundial tomó medidas drásticas.

Sin embargo, la noticia seguramente entregó una cuota de complacencia al pueblo polaco. Una ínfima cuota de revancha. Una schadenfreude, concepto del idioma alemán para describir el alegrarse ante una desgracia ajena. El dictamen nos trae al presente los brutales e históricos episodios acontecidos entre estos dos países. En agosto de 1939, nueve días antes de iniciarse la Segunda Guerra Mundial, Alemania y la Unión Soviética firmaron el Tratado de Ribbentrop-Mólotov, un pacto de no agresión donde además acordaron la repartición de Polonia. Con esto, los soviéticos aprovecharon de someter en su territorio a más de 150.000 polacos. En la primavera de 1940, 22.000 de ellos fueron fusilados en la llamada Matanza de los bosques de Katyn, acusados de ser un peligro para el régimen de la URSS. Entre los muertos habían intelectuales, artistas, políticos, abogados y periodistas.

Una de las masacres más cruentas del siglo pasado, utilizada posteriormente por los nazis para desprestigiar a Stalin. Esa herida comenzó lentamente a cicatrizar hasta 2010, cuando volvió a abrirse dramáticamente. Para recordar los 70 años de la matanza, las autoridades más importantes del gobierno polaco de Lech Kazcynski volaron hasta los bosques de Katyn. Pocos kilómetros antes de aterrizar, el avión se estrelló falleciendo los 96 pasajeros que iban a bordo, incluido el presidente. Hasta hoy, no se conocen claramente las causas del accidente, aunque el entonces líder del gobierno de Rusia, Vladimir Putin, envió sus condolencias.

Castigar a deportistas por el solo hecho de ser rusos, carece de todo sentido diplomático y su efectividad como medida de presión o amedrentamiento al Kremlin es, a lo menos, cuestionable. Solo un ítem más, de una larga lista de bloqueos hasta ahora poco eficaces contra el cese del fuego. Más aún, cuando se asoma un Mundial que se celebrará en un país ensombrecido por un manto de acusaciones de financiamiento al terrorismo, corrupción, sobreexplotación y esclavitud.

En Europa, todo está cambiando rápidamente. Ahora mismo Polonia recibe cada día cientos de miles de refugiados ucranianos que escapan de esos ataques que les resultan tan conocidos. Por lo menos, el arquero Szczesny y muchos polacos fanáticos del fútbol, tienen un pequeño consuelo: seguir en el camino hacia el Mundial de Qatar, sin tener que enfrentar en la cancha a los castigados rusos, esos que tanto dolor les han causado.

*Matías Fuenzalida es periodista, columnista, conductor de radio y TV. Su trabajo relaciona el deporte con las ciudades, los países y la historia. Actualmente trabaja para ESPN.

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