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Entrevista Canalla

25 de marzo de 2022

Patricio Achurra, actor: «Le tengo miedo al declive intelectual, a ser dependiente»

La imagen muestra a Patricio Achurra frente a un efecto de las entrevistas canallas|

El mítico hombre de teleseries hoy está dedicado al teatro y participa en las redes sociales. Aquí, Patricio Achurra habla de lo que significa ser un galán, de su trayectoria, de su arrastre, de política, de la Constitución y advierte de los peligros a los que se puede exponer Gabriel Boric.

Por

“¡Hola!”, dice Patricio Achurra, el galán inmortal, el actor fino, el creador de otros tres Achurra que son famosos (Macarena: fotógrafa; Constanza: chef; Ignacio: actor y constituyente), el propietario de una efervescente cuenta de Twitter. “Me emociona verlo, Patricio”, aporta, humanizado, el reportero. Y ve a un galán sereno que luce el pelo blanco. A un galán que hace dos meses padeció Covid y lo superó con algunos estornudos. A una leyenda viva de 79 años (“¡No 80! ¡Son 79!”) que no reclama más presencia en televisión, pues, está vigente en el teatro (“Hago con Jaime Azócar y Francisca Opazo la obra El Deseo… nos ha ido estupendo”.). Y el reportero, entonces, le repite, ajeno a la neutralidad:

-Usted está en la historia…

-No es necesario que mientas- responde él, modesto.

-Usted es parte de nuestra poética-  le susurra la prensa, descompuesta por todos los recuerdos. 

-¿Cómo?- pregunta él, tal vez asustado. 

-Al menos dos generaciones aprendieron a decir cosas sentimentales viéndolo por televisión, señor Achurra- deslizamos con un rápido parpadeo, agitados. Patricio sonríe, prefiere eludir el sentido trascendental del comentario. 

-¿Cree que usted es el verdadero galán?

-Nah.

-Usted es el galán sin estridencias.

-No le pongas. No sé qué decirte.

-¿Lo acosaba la prensa entre los años 1981 y 1993?

-¿Ah? No…

-¿Tuvo proposiciones indecentes?

-¿Qué? ¡No! ¡Jamás! Lo máximo era firmar autógrafos…

-Tengo entendido que cuando usted iba a buscar al colegio a su hija Connie, en la década de los ochenta, se formaba un tumulto de apoderadas…

-Bueno, eeh, sí, era complicado. Pero tampoco era que se me arrojaran al cuello.

-Tengo entendido que ella le suplicaba que no la fuera a buscar…

-Ja…algo así…

-Las mujeres lo amaban…

-¡No, no tanto!

-Sí, lo amaban. Conozco a una mujer, nacida en el año 1953, que tuvo un póster suyo clavado en el clóset. 

-No lo creo. Desde ya será bueno aclarar algo…

-¿Qué?

-Yo nunca fui objeto de protección policial…

Y ríe con la carcajada que alguna vez se le distinguió a Leonello, su personaje en el melodrama La Madrastra. Y luego queda reflexivo, como si empezara a repasar su biografía.

Y se le escapa la siguiente interjección:

-Mmm…

Patricio está recordando.

Actor tranquilo

Patricio Achurra equivale a treinta y seis teleseries. Equivale a un galán sin musculatura, al buenmozo sin la camisa abierta, un chileno con buenas facciones que estudió teatro en la Universidad de Chile. Un chileno bien parecido que tuvo un papá que lo crió y otro que lo gestó: el papá que lo crió tenía un cerebro muy llamativo y era apodado Filebo, una leyenda del periodismo inteligente (“Viví rodeado de libros”, revela Patricio); el papá que lo gestó biológicamente no tuvo una incidencia crucial en su vida (“Lo vi un par de veces…”, confiesa sin pesar). Y, como se crió en una familia con inclinaciones creativas, el día que anunció:

-¡Familia, voy a estudiar teatro!

Todos celebraron conmovidos.

Y la audiencia se estremecía cuando Patricio Achurra se abrazaba a Sonia Viveros, la heroína que solía llorar. 

-No exageres- intenta aplacar Patricio.

Yo nunca fui objeto de protección policial…

-¡No exagero!- y la prensa, alterada, sube la voz.

Patricio equivale a un montón de lágrimas televisadas. A tantas chilenas suspirando a solas por ese héroe que jamás se enderezó los rulos con gel, ni lució un bronceado en las escenas claves. Patricio era un seductor peinado con partidura a la izquierda, look de bando medio, de profesor con nariz respingada. Fue un galán dirigido a la familia chilena cuya anatomía parecía esbelta por la práctica del salto con garrocha (“¡Fui seleccionado chileno juvenil y salí cuarto en un Sudamericano!”). Patricio, sin querer, personificó la evasión de los años ochenta, la luz de mentira en medio del desconsuelo. El pueblo, con un nudo en la garganta, veía cuando Patricio admitía en pantalla que amaba a Sonia. O a Schlomit Baytelman. O cuando le lanzaba una frase amorosa a la señora Ana María Martínez

-Te voy a decir la verdad…- resuelve Patricio.

-Por favor…

-Yo jamás le di mucha vuelta a esto de ser galán…

-¿De qué habla?- el reportero frunce el ceño- ¿seducir no le parecía significativo?

-¡Para mí era una pega!

-¿Qué? ¿Quién determinó que usted fuera el galán?

-A mí me decían lo que tenía que hacer y, bueno, yo trataba de hacerlo bien.

-¡De todos modos fue un héroe dulce!

-¡Yo sólo actuaba!

Estuvo bajo las órdenes de Arturo Moya Grau, nuestro Shakespeare. O de Sergio Vodanovic, nuestro Arthur Miller. La era dorada del libreto. Y entonces Patricio, nuestro Cary Grant, recuerda que se citaba con Moya Grau en un café céntrico y que allí el dramaturgo le daba vida a los personajes. Y Patricio notaba que Moya Grau en sí mismo era un personaje, un genio obsesivo que bordeaba el TOC. Y recuerda que Vodánovic vivía tranquilamente con treinta personas inventadas dentro de su cabeza. 

Una vez Moya Grau le dijo:

-Pato, tengo un personaje para ti.

Eso era ganar un Oscar.

Y en otra oportunidad Vodanovic le dijo:

-Pato, necesito que opines sobre mis libretos.

Y eso era ganar un Nobel.

-¿Dio besos atrevidos?

-No. 

-¿Le dieron besos atrevidos en pantalla?

-No.     

La lengua solía estar firmemente ajustada a la dramaturgia, el ardor siempre bajo control, la pasión expresada con profesionalismo.

-¿Ganó mucha plata?

-Bueno, sí, se pagaba bien.

La galanura le permitió pagar todas las colegiaturas y una parcela de agrado en Paine (“¡Llegué a ser alcalde de Paine, me lo pidieron los vecinos, y, paf, de pronto estaba ahí…!”). Aunque, finamente, introduce una polémica:

-Ahora pagan mucho más. Antes casi no había diferencias de sueldo entre los personajes. Actualmente son bien notorias las distancias…

-¿Qué opina de la nueva generación de galanes?

-Es que todo es súper distinto. La forma de hacer teleseries es distinta.

Dice que los libretos son más veloces, que todo es más veloz, hasta el amor se sintetiza, la lágrima va en cámara rápida.

-Y los galanes ahora no hacen salto con garrocha. Van al gimnasio- le advertimos.

-Claro, yo no hice eso.

-Y parece que toman sol…

-…no hice esas cosas… Pero, te diré, un galán, a lo sumo, dura hasta que tiene, no sé, 55 años. Ya después de eso es imposible ser galán- confiesa sin traumas.

-¿Y después de los 55?

-Uno actúa donde le digan…

-…

-Actuar es un juego, amigo mío.

Se produce un silencio.

-A su 80 años, Patricio… ¿qué ve?

-Tengo 79 años, amigo…

-Se ve impecable, Patricio…

-Mira, yo me siento muy activo. Tengo una memoria bien impresionante. Puedo memorizar todo muy rápido.

-De manera que es un galán inmortal…

-Noo… La vida vale la pena en la medida en que puedas disfrutarla…

Un galán, a lo sumo, dura hasta que tiene, no sé, 55 años. Ya después de eso es imposible ser galán

-¿Usted disfruta la vida?

-¡Claro!

-¿Disfruta, por ejemplo, con la política?

-Uf…el otro día mi hijo Ignacio me confesó algo…

-¿Qué?

-Me dijo: “Papá, tú eres un caso´ muy especial: eres la única persona que conozco que, siendo de centro izquierda, a medida que se hace viejo se transforma en alguien muuuy de izquierda”.

Y el galán se ríe otra vez.

Político fogoso

Años atrás, cuando trabajaba en Canal 13, se le acercó un utilero y le susurró a prisa:

-¿Quieres ser demócrata cristiano? Estamos buscando gente. Queremos lograr cosas.

Patricio meditó a toda velocidad y dijo:

-Bueno.

-Perfecto. Serás el Maestro de Ceremonias de unos eventos demócrata cristianos.

Y entonces Patricio Achurra se transformó en un DC sin darse cuenta, fue por años un militante de la tibieza. Con el tiempo, tal cual aporta su hijo, el galán ha empezado a alzar el puño y exige izquierdismo consciente.

-Te voy a decir algo…

-Diga…

-Si uno conoce la realidad, no ser de izquierda es ser una mala persona.

Actualmente milita en otro partido y lo revela con emoción.

-¡Así es, amigo. Ahora soy de otro partido…!

-Lo felicito. ¿Qué partido es?

-Chuta… Ahí me pillaste…

-¿No sabe en qué partido milita?

-Jajaja… Eeh… Es uno que apoya a Boric… Me inscribí cuando se juntaban las firmas para su candidatura…

-¿Revolución Democrática?

-No, parece que es otro…- y piensa rápidamente.

Pasan unos segundos tensos.

-¡Convergencia parece que es…!

-¿Convergencia Social?

-¡Ése!…¡Es muy interesante!

Ha utilizado Twitter para exponer sus puntos de vista. Y el 19 de febrero, este galán politizado instaló una polémica nacional. Boric debía tomar un avión desde la isla Juan Fernández y Patricio le envió un mensaje:

“Sea muy desconfiado con las condiciones de seguridad del vuelo”

-Ja -recuerda ahora- y los defensores del pinochetismo se ofendieron de pensar que podía haber un atentado…

Si uno conoce la realidad, no ser de izquierda es ser una mala persona.

-Disculpe, pero…¿usted piensa que le puede pasar algo al Presidente?

-Espero que no le pase nada al Presidente- responde enigmáticamente.

-¿Gabriel Boric corre peligro, Patricio?

-No se puede descartar que los militantes de extrema derecha, que existen, puedan considerar que Gabriel Boric es un problema. Y, desde la óptica de ellos, los problemas se deben eliminar.

Respira. Añade.

-Así pasó con Prats. Pensaron: Prats es un problema; deshagámonos del problema.

Patricio sugiere que el Presidente no abuse de las salidas de protocolo. Que se atenga a lo que aconsejan sus guardias de seguridad (“Si yo fuera de su equipo de Seguridad estaría muy preocupado”). Patricio vislumbra que la espontaneidad puede abrir la chance para un extremista.

-Debe tener cuidado.

Y en ese instante Patricio Achurra dice que Boric es un mandatario sensible e inteligente. Y Piñera, a su vez, fue un mandatario ambicioso. A Boric le falta experiencia; a Piñera le faltó generosidad. Los encapuchados, sostiene, muchas veces son carabineros infiltrados para montar una rabia impostada que otorgue frutos políticos. Izkia Siches, apunta, no ha sido soberbia. Entre decir: Wallmapu o Araucanía, Patricio prefiere Araucanía. Una vez sugirió en Twitter que Eduardo Fuentes se vendió al sistema al protagonizar un comercial de Cruz Verde. Ahora, equilibrado, comenta: “Cosas de las redes sociales no más”. En otra ocasión le dijo a Marcela Vacarezza: “Mejor cállate”. Y ahora comenta: “Es que ella habla muchas tonteras”. Y en otra oportunidad dijo que Nicolás Larraín era esto: “Un asco de persona”. Pero después le pidió disculpas. 

-¿Es intenso en Twitter, Patricio?

-Noo… de lo más tranquilo…

-¿Cuál de sus hijos es más feliz en la actualidad: la chef Connie Achurra o el constitucional Ignacio Achurra?

-Uf… Los dos, los dos son muy comprometidos con lo que hacen.

-¿Saldrá una buena Constitución? ¿qué se habla en el almuerzo dominical de Los Achurra?

-Estoy seguro que será muy buena. Al menos mejor de la que nos rige. Eso es seguro…

Espera, entonces, que su hija, Connie Achurra, le cocine una lasaña de berenjenas. Y que su hijo, Ignacio Achurra, le cocine una buena Carta Fundamental. Un mejor país, un mejor mundo, un espacio más inspirador para el futuro de Los Achurra, para todos. Y ahora Patricio pone otra vez esa cara de galán sereno, esa cara de estrella ochentera que se acerca a los ochenta, y dice:

-No le tengo miedo a la muerte.

Y dice:

-Le tengo miedo al declive intelectual. A ser dependiente. Bueno, yo apoyo la eutanasia.

-Pero usted está sumamente vivo…

-Creo que sí…

-No le había preguntado eso…

-¿Qué?

-¿Qué es lo mejor de vivir?

Patricio piensa un momento.

-La astronomía… Me encantaría ver la Tierra desde el espacio.

En ese instante el reportero se despide del actor. Y él, la estrella que mira estrellas, sonríe como si estuviese en televisión. Su sonrisa, por mucho rato, queda pegada en la pantalla.

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