Emeterio Ureta, empresario: “¡Cachagua y Zapallar son una lata!”

Aquí nos habla de su último sueño logrado. Y profundiza, también, en torno a lo que ocurre con Maitencillo, lugar en que tiene una propiedad hace quince años. Se refiere a las peleas entre propietarios y veraneantes. Habla de lo que es ser cuico en verdad. De la aristocracia. De ser un personaje. De Piñera, su ex amigo. Y, sobre todo, habla de cómo se puede ser feliz.

“¡Me acabo de comprar un Mercedes último modelo, un Mercedes de lujo, el mejor de Chile!”, y lo vemos manejando, el pie derecho pegado al acelerador, una velocidad promedio, de adulto, y un aspecto de monarca. Y adjunta la carcajada del poder:

-Jajaja- es un hombre con Mercedes, un chileno que alcanzó la cima material. Y así empieza esta conversación en que el entrevistado pasará todo el tiempo extasiado con su Mercedes Benz E 520 que puede alcanzar los 300 kilómetros por hora. 

-¿Qué siente?- preguntamos.

-Fíjate que se siente bien agradable.

El señor va peinado por el viento, como ocurre con los galanes, y usa unos anteojos negros que le cubren el agotamiento. Este señor es un empresario que no gana tanta plata. Este señor, claro, ha salido en televisión, se desvive por la televisión, adora ser célebre. Lo invitan a programas para que exprese en voz alta una pachotada. Pero este señor, a la hora de la verdad, está abocado al arreglo de techos. Su empresa se llama Aasphalt y repara techumbres, da consejos, tapa los hoyos. Por supuesto, él tapa teóricamente los hoyos: otro señor, un joven, un Sansón con el bíceps formado, es el que físicamente tapa los hoyos. 

-¿Por qué se compró un Mercedes?

-Mira, viejo, este es mi último sueño. Lo he hecho todo en la vida. Sólo me faltaba tener un Mercedes último modelo.

Dice que aprovechó una coyuntura y vendió un puñado de dólares. Y dice que merece este Mercedes. 

-Acelere- insta el reportero, hipnotizado por el lujo.

-¡Ahí voy!- el señor acelera, audaz. Y el Mercedes color granito, el color del momento, el color que podrá generar aprobación en el Club de Golf Los Leones, ese club que, dice, denegó la membresía a millonarios sin alcurnia como Andrónico Luksic -por cuyas venas corre Croacia, pero no el Colegio Tabancura-, se filtra por las calles de Las Condes. Es un Mercedes conducido excitadamente por un soñador, el empresario que vive ajustado con dos millones y medio de pesos, y que está medio quemado por el sol. Su reacción anímica culmina en el alarido.  

-¡Mi nombre es Emeterio Ureta Castro, viejo! ¡Y aquí voy en mi Mercedes! ¡Así vivo yo, huevón!

-¿Cómo vive usted?

-¡Yo disfruto la vida, huevón!

-Tenga cuidado.

-Jajaja- y la velocidad lo seduce.

Todos en la playa

Allí está en su esplendor: Emeterio Ureta Castro Errázuriz Echeverría, 76 años, viudo, dos hijos -una hija famosa, Tita Ureta, una surfista e influencer  que viaja por el planeta revelando paisajes; y un hijo silencioso, Emeterio Jr., un Ureta que hace negocios y está casado con una practicante de yoga-, empresario, en fin, dotado de empuje comercial y sin carrera universitaria, un simpático profesional, propietario de una Mansión en la punta del cerro y de un dúplex luminoso en Maitencillo.

-¡Soy el Marqués de Lo Arrayán! ¡A mucha honra! ¡Allá arriba está mi casa!

Y muestra, excitado, un bosque. 

¡Yo disfruto la vida, huevón!

Allí vive un perro llamado Rondón y un Marqués. Un amplio espacio, lleno de habitaciones con vista a parajes cordilleranos, para un animal y un hombre que por las noches, mientras contempla un canal de televisión abierta, se achispa a solas con una copa de vino blanco al que introduce un provocador chorro de agua mineral Panimavida.

-Y si es, durante el año, el Marqués de Lo Arrayán, ¿será usted el Marqués de Maitencillo durante los meses de verano?

El Marqués da un salto. Y el Mercedes pasa sobre un lomo de toro. Es evidente que la sola alusión a Maitencillo pone histérico al Mercedes.

-¡Por ningún motivo! ¡Yo no soy el Marqués de Maitencillo! ¡Estás loco!

Maitencillo, en el escalafón de la elite, es un balneario que ha perdido atractivo. Durante el año viven allí menos de dos mil personas. En el verano la cifra se quintuplica. Es una playa que pronto, suponen algunos, incluirá sandías y fragmentos de huevo duro. Por eso hemos convocado al Marqués para, entre otras cosas, hablar de la realidad del balneario que alberga a tanta gente. El balneario en el que él tiene su departamento con vista a la puesta de sol desde hace quince años, pero que, a la vez, es el balneario que no tiene espacios. El balneario en el que toma baños de sol y el balneario que asfixia. El balneario que le produjo un brote de neurosis a la señora Bernardita Elissetche, 60 años, quien en un emblemático video de factura amateur explota en una ira aristócrata (“¿De dónde vienen? ¿De LLolleo? ¿Por qué no se van? ¡Váyanse!”). Y, desbordada por el exceso de veraneantes populares y ruidosos, por el arribo de chilenos con liquidez, ella exigió que se retiraran. Es, piensa el reportero, la lucha social llevada al horario sunset: la clase alta le pide a la clase media que por favor se retire. La clase alta quiere estar a solas, disfrutando el paisaje. Y la clase media está obstaculizando la fotografía. 

¡Soy el Marqués de Lo Arrayán! ¡A mucha honra! ¡Allá arriba está mi casa!

-No sé…- titubea Emeterio.

-¿Qué piensa, Marqués?

-Yo conozco a esa familia hace muchísimos años, fíjate. Una familia estupenda. Ella, Bernardita, creo que está casada con uno de los Llona. ¿Ubicas a los Llona?

-Grandes personas- simula a prisa la prensa.

-Y, bueno, tienen esta casa hace muchos, pero muchos años. Y tuvieron esta mala suerte que se les instaló un restaurante al lado. 

-¿Cómo es Maitencillo?

-Era un balneario sumamente picante. Pero que después se puso de moda. La gente de Zapallar siempre se ha burlado de Maitencillo. Pero, fíjate, que yo lo encuentro de lo más entretenido. ¡Cachagua y Zapallar son una lata!

Antes, recuerda Emeterio, en su juventud, él venía desde Zapallar y se introducía, atónito, por Maitencillo. ¿Y qué encontraba, Marqués? “Ya no encontraba a los Lyon o a los Errázuriz, pero me encontraba con gente chilena espectacular. Podías conocer a una mujer maravillosa de nombre Magaly, qué sé yo. Una cosa fantástica. Y con mis amigos nos fumábamos unos pitos salvajes y tomábamos copete en la vereda. Fíjate qué cosa más linda”, repasa nostálgico. 

-¿Usted, disculpe, es muy volado?

-No, viejo. Por supuesto he fumado pitos. Y aspiré cocaína tres veces en Estados Unidos y no me generó adicción. Yo disfruto la vida con mi María…

-¿A quién se refiere?

-¡A esta cosa!

Y Emeterio extrae del bolsillo una petaca de color rojo a la que llama María, su esposa, el matrimonio con grados alcohólicos.  

Por supuesto he fumado pitos. Y aspiré cocaína tres veces en Estados Unidos y no me generó adicción.

-¿Lleva a su petaca llamada María a todas partes?

-¡A todas partes! Y es fantástico porque la lleno con pisco o con whisky y me sale muy económico.

A veces, por ejemplo, Emeterio va a un restaurante y pide una Coca Cola. Entonces, con disimulo, saca su petaca y le mete un chorro de pisco. Piscola por el precio de una bebida. Y eso lo mantiene en un finísimo estado chispeante que, en general, la gente suele elogiar. “A la gente le fascina que yo esté contento”, argumenta, feliz, conduciendo.

-¿Y está feliz en Maitencillo?

-¡Absolutamente! ¡Adoro la gente! Hay gente paseando, comiendo, hay vida, restaurantes amorosos, ¿te fijas?

-Tengo entendido que usted también frecuentó Reñaca…

-¡Ahora Reñaca está pasado a cebolla! Y, ponte tú, Santo Domingo está lleno de Opus Dei. ¡Allá se hace el amor con la luz apagada! ¡Una lata atroz!

Y en Maitencillo Emeterio Ureta amó. Tomó sol. Se puso café. Vio a sus hijos aferrarse a una tabla, montar una ola pequeña. Luego vio a sus hijos dirigirse a otros destinos (“La Tita se está haciendo una casa en Costa Rica”, comenta orgulloso) y quedó él, en el dúplex, reflexivo frente al mar. Y, entonces, solía pensar: “Este lugar es cómodo”. Aquí invito a mis amigas a comer empanadas. Todo parece más barato. Hay ferias que venden objetos chinos muy interesantes. Y se dijo: “Acá la gente anda en la calle, es fascinante. Esto es Chile”.

-¿Y Zapallar, Emeterio? ¿La gente de Zapallar le dio la espalda por esta decisión?

-No me interesa lo que me digan. 

Maitencillo es el gentío, el olor a pan, a mar. El taco, la multitud en chalas. Y el Marqués lo tolera y se pasea untado en aceite brillante, la piel en tono jaiba, camisa abierta, un Julio Iglesias con buenos apellidos. 

-Hay que aprender a vivir felices ¡No pelear por huevadas!

¡Ahora Reñaca está pasado a cebolla! Y, ponte tú, Santo Domingo está lleno de Opus Dei.

-¿Hay clasismo en Maitencillo?

-¡Para nada!

-¿Hay brecha social?

-¿Ah?

-¿La elite versus la clase media?

-¡Todos lo pasamos bien!

Y luego, con chispa, exclama:

-¡Viva la vida!- y es un hombre completo, montado en el Mercedes y felizmente casado con una petaca vestida de rojo.

El hombre puro

-¿Y su vida, Emeterio?

-¿Qué pasa, viejito? ¡La vida hay que vivirla!

-Basta, Emeterio…- el reportero pone una voz de indignación teatral.

-¿Qué?

-Usted también ha sufrido…

Y el Marqués, al volante, se pone serio, gravísimo, la conmoción le altera el jolgorio.

-He sufrido, viejito.

Tuvo catorce hermanos, sus padres murieron cuando estaba en la primera juventud. Eran catorce Uretas buscando un destino por sí mismos. Emeterio vivió, un tiempo, en una pieza en esa calle del centro llamada Nataniel Cox, al menos, pensamos, una calle con un excelente apellido. Y fue junior en la Bolsa. Pasó hambre, desliza. Pero se construyó solo, a pulso, montando negocios. Y ahora señala que logró todos sus sueños.

-Me quería casar con una rubia y me casé con una rubia.

-¿Y qué más?

-Quería tener una mansión y tengo en Lo Arrayán una mansión. Quería casa en la playa y tengo el dúplex en Maitencillo. Quería a mis hijos felices y están felices. Viajé a treinta y cinco países. América, Europa, Asia. 

Y eleva la voz:

-¡Y yo quería ser Henry Fonda!

Y agrega:

-¡Y yo quería ser Jack Nicholson!

Y sigue:

-¡Yo quería ser el gallo de la moto!

El reportero le señala, abatido, que lamentablemente él no es Henry Fonda, ni tampoco el señor Nicholson, usted, le señala emocionado, usted es Emeterio Ureta Castro, un empresario que forra techos, pero que no está del todo forrado. Usted es Emeterio, el de la chispa, el carismático que ronda por el Club de Polo. Y él asiente. Y dice: 

-De todos modos…soy un gran personaje.

-Un tremendo personaje, Emeterio.

-Jajaja- ríe y toma con elegancia una curva.

-¿Pero acaso no siente que la gente lo puede ver como una caricatura?

-¡Me encanta!

-¿Usted es más personaje que persona?

-Yo soy un personaje increíble, todos me quieren, olvídate. 

-¿Usted es cuico?

-Absolutamente. Pero un cuico de verdad. No como estos roteques que se compran una casa rosada en la playa y se sienten los más finos del mundo.

-¿Usted es aristócrata?

-Creo que sí.

-¿Hay aristocracia en Chile?

-Claro que hay. Tenemos, por ejemplo, a esta pobre mujer que está pasando por problemas de plata…esta señora de origen inglés…- hace memoria, la recuerda-…¡La Mary Rose! Me da una pena tremenda. 

-¿Ella está bien?

-No tiene un peso. Una pena.

Yo soy un personaje increíble, todos me quieren, olvídate. 

Y el señor Ureta, claro, dice que la aristocracia no tiene nada que ver con la billetera. La elite se mide en hectáreas, aunque ya se hayan perdido. A él, por cierto, por las venas le corren patrones de fundos, burgueses equipados con mayordomos, perros gigantescos, carcajadas en el Club de Golf, anécdotas originadas en Zapallar. Él fue amigo de Piñera y luego se distanció de Piñera.

-Los Piñera vivían al tres y al cuatro, ahí en calle Del Inca. Sebastián y José se agarraban a combos todo el día.

-¿Por qué se distanció de Piñera?

-Se puso muy momio. Una lata. Para él todo es plata. Y no todo es plata, amigo mío.

-¿Y qué es lo importante?

-Estar feliz, compadre. Pasarlo bien con poco. Fíjate cómo me veo a mis 76 años…¿ah? ¿ah, viste?

El reportero, claro, lo elogia.

-Se ve bien, Emeterio…¿a qué se debe?

-Pureza de pensamiento, viejo. Así le llamo: pureza de pensamiento.

-¿Usted se ha vuelto puro?

-¡Pero totalmente! Se trata de no pensar en huevadas. Fíjate que la felicidad está en lo más simple. La felicidad, para mí, está en mi copa de vino antes de acostarme. 

(Piñera) se puso muy momio

Y Boric le cae bien, aunque no es de izquierda. Y dice que votó, porque sus hijos se lo pidieron. Y a sus hijos, declara, les hace caso en todo. Y que su residencia futura, piensa, está entre dos destinos:

-Miami…

-Upa…

-O Maitencillo…

-¿Y qué prefiere: Miami o Maitencillo?

-Miami, lógico. Si tampoco soy huevón…

Y, de pronto, frena el Mercedes. 

Ha llegado a su destino. Y anuncia que, al bajarse, frente a la Mansión, el Marqués va a orinar en un árbol, como hacen los caballeros de verdad.

-¿Está feliz con el Mercedes?

-Este auto era mi último sueño. Los cumplí todos.

-¿Y entonces ahora qué? ¿Se quedó sin soñar?

-Ahora sólo queda vivir. Ahora sólo queda vivir la vida- y en ese instante Emeterio Ureta, el que vive un poco en Lo Arrayán y otro poco en Maitencillo, muestra una sonrisa y apaga definitivamente el motor. 

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