Opinión
1 de Junio de 2024
Columna de Hugo Herrera | Los desdeñados: el fracaso ideológico-generacional de frenteamplismo
La Cuenta Pública 2024 deja las puertas abiertas para que varias figuras hagan un análisis sobre el rendimiento del Gobierno. Hugo Herrera, columnista de The Clinic, aborda el fracaso ideológico-generacional del Frente Amplio. "Permanecen ideológicamente a la deriva, sin un discurso competente, solo con el rudo realismo, o el mutismo de quien de pronto se ve enfrentado a las penosas tareas de trabajar sin tiempo ya", escribe. Y añade: "Le hace mal al país que tal generación caiga en la pérdida de espíritu, en la angustia del vacío o en el amargo cinismo".
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La época de crisis de legitimidad institucional por la que atravesamos se caracteriza no solo por un vaivén de las opiniones, sino también por el desdén respecto de las élites. Es desdén, me atrevo a decir. No mera crítica.
Resulta muy difícil negar que los otrora jóvenes, las promesas de redención que llegaron a desplazar a la exConcertación y a la derecha – los Boric, Jackson, Vallejo, Hassler, Sharp, etcétera– se fueron haciendo viejos, alicaídos, más gordos, arrugados, parte simplemente en esa fila a la que “antes de llegar se aferraron mil ancianos”, con generaciones más jóvenes ya formadas y también cuestionadoras.
Asimismo, sería un exceso querer omitir que los ideólogos a los que aquellos jóvenes de antaño siguieron, esos académicos que dedicaron parte de sus vidas a un proceso de adoctrinamiento que terminó en una derrota de 38 a 62 por ciento de la primera propuesta de Constitución, pasaron a ser especies de chandalas políticos.
Las generaciones más jóvenes no se hacen siquiera cargo de formular las críticas: las dan por evidentes. Lo evidente no se prueba. Quienes hoy tienen 18, 20, 25 años, simplemente estiman, sopesan a los frenteamplistas y sus “profetas de cátedra”. Y la estimación es implacable, lapidaria.
Se los toma como especies de intentos de juventud rebelde, que quieren seguir siendo jóvenes cuando ya han dejado de ser jóvenes, acechados por el calendario de la vida, las urgencias de la salud, de las cuentas por pagar, de las promesas incumplidas, las tareas sin terminar, las actitudes burguesas, los sueños que se hicieron cuesta arriba, aquello que ya no será. Se los pondera como chascones de pelos raleados o teñidos, o simplemente calvos, incapaces de mostrar rendimientos salvo el entusiasmo desgastado, la inoperancia, la abdicación, el cínico abandono de las propias banderas.
Que otra cosa es con guitarra, que gobernar no es protestar, que lo policial y lo económico no son frivolidades de viejo. Todo eso puede ser cierto. La tragedia de nuestros frenteamplistas es que quedaron presa de los hechos con un discurso sobregirado, incapaz de comprender la compleja realidad.
Permanecen ideológicamente a la deriva, sin un discurso competente, solo con el rudo realismo, o el mutismo de quien de pronto se ve enfrentado a las penosas tareas de trabajar sin tiempo ya. Sin alamedas en las que enarbolar banderas, diseñar protestas creadoras, proyectar con fuerza imaginativa países y futuros esplendentes, visiones que fluyan como melodías encantadoras o la producción lograda de los poetas.
La generación que llena de fuego redentor pasó de las aulas al parlamento y de ahí a La Moneda, terminó en consunción. Agotada en una facticidad abrumadora, quedaron con los ánimos extenuados. Pero, especialmente: sin capacidad de resignificar decisivamente el nuevo contexto; de interpretar con prestancia la situación; de volver a definir el marco de la disputa, la dirección de la lucha, de generar el resplandor de los futuros posibles.
En cierta forma, además, fueron abandonados. No es ni de Jackson, ni de Vallejo, ni de Hassler, ni de Sharp, ni de Boric que resulta posible esperar la articulación hoy de una renovación ideológica robusta y feliz. No solo por falta de tiempo. Son vocaciones distintas.
Luego de azuzarlos por décadas con eso de “marca AC” o “el mercado es el mundo de Caín”, una especie de entorno contaminante; o aquello de la “deliberación” como el modo de acción emancipatoria rumbo a un futuro “post-institucional”, en el que sería posible alcanzar una especie de plenitud fraterna; después de intentar inocularles tales verdades en sus jóvenes mentes, los “profetas de cátedra” de la ocasión probaron contar con voluntades febles.
Eran fuertes en las aulas, en lugares autocontenidos, con sus estudiantes o sus ayudantes. En la deliberación real, en cambio, tendían eminentemente a la irritación o a la franca impotencia. Ya en la Convención-1 su incapacidad política quedó de manifiesto. No lograron siquiera moderar a los más fanáticos en sus propias filas y se limitaron a insistir en su pensamiento radical.

Derrotados (62 a 38 por ciento, la peor derrota democrática de la izquierda chilena en toda su historia), las mentadas cabezas esquivaron el bulto, evadieron su responsabilidad, abandonaron la causa y se volvieron a sus confortables oficinas universitarias. Dejaron a sus exalumnos a la simple deriva.
¿A quién leerá Giorgio Jackson, ahora que Atria volvió la espalda? ¿Qué será de quienes deseen buscar los consejos de la plétora de jurisletrados, politólogos, filósofos, escritores de las más variadas índoles, en definitiva: de todos quienes se pensaron llamados a conducir los destinos de una especie de nación revolucionaria y lo asumieron con desenfrenado patetismo?
Sería recomendable que los políticos de izquierda volvieran a las fuentes (si es que alguna vez las estudiaron). Aunque exija bastante más esfuerzo entender las sutilezas de Marx, Hegel o Habermas, que las simplificaciones de los y las académicas venidas a políticas, la elocuencia de Elisa Loncón, o las páginas del mentor chileno de eso del “mundo de Caín”.
El juicio de las generaciones es implacable. Quienes les siguen tienden a ver en los frenteamplistas individuos poco interesantes, privados del ardor que hace tan poco los sostuvo; un realismo demasiado apresurado como para no llamarlo oportunismo; fracasos políticos de espíritus decadentes. Es desdén, desprecio, mirar en menos.
Al cinismo de las tácticas de asamblea y las estrategias aprendidas de España para obtener recursos, le siguió el descaro de los que al menos no se tiñen ya de superioridad moral. Los exjóvenes frenteamplistas tienen difícil la tarea de recuperar la prestancia perdida ante quienes les continúan (y que, dicho sea de paso, ni en Tohá, ni en Matthei se han disipado).
Los frenteamplistas tienen además la desventaja nada trivial de que no están en el mundo de la cultura. Son consumidores eventualmente competentes, con alguna suerte gestores, pero no creadores o productores: ni en las artes ni en el pensamiento. La generación de marras se gastó en la política.
Nadie gana, en todo caso, en el proceso. Porque ahora los exconcertacionistas no son ya urgidos a explicar cómo un régimen exitoso en asuntos económicos y de gobernabilidad terminó generando tanto malestar. Porque ahora para la derecha neoliberal “el chaparrón” ya pasó, y puede ser desestimado más como un fenómeno anómalo que como expresión de una pérdida de legitimidad política de ideas e instituciones que siga vigente.
Cuando uno cae todos caen. No luce haber reflexión honda en ninguno de los sectores políticos chilenos sobre las razones de la crisis.
Y la crisis aún persiste: como escuela paupérrima de profesores en su mayoría muy distantes de las competencias mínimas requeridas para educar; como listas de espera para la atención médica de enfermedades mortales; como pérdida de productividad, como desigualdades, segregación urbana severa, hacinamiento insano, abandono inveterado del territorio, desajuste profundo de pueblo y paisaje. Añádase el avance del crimen organizado, el ambiente de incertidumbre general y el futuro se hace penoso.
Le hace mal al país la frustración fundamental de una generación que, cuanto menos, hizo el esfuerzo de integrarse a la vida política nacional (hablo, de hecho, proviniendo de una que lo consiguió solo a medias). Una generación, digo, que lo hizo con decisión, con capacidad de movilización, con visión estratégica y no pocas veces con entrega sincera.
Le hace mal al país que tal generación caiga en la pérdida de espíritu, en la angustia del vacío o en el amargo cinismo. La superación de las ideas más toscas que los inspiraron e hicieron chocar de frente con la realidad concreta no debiese ir acompañada de la decadencia general o la amargura o la evasión profesionalizante.
Ocurre que seguimos en la “Crisis del Bicentenario”, que ya va para las dos décadas. La “Crisis del Centenario” persistió de 1910 a 1932. De trances como estos, de cambio epocal y desajuste profundo del pueblo con sus instituciones y élites, no hay salidas rápidas. Y simplemente no hay salidas, de no constar grupos políticos dotados de ideas pertinentes, fuertes cuotas de patriotismo y generosidad, así como de la apertura solo sobre cuya base pueden operar con holgura la imaginación y la colaboración.



