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Opinión

8 de Junio de 2024

Columna de Hugo Herrera: “Think tanks” como centros de lobby, formación de cuadros y financiamiento irregular de la política

El Gobierno tiene un proyecto de ley que incluye a los centros de estudios o “think tanks” entre los lobistas y les obliga a transparentar su financiamiento. De ello escribe Hugo Herrera en su columna de hoy: "¿Quién le paga a Libertad y Desarrollo y a sus 'investigadores'? ¿Quién financia sus precarios productos? Una vez se lo pregunté a Luis Larraín, su director ejecutivo en ese entonces. No me supo responder, salvo dando una cifra (...) decía que cuenta con unos 800 donantes. ¿Por qué, sin embargo, no dicen quiénes son? ¿Por qué los ocultan?". Y añade: "La respuesta no es difícil de advertir. Probablemente esos 800 donantes no son kiosqueros, estudiantes, vecinos de barrios populares, paisanos comunes y corrientes. En cambio, lo obvio es que la parte gruesa depende de grandes empresarios. Hay toda una jerarquía establecida respecto de esos donantes. Incluso en los eventos los donantes sustanciales gozan de puestos de privilegio".

Por Hugo Herrera

La OCDE ha propuesto incorporar a los llamados “think tanks” dentro del género de “representante de intereses”, que buscan influir en la toma de decisiones políticas. El Gobierno se ha hecho eco de la propuesta en un proyecto de ley que incluye a los centros de estudios o “think tanks” entre los lobistas y les obliga a transparentar su financiamiento.

La propuesta y el proyecto deben ser saludados como iniciativas que apuntan a darle mayor transparencia al sistema político, al venir a regular un ámbito que hasta ahora es muy oscuro y se presta para el tráfico de influencias y la franca corrupción. 

Los llamados “think tanks” son un tipo de entidad existente en otras partes del mundo. En las democracias más avanzadas y maduras, sin embargo, se los tiende a controlar y su financiamiento es escrutable y públicamente expuesto. A veces es de naturaleza mixta, de tal modo que ellos no dependan solamente de intereses sectoriales. 

En Chile, en cambio, tienen una historia peculiar. Durante la dictadura se crearon varios, que recibieron, junto a algunas universidades que gozaban de algo de independencia y conducciones tolerantes, a investigadores y docentes exonerados. Tras la dictadura, comenzando por el decano, “Libertad y Desarrollo”, han proliferado de modos más bien dispares, con fines muchas veces distintos, sino contrapuestos a las intenciones declaradas.

Así, en general, se estilan llamar “centros de investigación”. Fichan a personas a las que presentan como “investigadores”. Incluso hacen distinciones llamativas, como la de “investigadores senior”. Uno se pregunta, entonces, ¿qué podrá significar todo eso? 

Pasa que, si se examinan los currículos, la mayoría de los mentados “investigadores” no realiza investigación según el uso normal del término. Los presuntos “investigadores” no efectúan contribuciones palpables, hechas a partir de observaciones o reflexiones originales, según metodologías propias de las respectivas disciplinas y, sobre todo, validadas por pares competentes. Los “investigadores” usualmente no investigan.

Muchos “investigadores” de “think tank”, a veces sin darse cuenta muy bien del asunto, no hacen sino una especie de puesta en escena. Escriben artículos de opinión, sin respaldo suficiente en evidencia o en argumentaciones validables en foros libres, a medios que están dispuestos a llevarlos. Además de la autopublicación (la constatamos en casi todos, “Libertad y Desarrollo”, el “IES”, el “ICAL”, etc.), hay toda una especie de “circuito B” (o C o D), de organizaciones de pantalla, editoriales en las cuales no se hace selección alguna, incluso congresos o encuentros en los cuales los ramilletes de “investigadores” se mueven.

En ese sentido, no es extraño que los resultados de las supuestas “investigaciones” sean de calidad incierta. Muchas veces un cúmulo de indicaciones partidistas, de defensa de intereses, carentes de validez académica o epistémica. Más que contribuir al esclarecimiento de la discusión pública, la llenan de ruido; más que reflexiones sinceras donde se ponga en tensión la mente ante problemas humanos y sociales según el criterio de la verdad, se trata de esfuerzos de persuasión, más o menos hábiles, a partir de posiciones ya asumidas de antemano. 

Se trata, entonces, de organizaciones donde no es de extrañar que el pensamiento se embote y la simplificación de la compleja realidad sea lo que prevalezca.

Además de su cualidad sospechosa, los aludidos “centros de investigación” o “pensamiento”, etc., cuentan, en gran parte de los casos, con un financiamiento que va de opaco a negro. 

¿Quién le paga a “Libertad y Desarrollo” y a sus “investigadores”? ¿Quién financia sus precarios productos? Una vez se lo pregunté a Luis Larraín, su director ejecutivo en ese entonces. No me supo responder, salvo dando una cifra. 

LyD es un conocido centro de activismo y lobby, desde el cual se organizan campañas políticas. Es sabido (gracias a CIPER) el financiamiento de la British American Tobacco Chile, en la época en la cual se legislaba sobre la sustancia. Pero esa revelación fue un caso excepcional. Luis Larraín decía que “Libertad y Desarrollo” cuenta con unos 800 donantes. ¿Por qué, sin embargo, no dicen quiénes son? ¿Por qué los ocultan? 

La respuesta no es difícil de advertir. Probablemente esos 800 donantes no son kiosqueros, estudiantes, vecinos de barrios populares, paisanos comunes y corrientes. En cambio, lo obvio es que la parte gruesa depende de grandes empresarios. Hay toda una jerarquía establecida respecto de esos donantes. Incluso en los eventos los donantes sustanciales gozan de puestos de privilegio.

Los llamados “centros de pensamiento” o de “estudios” o de “investigación” no cumplen, además, con una condición necesaria del “pensamiento”, el “estudio” y la “investigación” auténticos: la libertad. Los “investigadores” de los “think tanks” pueden ser muy buenas personas. Puede tratarse incluso de individuos con futuros promisorios. Pero lo decisivo es que carecen de la condición fundamental para desenvolverse: la libertad del pensamiento. 

“Die Gedanken sind Frei” (los pensamientos son libres), dice la canción alemana. Lamentablemente, en el caso de marras, los “investigadores” de “think tanks” deben esconder sus pensamientos cuando estos se oponen a los intereses de quienes financian el instituto respectivo, quienes pagan, finalmente, sus sueldos. Lo contrario sería el suicidio laboral. 

Es triste ver así, cómo vocaciones espirituales son dañadas, cuando no corrompidas, por la puesta en venta del compromiso con la verdad y la libertad de la mente. Usualmente jóvenes, eventualmente sin notarlo al principio; poco a poco, tal vez; en medio de elegantes sutilezas, quizás; pero el resultado tiende a ser siempre el mismo: las cabezas quedan atadas al financista y sus crudos intereses económicos.

La lógica de la verdad resulta subsumida bajo la lógica del interés económico de un grupo o sector particular. Las ilusiones de juventudes que un día quisieron dedicar sus vidas a una de las tareas más nobles a las que puede destinarse la existencia humana, terminan de testaferros, palos blancos, lavadores de imagen de los -oscuros- financistas. Oscuros, entiéndase, para afuera. Nada de oscuros puertas adentro del instituto respectivo. 

Los “investigadores” cumplen así una función, una algo discutible eso sí. Ellos lavar la imagen de intereses que no pueden presentarse pura y simplemente al escrutinio en los foros libres. Son la más elegante representación de deseos cuya crudeza hace aconsejable que no salgan a la luz.

He presenciado en varios casos, cómo los “think tanks” de marras se desenvuelven en dinámicas de franco lobby. Cómo mentes destacadas terminan funcionalizándose según las ocurrencias, intereses o pretensiones de donantes nada inocentes, de patrones acostumbrados a mandar. También cómo los funcionarios de “think tank” acaban defendiendo las peculiares visiones de grupos económicos bien específicos o de cofradías religiosas (a su vez, financiadas por poderosos empresarios). 

Junto al caso de “Libertad y Desarrollo”, dependiente firme y ya casi obvio de los intereses del capital, consta, por ejemplo, el IES (Instituto de Estudios de la Sociedad), ligado al Opus Dei y a donantes e intereses que coinciden con los de la Universidad de los Andes. No sorprende que no se vea –no se verá– ahí críticas propiamente políticas y un pensamiento de talante específicamente político.

En cambio, los investigadores quedan puestos bajo la obligación de concentrarse en temas de moral sexual. Si dicen defender posiciones “socialcristianas”, es mera apariencia. No se trata ni de sindicalismo, ni mutualismo, ni cooperativismo, ni de defender con sinceridad a los trabajadores. No harán lo que exija Rerum Novarum o el actual papa Francisco. Los donantes determinan que el “cristianismo” se extienda estricta y filisteamente solo hasta donde les afecte el bolsillo. Conservadores en asuntos de moral sexual, son liberales más bien puros en cuestiones económicas.

A los mentados centros de estudio pueden agregarse muchos otros. Horizontal, la Fundación para el Progreso, son otros que destacan en la derecha neoliberal. La izquierda también tiene, empero, los suyos: ICAL; Nodo XXI, Chile XXI, pueden nombrarse a modo meramente ejemplar. 

Los daños que provocan los centros de estudios en muchos casos no se limitan a torcer vocaciones juveniles y distorsionar la investigación y sus serias exigencias. Además, enturbian la política. De hecho, en ellos acontece una especie de financiamiento irregular de la política. Mucho más que núcleos de verdadera investigación, los “think tanks” son formadores de cuadros.

Ellos se despliegan en los diarios del “duopolio”, “El Mercurio” y “La Tercera”, en paneles de radio y televisión, de manera desproporcionada respecto de las capacidades o fuerzas sociales a las que encarnan (compárese su presencia con la de investigadores universitarios). De ahí extraen, además, los partidos cohortes enteras de candidatos, de activistas y funcionarios, de cuya manutención previa ha cuidado por lustros el dinero del gran capital.

En la medida en que investigación en sentido propio no es lo que se hace en esas organizaciones, ellas son usualmente incapaces de auscultar adecuadamente lo que está ocurriendo, así como de proponer salidas imaginativas de largo alcance; tampoco dan para poner al proceso político en perspectiva.

Es cierto que las crisis advienen, irrumpen de pronto, sin que se pueda saber con claridad cómo lo harán. Pero también es cierto que no pocos veníamos advirtiendo de un desajuste profundo entre las pulsiones y anhelos populares, por un lado, y las élites, sus discursos y las instituciones, por otro (remito a un libro que escribí en 2014).

Había también estudios de cientistas sociales capaces, e informes de organizaciones serias como la OCDE y otros, que advertían, asimismo, de la incoación de los fundamentos de una crisis. En “Libertad y Desarrollo” podían solazarse, en cambio, casi festivamente, respecto a que los chilenos estaban satisfechos con el modelo, que “querían más del modelo”; y desde “Horizontal” no dudaban en insistir en que la alianza de liberales y conservadores (economicistas) de la transición todavía podía funcionar y era la real matriz ideológica de la derecha auténtica.

Vale decir, los “think tanks” tendieron a operar con incompetencia extrema. No vieron venir 2019 ni pudieron formular propuestas mínimamente atinadas de salida. El trabajo de lustros podía irse, en lo decisivo, al tacho de la basura. El problema también afecta, de paso, a los donantes. Uno tiene derecho a preocuparse y preguntarse en manos de quiénes está la producción económica nacional.

Son, así, varias las razones que permiten pensar que el proyecto del Gobierno ha de ser apoyado con decisión. Las mentadas organizaciones debiesen quedar bajo un régimen de fiscalización tan severo como severo debe ser el control del financiamiento de la política. Esa fiscalización, la transparencia respecto de los financistas, probablemente produzca una disminución inicial de las donaciones.

Sin embargo, de lo que no cabe duda, es que esos jóvenes que fungen allí de investigadores verán acrecentados sus grados de libertad, de la libertad sacra, necesaria para pensar y decir lo que la verdad, obtenida con esfuerzo y las exigencias de una mínima sinceridad, les indique.

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