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Opinión

14 de Junio de 2024

Columna de cine de Cristián Briones | IntensaMente 2: una película familiar

"IntensaMente 2" llegó esta semana a la cartelera chilena y el columnista de cine de The Clinic, Cristián Briones, la describe como "una película que ya vimos, no necesariamente porque el relato parezca poco original, sino porque o lo estamos pasando, lo vivimos, o estamos con quienes lo están viviendo". Y añade: "Cada emoción tiene su espacio, y podemos entenderlo desde nuestro asiento. Resuena en nuestras experiencias (...) Una buena secuela".

Por Cristián Briones

Uno de los chistes más difundidos, aunque en sí mismo una lectura bastante miope, es que Pixar se planteó en base a una sola pregunta: “¿Qué pasaría si ____ tuvieran emociones?”. Aplicada a los juguetes, Toy story. Con los insectos, Bichos. Los automóviles, Cars. Con un robot o una rata, Wall-E o Ratatouille. Todos personajes que, en el lapso de una película, vivían una emocionante aventura que les permitía entender y aceptar su lugar en el mundo.

Buzz acepta que era un juguete, Flick recluta a sus siete samuráis insectos y desafía un orden establecido, Wall-E por fin tiene con quien bailar, “cualquiera puede cocinar”, etc. Hasta que, supuestamente, esta premisa se completó con IntensaMente, en donde incluso las emociones tenían emociones.

El problema de esta mirada tan reduccionista (vivimos en la era del meme, tampoco es tan extraño), es que ignora el valor del viaje recorrido, del cambio que se produce en ello y, por sobre todo, que aquello que aprenden los personajes también traspasa la pantalla.

Claro, el viaje es divertido y colorido, y se puede disfrutar a cualquier edad, pero los más adultos contenemos la emoción cuando Sullivan escucha “gatito”, o cuando el señor Fredricksen termina la primera parte de la aventura de su vida con unos globos en su mano.

Pixar siempre ha logrado dar ese golpecito extra. Y es cierto, puede haber un agotamiento, no es tan sencillo hacer terceras partes y terminarlas con un “Adiós, vaquero” o un espejo tan perfecto de la original como Los increíbles 2, que tan solo con hacer un cambio de género, abrió todo un nuevo recorrido con puntos de vista que se sintieron frescos.

Pero incluso cuando pensamos que la llama se extinguía y quedaban menos ideas, consiguió hacer un giro y entregar Red, que tenía todo un nuevo campo temático de dónde cosechar. Aunque cada vez ha ido quedando más claro que hacer avanzar la historia no es nada fácil.

IntensaMente, sin embargo, nunca iba a tener ese problema. Siempre tendría donde crecer. Porque literalmente, de eso se trataba. Lo que pasa en nuestras cabezas mientras nos enfrentamos al día a día. Riley era una niña cuyo mundo cambiaba radicalmente y debía aprender a lidiar con sus propias emociones. Y una de esas emociones debía también aprender que la vida no se compone solo de alegría, sino que su valor está dado en la mezcla de esas emociones.

Un viaje para todos los personajes que dejó lecciones para quien gustase tomarlas, y que terminaba con todos asumiendo que la vida sigue, hay cosas que quedan atrás, y el mundo cambia de manera inexorable. 

Nueve años después, y ya no bajo la mano de Pete Docter, ahora un mandamás de Pixar, si no del debutante en largometrajes Kelsey Mann, el relato es más o menos el mismo. El mundo de la joven Riley otra vez se ve alterado, y otra vez las emociones deben recorrer las profundidades de la mente para darse cuenta lo que significa crecer.

Las similitudes narrativas son bastante explícitas, más allá de la aparición de estas nuevas emociones que llegan con las hormonas. Porque de nuevo, la clave está en el viaje. Y específicamente en el cuándo ocurre. Ese botón rojo denominado “Alerta de Pubertad” no debió ser ignorado.

Esto es, quizás, uno de los puntos aglutinadores que atraviesa la obra de Pixar y llega a sus cuotas más altas en IntensaMente: en un nivel u otro, “todos pasamos por eso”. El mundo se acabó porque un amigo no nos saludó o nos salió una espinilla el día de las fotos o nuestros padres no nos dejaron ir a algún lugar en que estarían nuestros amigos de la adolescencia.

Esta es una película que ya vimos, no necesariamente porque el relato parezca poco original, sino porque o lo estamos pasando, lo vivimos, o estamos con quienes lo están viviendo. No hay nada más familiar que aquello con lo que podemos vernos a nosotros mismos. Algunos hasta podrían tratar de estirar la expresión y decir que verse representado importa, pero mejor no entremos ahí.

Porque IntensaMente 2 tampoco lo hace. Esta película no tiene nada que ofenda a nadie. No está para el desangramiento de caracteres apuntando a la inclusión o la diversidad ni nada de eso. Obviamente es un lugar más diverso, difícil representar a la sociedad hoy sin ello, pero no es un tema ni siquiera esbozado. Al fin y al cabo, la clave acá está en la mente, y ese es un espacio en que sí o sí somos todos iguales.

No obstante, si hay algo que aprendimos con la aventura de Riley y Alegría es que el mundo sí cambia. Y de manera inevitable. No solo en el interior de la historia, también acá afuera, con las audiencias. Por mucho que sea resistido, quienes van a sentarse en una butaca a ver esta película también han cambiado.

Para ejemplificar esto me voy a detener acá en un personaje que, aunque ha sido puesto en la campaña de promoción, seguiré evitando anticipar como parte de la historia: Lance Slashblade. Un secreto guardado en las profundidades de la mente de Riley. Cuyos diálogos reflejan a la perfección a la pieza de la cultura popular de la cuál viene.

Todo un ejemplo de esta escritura que piensa en los nuevos públicos. Que no necesariamente son tan jóvenes, pero que son muy distintos al de antaño. Porque sí, tal como las niñas juegan videojuegos, sus padres pueden entender lo que es un “crush”, o un “shipeo”.

Y, a nivel puramente narrativo que, con esos cimientos, se puede construir una de las escenas más “enrolladas” y graciosas que ha entregado Pixar (y las películas animadas) en bastante tiempo. No hay ningún detalle acá que sea un desperdicio. Cada emoción tiene su espacio, y podemos entenderlo desde nuestro asiento. Resuena en nuestras experiencias.

Porque ese momento de nuestras vidas siempre será cercano. Más que no recordar a nuestro “Bing Bong”, incluso. Ese momento en que los amigos cambiaron, en que nosotros cambiamos, en que un mundo se nos acabó. Y otro, con sus altos y sus bajos, empezó inmediatamente después.

Tal como ese chiste mítico de 31 Minutos, IntensaMente 2 vuelve a hacer que sea el viaje el que importe. Alegría, Tristeza, Ira, Disgusto y Miedo son parte de ese recorrido. Y ahora con Ansiedad, Envidia, Vergüenza, un personaje que debió llamarse “Ni Ahí”, e incluso con un dejo de Nostalgia, volvemos a un camino que pareciera que caminamos antes. Pero que no lo es. Pasaron los años y Riley creció. Su familia pasó a tener otro espacio, comete nuevos errores, suma y resta, hace nuevos amigos, su mirada sobre otros ya no es la misma. Nada lo es.

Las audiencias también cambiaron. El mundo se vuelve más complejo cuando cambia, cuando crece. Pete Docter ya no es el director, ahora produce. Michael Giacchino ya no hace la música, ahora es su protegida Andrea Datzman. Y con todo eso, y quizás justamente por eso, Pixar vuelve a hacer algo que parece cada vez más escaso: llevarnos por un camino que nos es familiar, porque vamos más adelante.

En palabras más precisas, una buena secuela.

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