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Gonzalo Contreras
Francisco Paredes / The Clinic

Entrevistas

25 de Enero de 2025

Gonzalo Contreras, escritor: “La alegría se fue con el siglo XXI, que es el siglo de oro de la estupidez”

El escritor Gonzalo Contreras acaba de lanzar su octava novela, “El verano y toda su ira”. Ordenada en torno a un suicidio, le permite al autor revisar la crisis de los 50 años y la pregunta que, quizá, viene con ella: cómo se ha hecho lo que se ha hecho, una vez que la promesa de futuro que se creyó ver en la juventud se ha ido. Aunque se trata de un texto que revisa, sobre todo, la capacidad de amar también hace una pequeña cuenta a la generación que emergió desde los años 80 y 90 en Chile. A los 67 años, Contreras dice sentir que vivimos una excesiva moralización en la sociedad. También critica la captura de la Academia que han hecho los grupos de poder y a los movimientos feministas. Se declara un hijo de la Ilustración al que le está haciendo falta menos emocionalidad ambiental.

Por Jimena Villegas
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Es una tarde de enero y Gonzalo Contreras dice, con tono de certeza, igual que quizá diría Roberto “Bobby” Serna, uno de los personajes masculinos de su recién salido libro, que nunca pensó en estudiar nada. Para qué, si lo que él quería era puramente ser un escritor y que para serlo no se estudia, no en el mundo de las academias al menos. Por eso, muy pronto, a fines de los años 70 del siglo pasado y siendo solo un veinteañero, abandonó Periodismo en la Universidad Católica y partió a España, para seguir la huella de José Donoso. Llevaba de camino hacia el maestro, además de la propia convicción, apenas el aval de la recomendación hecha por un exsuegro y 700 dólares en el bolsillo. Pudo, antes de viajar, haber terminado esa carrera, pero no. Pudo incluso haber entrado a Derecho, pero no. 

Hoy, casi cincuenta años después de sus primeros pasos literarios, Gonzalo Miguel Contreras Fuentes siente que lo ha logrado. Con El verano y toda su ira (Seix Barral) suma ocho novelas publicadas.

“Si fracasaba en eso, fracasaba todo. Digamos que la apuesta ha sido total, porque involucraba mi vida entera, y así ha sido hasta el día de hoy”, dice Contreras.

Pero sí lo consiguió, ¿verdad?

—Sí, ya podría quedarme tranquilo. Hay escritores muy famosos, que en su vida han publicado menos.

Recién salido “El verano…”, Contreras (67) está embarcado en su promoción. Dice que muy probablemente pasarán meses antes de sumergirse en un nuevo texto. Él no es de los que publican una novela cada año, ni de los que se sienta cada día, de modo riguroso, a enfrentar la página en blanco.

“Eso es una huevada. Uno escribe cuando tiene ganas. Si no tengo ganas, no escribo. Lo que pasa es que me aburre no tener proyecto de escritura y probablemente, si pasa un año sin escribir nada, voy a estar un poco inquieto, un poco aburrido”, afirma Contreras. Muy probablemente ese aburrimiento sea el que lo instale otra vez, como acostumbra en la soledad y el silencio, a hacer arte.

—Parece que la pregunta incómoda que se encadena con este libro es: ¿Y cómo lo hemos hecho? ¿Cómo lo ha hecho usted?

—A ver, lo que pasa es que esa pregunta yo me la hice a los 53 más o menos, que es la edad de los personajes de la novela. Yo había estado sumido en una crisis personal fuerte. El alcohol tuvo muy buena parte en eso, pero probablemente el alcohol sea solo un síntoma. Pese a que yo siempre tomé mucho, llegué a un estado muy límite, un estado abisal. Digamos que al ladito del abismo. Y, claro, si yo me hacía esa pregunta en ese momento era terrible. Había escrito tres o cuatro libros re buenos; o sea, yo estoy seguro de que son muy buenos. Pero eso no bastaba, yo debía seguir viviendo. Y mi pregunta era: ¿tendría otra chance?

—¿La tenía?

—No parecía haberla. Pero yo tenía una ventaja, porque tenía un proyecto vital muy fuerte, que ha sido mi eje de vida. 

—La escritura.

—Sí, la escritura. En ese sentido, no estaba del todo desarmado. La primera novela que escribí sin alcohol es La mecánica celeste. Me costó un mundo. Fue como construir un castillo ladrillo por ladrillo, uno a uno. Construir esa novela fue construirme yo a mí mismo de nuevo. Después he escrito tres o cuatro novelas que yo creo que no están nada de mal.

—¿Era más fácil escribir con el soporte del alcohol?

—No, pero yo lo había convertido en sistema. Yo suponía, digamos, que con alcohol hacía conexiones más atractivas, inesperadas. Y puede que algo haya de eso, no creo que haya andado tan lejos. Si tocamos La ciudad anterior hasta La ley natural, fueron escritas con mucho alcohol.

—¿Y le parecen mejores que lo posterior?

—No lo sé. Yo creo que lo posterior compite bastante bien. Hay gente que me ha dicho que esta es mi mejor novela.

—¡Y no tiene una gota de alcohol!

—Cero. Yo en 2010 dejé el alcohol. En junio de este año voy a cumplir 15 años.

—Salvó su hígado.

—No, salvé mi vida.

****

Es una tarde de enero. Sentado en una butaca de cuero de su casa, un departamento amplio que comparte con su perra Tina y que da de frente a la tristemente célebre iglesia santiaguina de El Bosque, Contreras toma agua con mucho hielo y aspira un cigarrillo electrónico que tiene botones y hace ruidos cuando él inhala. Lleva camiseta y zapatillas urbanas a tono, tartamudea un poco, mira de frente, interpela a veces, sonríe. Durante todo este diálogo dará la impresión de que en esa sonrisa suya y detrás de esos ojos oscuros, rasgados, e incluso amistosos, se sostiene, con convicción y empeño, el talante del “niño terrible”, ese ser humano de inspiración francesa, que, a la edad que sea, busca estar fuera de toda etiqueta, salvo -en este caso- la de la racionalidad ilustrada.

En El verano y toda su ira, un texto de 369 páginas, Contreras desenvuelve la historia de Renato, un cincuentón que, tras el suicidio de su mejor amigo, Bobby, se ve obligado a volver a Chile desde Javéa (España) para arreglar cuentas consigo mismo. Eso incluye, mientras revisa los escritos dejados por el fallecido, observar su propia capacidad y modo de amar, repasar sus encuentros y desencuentros con Vanessa, Moira (especialmente Moira), Olga y Ofelia, las cuatro hermanas del pobre Serna, un humano que en vida ejerció como único oficio el de ser un fanático lector de Friedrich Nietzsche. 

Guapos y adinerados, esos cinco personajes le permiten al narrador, especialista en Arthur Schopenhauer y su pesimismo, empezar a desenrollar el tiempo hacia un futuro que ya llegó y ya se fue. Entremedio, despuntan referencias a la cultura pop y a las costumbres de la clase alta chilena de los años 80 y 90. En ese sentido, quizá, “El verano…” podría servir también como una pequeña cuenta a una generación local, la del regreso a la democracia, de la que fue parte Contreras.

—¿Puede ser que leyendo “El verano…” uno concluya que la felicidad no es muy posible?

—Para Schopenhauer no lo es, y yo soy schopenhaueriano. Pero es curioso, porque Schopenhauer dice que hay que vivir como sea lo mejor posible. 

—O sea que, aunque no sea posible la felicidad, hay que intentarlo.

—Él ve la felicidad en términos negativos: la ausencia de dolor. Y, digamos, que lo que nos ha mostrado la vida es que hay momentos de felicidad. Yo diría que, más que desde el lado de la realización, lo único que sí te puede producir un cierto grado de satisfacción, aunque nunca una felicidad plena, pero sí transmitir una sensación de felicidad, y no voy más allá de eso, es el amor. Y hablo del amor de pareja. 

—Que es un poco a lo que está dedicado entero este libro.

—Claro, en cierto modo. Y, esto lo dije en otra entrevista, ni la filosofía ni la psicología tocan bien el tema. La psicología no puede. El “por qué yo amo a” es un misterio, no tiene respuesta. Y la filosofía no se interesa mayormente. Incluso en un autor tan abarcador de la experiencia humana como Nietzsche, su escritura sobre el amor es escasa y no muy halagüeña.

—Sus personajes se preguntan mucho sobre el amor. ¿No será mejor sentirlo nomás y dejarse llevar por él?

—Nosotros no pensamos el amor. Yo dificulto que nosotros pensemos algo siquiera. Está la discusión de si nosotros pensamos con palabras o no, y yo estoy seguro de que no. Las cosas nos provocan sensaciones, sentimientos. Pero un pensamiento orgánico, digamos, como una página, eso no existe. Y, entonces, sentándote en una plaza a pensar en tu pena de amor, no vas a sacar nada en limpio. Nadie llega a una conclusión mirando el mar. ¿O tú sí?

—No necesariamente hay que llegar a alguna conclusión.

—A veces queremos llegar a ciertas conclusiones. Por ejemplo, esto no me conviene. Pero, aun así, ¿te sirve de algo saber nada? No, y sabemos que no sirve de nada. Entonces, cuando pensamos, nunca pensamos el amor como concepto, pensamos en un otro. Lo que nos duele es la alteridad del otro. Pero nosotros no pensamos en el amor. Yo dudo de que nosotros reflexionemos. Creo que la única vez que nosotros reflexionamos es cuando escribimos.

—¿Quedó conforme con esta novela?

—Uno nunca queda enteramente conforme. En arte la experiencia de la completitud nunca está. De pronto sientes que estás más cerca de haberlo conseguido. Yo creo que no existe la obra de arte perfecta tampoco, así sea “El Mesías” de Händel. Tampoco es lo que se le pide al arte. Por lo tanto, tú siempre sientes que hay algo que no es como un todo lleno. Pero sí, yo siento que en esta novela me acerco al lleno, me deja una sensación rica. Cuando la terminé sentí esa sensación.

—¿Y hay alguna sensación que haya buscado que sus lectores percibieran o sintieran de modo universal?

—Hay una idea, digamos, de la juventud lanzada hacia un futuro que es pura promesa, donde al parecer viviríamos un mundo exonerados del dolor. La idea de que la vida iba a ser pura bienaventuranza, y no lo es. Ese es un aprendizaje que hay que hacer y hay que sobrevivir a él. Eso es lo que nos hace seres maduros. Cuando hablamos de madurez, básicamente, hablamos de que hemos conocido el dolor o, más que eso, hemos conocido el mal. El mal no está en ninguna parte. El mal es el daño que podemos causarnos unos a otros. Cómo sobrevivimos a eso es lo que me interesa, cómo nos paramos en el mundo.

Yo no quiero hacer personajes arrasados por la vida. A mí lo que me interesa de cada uno es su estrategia de supervivencia, bien o mal, con buenas artes o no. Todos queremos hacer el mejor papel en el mundo.

—Usted instala a sus personajes al menos en dos Chiles, el de los 80 y el de los 90. El de los 80 es representado por un helicóptero de la represión que sobrevuela, ¿verdad? 

—Sí, totalmente. Se vivió un clima opresivo. Pero también hay que decir una cosa: en los 80 tampoco se vivió tan mal. La vida fue bastante intensa. Había pocos lugares donde ir, pero había una cosa potente también, que incluso eché de menos después. Como que había más fuerza, más ímpetu, algo de mística que después no hubo, lo que explica que la vuelta a la democracia produjo un momento muy rico. Que la alegría llegó, sí. La alegría llegó de todas maneras. Nunca se ha pasado más bien en Chile que en los años 90. 

—Sí, usted retrata los 90 como una época opulenta.

—Los 90 fueron tan ricos en todo. Hay creaciones, películas, libros y cuanta cosa, mucha riqueza. La primera cagada queda con la crisis asiática. Ahí como que se rompe un poco, pero el mundo era muy rico. Piensa tú que, con Frei, se creció al 7%, con el cobre a menos de un dólar. Yo iba a Nueva York a cada rato.

—¿Y la alegría se fue?

—Sí, yo te diría que se fue. La alegría se fue con el siglo XXI, que es el siglo de oro de la estupidez.

—Y dónde estamos viviendo las consecuencias de hacernos ricos demasiado rápido.

—Porque Chile se enriqueció. O sea, pasamos de ser un país pobre, un país rico para nuestros estándares. Y esas riquezas repentinas producen todo tipo de conflictos. Tú tenías tu casa paterna que quedaba, por ejemplo, en el barrio Las Lilas (Providencia). Te la podían comprar en un millón de dólares porque iban a construir un edificio. Eso era inusitado. Entonces hubo mucha prosperidad entre las personas.

—Pero también deschavetamiento.

—Lo que pasa es que el dinero siempre es un corruptor. La gente que sabe vivirlo con estilo es muy poca. El dinero puede causar estragos en muchas personas. 

—Quizá provocó estragos, más que en individuos, en la sociedad chilena. 

—Probablemente sí, pero es inevitable, no veo otra alternativa. Si un país se enriquece, qué le vas a hacer. Yo no imagino mundos ideales. No tengo ninguna utopía en la cabeza. No creo que existan sistemas bondadosos en sí mismos. Hay muchas cosas que se podrían regular, pero toda regulación es una pérdida de libertad. Ponte tú, el uso de mascarillas durante la pandemia me producía una rebelión infinita, nunca la usé. Tuve todo tipo de problemas, pero era incapaz de usarla. Me sentía un borrego, una especie de oveja. Que haya elementos reguladores de la vida, contra la estupidez humana, contra la vulgaridad, contra la estulticia…

Pero una cosa es la estulticia y otra el pillaje.

—Los huevones que tienen plata lo van a hacer siempre. Y si no son esos, van a ser otros. Eso no me preocupa. No creo que haya sistemas más corruptos que otros. Todo aquel que pueda evitar impuestos lo va a hacer, ¿o no? Y eso te incluye a ti. No podemos moralizar excesivamente la sociedad, como ocurre hoy día. Las sociedades que son supermoralistas son al mismo tiempo sociedades hipócritas, y no sé qué es peor. Digamos, la competencia por la moral es una cosa abominable. 

—También dice que la cultura de la cancelación es una quema de brujas.

—Sí, claro. Digamos, que alguien sea llevado a la hoguera porque piensa determinada cosa. ¡Por favor! Porque no piensa como yo, que tengo la verdad y que soy bueno y moralmente superior. Ojo, todo supremacismo, incluido el moral, es fascista. El que tú supongas que, por ser yo quien soy, soy superior a ti. Que pertenecer a tal círculo de pensamiento me pone en una situación superior a la tuya, es decir, soy más moral que tú. O sea, el pensar como tú piensas o como tú ves yo lo penalizo. Ese mundo que estamos viviendo es un mundo detestable. Yo viví la libertad. Escribiendo en la dictadura, yo me medía menos, al momento de escribir en prensa, que hoy día.

—¿A la hora de decir lo que dices se cuida más?

—Exactamente. Aunque ahora ya no me estoy midiendo ni una huevada.

—Puede ser que resienta lo de la libertad porque es hombre. 

—No. 

—Pero para las mujeres siempre ha sido menos libre. 

—No, no, no. Yo pienso en Colette y en mujeres que fueron muy libres, que se cagaron en el piano.

—Pero a las mujeres siempre les ha costado más.

—Pero si hay una, es que se puede. Pienso en mujeres como la Katharine Hepburn o la Ava Gardner, que fueron mujeres plenas. Obviamente que sufrieron, porque cuando uno se caga en el piano sufre, porque la sociedad no lo admite. Pero está lleno de mujeres que fueron mujeres liberadas.

—Entonces, los movimientos feministas no le resuenan para nada.

—No. El feminismo es una máquina, un grupo de poder para sacar huevones del camino y lo están usando. En la Academia ni te digo. Son grupo de interés y hay beneficios, no es más que eso. Hoy día una mujer no tiene legalmente ni un derecho menos que los hombres.

—Por tanto, la discriminación positiva le parece innecesaria.

—Puede ser que, en algunos casos, algunas discriminaciones positivas respecto de la mujer, algunas leyes de cuotas, que sean temporales, tengan un sentido por dificultades de acceso. También las cuestiones relativas a las pensiones, ahora que está la discusión. Ahí yo puedo entender, digamos, que las mujeres tengan un tratamiento especial, porque se dan circunstancias que sabemos, como el doble trabajo de la casa y profesional, o solo el trabajo de la casa. Ahí no tengo ningún problema. Pero el otro feminismo es un grupo de poder y punto.

Contreras y la Academia: “Se ha convertido en un centro de poder”

Así como antes él mismo tomó parte en talleres, entre ellos el de José Donoso, hoy Gonzalo Contreras asume la responsabilidad de formar a nuevos escritores. Ha descubierto -afirma- “una tardía vocación por la docencia” que lo realiza mucho. Durante más de veinte años ha conducido su propio taller literario, por el que han pasado escritores como Pablo Simonetti o Carla Guelfenbein.

Actualmente, además, Contreras hace clases en la Universidad Diego Portales y en la de Chile, donde realiza un taller de escritura creativa para alumnos de Derecho.

Dice que su principal propósito como guía es mostrarles a sus estudiantes que la escritura es una profesión en sí misma, que no es igual ser un escritor que apenas un escribidor y que un escritor es un artista. Explica que ve una relación directa entre la docencia y la literatura, porque enseñar le permite comunicar la literatura.

“Uno debe comunicarla. Siempre está en crisis, no solamente ahora en forma muy aguda. Es como que hay que salvarla, es un órgano al que hay que cuidar”, plantea Contreras.

—¿Y una manera de salvarlo es comunicarlo a otros?

—Yo diría que sí. Hay que hacer un poco de proselitismo.

—¿Y el suyo va de qué?

—En los talleres de instar a las personas a que escriban, exhortarlos a que escriban.

—¿Aunque no se sientan artistas?

—Deben sentirse artistas. Yo trato de transmitir la idea de que quien no piense que la escritura es un arte está equivocado, y si es que no es el arte mayor. No sé quién sea el más grande artista, probablemente sea Shakespeare, que es el más consistente. Yo debo mirar la literatura en ese orden, y no todo el mundo supone que la literatura es un arte. Yo les transmito a mis alumnos que sí lo es. Nosotros usamos nuestra sensibilidad, nuestra experiencia, también nuestro saber, un saber que solamente lo aporta la lectura. Por lo tanto, está totalmente despojado de cualquier influencia de la Academia. La Academia nos debe tener sin cuidado.

—A usted le pasa algo con la Academia. ¿Qué le pasa?

—La Academia se ha convertido en un centro de poder. Tiene agenda y no sé si a la Academia le gusta la literatura o la detesta. Si un libro hecho, digamos, por un hombre blanco heterosexual… 

—¿ABC1?

—No me refiero a mí, sino a una cosa mucho más general, que está en toda la Academia. La posmodernidad supone que la cultura que nosotros conocemos, la cultura que se construyó fue hecha por hombres blancos, europeos, heterosexuales y que esa cultura era un instrumento de dominación y que, por lo tanto, hay que destruirla. Y como yo amo la cultura, no puedo estar con esa Academia.

—Pero esa es una generalidad, no tiene por qué ser toda la Academia.

—Es toda la Academia. Actúa así aquí y donde sea. 

—No es posible ver a toda la Academia dedicada a destruir ese paradigma que usted define.

—Digamos que cuando tú privilegias lo otro, arte que provenga de etnias, de diversidad sexual, de mujeres, en forma programática, porque supuestamente estaríamos en deuda con ellos, estás distorsionando todo el panorama. La cultura no está para pagar deudas, porque eso se presta para todo tipo de aventureros, de intrépidos y de impostores. Hay una famosa artista plástica chilena, Cecilia Vicuña, que se autopercibe como indígena, pero todos sabemos que ella no es indígena. Pero ella se autopercibe como indígena y está muy contenta de que una artista indígena haya llegado al MoMA. ¿Cómo llamamos a eso?

—¿Una autopercepción legítima? 

—Ah, ¿tú te puedes autopercibir de lo que tú quieras? ¿Y si te digo que soy negro?

Pensaría que está diciendo algo un poco insólito. Pero, si es lo que usted quiere, será cosa suya.

—Pero entonces significa que estamos todos locos.

—Eso sí puede ser.

—Pero la idea es que no lo estemos, que haya un poco de racionalidad. Y lo que pasa es que yo soy escritor y la realidad me importa mucho. Si tú te percibes como Blancanieves me ofendes, porque yo veo otra cosa. Ofendes mi inteligencia y mi moral, porque tú estás exigiendo tratos especiales, dado de que tú te percibes de tal o cual modo. Y eso es una extorsión. Soy completamente contrario a la politización y a la moralización del arte. Que alguien reclame para sí tratos especiales como artista, porque la sociedad en teoría le debe, me parece deleznable.

—Le parecerá entonces esperanzador lo que está haciendo Donald Trump en Estados Unidos.

—No, no, no. Trump es un personaje que me es altamente desagradable. En general, cualquier cosa que tenga que ver con distintas formas de barbarie me es desagradable. No soporto a Elon Musk y creo que hay en ellos una especie de antiilustración.

—Pero son ellos los que están empezando a desmantelar una serie de derechos especiales.

—Lo que pasa con el woke, lo terrible, es que ha exacerbado las ultrasderechas y yo prefiero la idea de la democracia liberal antes que cualquier otro sistema. El efecto que ha producido el woke en el mundo es que la gente está chata y que las soluciones tengan que ver con una idea del poder como un instrumento bélico, como una especie de apelación al uso del poder en términos belicosos, al uso de la fuerza.

—Una idea peligrosa, ¿no?

—Es peligroso. Digamos que son seres a los que no les cuesta nada sentir que son muy omnipotentes y están a un paso de desquiciarse. A mí esos personajes me resultan muy desagradables, yo soy un hijo de la Ilustración.

—Suena un poco antiguo eso.

—Yo sé que lo que acabo de decir es un arcaísmo, pero tiene que haber un poco de razón en el mundo. Ahora, curiosamente, tanto el woke como esas formas de fascismos son emocionales, pisan el mismo terreno.

—Y usted aboga por la razón.

—Digamos que por un poco menos de emoción. No hay nada que me cargue más que la gente fácilmente impresionable. 

—A propósito de woke, es de lo que la ultraderecha chilena ha criticado a este gobierno. ¿Lo comparte?

—Yo diría que sí. Sus influencias lo son de hecho. Chantal Mouffe y la Mazzucato, que no les sirven de nada, porque son cuestiones meramente teóricas. Curiosamente, la izquierda ya no tiene intelectuales, ya no les quedan.

—¿Usted no?

—No. Yo no fui de izquierdas, yo participé del ethos de la Concertación hasta un momento dado. Voté por Bachelet hasta el segundo gobierno y tuve que votar por Guillier, pero ya se me habían revuelto las tripas. Nunca me identifiqué como de izquierda porque me cuesta mucho estar del lado del resentimiento.

—Pero no toda la izquierda es resentida.

—Sí lo es el proyecto de vamos a quitar a unos para darles a otros. Si tú miras hacia otros, digamos, como tus enemigos a vencer y esos otros son los que están arriba. Estar en ese abajo, mirando a los de arriba con resentimiento, nunca me interesó, pese a que yo no estoy arriba. Yo no estoy arriba de nada, estoy fuera de todo. He estado toda mi vida fuera de todo. Yo no tengo compromisos con nada ni con nadie.

—Con la literatura, mínimamente.

—Bueno, sí. Claro. Lógico. Pero no tengo otro compromiso, ni con instituciones, ni con partidos políticos, ni con nada. Tengo amigos, pero tengo amigos de todas partes, y de todos los colores. Mis amigos probablemente sean como un poco más de izquierda, pero no tengo ningún problema con la derecha. No siento que yo pertenezca a un sector de la sociedad que demanda algo. Yo no demando nada a nadie y tampoco creo que haya una política o un proyecto político que va a traer la felicidad o que va a cambiar mi posición en la sociedad. 

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