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23 de Enero de 2025

El legado de Pedro Lemebel en crónicas y columnas en The Clinic: un romance en La Esmeralda y el día en que lo bajaron de un viaje a Arica por el Presidente Lagos

A 10 años de su muerte, The Clinic recopiló crónicas y columnas de Pedro Lemebel escritas hace 20 años. En una de ellas relata la historia de un romance entre dos hombres en la Corbeta Esmeralda, y en otra escribe sobre el día en que lo bajaron de un viaje a Arica por coincidir con el entonces Presidente Ricardo Lagos.

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El escritor Pedro Lemebel falleció un 13 de enero de 2015. Entre su larga trayectoria también tuvo un paso por The Clinic, marcado por crónicas y columnas que influyeron entre 2004 y 2006.

En esta publicación se repasan publicaciones que aún son parte del archivo de The Clinic. Partiendo por Noche Payasa, la que él mismo consideró la mejor que escribió en este medio.

Pedro Lemebel: Noche payasa en toque de queda

Esto le ocurrió a una loca patinadora, incansable en su búsqueda de cumbia cachera, a quien no le importaba el terrorífico toque de queda en algún septiembre de la patria ochentera. Esos septiembres de dictadura con tantas fechas y conmemoraciones y barricadas y el resplandor de la protesta en el cielo tenso de la represión. Pero a la loca nunca la intimidaron estas turbulencias políticas. Menos ese día en que juntando sus ahorros, salió a comprarse su par de soñadas zapatillas de marca que le costaron un ojo de la cara. Pero ese lujo se lo podía dar caminando bien cuica por Estación Central abajo, al borde de la hora de paralización nacional.

Una hora precisa para atrapar un macho errante con quien tener un refregón en algún sitio eriazo. Y anduvo elástica en sus zapatillas Adidas nuevitas, mientras la gente corría tomando la última micro que, con cueva, agarraban para irse al hogar. Ella andaba fresca en sus aladas Adidas, mientras la gente neurótica pasaba de prisa mirando la hora. Santiago se ponía brígido cuando las calles quedaban desiertas y lo único que zumbaba en la noche era el aullido policial alterando el pulso cardiaco de la urbe. En ese tiempo, algunas mariquillas hambrientas de culeo express, peinaban la ciudad crispada del toque de queda en busca de semen fresco. Y ese era el desafío, agarrar algo justo al borde del peligroso callejeo. Entonces la loca en sus flamantes Adidas, flotaba por Alameda poniente viendo que no pasaba nada, ni un alma se distinguía en el peludo silencio nocturno. Sólo a lo lejos, cerca de General Velásquez, se veían brillar las guirnaldas de ampolletas que anunciaban la presencia de los grandes circos, que siempre en esas fechas levantan sus carpas en el baldío de esa concurrida esquina. Y hacia allá se dirigió la loca atraída por el fulgor de los carteles. Y nada más encontró la infinita soledad cuando solo faltaban cinco minutos para el toque. ¿Tiene un cigarro?, la sobresaltó la voz gruesa de un cuidador del circo que vigilaba las carpas. Ufff, por fin algo, suspiró la loca con alivio. Y luego a la luz del fósforo vio el destello lujurioso en la mirada del macho man, que sin mediar conversa, la hizo pasar a la pequeña cabina de lona donde dormía en un catre de campaña. Allí no había nada más que esa cama plegable, y para qué más, pensó la loca desatando sus preciosas Adidas que las dejó con delicadeza en el suelo. Luego, se entregó a los fragores orangutanes del cuidador que se la comió viva ensartándola una y otra vez en su mástil cirquero. Aquella agitada contorsión sexual dejó agotado al potente hombre que al instante se quedó dormido a raja suelta roncando el relajo de la evacuación. Eso sería todo, se dijo la loca, bajándose silenciosamente del catre para buscar en la oscuridad sus flamantes zapatillas. Y buscó y buscó a tientas bajo la cama sin encontrar ni rastros del calzado. Entonces se dio cuenta, que la carpa quedaba corta y no llegaba al suelo, y desde afuera alguien las vio y solo tuvo que estirar la mano para cogerlas, mientras ellos estaban en la combustión sodomita.

Sin duda, era una tragedia haber perdido sus incomparables Adidas, pero era más terrible tener que irse en plena madrugada a pata pelá caminando por la noche negra del toque de queda. Algo habrá por aquí, pensó hurgueteando bajo la cama, algo que ponerme aunque sean chancletas viejas, entonces palpó algo parecido a unos zapatos, pero tan grandes. Y al sacarlos se encontró con un par de enormes zapatos de payaso. Bueno, y qué voy a hacer, se dijo calzándose las puntudas lanchas en sus patitas de reina. Con mucho cuidado, salió de allí, y arrastrando los pies, llegó hasta la entrada del circo donde se escondió unos minutos detrás de un cartel al escuchar el motor de una patrulla.

Cuando hubo retornado el silencio, corrió atravesando la Alameda provocando estampidos con sus gualetazos de tony. Ahí se detuvo detrás de un árbol esperando que se callaran los ecos de su carrera. Y así se fue la loca en la noche payasa, de árbol en árbol, corriendo y zapateando, escondiéndose y temblando, mientras cruzaba la ciudad sitiada con el corazón en la mano y el culo sucio goteando las calles fúnebres de la dictadura.

Pedro Lemebel: Sanhattan (O el vértigo arribista de soñarse en Nueva York)

Y si a esta ciudad le pusieron Santiago de Nueva Extremadura, y en aquel valle fértil del Mapocho se arrancho la casta mestiza que dio origen a sus habitantes paliduchos de pobreza, medio negros de hollín, paticortos y mechas de clavo por la aindiada herencia mapuche, más algunos castaños coleston y otros rubiecitos pituquines que jamás bajan de Santa María de Manquehue y la Dehesa.

Nunca han tomado una micro y menos se han subido al Metro para no pegarse la lepra asalariada. Total, en el sector alto de la ciudad lo tienen todo: sus cines, sus saunas, sus gimnasios, sus shoppings, sus universidades, sus centros comerciales.

Y aunque todo es tres veces más caro, el pirulaje engominado de Apoquindo arriba, adora este paisaje postizo donde los cucuruchos de vidrio y cemento parecen decir: I LOVE YOU SANHATTAN.

Seguramente algún cuico ocioso y tonto, como son casi todos los cuicos, se le ocurrió comparar esta nueva capital de cartón con la isla de Manhattan. Y en algo se parece, dijo un viejo firulí mirando en bata desde su balcón en Vitacura, la montonera de torres de espejos que surgen como callampas góticas transformando al chato Santiago en la metrópolis de Batman. Algo se asemeja a Nueva York. Y quizás, es la única forma de habitarlo complacido, encontrándole alguna similitud con algún lugar donde la burguesía quisiera haber nacido: Roma, Londres o París. Y en este caso es Nueva York, pero en realidad la concentración de boliches, pubs, discos y otras fondas sofisticadas para comer o tomarse un trago que se instalaron en la calle Suecia o El Bosque, no dan para comparar este sector con el Village, a la avenida de Las Américas, ni con ningún otro rincón bohemio de la Gran Manzana. Sobre todo por el tipo de público múltiple, de razas, de sexos; de atuendos, de status, coexistiendo en el mismo escenario. Este par de cuadras donde hace nata el riquerío y la farándula trepadora de la tele, resulta ser un territorio excluyente para quien no es de allí, y es humillante no tener las diez lucas del trago y pasar entre las mesas de la vereda donde se junta esa juventud aeróbica que luce su bronceado cochayuyo paltón. Pareciera que estos reductos nacieron para acoger a la nueva chilenidad cosmopolita que brinca de Miami-Santiago-Miami, como si jugara al luche.

La aburrida pedantería chilensis que baja de los autos dando portazos, arreglándose las mechas teñidas y desteñidas como guarén que se cayó al cloro. La clase vip santiaguina, eternamente lateada en su Liliput neoyorkino, discutiendo si esta noche van a cenar comida árabe, mexicana, cubana o tailandesa. Comentando de reojo la presencia en la mesa del lado de un figurín de teleserie. Y más allá, en un rincón (haciéndose los civiles), tres políticos de derecha se chupan la placa alabando el cebiche de pulpo, mientras planifican ingeniosas denuncias para que el gobierno de la Concertación se haga un nuevo harakiri dando disculpas. Afuera en la calle, un torbellino corporal se amasa hermanado por el tufo Givenchy, Armani o Paloma Pencaso de los perfumes chic, de las marcas top que distinguen los trapos con clase. Un bullicio ambiental cacarea en la noche del barrio alto, y sobresalen las risas destempladas, atragan: tadas por el tequila fachón que gorgorea en las copas. Casi en la esquina, un cuidador de autos bosteza profundamente, mirando con desgano la altura iluminada de los edificios, los salones, las suites y departamentos de lujo, que, silenciosamente vacíos, plantean una pregunta sobre el despegue urbano de este Santiago apadrinado por el lavado de dinero y el narcotráfico.

Un Sanhattan que más parece un reducto provinciano de este fin de mundo, un sureño rincón donde el arribismo rural pasea desfachatado mirándose en las vitrinas su hipócrita soberbia.

Pedro Lemebel: Una historia de amor en la Corbeta Esmeralda

Casi borrado por el humear heroico de la Esmeralda en el Combate Naval de Iquique, este suceso devela otras pasiones que navegaban a bordo del histórico buquecito. Y si no fuera por el informe entregado por Gualterio Lekie, el médico de la embarcación, nunca hubiéramos sabido que en 1873, seis años antes de la famosa gesta del 79, mientras la Esmeralda surcaba alta mar en las olas crespas del Pacífico ondulante, cuando la tripulación dormía a raja suelta en el vaivén de la marea, el guardiamarina segundo Carlos Elena no podía conciliar el sueño. Y entre más trataba de relajarse, más fuerte era la calentura que lo revolcaba en el camarote, pensando en el paje nuevo que había llegado esa semana. El bello José Mercedes Casanga, un jovenzuelo de nalgas apretadas por el pantalón blanco que usaban los aspirantes.

Desde que lo vio subir a bordo en Valparaíso, esas ganas de tenerlo en sus brazos no lo dejaban vivir, ni siquiera podía concentrarse en las órdenes que le daba el capitán Arturo Prat, también joven en ese entonces, pero envejecido prematuramente por la calvicie que ocultaba bajo la gorra. Así, Carlos Eledna lo olvidaba todo ante la presencia del paje, que le preguntaba mil veces lo mismo, poniéndole esas caritas de cordero huacho cuando él pasaba revista a la tropa de marinos formados en cubierta. Al parecer, el grupo se había dado cuenta del flechazo y también le hacía ojitos porque le gustaba sentirse empelotado por la mirada ardiente de Eledna, siguiéndolo, sapeándolo cuando el chico se desnudaba para acostarse. Tal pasión inconclusa era la tortura de Carlos, que, ahogándose de amor, salía a la cubierta desvelado para fumar un cigarrillo. Ya no le importaba el grumete anterior, con el cual había tenido un enlace secreto a través de varios viajes de la Esmeralda por el litoral central, pero era tan celoso, parecía una mujer enrostrándole cada trasnoche de farra en los puertos donde paraba el barco.
Este otro era diferente, parecía un huasito falto de cariño en su humildad de paje naval venido del campo. Esa noche, el viento esparcía una llovizna salada en la popa cuando descubrió la figura del joven flotando en la bruma. El cielo era un jirón de sargazos deshilachados que lo mantenían levitando, subiendo y bajando en ese coito estrellado de cielo y mar.

Un ojazo de luna plateó sus cabellos cuando Carlos se acercó a sus espaldas, cuando el paje sin dejar de mirar el horizonte, y ni siquiera girar la cabeza, le preguntó: ¿usted también sufre de insomnio?. Desde aquella noche en que pasó lo mejor y lo peor entre el paje y el guardiamarina segundo de la Corbeta Esmeralda, el navío fue el aposento nupcial donde la pareja de hombres dio rienda suelta al «amor que no se nombra». Cada noche, en cada amanecer, Carlos gateaba por la cubierta en busca de su pajecito, su José Mercedes, su guagüita naval, que lo esperaba donde mismo, en esa parte del barco a donde no llegaba la guardia.

En ese rincón oscuro, donde la bandera al viento era un telón protector. Ahí mismo, el marinero lo bienvenía con su aliento de fiebre sumergida. Y eran tan felices anudados, empalándose uno sobre otro, que olvidaban la patria naval en los espolonazos de las cachas espumantes.

Ni siquiera la luz sucia del amanecer los despertó esa mañana cuando los encontraron, semi desnudos, abrazados al pie del mástil donde flameaba el pabellón que los arropaba levemente con su sombra movediza. Aquel violento despertar con el chapuzón de agua fría que les tiraron encima, fue el inicio de una pesadilla para los amantes descubiertos en cubierta. Carlos sólo atinó a taparse las partes intimas con su guerrera, y el pequeño paje se enroscó en su desnudez como un caracol avergonzado que se protege ovillándose. Arriba, el círculo de capitanes los miraba con asco cuando Arturo Prat dio la orden de encarcelarlos separados para organizar el juicio. El tribunal estaría compuesto por el alto mando de la corbeta formado por: Luis Lynch, Arturo Prat, Carlos Moraga, Miguel Gaona, Enrique Gutiérrez y el médico Gualterio Lekie, encargado del peritaje de los órganos sexuales de los acusados. El hallazgo de semen fresco y pequeñas lesiones en el ano de los inculpados fueron pruebas suficientes para condenarlos por el pecado nefando, o crimen sodomita, como se llamaba en esa época al amor entre hombres. La sentencia dictaminaba diez años de cárcel para ambos en un presidio de Valparaíso, además de sesenta azotes a espalda descubierta en presencia de toda la tripulación.

La mañana era fría cuando Carlos y José Mercedes se volvieron a encontrar en cubierta para recibir el castigo. Los dos fueron amarrados al palo mayor y de un violento tirón les arrancaron las camisas.
Apenas alcanzaron a mirarse, cuando el chicotazo del látigo les rajó la espalda con su caricia quemante. La huasca del verdugo les abría la piel una y otra vez, uniéndolos en el mismo ardor, en el mismo prohibido amor, que en ese altar flotante de la patria pagaba su delito. El joven paje sólo resistió cincuenta azotes antes de desmayarse, vomitando hiel por la boca. Después, fueron encarcelados hasta que la Esmeralda llegó a Valparaíso, donde fueron conducidos al penal para cumplir el resto de la pena.

Hasta ahí la mano temblorosa del médico deja constancia del hecho por escrito. El resto nadie lo sabe. Pudo ocurrir que, después de los diez años de condena, Carlos Eledna y José Mercedes Casanga se encontraran nuevamente libres frente al mar. Cuando ya no quedaban testigos de aquel juicio, porque Prat y toda la tripulación de la Esmeralda se habían inmolado seis años antes, el 21 de Mayo de 1879 en las rojas aguas del Combate Naval de Iquique. Y ellos, la pareja de amantes humillados, se perdieron la oportunidad de inscribirse como héroes en las páginas de la patria, pero ganaron algunas borrosas líneas en la oculta bitácora de la historia homosexual.

Pedro Lemebel: Que no se cruce con el Presidente

Fue hace unos meses que recibi una lamada de invitación a la ciudad de Arica, era un proyecto gubernamental para expandir la cultura más allá del protagonismo asfixiado de Santiago. Y como el norte le lleva metáfora andina, y como en el norte me tratan tan bien, y como en el norte tengo tantos amigos y paro las patas zandungueando las noches altiplánicas, dije que sí, que claro, que podía viajar a la eterna primavera a ventear mis letras un poco deprimidas por el esmog capitalino. Y me hice la idea de portarme bien, más bien, de hacerme la señora literata y que nadie saliera pelando y diciendo: quién invitó a este tipo. Porque en estos tiempos del desparpajo televisivo, queda tan poco que aclarar, y el último mariconazo light de la pantalla va tapando la ardua memoria de las locas que le dimos aire al tema. Pero, en fin, si te quedas callado, te ponen un biombo y que pase el que sigue, aunque sea el facho más sangriento disfrazado de tolerante. Pero es Chile, y la democracia lo maquilló así, un paisito donde la risa abunda en la jeta tonta de la farándula y sus comentaristas de hocico con hongos. Es Chile, y uno si no está contento, por lo menos tiene el derecho constitucional de opinar…, digo yo. Y así, me hice la idea de pasar unos días revolcándome en las playas ariqueñas, sólo por el pasaje y la estadía, qué más, el resto dar mi conferencia en una universidad para la pendejada anarca que lee estos emplumados garabatos. Solo faltaban unos días para iniciar el viaje, en la mochila había puesto mis pilchas más livianas; seda, tules, gasas y una sombrilla de broderí (una monada, dijo la cuica) para proteger del sol mi cutis de rinoceronte. Además, como al descuido, por si acaso, deé caer entre la ropa, un traje de baño Belle Epoque, de una pieza, que me cubre las tetas y la guata peluda. Espléndida me vería, paseándome bajo el Morro, tarareando un valsecito peruano. Hice régimen, la dieta del alcatraz, por la boca y por…

Me preparé como una novia tonta y recatada, de esas que están tan de moda en el conservador glamoreo chilensis. Guardé celibato por si acaso, para estar más estrecha de puente (dijo la lola). Imaginé el sol agónico en la tarde playera, y mis pies desnudos esperando la suave marea. Todo esto en pleno invierno, cuando arreciaba la tormenta y el tufo polar me hacía dar diente con diente. Pero faltaba poco, apenas unos días para huir de esta nevera. Entonces suena el teléfono, y escucho el tono funcionario de la mujer encargada del proyecto. Con Pedro, por favor, dice la patuda. ¿De parte de quién?, le contesto imitando la voz de una platinada secretaria. Del proyecto Expandir la Cultura, estoy llamando por la invitación a Arica que se le hizo al señor Lemebel. ¿Me puede comunicar? Un momento,
agrego fingiendo caminar con altos tacos: señor Lemebel, lo llaman por un viaje a Arica. Páseme el llamado, Erika, digo yo, hundida en imaginarios plumones de leopardo con un mulato, también imaginario, abanicándome la espalda. Alo, señor Lemebel, lo llamo por la invitación a Arica, hay algunos cambios. ¿Cuáles?, contesto malhumorado. Sabe que cambiamos la fecha de su presentación. ¿Por qué? Hay algunas coincidencias de actividades… y en realidad lo postergamos para una semana después. ¿Y cuál es el motivo? Heee… hay otro acto y, usted sabe, el público por acá es el mismo. Pero a mí me avisaron con meses de anticipación, sea más clara por favor, casi le ladro a la mujer. Este, fíjese don Pedro, que el Presidente viene en esa misma fecha a Arica. ¿Y qué tiene que ver?, la interrogo con sorpresa. Ay, no sé cómo decirle… ella titubea. Creemos que puede haber algún malentendido… alguna declaración suya… ¿Quién cree eso?, usted o quiénes. Bueno… don Pedro, usted ha opinado sobre Bolivia y Perú… y …. estando el Presidente Lagos por acá, tartamudea ella complicada. ¿O sea que yo no puedo estar en la misma ciudad con el Presidente? Según creo yo también soy chileno y libre de recorrer el país como se me antoje. Además, para que usted sepa, yo también ayudé a construir esta democracia. Soy un escritor y un sujeto que hace cultura, y ustedes (no sé quiénes) no me pueden humillar así.

Lo siento, don Pedro, pero yo recibo indicaciones, y su presentación no puede coincidir con la presencia del Presidente. Ni que yo fuera el Guatón Romo, estúpida, le grito a la poblre mujer que, con nerviosismo, trata de tranquilizarme. Pero no puedo calmarme frente a una situación tan grosera, y se agolpan en mi cabeza todas las exclusiones que he pasado en mi vida. Ahí cobran sentido las palabras del opinarista Julio César, a quien me lo encontré el otro día y me informó que yo estaba vetado en Canal Nacional.
Me dijo que él había tratado de invitarme a varios programas y de “arriba” le habían dicho que no. También Carcavilla me dijo lo mismo hace un tiempo con respecto a Chilevisión, donde están Guillier y Termómetro Núñez. Es que no lo puedo creer. Otra vez las listas negras en la pantalla. Si yo quiero o no quiero comparecer en el microondas de la tontera, es mi derecho negarme a la tele… pero de allí a que se me censure de antemano, no puede ser. Me niego con rabia a estar vetado ahora en lo que llaman demos-gracia. Seguramente estas sanciones, responden a mi discurso izquierdilla, anarco y lenguaraz. No voy a tratar de pasar por una alondra tímida e ingenua. Algunas cosas he dicho y escrito que provocan alergia en algún funcionario gris que desde su burocrático escritorio protege su pega y se aterra sólo con la idea de que me cruce con el Presidente. En fin, por supuesto que no fui a Arica, y quienes pensaron encontrarse conmigo en esas arenas de soleado vaivén, se quedaron esperándome. Lo siento por ellos, mis queridos amigos y lectores.
También por la ilusión del carrete dionisíaco y cultural que tuve que guardar junto a mi traje de baño Belle Epoque, la sombrilla de encaje y la docena de condones floreados que tristemente se apolillaron en mi velador.

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