La inquebrantable conexión de Marco y Margarita: la historia de la cuidadora del joven tetrapléjico de La Pintana que fue desconectado por su madre
La noticia de la muerte de Marco Cantillana Paillao, un joven tetrapléjico y oxígeno dependiente que fue desconectado por su madre, abrió el debate sobre la eutanasia y el derecho a una muerte digna. Lo cierto es que el hecho estuvo lejos de una motivación altruista y fue la cruel resolución de una relación madre-hijo marcada por el abandono. ¿Qué elementos llevaron a una madre a deshacerse de su hijo? Aquí la historia de un joven de La Pintana, que quedó inmovilizado tras una balacera, y también la de Margarita Marchant, su cuidadora que lo conoció en la sala de rehabilitación de un hospital y que desde entonces evidenció los deseos de vivir de Marco.
Sigue a The Clinic en Google News Por Sebastián Palma 25 de Enero de 2025
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En febrero del 2021, los médicos del hospital Padre Hurtado de San Ramón no lograban identificar qué padecimiento afectaba los pulmones de Margarita Marchant. En ese tiempo supusieron, por intuición y protocolo, que se trataba de Covid-19, que a esa altura ya había matado a casi 20.000 personas en Chile. El examen para comprobarlo no debía tomar mucho tiempo, pero la sala de urgencia llena de enfermos y las conocidas dificultades del sistema de salud público hicieron que se tardaran semanas.
La mujer llevaba 14 días hospitalizada sin saber qué tenía. Estaba aislada, en una burbuja sanitaria. Ya se estaba sintiendo mejor cuando distintos especialistas le informaron que lo que tenía no era Covid, sino algo más grave. Margarita tenía insuficiencia cardíaca con hipertensión pulmonar, un padecimiento que nunca antes había escuchado.
Luego del diagnóstico, Margarita fue trasladada de sala. La llevaron a una habitación para enfermos con problemas severos en la respiración. Junto a ella había un hombre mayor, quien tenía fibrosis pulmonar y que estaba conectado a un ruidoso ventilador. En otra cama de la sala estaba Marco Cantillana, un joven tetrapléjico de, en ese entonces, 24 años, que además de no poder mover su cuerpo desde el cuello hacia abajo, también vivía gracias a un respirador.
Ella se convirtió en la tercera persona en esa sala. También conectada a un tanque para poder respirar. Los primeros minutos de Margarita en ese nuevo contexto fueron reflexivos y silentes. Pensaba en su padecimiento y en sus compañeros de cuarto. Aun así, no se animaba a hablar. El sonido de las máquinas respiradoras funcionando era lo único que llenaba el espacio.
Carlos, el señor mayor, rompió el hielo como lo suelen romper las personas de mayor edad. Empezó a hablar de los hitos de su vida, de su juventud. Margarita lo escuchaba, pero en su cabeza rondaba más la figura de Marco. ¿Cómo un joven pudo haber terminado así? ¿Qué tendrá este niñito que no habla y solo mira?, se preguntó. Pese a sus intenciones, ese primer día no se dirigieron la palabra, ni siquiera se dijeron buenas noches antes de dormir.
A la mañana siguiente el ánimo cambió. Cuando Margarita despertó, notó que Marco la observaba.
–Señora, ¿me puede dar un vaso de agua? –le preguntó el joven.
–Yo no soy nada de señora. No me digas señora, me llamo Margarita –le respondió con humor la mujer.
Ella se levantó y le dio de beber. Más tarde le dio un yogur. Con los días comenzó a darle comida. Marco no quería que se la sirvieran las enfermeras y Margarita asumió un rol de cuidadora. Le contestaba el teléfono, le ayudaba a escribir chats, le bromeaba haciéndole el “avioncito” con la cuchara.
Durante los primeros días que estuvieron juntos, Marco no recibió visitas. Al quinto día apareció una mujer con toallas limpias. Margarita recuerda que no estuvo más de cinco minutos, le dio un beso y se fue.
“Le pregunté a Marco si esa era su mamá. Me dijo que sí, que se había tenido que ir rápido, que ella era así”, recuerda Margarita.
El acompañamiento entre Marco y Margarita pasó de la alimentación a conversaciones profundas. El joven comenzó a desahogarse. Le contó que llevaba más de dos años viviendo en distintos hospitales del sector sur. También le habló sobre la distante relación con su mamá, Sonia Paillao.
“No la volví a ver en el hospital. Él me empezó a contar lo que había vivido, que sufrió toda su niñez porque su madre era alcohólica, que los dejaba botados con sus hermanos. Al Marco lo crió su abuelita mientras ella salía a carretear. Eso me contaba, pero también cosas lindas: que le gustaba elevar volantín, jugar a las bolitas, cosas así”.
La contención no fue unidireccional. No existe una alianza más poderosa que la que se entabla entre personas que, por alguna razón, conviven alrededor de la muerte. Una noche, Margarita decidió googlear sobre su enfermedad. El buscador arrojó portales que la alarmaron: vio que su expectativa de vida era reducida, que tendría que usar un respirador varias horas al día durante toda su vida. Se deprimió y, angustiada, se puso a llorar.
“Una, por curiosa, se pone a ver el Google y esa cosa te dice que tu vida va a durar tantos años. Yo tenía 37 allí y me angustié. El Marco lo notó y me dijo: ‘Margarita, mírame a mí como estoy y yo no me echo a morir. Batallo todos los días la vida. Mírame como estoy y no tengo ganas de morirme. Tienes que luchar’”.
Esa conversación quedó grabada en Margarita, pero el tiempo y las circunstancias no perdonan. A casi cuatro años de aquel momento, Marco, el tetrapléjico que quería vivir, murió. Su madre, Sonia Paillao, está en prisión preventiva acusada de parricidio tras desconectarlo.

“Yo era sus manos, sus pies”
Margarita estuvo poco más de una semana en la misma habitación que Marco. Tras recibir el alta, la enviaron con un respirador mecánico a su casa en la población El Castillo, en La Pintana. Antes de irse, le pidió su número de teléfono al joven, y se mantuvieron en contacto gracias a las enfermeras que lo asistían con el aparato.
“Nos llamábamos, empezamos a conversar todo el día. Las enfermeras nos ayudaban, yo les pedía que me lo cuidaran bien. Comencé a visitarlo, y le gustaba mucho que le llevara churrascos. Me autorizaron visitas diarias. Él me decía que quería salir, que quería ir al río”, recuerda Margarita.
Marco había tenido una infancia complicada, atravesó distintos procesos judiciales siendo menor y mayor de edad. El 2016 fue condenado por hurto y el 2017 atravesó dos procesos por porte de arma cortopunzante. El año 2019 enfrentó otro proceso, esta vez como víctima cuando dos jóvenes de La Pintana lo balearon impactando los disparos en su espalda y en la pierna.
Según detalla la epicrisis por esa agresión, Marco fue trasladado al Hospital el Pino el 11 de diciembre del 2018. El doctor indicó que debido “al trauma por arma de fuego se evidencia fractura conminuta del arco posterior izquierdo y proceso espinoso de C3”. Las lesiones dañaron severamente la médula del jóven lo que desencadenó en una tetraplejía.
A Margarita le costó creer que ese jóven de aspecto tierno e indefenso había protagonizado hechos delictivos de esa envergadura. Sin embargo los hechos eran hechos, pero a ella no le importaron. Estaba decidida a cumplir el deseo de Marco y sacarlo del hospital. Se obsesionó con la idea. Para lograrlo, necesitaban adquirir un respirador mecánico. Rifó una estufa, vendiendo números a $5 mil entre sus familiares y vecinos, y logró reunir cerca de medio millón de pesos. Ese monto, sumado a otros aportes, permitió finalmente comprar el equipo.
Cuando Marco salió del hospital, volvió a vivir con su madre en la población Raúl del Campo, también en La Pintana. Margarita lo visitaba todos los días. “Yo lo bañaba, le daba sus cosas. Hacía todo, junto a un amigo de él que me ayudaba a vestirlo”, recuerda.
El 9 de febrero de 2023, la madre de Marco fue enviada a prisión preventiva por el cultivo de 30 plantas de marihuana. El hecho desestabilizó la rutina del hogar. Marco no podía quedarse solo, y sus dos hermanos menores tampoco.
Margarita decidió actuar. Dejó su casa en El Castillo y se mudó a la casa de Raúl del Campo para cuidar de Marco y sus hermanos. Asumió el rol de proveedora, financiando los gastos del hogar con lo que ganaba vendiendo abarrotes en la feria. Además, gestionó ayudas sociales para Marco, quien a través de un programa municipal recibió ese año un cojín antiescaras, pañales, un catre clínico y un enema, según un informe de la Municipalidad de La Pintana.
“Cuando ella cayó detenida, le cuidé a sus propios hijos. Nunca me lo agradeció, pero no me importó, lo hacía de corazón. Eso le decía a Marco: ‘No necesitamos a nadie, solo tú, yo y los que quieran estar contigo’”, recuerda Margarita.
En esa convivencia, el vínculo entre ambos se hizo más profundo. Marco comenzó a ver a Margarita como una figura materna. “Me empezó a decir mamá, mamita. Yo le decía mi chanchito. Siempre nos tratamos con cariño y amor. Yo era sus manos, sus pies, su todo. Él me contaba sus historias una y otra vez. Yo ya me las sabía de memoria, pero siempre me hacía la sorprendida”, relata.

Desde la cárcel, Sonia, la madre de Marco, intentó diversas estrategias para esperar su juicio en libertad. En abril de 2023 presentó una apelación, en la que asumió el cultivo de marihuana y argumentó que era para preparar infusiones y pomadas para el cuidado de su hijo tetrapléjico. En su declaración también reconoció a Margarita como la principal cuidadora de Marco y de sus otros hijos. Su abogado señaló que “se ha trasladado a residir en la propiedad de la imputada, con el propósito de cuidar especialmente a Marco, quien permanece postrado con ventilador mecánico”.
Sonia finalmente recuperó su libertad en mayo de 2023 y regresó a su hogar, lo que permitió que Margarita volviera a El Castillo. Aun así, la estabilidad no duró mucho. En octubre del 2023 Marco cayó hospitalizado tras consumir una cantidad indeterminada de pastillas para dormir, las que le fueron proveídas en su casa.
“Yo estaba trabajando en la feria y esta tonta (Sonia), me llama y me dice ‘el Marco está todo intoxicado en pastillas. Yo no estoy ni ahí con hacer nada con él’. Pesqué un auto y llamé a la ambulancia, me lo llevé al consultorio. Allí le hicieron un lavado estomacal. Ese mismo día tomé la decisión de llevármelo a mi casa”.
Marco, uno más del club de los Ñoños de La Pintana
En la población El Castillo, la familia Marchant era conocida como “Los Ñoños”, un apodo que surgió porque así llamaban al abuelo de Margarita. En la sencilla casa donde vivían los hermanos y sobrinos de Margarita, desocuparon una pieza para recibir a Marco. Allí se quedó varios meses, convirtiéndose en un integrante más de la familia.
“Él era uno más de los Ñoños. Acá nunca tuvimos problemas para recibirlo. A un hermano lo tiramos para atrás (…) todos le dimos cariño. En Navidad celebrábamos en su pieza porque él no se podía levantar, pero poníamos la mesa al lado de él”, comenta Robinson Marchant, hermano de Margarita.
Marco permaneció en El Castillo hasta mediados de 2024, cuando tuvo que regresar momentáneamente a la casa de su madre porque Margarita fue hospitalizada debido a sus problemas de salud. “Yo sabía cómo era ella. Pero mi cuerpo no daba más. Además, tengo un tumor de 18 centímetros en el estómago, tenía hemorragias y apenas podía verlo. Lo bañaba como podía (…) se lo fui a dejar a su mamá, y me hospitalizaron. Me operaron el 24 de julio de 2024. Estuve una semana en la UTI y luego me trasladaron a una sala común. Salí del hospital a fines de agosto”, recuerda Margarita.
Al salir del hospital, Marco regresó a la casa de El Castillo. A fines de diciembre de ese año, pasaron las últimas fiestas juntos. Margarita no estaba bien y debía someterse a una nueva cirugía, por lo que coordinó otra vez la estadía de Marco en la casa de su madre. El plan era que estuviera solo unos días.
“Yo se lo llevé con confianza, pero hasta ahí llegó nuestra historia”, recuerda Margarita.
“Quiero que se muera”
Para poder operarse con tranquilidad, Margarita decidió trasladar a Marco a la casa de su madre el jueves 16 de enero. Gestionó una ambulancia a través de la Municipalidad, y llegaron a la casa alrededor de las 17:00 horas, confiando en que Sonia estaría allí como había prometido.
Mientras esperaba a que llegara, Margarita le explicó a Marco cada uno de los medicamentos que debía tomar y repasó el funcionamiento de la máquina respiradora para que él pudiera transmitirle las instrucciones a su madre. Sin embargo, pasaron más de dos horas sin señales de Sonia. Según Margarita, la mujer le escribió por WhatsApp diciendo que estaba comprando pan y que regresaba pronto. Confiada en esa respuesta, Margarita decidió volver a su casa en El Castillo, donde se acostó temprano para prepararse para el día siguiente, ya que debía levantarse temprano a vender sus productos en la feria. De lo que sucedió después, no supo más.
Lo cierto es que Sonia no estaba comprando pan. Pasó la tarde bebiendo con un hombre venezolano que había conocido por Facebook. Cerca de las 22:00 horas, llegó a la casa acompañada de él. Más tarde, este hombre, identificado como L.S.B., declararía que era la primera vez que se veían en persona. “Vi que estaba pasada de copas, no ebria, pero sí había bebido alcohol. Caminamos hasta su domicilio y, durante el trayecto, me comentó que había llegado su hijo, quien estaba postrado en cama”.
En ese mismo momento, un hombre en situación de calle, identificado como J.R.R., que suele dormir en una plaza cercana, vio a Sonia llegar junto al desconocido. Según su testimonio, Sonia lloraba, y el hombre intentaba consolarla. J.R.R, quien conocía a Sonia y a Marco desde hace años, se acercó para preguntar qué le ocurría. “Me dijo: ‘Estoy cansada, no doy más. No soy capaz de seguir cuidándolo, quiero que descanse. Estoy aburrida de cuidarlo porque no puedo hacer mi vida tranquila’”, relató.
Poco después, Sonia entró sola a la casa mientras el hombre en situación de calle y el venezolano se quedaron en la plaza. Según J.R.R., observó cómo Sonia abrió el ventanal de la habitación de Marco, quien yacía en su cama debido a su condición. La mujer se acercó, le dio un beso en la frente y luego se recostó sobre su pecho mientras lloraba. Después, manipuló las máquinas que ayudaban a Marco a respirar, lo que activó una alarma. Tras esto, Sonia salió al antejardín y se sentó en el suelo llorando.
J.R.R. notó que Marco estaba convulsionando y trató de entrar por el ventanal para ayudarlo, pero Sonia lo sacó violentamente de la casa. “Me agarró de la polera, me empujó hacia afuera y me dio un golpe en la espalda. Me dijo: ‘No entres’”, declaró más tarde.
Al no poder intervenir, J.R.R. salió a buscar ayuda entre los vecinos, mientras el ciudadano venezolano permanecía cerca. Según el testimonio de quien hace minutos había sido la cita de Sonia, él escuchó a la mujer gritar: “¡Estoy cansada, no te quiero tener aquí! ¡No te quiero cuidar más!”. A través de la ventana, aseguró haber visto cómo Sonia golpeaba a Marco repetidamente y con rabia.
El ciudadano venezolano pidió ayuda a una vecina, quien llamó a Carabineros. Él mismo intentó entrar por la ventana para contener a Sonia y ayudar a Marco, pero la mujer se resistía, entrando y saliendo de la habitación mientras gritaba: “¡Estoy cansada, quiero que te mueras, no te quiero cuidar más!”.
Cuando J.R.R., el hombre en situación de calle regresó, Marco continuaba convulsionando. Otros vecinos llegaron al lugar, y llamaron a una ambulancia. Marco estuvo desconectado de su máquina respiradora durante aproximadamente 40 minutos.
Finalmente, llegó sin vida al Hospital Padre Hurtado, el mismo lugar donde, años antes, había conocido a Margarita. El mismo lugar donde le había dicho que no había que echarse a morir.

La declaración clave de Margarita
Cuando Margarita se despertó la mañana del viernes 17 de enero en su casa de El Castillo y revisó su celular, lo primero que encontró fueron dos mensajes de audio enviados desde el teléfono de Marco. Ambos llegaron a las 23:34, en medio del caos que los vecinos y testigos describieron.
Los mensajes no habían sido enviados por Marco, sino por Sonia. El primero duraba 11 segundos y decía:
“Oye, desconecté al Marco. Dime cómo chucha tengo que hacerlo, porque yo no estoy capacitada para cuidarlo. ¿Sabís qué? Yo ahora me voy a ir, me voy a arrancar”.
El segundo, de 22 segundos, decía lo siguiente:
“Contesta. Yo no estoy capacitada para cuidar al Marco. Yo lo voy a matarlo, deja de hueviarme, tú sabes que yo estoy enferma. Háblale al papá del Marco, que haga alguna hueá porque no he podido hablarle, hueón. Contesta, concha de tu madre”.
En ambos mensajes, Sonia lloraba. Detrás de su voz se oían pitidos y el sonido de la máquina de respiración. Margarita reconoció de inmediato las alertas por problemas en el flujo de aire, ya que ella utiliza el mismo tipo de respirador.
“En el momento en que me mandó los mensajes, lo estaba matando. Ella hablaba y la máquina sonaba atrás: ‘Pii, pii, pii’. Ese sonido lo conocía bien: era la alarma de que Marco estaba ahogado, desconectado. Ahí supe que me lo estaba matando”, relata Margarita.
Alarmada, Margarita se dirigió al Hospital Padre Hurtado, donde le informaron que Marco había fallecido la noche anterior. No le permitieron despedirse, ya que el deceso había ocurrido hace muchas horas. En el hospital catalogaron la causa de muerte como indeterminada en estudio y el doctor no tenía motivos para pensar que no se trataba de una muerte natural. Pero Margarita sabía que eso no era cierto. En su teléfono tenía la confesión de un crimen: no era su palabra contra la de alguien más, era la propia voz de Sonia diciendo que mataría a su hijo.
En medio del desconcierto por la pérdida, Margarita intentó organizar sus pensamientos. Fue a la casa de la población Raúl del Campo. Allí estaba Sonia y varios policías que recorrían el hogar. Margarita se acercó a uno de ellos y le entregó los audios.
“Llegamos allá y les mostré los mensajes. Los policías los escucharon, y después de eso la esposaron, le leyeron sus derechos. Me llevaron a la Fiscalía a declarar. Desde entonces no he sabido nada más de ella”, recuerda.
La noticia de la desconexión se viralizó rápidamente. Los titulares que hablaban de una madre desconectando a su hijo tetrapléjico desataron un intenso debate sobre la eutanasia y el derecho a una vida digna, un tema que actualmente se tramita en la comisión de salud del Senado y cuenta con suma urgencia por parte del Gobierno.
En redes sociales, las opiniones se dividieron, aunque un amplio sector empatizó con Sonia. “Estar conectada a una máquina no es vida. Toda la fuerza a esa madre, lo hizo porque el hijo no tenía futuro alguno”, comentó una usuaria en X.
“Yo también prefiero irme en cana antes de que mi hijo pase una vida tan de mierda”, añadió otro.
“Quería una vida digna para su hijo. No es pecado. El amor hace cosas que no comprendemos”, opinó un tercero.
El caso incluso escaló al gobierno. La ministra de Desarrollo Social y Familia, Javiera Toro, señaló:
“Es una tragedia terrible y dolorosa que evidencia la necesidad de, como Estado, sostener los cuidados. La justicia hará su trabajo y establecerá las medidas correspondientes. Este caso nos grita que no podemos mirar hacia otro lado. Debemos actuar en dos frentes: dar mayor dignidad y proteger las vidas de quienes requieren cuidados, y también generar las condiciones para que cuidar no sea una carga en solitario”.
El sábado 18 de enero, dos días después de desconectar a su hijo, Sonia Paillao fue formalizada por la Fiscalía, que la acusó de parricidio. La fiscal de flagrancia Paulina Sepúlveda intuyó que la estrategia de la defensa se podría centrar en darle un tono altruista a la desconexión. Por lo mismo convocó a una reunión de preparación con otros abogados de la Fiscalía Metropolitana Sur.
En la audiencia, luego de narrar los hechos, leer las declaraciones de testigos y los mensajes enviados por Sonia a Margarita, la abogada argumentó en el tribunal: “No estamos frente a un acto compasivo ni a una eutanasia activa, sino a un hecho doloso. La imputada manifestó que su hijo era una molestia para ella, que no quería cuidarlo, que deseaba que muriera. Marco murió asfixiado por falta de aire”.
Sonia Paillao finalmente quedó en prisión preventiva en la cárcel de San Miguel. El juez fijó un plazo de 180 días para la investigación. “Si bien esta causa está en período de investigación, con la información objetiva que entregamos, como Fiscalía, concluimos que la conducta de la imputada se apartaba bastante de un actuar por un buen morir de su hijo”, comentó la Fiscal Sepúlveda a The Clinic.
La fiscal, además, indicó que pese a la existencia de proyectos de Ley la eutanasia no es legal y, aunque así lo fuese, sobre ésta se ha estimado internacionalmente que, “debe ser expresamente solicitada con el consentimiento de la víctima(…) y practicada por un profesional médico justamente para evitar lo que aquí ocurrió”, expresó.
Según los antecedentes recopilados por la Fiscalía Marco se asfixió entre 30 y 45 minutos antes de morir.
La despedida de Margarita
Tras la muerte de Marco, Margarita no ha asistido a sus controles médicos, presume que no se podrá operar a la brevedad. En su casa en El Castillo, acompañada de sus hermanos, ha pasado los días preguntándose por qué Sonia desconectó a Marco si es que solo tenía que cuidarlo por un tiempo hasta que ella se sintiera mejor.
Dice que ahora le importa poco controlarse. También recuerda a menudo que poco después de conocer a Marco, cuando ambos estaban en el hospital, hicieron un pacto. El primero que se muriera se “llevaría al otro”. En su casa, su hermano Robinson Marchant intenta consolarla.
“Él está descansando. Él llegó antes nomás a donde tenía que ir”, le dice.
Mirando a su hermano, Margarita no encuentra las respuestas que busca. “No entiendo por qué su mamá me dijo ‘tráelo’, por qué no me dijo desde un principio que no lo quería recibir. Yo no lo hubiese llevado y el estaría acá conmigo”.




