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Las cenizas que siguen en Viña a un año del megaincendio: la familia que vive sin techo y la historia detrás de un cuerpo identificado tras diez meses

A un año del incendio que arrasó Viña del Mar, cientos de familias siguen esperando soluciones. En El Olivar y Villa Independencia, muchos aún viven en mediaguas o carpas, mientras las promesas se diluyen. Aquí la historia de una familia que aún vive sin techo y de un fallecido que murió aferrado a sus mascotas y que estuvo casi un año sin ser identificado.

Por 1 de Febrero de 2025
Incendio Viña del Mar
Incendio Viña del Mar
El Olivar después del incendio. Viña del Mar, 04 de febrero de 2024 / Foto: The Clinic (imagen referencial)
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El pasado 28 de enero del 2025, hace menos de una semana, hubo un incendio en la Villa Independencia que culminó en desgracia. Una mujer de 69 años murió entre las llamas y su hijo, de 30 años, resultó con quemaduras.

En la tragedia se quemaron dos casas: un hogar vecino en construcción y la vivienda de la adulta mayor, que correspondía a una mediagua de emergencia entregada por el Servicio de Vivienda y Urbanización (Serviu).

La mujer no logró escapar del fuego. Esta era su segunda oportunidad, ella misma había logrado arrancar de su casa el pasado 2 de febrero de 2024, cuando el megaincendio arrasó con los cerros de Viña del Mar. A un año del acontecimiento, los vecinos nuevamente abrieron un trauma que está lejos de cerrar.

Las grises cenizas siguen estando presentes en Viña del Mar, donde hace un año murieron 136 personas producto de las llamas.

Para llegar a El Olivar y a Villa Independencia desde el centro de la ciudad hay que tomar la micro 611. Su constancia es terrible, pues el gentío acumulado en el paradero puede estar hasta una hora esperando a que pase la locomoción.

Al llegar, las postales conservan los estragos del incendio. Los cerros que pertenecen al Parque Jardín Botánico y que colindan con El Olivar y la Villa Independencia mantienen el polvo negro y los árboles quemados.

En donde hubo casas, solo quedan cimientos, las baldosas que embellecieron los hogares y las rejas que no delimitan nada. Trozos de fierro corroídos que se resisten como vaga esperanza de que sus familias vuelvan a habitar sus terrenos.

La muerte de la adulta mayor caló hondo en el miedo de los viñamarinos. Desde las primeras señales de humo la desesperación reinó en los habitantes. Muchos se empezaron a llamar entre ellos, preocupados, y otros marcaron rápidamente a los bomberos.

Las sirenas se comenzaron a escuchar a los pocos minutos, lo que avivó las impaciencias. Con la llegada del verano, el temor a un nuevo incendio se incrementa en los habitantes del Gran Valparaíso, la conurbación que abraza a el puerto, Viña del Mar, Quilpué y las comunas colindantes. La tradición anual e ininterrumpida ha sido que al menos una quema devaste grandes cantidades de hectáreas de maleza, árboles y familias.

Villa Independencia después del incendio. Viña del Mar, 04 de febrero de 2024. Foto: Felipe Figueroa / The Clinic

La noticia se expandió rápidamente por los cerros que recorre la micro 611. En el trayecto, se divisan las caras de una angustia reprimida, las penas y los recuerdos de un momento que marcó un antes y un después para las casi 1.100 familias que lo perdieron todo.

También, explotaron en rabia, y las críticas hacia los lentos avances del Gobierno central y la entidad municipal de Viña del Mar volvieron a ser un tema a discutir.

Cuando Viña del Mar se quemaba, el Presidente Gabriel Boric le prometió a sus habitantes que estos no serían abandonados. Un año después, muchos recuerdan en su soledad los ecos de una promesa que a su juicio está incumplida.

A día de hoy, pocas familias han sido beneficiadas con soluciones habitacionales, y cuando la pauta mediática recordó los estragos del incendio, las autoridades recién se comenzaron a mover con la rapidez que exigían los habitantes. Sin embargo, los lugareños de El Olivar y la Villa Independencia han perdido la esperanza.

El incendio en la familia de la carpa

Daniel Jorquera y Claudia Vilches figuran entre quienes han optado por no escuchar más las palabras de las autoridades. Junto a sus cuatro hijos, han intentado superar lo que perdieron en la catástrofe apoyándose mutuamente. También, han recibido ayuda de particulares y vecinos del sector.

Se trata de una familia que vivió en una carpa durante meses y que hoy en día habitan los escombros de lo que alguna vez fue el hogar de sus sueños. En su casa solo quedaron los cimientos, el suelo es de tierra y el techo está cubierto por un plástico negro que evita que entre el calor. Sin embargo, el frío, la humedad y la tristeza no han podido ser erradicadas de sus vidas.

Llegar a la casa de la familia Jorquera-Vilches es como atravesar un laberinto. Para encontrarla hay que enmarcarse por Parinacota, una calle que apunta directamente a los cerros donde alguna vez hubo vida. Caminar por la vereda se asimila a penetrar en las consecuencias de un bombardeo. De lo que alguna vez fueron casas y jardines solo quedan los cimientos, los pedazos de cemento y las baldosas que ornamentaban. 

Hay una particularidad: las rejas siguen donde mismo. Quemadas, oxidadas, pero firmes. Estos trozos de metal se resisten a caer, como si de alguna forma hicieran la guardia, seguridad y cuidado a quienes habitaron el hogar que yace inexistente.

Incendio
Casa de la familia Jorquera-Vilches / Cortesía de Claudia Vilches

El Olivar es un sector de muchas quebradas. Son parte del ecosistema social de una población nacida durante los últimos años de la dictadura de Augusto Pinochet. Gran parte de los habitantes recuerdan su inauguración, cuando el ex general llegó en un helicóptero, escoltado por militares y con la parafernalia televisiva. Su creación se remonta a una solución para los funcionarios públicos.

Encontrar casas ocultas entre los relieves es algo muy común. Unas están arriba, otras muy abajo y muchas no se ven a simple vista. Entre esos escondites viven Claudia Vilches y Daniel Jorquera. Entre las malezas y las sombras, su hogar, o lo que queda de él, es difícil de encontrar.

—¡Por acá!, ¡por acá!—, esboza una voz de una mujer que señala el punto de encuentro en su casa.

Su recibimiento es cariñoso. Casero. Claudia vive junto a su pareja, Daniel, y sus cuatro hijos: tres niños y una joven universitaria. Lo primero que emite Claudia es una disculpa. Daniel, por su parte, viene recién llegando de su trabajo.

Lo siento mucho por recibirlo en este lugar. Así quedamos con el incendio—, dice Claudia.

—Antes del incendio era todo tan lindo. Teníamos nuestra casita terminada—, agrega Daniel. Desde un comienzo, el padre dice que tratará de mantener la compostura, pero al segundo quiebra su voz.

“El sueño de la casa propia” es, para Daniel y Claudia, un relato de un anhelo pasado. Sus mejores años, dicen, que quedaron reducidos a recuerdos lejanos.

Cuando se conocieron, rápidamente se enamoraron y decidieron irse a vivir juntos. Postularon a un subsidio de vivienda en El Olivar y en 2012 recibieron su casa. Poco a poco la fueron ampliando, hasta alcanzar un espacio de 160 metros cuadrados.

Los seis integrantes de la familia duermen entre dos colchones / Foto: cortesía de Claudia Vilches

Daniel es ingeniero constructor, por lo que el mismo se preocupó de levantar la casa de sus sueños. Clavo a clavo, cortando la madera con la sierra circular, atornillando las planchas con el taladro y martillando días y noches enteras. Eran felices así, no había cansancio, y para cumplir su anhelo escogieron los mejores materiales de construcción.

Acá nació nuestra familia. Acá crecieron los niños. Teníamos una casa re linda fíjate, con un baño precioso y un quincho para hacer asados. Cada uno tenía su pieza bien bonita—, recuerda Daniel mientras muestra fotos en su celular.

—Le pusimos harto color para armarla. Las paredes eran de porcelanato, del caro, y tenía un suelo muy sólido. Le metimos harta plata. Los retiros de los 10% de las AFP, algunos bonos, todo eso lo usamos para la casa—,agrega Claudia.

Con el fuego, la casa se redujo a los cimientos. Con ella se fueron las fotos familiares, los juguetes de los niños que habían recibido en la Navidad de 2023, las ropas de Claudia, y las herramientas de Daniel y su título universitario, que exhibía con orgullo. Sus pérdidas familiares fueron sus animales, donde murieron dos gatos. La Negra y su hija Chimuela, y una perra pastora alemán de nombre Rous. Solo se salvaron Rocky Balboa y Kitty, dos gatos hermanos.

Al contrario que muchas personas que sobrevivieron al fatídico día, la familia Jorquera-Vilches no abandonó en ningún momento su terreno. El primer mes completo se quedaron a vivir en lo quemado, donde tras sacar los escombros, las cosas incineradas y los restos de sus difuntos animales, se instalaron en colchones y carpas.

Durante un par de meses vivieron en un terreno arrendando. Este estaba a pocos metros de lo que fue su casa. Ahí Daniel, bajo un acuerdo al que llegó con su vecina, construyó una mediagua no tan sólida que le sirvió de techo para pasar algunos meses.

—Teníamos que dormir con la ropa puesta, y con muchas capas. Parecíamos ositos—, dice Claudia, recordando con una risa nerviosa.

Foto: Cortesía de Claudia Vilches

El arriendo no fue eterno. De un momento a otro tuvieron que devolver el lugar pese a que Daniel había construído la mediagua. Lo siguiente fue vivir en carpas en su terreno. Ahí mismo pasaron su primera Navidad después del incendio.

Daniel recuerda esos días con un nudo en la garganta. Claudia rompe en llanto. Pese a que los niños se habían acostumbrado a la situación y entendieron sin problemas que su casa se había quemado, para los padres les era inevitable lamentarse que no tenían techo para darle a sus hijos. 

Sin embargo, la noche de Navidad logró, de cierta manera, terminar con un poco de alegría. De manera inesperada y sin previo aviso, integrantes de la ONG Sobrevivientes del Megaincendio en Unión, el Club Deportivo Villa Independencia y vecinos del sector, aparecieron por el hogar con regalos, mercadería y la cena.

—Fue justo cuando habíamos ido a comprarle un regalo a mi hijo mayor, quien quería un piano eléctrico para aprender a tocar música. Mi hija, que andaba conmigo, se topó con gente de la ONG y les contó que vivíamos en carpas y la desesperación que teníamos. Yo no tenía idea sobre que les había dicho, porque lo hizo muy oculta—, dice Daniel.

—A esas personas les haría un altar. Les estoy eternamente agradecido. Me donaron materiales y un plástico negro, que es el que tengo ahora como techo y nos ayuda a capear la calor. También nos compraron una puertita, y es bonito, porque de a poquito le vamos dando forma a nuestra casita—, añade Daniel.

—Nos falta mucho, pero va quedando super bonita y los niños cada vez están más alegres—, agrega.

El recuerdo de las llamas

El día del incendio comenzó normal para la familia Jorquera-Vilches. Era un viernes de mucho calor y Claudia, que no toleraba para nada las altas temperaturas, llamó por teléfono a Daniel instándolo a que llegara pronto a la casa para que fueran a la playa. 

Armaron un cocaví con comida y bebida. Echaron los trajes de baños, el bloqueador, las toallas, alguna pelota para jugar y los baldes para hacer castillos de arena. Los cuatro hijos y el padre subieron al auto y emprendieron rumbo a Viña del Mar.

De repente, todo cambió. La felicidad duró lo mismo que una ola. Los celulares comenzaron a sonar con la alarma de Sernapred. Un sonido agudo, siniestro, que en ese momento conocían poco, pero que hoy es el reflejo de una especie de trauma. En la playa comenzaron a ver humo, mucho humo, que venía desde los cerros.

—Vámonos—, dijo Daniel.

En el camino el auto quedó parado en la Rotonda Santa Julia, a varios kilómetros de su casa. Había un taco eterno y el cielo se había oscurecido totalmente. Claudia se quedó con los cuatro hijos y Daniel corrió durante varios minutos. Corrió mucho con una adrenalina increíble, recuerda el padre. Al llegar a su casa, ya no quedaba nada. 

Mamita…mamita… se nos quemó toda la casa—, fue lo primero que le dijo Daniel a Claudia en un audio llorando.

El fuego salía por todos lados. Los medidores de luz estaban calcinados, el balón de gas había explotado y el agua se cortó, por lo que no había forma de, por lo menos, hacer el intento de apagar las llamas. 

Sin pensarlo, Daniel entró al hogar. Los vecinos le gritaban que no lo hiciera, que se iba a calcinar vivo, pero el padre no dudó. Lo primero que hizo fue buscar sus animales. “Los hijos que perdí”, dice.

—Solo sobrevivieron los hijos de La Negra, el Rocky y la Kitty. Al Rocky lo encontré debajo de una lata, era una guagüita y estaba muy asustado. Apenas me vio se lanzó a mis brazos. A la Kitty la pillamos el otro día. Llegó toda cojita porque se había quemados las patitas. De hecho ella no tiene uñas en sus dedos y la tuvimos dos meses hospitalizada, con calcetines—, agrega.

Esa noche fue eterna. Daniel recuerda que llovían pelotas de fuego y había explosiones por todas partes. Junto a Claudia, fueron a dejar a sus hijos a la casa de su abuela, en Villa Alemana, y al volver tuvieron que llegar a donde vivían caminando por el cerro. No se veía nada, ni a nadie. Por varias horas, el silencio invadió a El Olivar.

Levantarse tras la tragedia

Daniel Jorquera tiene 35 años, pero aparenta más. Es ingeniero constructor, profesión de la que se siente orgulloso y no evita mencionar con constancia. Gracias a ella fue que levantó lo que fue su hogar, y también con la que está armándose nuevamente.

Las imágenes del desastre de las llamas lo acompañan constantemente, sobre todo en las noches, donde sueña con todo lo que vio. Daniel trabaja como obrero en la construcción, con un ritmo de dos, tres y hasta seis meses.

“La pega está mala” repite varias veces Daniel, una frase inmortalizada en quienes diariamente gastan sus energías bajo el sol que no perdona en las eternas jornadas de las obras. Pese al cansancio, Daniel no para. No puede.

Yo gano por lo que hago. Si no hay pega, no gano, y si no gano, no puedo ayudar a mi familia—, dice Daniel.

Claudia trabaja entregando empanadas y pizzas en un negocio. Las cantidades varían según lo que le pidan, pero le sirve para ganarse unas monedas para la casa. El año pasado ganó el programa FOSIS, donde recibió un horno industrial. Con eso se da vuelta, pero todavía no puede usar el horno ya que no tiene como rendir las cuentas de la luz.

—Yo me gané el subsidio de la luz, pero no lo estoy ocupando porque no tengo medidor. Este explotó con el incendio y no lo repusieron, por lo que tengo que estar pagándole a la vecina la luz que consumo—, dice Claudia.

Actualmente ya no viven en carpas, pues con lo que recibieron por parte de la ONG pudieron hacerse de colchones y un techo de plástico. También les sirvió para poner una superficie más plana en el suelo, aunque todavía la mayoría del piso es de tierra. De a poco se han ido armando, pero todo ha sido con su esfuerzo propio. Reciben el bono de emergencia, pero saben que este enero es el último mes, y no tienen la certeza de si se extenderá o no.

Pese a la situación, Claudia está tranquila porque sus hijos comprenden lo que pasó. Aún conservan el miedo a las sirenas y el humo, pero lo han sabido sobrellevar. La familia es futbolera, y Daniel se preocupa de llevarlos a entrenar todos los sábados al Club Deportivo Villa Independencia, en donde salieron campeones el año pasado. 

Con la pelota les cambio el chip. Siempre los llevo a jugar o a veces ellos me van a ver a mí—, dice Daniel.

A un año del incendio, han sabido buscar formas de mantenerse con fuerza y unidos. La confianza recae en ellos mismos, pues del Gobierno dicen no esperar nada. Tampoco les creen. Lo único que esperan es una solución, un techo digno y ojalá poder pasar el invierno venidero en algún lugar más cálido. 

Vamos que se puede le digo yo a Daniel—, comparte Claudia.

Vamos que se puede—, le repite Daniel mirándola a los ojos.

La eterna sonrisa de Erick: el último cuerpo identificado del incendio

Erick Maggio, conocido en el barrio como el “vecino de la eterna sonrisa”, murió fiel a su leal forma de ser. Bajo el calor de las cenizas, fue encontrado abrazado de su perro y su gata, a quienes juró no abandonar. 

Tenía 48 años el día que murió. Según el Servicio Médico Legal (SML), fue la última víctima identificada del incendio que afectó a Viña del Mar. El último de los 136 cuerpos que se encontraron. 

Erick nació un 1 de febrero de 1976. Toda su vida transcurrió en la misma casa de Villa Independencia. Amaba su hogar y cuando se juntaba con sus amigos le gustaba compartir con su gente una cerveza y los asados, sobre todo el pollo. Sonreía mucho, y dicha sonrisa era pegajosa.

Jorge Cisternas, su primo, conocía bien esa sonrisa. Él era especie de figura paterna de Erick, su responsable y su única familia. Erick lo llamaba “Tío Choche”, como una forma de demostrarle su respeto y admiración a Jorge pese a que se llevaban por tan solo doce años. Después de que murió Lucía, la madre de Erick, se apoyó mucho en su primo, a quien le contaba todas sus cosas y en quien más confiaba.

El Olivar después del incendio. Viña del Mar, 04 de febrero de 2024. Foto: Felipe Figueroa / The Clinic

Cuando Lucía murió le dejó un recuerdo a su hijo. Era una gatita que ya tenía varios años y que, junto a su perro que era cachorro, le hicieron compañía hasta sus últimos días. Cuando el pasado 2 de febrero -un día después de su cumpleaños- las llamas prendieron la casa de Erick, este se negó a irse. Los vecinos, que lo conocían de toda la vida, le insistieron, le rogaron y le gritaron porque se escapara. Le lloraron, pero Erick estaba decidido: no iba a abandonar la que fue la casa de su madre, ni mucho menos a sus mascotas.

Cuando apagaron la casa y lo encontraron, los bomberos pensaron que se trataba de dos cuerpos. Rápidamente descartaron esa primera observación y el descubrimiento, recuerda Jorge, golpeó en los ya quebrados ánimos de los lugareños. Su causa de muerte fue “intoxicación por inhalación de gases de incendio” según el Servicio Médico Legal.

Una identificación lenta y una sonrisa al final

El día del incendio Jorge Cisternas no pudo ir a buscar a Erick, pues su hogar, el de su hijo y su hija, también fueron consumidos por el fuego. El hombre recuerda ese día como el infierno hecho realidad, con una nube negra que se asomaba lentamente y con increíbles lluvias de fuego.

Era como el Apocalipsis de la Biblia. Te juro que en un momento pensé que era eso. Durante mucho tiempo no me pude sacar de la cabeza las explosiones y los gritos de la gente. Vi tantas cosas, gente caer al suelo muriendo por las llamas a mi lado, vecinos sobre todo. Fue terrible—comenta Jorge.

Jorge no supo nada de Erick por mucho tiempo. La señal telefónica se había cortado, por lo que no lo podía llamar. Estaba preocupado, porque sabía que su primo lo podía necesitar. Cuando llegó a su casa los bomberos le dijeron que encontraron a un hombre muerto junto a sus mascotas, a Jorge no le cupo duda que ese era Erick.

Velorio de Erick Maggio / Foto: Cortesía de Jorge Cisternas

Desde entonces, Jorge Cisternas comenzó una lucha de diez meses para que le devolvieran los restos de su primo. Identificar el cuerpo de Erick Maggio no fue nada fácil. Jorge tuvo que pasar un montón de papeleo y trámites. “El SML no entrega cuerpos si no existe al menos un 90% de efectividad “, dice Jorge quien recibió los resultados que no fueron los esperados.

Cuando hicimos el ADN para saber la identidad del Erick, el primer resultado arrojó un 40%. Fue raro, por lo que tuvimos que exhumar a mi tía Lucía para sacarle una muestra desde un pedacito de hueso—, comenta Jorge.

¿Podría ese hombre encontrado muerto y aferrado a las mascotas de Erick ser otra persona?

La historia de Erick es difusa. Según su fecha de nacimiento que menciona el Registro Civil, este nació un 1 de febrero de 1976 y sus padres son Juan Jorge Maggio Cisternas y Lucía Aguirre Aguirre. Jorge Cisternas no recuerda esos años, pues se encontraba viviendo en Argentina, pero las distintas lenguas que han vivido desde siempre en la Villa Independencia tienen varias versiones.

Por esto descubrimos que el Erick era adoptado. No era algo fatal, pues los papás siempre lo adoraron, pero pucha que se nos complicó el tema porque así menos nos lo iban a pasar—, recuerda Jorge. 

Algunos vieron a Lucía embarazada. Otros dijeron que perdió a unos mellizos que esperaba en su vientre. También se habla de que a Lucía le “regalaron” a Erick, pues la mujer trabajaba en el área de la salud. Sin embargo, para Jorge y para la historia, esto carece de importancia. Adoptado o biológico, Erick Maggio creció bajó el cariño de sus padres, quienes jamás dejaron solo a su único hijo.

Lo único que a esa altura importaba en la sangre de Erick era la posibilidad de a través de ella poder identificarlo.

La desesperación duró varios días hasta que de repente Jorge recibió un llamado. Se trataba de un médico forense del SML. La solicitud era simple: tenía que mandarle un par de fotos de Erick sonriendo.

Se trató de un análisis odontológico, la última opción que quedaba para identificar al cuerpo. A Jorge le pidieron fotos en donde Erick estuviera feliz, alegre y sonriendo. Buscó y buscó, y encontró. Las memorias juntos, las fotos con Lucía, los recuerdos de los años gloriosos. También le pidió fotos a vecinos del barrio. Daniela, la vecina de al lado que también perdió su casa, y amiga eterna de Erick, le entregó una foto que resultó clave en el proceso.

La respuesta vino desde Santiago y tardó un par de semanas. Diez meses pasaron para que el peritaje determinara que el cuerpo encontrado correspondía a Erick Maggio. Paradójico, incluso mágico, la tortuosa pesadumbre que arrastraba Jorge Cisternas fue borrada con la respuesta que el SML le dio gracias a una sonrisa. La eterna sonrisa de Erick Maggio.

Cuando me dieron la noticia se me alivió el cuerpo. Erick era una persona muy alegre. Tan feliz que era mi primo, y fue esa misma sonrisa la que nos ayudó—, rememora Jorge.

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