Opinión
9 de Febrero de 2025
El peor domingo de Piñera
Por Kike Mujica
Habían pasado cerca de 50 horas del comienzo de “el estallido”, cuando el presidente decidió citar a los principales ejecutivos de los medios de comunicación a La Moneda. Este es un relato de lo que ocurrió en esa reunión y de la primera versión que recibió Piñera sobre quienes estaban detrás de la violencia.
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Viernes 18 de octubre. Un tropel de jokers pulula por las calles de Chile quemando, saqueando, enfrentando a la policía. En La Moneda nadie entiende qué está ocurriendo. Tampoco el presidente Piñera.
En un momento, el país se convierte en un escenario bélico. Por redes sociales, circula un audio de WhatsApp donde se escucha una voz similar a la de Cecilia Morel que, con tono desesperado, dice: “Estamos absolutamente sobrepasados, es como una invasión extranjera, alienígena, no sé cómo se dice… Por favor, mantengamos nosotros la calma, llamemos a la gente de buena voluntad, aprovechen de racionar las comidas y vamos a tener que disminuir nuestros privilegios y compartir con los demás“.
Llamo a La Moneda. Presumo que es fake news. Casi lo doy por hecho. Pero chequeo.
—¿Escuchaste el audio? Dicen que es Cecilia Morel. ¿Qué me dices?
—Sí, es ella-, me responde una voz atribulada.
Casi a la misma hora, también por redes sociales, se disemina una fotografía tomada por un celular donde se ve a Sebastián Piñera en una pizzería. Festejando algo.
Chile está en llamas.
Temo que la fotografía sea una imagen antigua, no del día.
Llamo a La Moneda de nuevo.
—¿Viste la foto de Piñera? ¿Es real?
—Sí, es real. Es él. Y es ahora-, me responden.
Miedo en La Moneda
Ese viernes comenzó en Chile un deja vu azotador, terrible, inolvidable. En La Moneda se fueron a dormir, los que lo lograron, con absoluta incertidumbre respecto de qué pasaría el sábado. No eran pocos los que creían que el delirio y la violencia terminaría ahí.
Pero no.
El sábado, desde muy temprano, se repitió el libreto. Lo que no se había quemado el viernes, se quemó al día siguiente. Plaza Italia era el escenario elegido, el comando central de la protesta. El fuego era el protagonista. Carabineros, el antagonista. La yuta. Los perkins.
El domingo 20, después de otro día calamitoso, el gobierno llamó en la mañana a un grupo grande de periodistas -jefaturas- a Palacio.
El presidente quería hablar.
Yo estaba en Canal 13 entrevistando, junto a Carolina Urrejola, a un agotado y taciturno Louis de Grange, presidente del Metro. Nadie entendía por qué la cizaña de las hordas contra el metro. Ese viernes quemaron siete estaciones -simultáneamente-, 18 fueron parcialmente quemadas y 93 sufrieron múltiples daños. La conversación fue tensa y la pregunta que le hacíamos era ¿quiénes y cómo quemaron el Metro?
Junto a Max Luksic, entonces director ejecutivo del canal, partimos al centro. El panorama era una fotografía de un conflicto bélico. Las calles estaban llena de piedras y el aire era tóxico y lacrimógeno. La gente pululaba por las calles, muchos eufóricos.
La Moneda fue cercada por vallas papales y carros de carabineros. Por la Alameda caminaba mucha gente camino a Plaza Italia. El transitar frente a Palacio los enardecía. “Vamos a entrar y te vamos a matar”, recuerdo que gritaba un manifestante.
—¿No tienes miedo de estar aquí?-, me preguntó un amigo periodista.
—No sé si miedo, pero tranquilo no estoy-, le respondí. Nunca pensé estar en riesgo en el hasta entonces sitio más seguro de Chile.
Andrés Chadwick, por esos días ministro del Interior, se veía desencajado y su típica sonrisa parecía más tic que relajo. Los funcionarios de La Moneda, ojerosos, tenían cara de duelo mortuorio.
—¿Y qué hacemos si pasan las vallas papales?-, pregunté medio en serio, medio en broma.
—No sé-, me respondió un asesor.
El presidente Piñera entró entonces al comedor presidencial, aledaño a su oficina. Éramos cerca de treinta personas sentadas en una larga mesa. Muchas versiones han circulado sobre esa reunión. Políticos denunciaron por esos días que el gobierno nos había convocado para “sugerirnos” -ordenarnos, según otros- que no cubriéramos la protesta por “motivos de seguridad nacional”.
Totalmente falso. Por lo menos a mí, ni a nuestro canal, nunca nos sugirieron algo así. Más bien se trató de una reunión para tratar, en ese momento temprano de la crisis, de explicar lo inexplicable.
Infructuosa por cierto.
La génesis de la teoría del enemigo poderoso
Piñera se sentó en la cabecera. Era cerca de mediodía. Chadwick y la vocera Cecilia Pérez, con ceño adusto, lo acompañaron.
El presidente, tranquilo, hizo un recuento de los daños ocasionados hasta ese momento. Muchas de las preguntas tenían que ver con los saqueos masivos y el ataque a las estaciones del Metro. Un alto mando de Carabineros me explicó que era imposible detener a los saqueadores: “¿Cómo los llevó a la comisaría? ¿En 20 buses? Ya, y póngale que me los pueda llevar ¿dónde los meto? ¿En un estadio para que me acusen de levantar una campo de concentración? Estamos totalmente sobrepasados”.
En un momento alguien, no recuerdo quién, le preguntó al mandatario:
—Presidente, ¿quién está detrás de esto?
Piñera fue sucinto: dijo que el gobierno manejaba información respecto de posibles sospechosos y que le llamaba la atención la organización y logística que se había visto en el actuar de los violentistas.
Insistimos con la pregunta.
“Es información de inteligencia militar que no puedo revelar”, respondió tajante.
Deduje que si era información castrense, era plausible pensar en extranjeros.
—Presidente ¿podría ser que hay extranjeros involucrados?-, le pregunté.
—No puedo responderle, señor Mujica-, dijo.
—¿Y países involucrados?
—No puedo responderle, señor Mujica-, sentenció visiblemente molesto.
Salimos de La Moneda sin entender mucho.
Eso, hasta que Piñera, en una conferencia de prensa en la noche de ese domingo, flanqueado por el ministro de Defensa, Alberto Espina, pronunció la famosa frase que enardeció a las fuerzas políticas que hasta ese momento comulgaban con las protestas y, silenciosa o explícitamente, romantizaban la violencia.
“Quiero hablarles a todos mis compatriotas que hoy día están recogidos en sus casas. Estamos en guerra contra un enemigo poderoso, implacable, que no respeta a nada, ni a nadie, que está dispuesto a usar la violencia y la delincuencia sin ningún límite… ellos están en guerra contra todos los chilenos de buena voluntad que queremos vivir en democracia con libertad y en paz… les pido a mis compatriotas que nos unamos a esta batalla que no podemos perder”, dijo.
La tesis de los extranjeros
Ese domingo Piñera manejaba la tesis de la participación de agentes cubanos y venezolanos -y sus embajadas- en la revuelta. Que los desórdenes no eran espontáneos sino más bien organizados. Eso sí: no lograban explicar cómo se había desatado la violencia, cómo habían encendido la mecha que prendió Chile completo.
La tesis provenía de fuentes militares. Yo, por lo menos, la escuche de primera fuente el lunes 21, al otro día del discurso de Piñera. La conversación fue en Canal 13.
Me dijeron que eran extranjeros los protagonistas de la revuelta. Incluso, la versión abordaba detalles muy particulares, como la filtración de información por parte de una agente extranjera que había peleado con su pareja, también agente. Estaba despechada. Y por eso decidió revelar la operación.
—¿Tienen algo para probar esto? ¿Conversaciones telefónicas, mails, papeles… algo?-, pregunté.
—Nada que se puede mostrar-, respondieron.
—¿Y qué piensan hacer si, como ustedes sostienen, Venezuela y Cuba son los que están detrás?
No hubo respuesta.
Sé que no fuimos el único medio donde trataron de instalar esta versión. La inteligencia chilena nunca pudo sostener con pruebas fundadas la hipótesis que inculpaba a gobiernos extranjeros. Hasta ahora, algo sorprendente, no hay pruebas claras de lo que ocurrió ese viernes de octubre. De hecho, Piñera murió hace un año sin saberlo.


