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Opinión

1 de Marzo de 2025
Imagen: Sandro Baeza/The Clinic

Las mujeres no dicen garabatos

Foto autor Isabel Plant Por Isabel Plant

La columnista Isabel Plant aborda la exitosa rutina de la comediante Chiqui Aguayo en el Festival de Viña y las críticas que recibió por el vocabulario que empleó. "¿Sería menos divertida si dijera menos garabatos? Parte de lo gracioso está en el fraseo y su desfachatez. Lo que sí está claro es que su trabajo allá arriba, o en el escenario que sea, es hacernos reír, no ser un faro de cultura ni un ícono de educación ni menos un portento de feminidad. Si le pidiéramos eso a los hombres humoristas, nos quedaríamos sin comediantes", escribe.

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Como dice la juventud por estos días, Chiqui Aguayo devoró. La comediante se subió por segunda vez a la Quinta Vergara y, con una rutina que iba desde los altibajos de la maternidad a las desgracias chilenas, reivindicó el rol del humor en el Festival de Viña, que había comenzado la semana con una guerra de pifias.

Con chistes rápidos, ese tono cercano que se ríe del resto y de sí misma con el mismo entusiasmo, no solo se llevó las dos gaviotas, sino que también resucitó en redes sociales la eterna discusión -¿O son más bien gritos ahogados?- de quienes consideran que es muy vulgar, porque dice muchas malas palabras o garabatos (el trending topic del día siguiente en X era su nombre y también la palabra “ordinaria”); un pecado casi mortal para algunos que consideran que las señoritas no deben maldecir. 

Un flashback al 2017, cuando Aguayo pisó el mismo escenario como parte de la renovada generación de comediantes femeninas y se armó una batalla campal sobre su lenguaje. Ella misma se hizo cargo rápidamente del tema en esta nueva visita: “Me da rabia que a nosotras, a las mujeres comediantes, solamente por ser mujeres, se nos exija hacer reír, pero además hacer reír sin garabatos”, dijo, rematando con un saludo subido de tono a su archienemigo Alberto Plaza, quien hace años escribió una carta al diario en contra de Aguayo, sus garabatos y sus temáticas. 

Aguayo es, por supuesto, muy garabatera. Dispara mil palabras por segundo. De las cuales unas 400 deben ser no aprobadas por la RAE en cuanto a uso decoroso. Es parte de lo que hace que sintamos que nos está contando algo en el living de nuestras casas y no arriba de un escenario, entre el tono apurado de una chilena que no tiene tiempo para leseras, y una amiga que está en el bar comentando las penurias de la semana después de un pisco sour.

Este año, además, hizo una parte extensa de la rutina hablando de menstruación (“el balazo”), lo que no sé si es una primera vez en la Quinta, pero de tan chistoso que fue, pasó casi colado ante quienes se escandalizan con que el humor tradicional de bajo vientre ahora incluya lo femenino. Ese sí que es triunfo. 

La exigencia de “hablar bien” no sólo la ha recibido Aguayo, sino que también en su momento Natalia Valdebenito o Javiera Contador. A los hombres muy pocas veces se les reprocha su manera de hablar. Una herencia que pareciera difícil de sacudir, esa de que la mujer es suave, dulce y correcta, que debemos ser contenidas y juiciosas, y que el género conlleva una responsabilidad de mantener decoro en toda circunstancia. 

Ahora: esto no es una apología al uso de garabatos y las malas palabras. Yo soy una mujer garabatera y no es algo que me llene de orgullo. Ojalá, como sociedad, habláramos mejor. Tampoco me quita el sueño, pero a veces me veo diciendo alguna barbaridad frente a niños o mi mamá y trato de bajar cambios. Siempre le he echado la culpa a ser mujer de colegio mixto: entre muchas otras cosas que te preparan para la vida, aprendiste a decir garabatos y a tomar piscola como un marinero mercante.  

Chiqui Aguayo y humor en Viña 2024

Pero hoy, haciendo una exploración de por qué pienso eso, encuentro que es adjudicarles nuevamente a los hombres el “hablar mal” y que a una solo se “le pega”; es injusto con los compañeros. Y lo curioso es la facilidad que tuve por mucho tiempo de poder prender y apagar el uso de palabrotas, dependiendo de con quién me rodeara. En mi casa no se usaban muchos garabatos -mi abuelo gritándole “¡cretino!” a otros automovilistas por la ventana del auto; mi papá con algún “¡por la cresta”; mi mamá con “¡mierda!” muy esporádico y usualmente asociado a una caída-.

Los tres hijos jamás dijimos garabatos en la mesa cuando crecíamos. Ahora, de adultos, los tenemos todos más incorporados, aunque jamás en exceso cuando estamos juntos. Pero me sientas a conversar con mis amigas o los colegas y rápidamente me pongo aguayista, sin proponérmelo. ¿Me hace sentir menos mujer o mala mujer o poco femenina hacerlo? No. Como tampoco considero que un hombre que diga mucho garabato es más masculino. Una vulgaridad igualitaria. 

Hay, cómo no, todo tipo de estudios dudosos en internet respecto al uso de garabatos por género. Unos dicen que como las malas palabras tienen que ver con sexo o excrementos, temas vetados a las mujeres por siglos en su hablar público, la tradición la llevaron los hombres. Hay otros que dicen que las mujeres que hablan a garabatos son más honestas y uno que asegura que hablar con groserías es signo de inteligencia. Nada muy científico, comprobable o confiable, pero me hace sentir mejor con mis exabruptos. 

En cuanto a Chiqui Aguayo: ¿Sería menos divertida si dijera menos garabatos? Parte de lo gracioso está en el fraseo y su desfachatez. Lo que sí está claro es que su trabajo allá arriba, o en el escenario que sea, es hacernos reír, no ser un faro de cultura ni un ícono de educación ni menos un portento de feminidad. Si le pidiéramos eso a los hombres humoristas, nos quedaríamos sin comediantes. Por lo mismo, misión cumplida Aguayo. 

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