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Francisco Paredes / The Clinic

Entrevistas

1 de Marzo de 2025

María Elena Acuña, antropóloga: “La población chilena percibe que las comunidades venezolanas no respetan los límites de los acuerdos culturales de convivencia”

La antropóloga María Elena Acuña analiza el presente de la convivencia entre chilenos y venezolanos a raíz de la presentación de George Harris. "Se produjo este problema, que es la gota que rebalsa el vaso sobre la intolerancia de uno y sobre la intolerancia de los otros. Es un momento cúlmine de un montón de situaciones que se percibe que hay demasiados traspasos de límites o poca observación de los acuerdos culturales que tenemos sobre la convivencia. Es preocupante la situación, porque de alguna manera, si sigue aumentando el malestar, nos vamos a encontrar con conflictos más cotidianos que por el momento no existen", asegura.

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La noche del pasado domingo la obertura del Festival de Viña del Mar 2025 estuvo marcada por la tensión que generó la presentación del humorista George Harris. Los miles de venezolanos que llegaron a apoyar al comediante de su país parecían los fieles hinchas de un equipo de fútbol desde que Rafael Araneda y Karen Doggenweiler abrieron la jornada. Pero no fue suficiente: la mala rutina -escasa de conocimiento de la cultura chilena- provocó pifias inmediatas y una fuerte tensión entre los asistentes.

Finalmente, no fueron suficientes ni los intentos de los conductores por reanimar el show, ni tampoco los gritos del público venezolano: Harris fracasó, acusó xenofobia y discriminación y se enfrascó en discusiones con los chilenos. “Junten dólares”, decía su madre al salir de la Quinta Vergara. En redes sociales la violencia fue aún más.

“Los eventos del Festival son un espejo de las tensiones de convivencia entre chilenos y venezolanos”, dice María Elena Acuña, antropóloga social, y académica del departamento de antropología Universidad de Chile.

Y profundiza: “Se produjo este problema, que es la gota que rebalsa el vaso sobre la intolerancia de uno y sobre la intolerancia de los otros. Es un momento cúlmine de un montón de situaciones, que se percibe que hay demasiados traspasos de límites o poca observación de los acuerdos culturales que tenemos sobre la convivencia. Es preocupante la situación porque, de alguna manera, si sigue aumentando el malestar, nos vamos a encontrar con conflictos más cotidianos que por el momento no existen”. 

—En este choque cultural que escaló muy rápido y que se vio reflejado en la presentación de Harris. ¿Qué cree que fue lo que produjo el nivel de tensión entre chilenos y venezolanos?

—Lo que pasó en el Festival de Viña, a propósito de la rutina del humorista, viene a condensar una serie de malestares que tenían ciertos grupos de la población chilena y ciertos grupos de la comunidad venezolana en Chile respecto de la no comprensión de estas nuevas sociabilidades. La población chilena, vamos a hablar así en general, tiene la percepción de que estas comunidades venezolanas no respetan los límites de los acuerdos culturales de convivencia que tenemos. Estos límites son normas tácitas, no son declaraciones legales, ni están escritas. Pero es lo que llamamos la cultura en términos generales. 

Entonces, hemos visto en el último tiempo una serie de situaciones que de alguna manera encontramos que son poco aceptables. Como, por ejemplo, recuerdo estas personas que van a la playa o nieve con parlantes gigantescos, a tomar, a bailar… en un contexto en el que nosotros pensamos que estos paseos son silenciosos, calmados. Una serie de situaciones donde hay límites culturales muy rígidos, tanto de nosotros los chilenos, como de los venezolanos que no retroceden. O que no reflexionan. Yo siento que la población chilena en general siente que hay una irreflexión de parte de los venezolanos de lo que se puede o no se puede hacer. Lo que está prohibido o permitido en términos sociales son cosas que aprendemos en el proceso de sociabilización. 

—De Venezuela hacia Chile da la sensación que también hay una barrera cultural. 

—He visto capsulas de personas venezolanas que opinan sobre distintos temas. Recuerdo uno que decía que la Navidad en Chile era muy aburrida, por ejemplo, porque no era con ruido, con fiesta. Es parte de lo mismo que hablamos. Todos los grupos humanos tenemos límites donde se juega la identidad, la cultura, y que podemos negociarlos a cambio de cosas placenteras como sociedad, o nos cerramos porque hay cosas intransables. Me da la sensación que la comunidad venezolana siente que en su inserción en la sociedad chilena tiene que entregar muchos de esos límites que ellos tienen y no están dispuestos. Estamos en un proceso inicial de instalación de la comunidad venezolana, no sabemos qué devenir va a tener, pero este es un momento conflictivo. 

“Cuando aparecen venezolanos que por defender a un humorista reivindican la dictadura, reacelera el conflicto”

Para Acuña es importante escuchar y percibir los sentimientos de las personas más allá de los números. “Esto requiere una pedagogía sobre la migración, toda esta parte de afectación de la vida cotidiana, que tiene además que ver con los sentimientos, de las personas chilenas, no se considera como un factor en la discusión”, plantea.

—Es como lo que pasó en el Festival de Viña. Más allá de que sea representativo o no, se genera una sensación y percepciones en un sector muy amplio de la comunidad. Por el eco que tiene un espacio así.

—Lo que creo que ha ido pasando. Por un lado, emergen discursos que son muy complejos y que son inaceptables: que por defender al humorista se reivindique la dictadura y desaparición de chilenos, porque había gente que opinó eso a la salida, y eso se ve en redes sociales. Eso ya es un traspaso de un horizonte ético muy complejo. A pesar de todo, de que también en Chile hay sectores que se reivindican como pinochetistas, la gente es muy cauta en exaltar el modelo económico, pero decir -parlamentarios de derecha- que la parte de derechos humanos es problemática. Cuando aparecen personas que por defender a un humorista reivindican la dictadura a mí me parece que eso reacelera el conflicto. 

Después también está que el mismo humorista se defienda con ataques sexistas, proponiendo él mismo que las venezolanas son un objeto de deseo y placer, yo creo que eso es no entender y no negociar bien con los avances y discusiones que hemos tenido en Chile. El rechazo a la violencia contra las mujeres es transversal en Chile, políticamente y socialmente, que se use eso como propia defensa es no entender el contexto. Y los humoristas deben entender los contextos sociales y culturales. Requieren mecanismos de comprensión antropológica de la sociedad. Los buenos humoristas son buenos intérpretes de la sociedad. Acá yo creo que hubo un fallo en ese sentido. 

Y que termina polarizando más. 

—Trató de cerrarse en esta idea de la xenofobia, que estaba solo siendo rechazado por eso. No estoy en condiciones de aseverar esa afirmación, pero sí de desmenuzar el tema. Entonces, tal vez es una salida fácil en términos de él como personaje artístico. Pero sí me parece que esta situación está alimentada por el hecho de que hay un clima que lo promueve. Reinstala un tema en un escenario importante finalmente.

Entonces nos obliga a todos a estar pendientes del tema, evaluarlo, saber. Finalmente lo que permite este hecho tan episódico es que todo el mundo empieza a verbalizar su opinión al respecto. Entonces, claro, las voces en defensa están centradas en que la cosa es xenofobia, y yo me imagino que las personas que lo dicen son personas que tenían experiencias previas de conflictos cotidianos. Y, por otro lado, da el pie -me pareció significativo- para sincerar una situación de molestia que mucha gente tiene respecto de la afectación de sus propias vidas cotidianas con la presencia de los migrantes venezolanos. Y eso es innegable, que se empieza a ver un conflicto por la magnitud de la migración.

—Se le puede llamar xenofobia, pero también puede ser muy simple reducirlo todo a eso o no. Sin entender de dónde viene. 

—Obviamente que todos estos malestares son construidos histórica y socialmente. No emergen de la nada, ni es que la gente sea intrínsecamente mala. Pero se ha ido basando en la afectación que las personas perciben que tienen. Uno de los mayores problemas reportados es el de la música constante, algo que ya estaba instalado entre chilenos, pero esto hace que haya una percepción de que no se les puede plantear el tema. Y para nosotros, los chilenos, en la cultura, los límites son muy importantes. Con esto quiero decir que esta síntesis de la identidad chilena se basa en una distinción entre nosotros y los otros. Y estos otros han sido distintos: fueron los peruanos, los haitianos. No por nada los chilenos hace años se percibían como un país “blanco”. Es cosa de ver cómo hablaba Merino en la dictadura de los bolivianos. 

No todo rechazo puede ser catalogado de xenofobia, pero es preocupante que se empieza a gestar un malestar que empieza a solidificar una percepción única sobre la población venezolana y desde un espacio como el Festival. 

—Que no es menor. 

—Claro, la audiencia del conflicto, el escenario del conflicto es global. De magnitud considerable. Entonces eso solo amplifica el problema y lo transforma en un debate casi que internacional de decidir fue xenofobia o era malo el artista. O si el artista era malo porque recibió ataques antes. Pero si uno escucha no hay ataques a él como venezolano. No es como un estadio de fútbol. 

La migración venezolana está en un proceso de diáspora muy acelerado. De instalar sus productos culturales en Chile. Como lo fue la comida, la fritura, hace unos años. Pero sí, sigo unas cuentas de Instagram, la Diáspora que se llama, y claro hay como una parrilla de artistas venezolanos que visitan frecuentemente Chile. Que aprovechan este sentimiento, este público, y eso es importante. Tal vez el problema es no darse cuenta de que es algo muy de nicho. Otra cosa que creo que es conflictiva es que se percibe que no hay un respeto de la historia de las instituciones del país. Eso puede empezar a producir un problema de malestar cada vez más creciente en ciertas comunidades de población. Lo que extraño ahí son procesos de mayor acompañamiento de esta situación.

—Hay una percepción de arrogancia. En esta actitud tipo: “junten dólares y váyanse a Miami”. “Llené el Movistar”, etc. 

—Lo de los venezolanos, en mi percepción, a diferencia de lo que pasó antes con peruanos o haitianos es un rechazo que no tiene que ver con el color de la piel, sino que podemos hablar de personalidad étnica, de personalidad, de forma de ser. La gente los percibe como arrogantes. Una vez escuché a una persona que decía que los venezolanos hablan como si vinieran del futuro. Donde creo que se han generado más problemas es en el involucramiento de esta comunidad en los temas sociales, políticos, culturales, del país. Cómo es la fiesta, cómo es pasarlo bien.

—Llevar toda esta crispación a Viña, con una consecuencia previsible, solo favorece a aumentar la crispación. 

—No tuve tiempo de interiorizarme qué es lo que pretendían con la aparición de esta persona en la parrilla. Porque también me encontré con un humorista venezolano que reside en Chile que era más apropiado tal vez. Hay todo un tema con Miami, este no era un sujeto popular, que venía a reírse de sí mismo, como hizo Jorge Alís. George Harris planteó mal su show y eso es evidente. Se planteó al ataque, a lo mejor lo que él quería es lo que pasó. Lo importante es analizar el tipo de discusión social que origina lo que a él le pasa. Esto viene a sintetizar que los chilenos y venezolanos estamos en un conflicto de convivencia por el proceso migratorio. Por la forma en que se han instalado las comunidades, por sus prácticas culturales.

La forma en que unos y otros reaccionamos ha empezado a traspasar límites que son importantes. Como esta ética del cuerpo. Estos ataques superficiales, que más allá de que vienen de pocas personas, es significativo, estas críticas desde Venezuela a las formas de entender la belleza en Chile. 

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