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Todas las caras de Alberto Larraín, el psiquiatra influencer de ProCultura: la historia del exseminarista que tocó el poder y cayó en el intento

Criado por una abuela que le enseñó a cuidar a los más pobres, y marcado por sus propias batallas con la salud mental, Alberto Larraín se hizo psiquiatra y fundó ProCultura, una organización que prometía dignidad y progreso en comunas vulnerables. Hoy, esa misma fundación está bajo investigación de la Fiscalía por presuntas irregularidades financieras. Este perfil recorre todas las caras de un hombre que supo abrirse paso en el poder —incluyendo una estrecha relación con el Presidente— y que, en su caída, terminó afectando justamente a los sectores que prometió cuidar.

Por 17 de Mayo de 2025
Imagen: Sandro Baeza/The Clinic
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A Alberto Larraín le gustaba hablar de su origen. Cada cierto tiempo —y a veces sin que nadie se lo pidiera— compartía con socios, amigos o seguidores en redes sociales episodios de su vida que consideraba fundamentales. Uno de los que más repetía era la historia de su abuela, Luisa Lohmayer. El 3 de febrero de 2019, por ejemplo, utilizó ese relato al comentar en Twitter una columna de Daniel Matamala titulada “La importancia de llamarse Errázuriz”, donde el periodista argumentaba que, en Chile, los apellidos influían en las oportunidades laborales.

“Yo comparto plenamente la columna de @DMatamala. Soy consciente de los privilegios que tengo por mi apellido, aunque mi abuela haya sido la nana de mi abuelo”, escribió Larraín.

Ese mismo año respondió también a un reportaje de Ciper titulado “Por qué los Larraínes prosperan y dirigen… y los González mucho menos”. Entonces escribió: “Habitualmente me preguntan de qué Larraín soy. Siempre me incomoda, pero hoy, con orgullo, digo que mi abuela fue nana de mi abuelo, así que de ninguno”.

Los posteos sobre su abuela -a quien consideraba como una segunda madre- se repitieron con los años. Escribió lo mismo en 2019, 2020 y 2022. En el aniversario de su muerte volvió a recordarla con la misma fotografía: una imagen en sepia de Luisa sosteniendo en brazos a su hermana menor, mientras él —de no más de cinco años, con rulos, risa de dientes de leche y una polera a rayas— estaba a un costado. En cada publicación escribió las mismas líneas: “Hoy hace seis años falleció mi abuela Luisa, nana toda su vida, cuidó niños ajenos hasta que nací yo. Entonces decidió dejar de hacerlo para cuidarme a mí y que mis papás pudieran estudiar. (…) Me decía todos los días dos cosas”.

La primera lección de su abuela era esta: “Que nunca olvidara que nosotros habíamos sido pobres y que habíamos salido adelante por alguien que nos dio una mano, y que yo debía ser esa mano SIEMPRE para alguien”.

La segunda: “Que las cosas sin amor y sin una sonrisa no se hacen, y que servir a otros es un regalo y un privilegio”.

Esas dos enseñanzas las sabían de memoria sus cercanos, a quienes también solía contar la historia de su familia, sumando detalles que ampliaban la escena. Decía que su verdadero abuelo solo le dio el apellido a su padre. Que, durante años, le pasaba dinero a escondidas en un callejón detrás del Club de la Unión. Con los años, esas frases se convirtieron en parte central de su relato. Pero el tiempo, y la política, pusieron a prueba esas convicciones. 

Hoy, ese mismo Alberto Larraín que hablaba del privilegio como una responsabilidad y del servicio como una forma de retribución, enfrenta una investigación penal por presuntos delitos de corrupción en el marco del llamado Caso Convenios.

La fundación que creó y dirigió, ProCultura, fue señalada por el Ministerio Público como una de las principales organizaciones involucradas en tratos directos irregulares con el Estado por miles de millones de pesos. Y con ello, la historia del nieto de Luisa —la nana que tuvo un hijo con el patrón y que le enseñó a servir con amor y a no olvidar de dónde venía— quedó atravesada por una pregunta que la Fiscalía, la prensa, y los amigos, trabajadores y políticos que confiaron en él intentan responder. ¿En qué momento se quebró el camino?

“El caritativo Alberto comenzó una rebelión que se escapó de nuestras manos”

Alberto Andrés Larraín Salas tiene 43 años. Nació en Santiago el 5 de marzo de 1982. Fue gracias al esfuerzo de su abuela Luisa que su padre, Alberto Larraín Lohmayer, pudo estudiar en la universidad. “Mi padre vivió en la pobreza y luego la tortura. Yo nací en los bordes de La Legua, en una vivienda social como la mayoría”, escribió en 2020 en su cuenta de Facebook y Twitter.

Efectivamente, su padre figura en los registros de la Comisión Valech y, desde 2005, recibe una pensión de reparación por su condición de víctima de prisión política y tortura. Sin embargo, cercanos a Larraín matizan o le restan épica a algunos aspectos de su relato. Señalan que su infancia transcurrió en “el borde” exterior de La Legua, en un departamento ubicado en la avenida Santa Rosa, a una importante distancia de la población de la Legua Emergencia. Tanto su padre como su madre —ingeniero químico y psicopedagoga, respectivamente— son profesionales. En 1993, cuando Alberto tenía once años, la familia compró una casa en la comuna de Macul, hoy tasada fiscalmente en 145 millones de pesos.

Por el trabajo de su papá la familia viajó al norte y se instalaron en Iquique. Sobre esa época, Larraín escribió en sus redes sociales respondiendo una publicación de la exconvencional Cristina Dorador en 2022: “Toda mi infancia viví en Iquique. Cuando estuve en el Ministerio de Salud trate por todos los medios de hacer pilotajes allá, la respuesta “técnica” era siempre era la misma: “no se pilotea en el norte porque no funciona. Mejor dejarlos al último”. Un estigma y abandono brutal”.

De regreso en Santiago, Larraín llegó en octavo básico al colegio San Ignacio de Alonso Ovalle, un establecimiento privado dirigido por la Compañía de Jesús. Sus compañeros, quienes lo apodaban como Larry, Larva y Flanders,  recordaron su personalidad en el anuario de cuarto medio.

“Nuestro Larry es… la verdad es que aún no sabemos lo que es. Lo cierto es que Flarry llegó en 8º básico con su uniforme nuevo y útiles resplandecientes, que le otorgaron rápidamente (y para siempre) el primer puesto académico y la fama de “niño cerebro”, comenzaron.

“Con el tiempo, Harry comprendió que debía despabilarse e ingresó a la comunidad Karma, donde sus nuevas amistades lo acompañaron en su transformación. Pronto, el apacible, solidario y caritativo Alberto, que recreo a recreo compartía con nosotros sus grandes colaciones, y que era fundador del taller de ciencias, comenzó una rebelión que se escapó de nuestras manos, viéndose involucrado en dudosos pero reiterados romances, que le hicieron ganarse el apodo de Antonio Banderas”, añadieron.

“El joven de los rulitos ingresó a la CVX, cambiando el estudio por las fiestas, en las que conquistó (¿?) a las lolas con sus “originales” pasos de baile. Fue pilar importante de sus comunidades y su curso; Larry, ojalá seas el médico que todos esperamos, ya que nos serías muy útil en el futuro”, cerraron.

Dos años después de salir del colegio, cuando ya cursaba Medicina en la Universidad de Chile, Larraín ingresó como novicio a la orden jesuita, con la intención de convertirse en sacerdote. Compartió junto a otros tres compañeros en esa generación.

La rutina en el noviciado era estricta: oración y estudio por las mañanas, labores domésticas en la casa que compartían en Melipilla —junto a otros novicios y al maestro de comunidad— y trabajos de apostolado los fines de semana.

“Me acuerdo que Alberto era estudiante de medicina. Esta era una etapa de prueba, un ingreso previo, pero se exigía renunciar a la carrera. La mayoría de nosotros lo hicimos. El ingreso a la Compañía de Jesús es una decisión seria: uno entra con el proyecto de seguir el camino para siempre”, recuerda uno de sus compañeros.

Son pocos los que lo recuerdan en la Compañía. La mayoría son quienes convivieron con él durante su breve paso por Melipilla. “Estuvo unos cuatro meses. Después se retira porque empezó a no ser compatible con su salud mental lo que vivía dentro del noviciado, y tuvo que irse”, comenta un excompañero.

A la mayoría de ellos —hoy sacerdotes— les incomoda hablar del episodio que motivó su salida. Esbozan una internación, una crisis emocional. “Yo prefiero no hablar de ese tema, es muy privado y son cosas delicadas”, dice uno de ellos. “Pero creo que su salida fue una decisión sabia. No era sano para él”.

Pese al silencio de su entorno, fue el propio Larraín quien comentó ese episodio años más tarde. Lo hizo en noviembre de 2021, a través de su cuenta de Twitter:

“Alguien me escribió y me pregunta por qué hincho tanto con el tema de salud mental. Simple: porque cuando uno ha vivido en carne propia la ideación suicida, sabe que el tratamiento es algo de vida o muerte”.

Dos días después volvió a referirse al tema. Nuevamente “alguien le preguntó”:

“Alguien me preguntó ‘¿si tuvo una depresión y ahora está mejor, ya no toma remedios?’. No, sigo tomando remedios porque tuve la depresión por tantos años y con episodios tan graves que son de por vida. Como quien tiene diabetes se toma sus remedios, yo me tomo los míos”.

Alberto Larraín, a la izquierda, en el grupo Cardumen, de la DC.

El grupo Cardumen: la primera militancia de Larraín

Tras dejar la Compañía de Jesús, Alberto Larraín retomó sus estudios en Medicina, donde presidió uno de los Centros de Estudiantes. Fue allí donde, en 2004, conoció a Josefina Huneeus, hija de Carlos Huneeus y Marta Lagos, históricos militantes de la Democracia Cristiana. Se casaron a comienzos de 2007, cuando ambos aún eran estudiantes.

Una década después, Larraín recordó ese hito en su cuenta de Facebook. Subió fotos del matrimonio y escribió:

“Hace 10 años nos casamos Josefina Huneeus, los dos estábamos estudiando y todos nos dijeron que era una locura (…) aún recuerdo las caras cuando dijimos que en la luna de miel iríamos a una comunidad mapuche (…) Aún recuerdo cuando te dije que quería ayudar a hacer una fundación de cultura y que iba a hacer yo la postulación a dos proyectos de restauración, y me dijiste que me los ganaría, pero que nadie lo entendería”.

En 2019, publicó exactamente el mismo mensaje. En la vida de Larraín, algunas historias parecían tan buenas que valía la pena contarlas más de una vez.

Estos mensajes no fueron las únicas escenas familiares que Larraín compartió en sus redes. El psiquiatra también subió supuestos diálogos con sus hijos: 

Diálogo 1:

Hijo (7 años): papá tremendo partido

–Yo: si muy bueno 

–Hijo: oye y quienes son Zamorano y Salas 

–Yo: eran los goleadores cuando yo estaba en el colegio

–Hijo: Alexis y eduardo vargas ya los superaron. Yo creo que vamos a ganar las eliminatorias y vamos a pelearla en el mundial en Rusia

Diálogo 2:

–Hijo menor (5 años): ¿Tomásh shabias que el papá se dedica a leel la mente?

–Hijo mayor (7 años): no Juancri no hace eso

–Hijo menor: shi

–Hijo mayor: no, se dedica a enseñarle a la gente a volver a reír 

Lo que uno necesita para subir el ánimo

En 2008 Alberto Larraín se tituló de médico cirujano y comenzó su carrera en el sistema público. Años más tarde, durante su primera declaración judicial por el caso ProCultura —en diciembre de 2024—, él mismo hizo un resumen de su trayectoria:

“Trabajé como médico integral de familia en Renca, luego como subdirector de salud en la Municipalidad de Santiago; en el año 2011, como encargado de salud mental de Peñalolén; luego en la Subsecretaría de Salud Pública por cuatro años, hasta el año 2014 y 2018, en el período de la expresidenta Bachelet. En paralelo hice mi beca de psiquiatría en la Universidad de Chile y un magíster en bioética”.

Fue durante su paso por Peñalolén —incluso antes de recibir oficialmente su especialidad como psiquiatra, el 17 de marzo de 2017— que comenzó a estrechar vínculos con la Democracia Cristiana. Se volvió cercano a su jefe de entonces, el alcalde Claudio Orrego, quien hoy, precisamente, es foco de cuestionamientos por los recursos que destinó a ProCultura como gobernador de la Región Metropolitana.

Orrego se interesó en su perfil y lo patrocinó para ingresar al partido. El ascenso fue rápido. Larraín fundó la agrupación interna Cardumen —inspirada en la retórica del exdirigente de los pescadores de Aysén, Iván Fuentes—, donde destacaban su exesposa, Josefina Huneeus, el alcalde de Renca, Claudio Castro, y Pía Mundaca, la actual jefa de campaña de Carolina Tohá.

Para muchos históricos de la DC, la velocidad de su irrupción resultaba desconcertante. En 2017, Larraín se convirtió en uno de los principales asesores de la candidata presidencial Carolina Goic.

Su influencia en la campaña generó tensiones internas. La exministra Laura Albornoz criticó públicamente su rol: “Es un error rodearse de ciertos fanáticos que no son capaces de darle conducción a esta candidatura”.

Un exministro del partido recuerda: “Los cardúmenes tenían un origen bien vinculado a Orrego. Eran como los príncipes chicos del partido. Fue una corriente que irrumpió al margen de la institucionalidad, que en los jóvenes estaba representada por la G-90. Para quienes militamos desde chicos, la irrupción de estos principitos, sin haber hecho el camino largo, era algo que no compartíamos”.

Un antiguo miembro del grupo relativiza su importancia: “El cardumen era cualquier huevá. Un grupo más dentro de un partido, sin mayor relevancia, más allá de la que se le asigna a cualquier lote”.

Ese mismo exmiembro recuerda también la incomodidad que generaban las formas de liderazgo de Larraín: “Lo que montaba en su cabeza Larraín era una locura. A mi juicio tenía un delirio mesiánico. Sentía que tenía una verdad que revelarle al mundo, y que solo él podía cumplir esa misión”.

Larraín escribía columnas sobre su movimiento, en las que destacaba la fraternidad como el principal atributo humano. Pero, puertas adentro, algunos comenzaban a desconfiar de sus intenciones.

“Lo que él hacía para cumplir ese propósito era manipular. Y esa manipulación la lograba invadiendo la vida privada de las personas”, acusa un exmilitante de Cardumen.

Y añade:

“El mejor ejemplo es este, que vino después de Cardumen. La psiquiatra de Boric era su esposa, la Huneeus; el psiquiatra del hermano era él. Larraín conocía hasta el último centímetro de la familia Boric. Y no conforme con eso, contrató a Irina Karamanos en ProCultura. O sea, el huevón logró tener el control del entorno del Presidente”.

Un tatuaje por la pasión por el arte: la formación de Larraín en Procultura

En paralelo a su carrera política y profesional, en 2009 Alberto Larraín fundó la Fundación ProCultura junto a Ilonka Csillag, fotógrafa y gestora cultural vinculada a sectores de derecha. “El año 2009 conozco a Ilonka Csillag, y ella me cuenta de esta iniciativa, y su interés de desarrollarlo en Chile y de armar una fundación”, declararía años más tarde, cuando el nombre de ProCultura pasó del mundo del patrimonio al centro de una investigación judicial por eventuales delitos de corrupción.

Entre los incentivos de Larraín estaba la pasión que siempre ha tenido por el arte, el principal de sus hobbies según los cercanos que vieron sus pinturas y los cuadros que tiene en su casa. Incluso, tiene tatuada una obra del pintor chileno José Venturelli en el brazo. Es un caballo que muestra con confianza cada vez que se arremanga las mangas.

Las primeras reuniones de ProCultura se realizaron en una oficina al interior de la Universidad Técnica Federico Santa María. Eran no más de seis personas. Entre ellas estaba Jhonny San Martín, un estafeta que con el tiempo se convertiría en uno de los colaboradores más cercanos de Larraín. Su nombre se hizo público este año tras el allanamiento a la sede de la fundación, pero ya como una figura trágica: San Martín murió cinco días después del operativo de la PDI, tras descompensarse y ser internado en el Hospital San José. Todo lo que sabía, se lo llevó a la tumba.

Un extrabajador que participó en los inicios recuerda que el objetivo inicial era claro: promover el desarrollo cultural en comunas vulnerables. Sin embargo, los primeros estatutos —aún antes de recibir su primera inyección significativa de recursos— ya contemplaban la posibilidad de expandirse a otras áreas como educación, desarrollo comunitario y construcción. A su juicio, este detalle es clave para comprender que no hubo un “cambio de giro” posterior, como se ha intentado instalar en algunas tesis judiciales.

“Los estatutos te permiten ir a la luna si quieres. En ProCultura se puede hacer todo lo que quieras en cultura, educación, desarrollo comunitario y construcción”, sostiene.

Pese a esa amplitud, en sus primeros años la fundación tuvo un foco acotado. Se dedicó principalmente a recopilar archivos fotográficos en distintas comunas del país, con la idea de rescatar imágenes cotidianas que retrataran la vida en sectores rurales o periféricos como Chépica o Tierra Amarilla.

Pero el terremoto de 2010 lo cambió todo. La catástrofe abrió un nuevo escenario, y ProCultura encontró allí su primer gran impulso: comenzó a adjudicarse fondos públicos y privados para la reconstrucción de inmuebles patrimoniales. Participaron en la restauración del Palacio Íñiguez en Santiago y de un colegio en Calera de Tango. Paralelamente, lideraron la recuperación del salón de actos del Colegio San Ignacio, el mismo donde Larraín había cursado su educación escolar.

Como en la mayoría de los aspectos de su vida, Alberto Larraín también publicaba las adjudicaciones de proyectos, los avances y las entregas de ProCultura en sus redes sociales. En la mayoría de sus posteos linkeaba a autoridades y figuras locales. Las mismas figuras políticas que hoy lo desconocen.

“Logramos tener el regalo Navideño de ProCultura: El Palacio Iñiguez restaurado @Orrego @Carolina_Toha @sebastian_gray”, publicó en el 2014.

“Gracias al fondo de intermediación cultural ProCultura está en Chaitén. Mire como avanzamos @ErnestoOttoneR”, publicó también en 2016.

Alberto Larraín y Gabriel Boric

La amistad con Boric: asistencia a cumpleaños y corazones en redes sociales

Tras la aplastante derrota de Carolina Goic en las presidenciales de 2017, Alberto Larraín se alejó de la Democraca Cristiana. Su grupo interno, Cardumen, se dispersó. Pero él no tardó en buscar un nuevo espacio político, esta vez más cercano al Frente Amplio, con figuras como el diputado Diego Ibáñez y al Presidente Gabriel Boric, quien por entonces comenzaba su transición de líder estudiantil a parlamentario consolidado.

La primera señal de acercamiento entre ambos apareció en redes sociales en 2016. Boric compartió en su Facebook un poema de León Felipe y escribió: “Pd: Gracias Alberto por el pertinente descubrimiento…”.

Larraín respondió en los comentarios: “Ud sabe que lo que nos une es más que lo que nos separa. Un abrazo, honorable”.

Ese mismo año, Larraín publicó una crítica a Andrés Fielbaum por alejarse de la Izquierda Autónoma —entonces el movimiento del propio Boric—. El diputado comentó directamente el posteo: “Nos levantamos de esta. Un abrazo firme, amigo (ya no petencial)”.

Con el tiempo, la cercanía entre Boric y Larraín se hizo más visible. Según personas del entorno del psiquiatra, Boric asistió a uno de sus cumpleaños en Ñuñoa mientras era diputado. El interés mutuo por la salud mental los llevó a compartir espacios de trabajo y difusión: escribieron columnas conjuntas en El Mercurio y El Mostrador, participaron en mesas parlamentarias sobre salud mental y hasta fueron juntos a un programas de televisión —conducido por Francisca García-Huidobro— para hablar de salud mental tras la publicación donde Boric hizo público su diagnóstico de TOC en la Revista Sábado.

Debido a su cercanía, Alberto Larraín se convirtió en una de las opciones predilectas del Presidente para que este liderara el ministerio de Desarrollo Social. El ascenso solo se vio truncado por la intervención de Izkia Siches, otrora presidente del colegio médico y ministra del Interior, quien conocía el lado oscuro de Larraín.

Esa tensión quedó en evidencia solo hace semanas, cuando –en el marco de las investigaciones por el caso ProCultura– se filtró una conversación privada entre Boric y Josefina Huneeus. En ella, el mandatario reconocía que había considerado el nombre de Larraín para liderar la cartera, pero que lo descartó tras la intervención de Siches.

En la conversación, Boric —fiel a su estilo— no intentó ocultar la verdad detrás de sus relaciones humanas:

“Saqué todos mis celulares antiguos pa ver si tenía mensajes con él, porque me imagino que… O sea, yo hablaba con él, era cercano. No me voy a hacer el hueón con eso”.

Auge y caída de ProCultura

El período de mayor crecimiento de ProCultura coincidió con la cercanía entre Alberto Larraín y Gabriel Boric. Aunque algunos han insinuado una relación directa entre ambos hechos, un exdirectivo de la fundación descarta por completo esa lectura. Para él —y para varios miembros de la organización— el verdadero punto de inflexión fue otro: la salida de Ilonka Csillag en 2018. A partir de entonces, Larraín concentró el poder casi por completo. Su única contraparte formal era la actriz Constanza Gómez, quien asumió el cargo de representante legal.

Esa reconfiguración interna ocurrió en paralelo a su separación matrimonial de Josefina Huneeus. Fue en ese contexto —según testimonios recogidos tanto en privado como en el expediente judicial— que Larraín habría impulsado un plan de expansión ambicioso y acelerado. Lo mismo hizo como doctor: comenzó a visitar programas de televisión, radios, diarios, hacer lives con figuras políticas, y también a compartir el relato de sus pacientes psiquiátricos, sin revelar sus identidades, por lo que se ganó el mote de “psiquiatra influencer”.

Algunos de sus cercanos lo describen como temerario, incluso arriesgado: un líder dispuesto a apostar todo por el crecimiento. También destacan su capacidad para cerrar convenios millonarios que otros veían como inalcanzables, como la llegada de ProCultura a Rapa Nui con proyectos enfocados en salud mental. Para acceder a ellos sus redes, o supuestas redes, eran fundamentales.

Larraín comenzó a viajar con frecuencia a la isla. A veces lo hacía en clase ejecutiva, acompañado por familiares. En esos traslados viajaron su hermana, sus hijos y su nueva pareja, el exconsejero regional del Frente Amplio Sebastián Balbontín.

“Por dinámica de la fundación, en ciertas ocasiones viajaba con mis hijos, en los viajes de trabajo realizados en el contexto de mi función. Los gastos asociados al costo de pasajes, de mis hijos o terceros, o mi pareja, o la señora que trabaja en mi casa”, declararía años más tarde en el marco de la investigación, por la cual devolvió $14 millones por esos traslados. Ahora, quien cuidaba a los niños ya no era una nana: era, como él dijo, una trabajadora contratada en su casa.

Los beneficios personales también se incrementaron. La fundación le asignó un chofer a tiempo completo, Enrique Aracena. Según testimonios de trabajadores de ProCultura, Aracena trasladaba a los hijos de Larraín desde el colegio hasta su casa. También —según la propia declaración del conductor— lo movilizaba desde su domicilio en Ñuñoa hasta la vivienda de Balbontín en Til Til.

La relación con Balbontín se proyectó también en la estructura de la fundación. El exfuncionario Francisco Fuentes declaró judicialmente:

“La fundación abrió la sede en Limache exclusivamente por Sebastián Balbontín, incluyendo el arriendo de la casa utilizada, que había sido comprada por el padre de Alberto Larraín. Desconozco la imputación de los fondos utilizados por la fundación para ese arriendo y su mantención. Este ‘proyecto’ en Limache, en mi opinión, no guardaba relación con lo que venía realizando en otros territorios. Allí, por instrucción de Larraín, se contrataron militantes del partido Revolución Democrática —el mismo en el que militó Balbontín— como Catalina Rengifo y Rosario Gaymer”.

En ese clima de suspicacia estalló el caso Democracia Viva en Antofagasta, el mismo que hoy mantiene en arresto domiciliario a la desaforada diputada Catalina Pérez. El escándalo impactó de inmediato en ProCultura, que ya se encontraba en el centro de la atención. Las querellas comenzaron a llegar y todos los convenios fueron puestos bajo revisión. Políticos y fiscales comenzaron a sospechar sobre la relación entre Larraín, el Gobierno y los millonarios aportes públicos que había recibido.

Según estimaciones oficiales, la fundación aumentó más de diez veces sus ingresos provenientes de reparticiones públicas entre 2021 y 2022, pasando de $316.849.723 a $3.282.841.556.

Las investigaciones ligadas al Caso Convenios paralizaron los pagos desde el Gobierno y las municipalidades a decenas de fundaciones. Para ProCultura, ese congelamiento fue terminal. La organización colapsó. Cerró proyectos, despidió personal, e incluso —según denuncias laborales— lo hizo sin pagar finiquitos ni cotizaciones.

“Este huevón la cagó en meterse tanto en política. Alberto usó el nombre de Boric y presionó a la gente con eso para ganarse proyectos. En parte, ese es su pecado”, dice un exdirectivo de la fundación.

Su exesposa, Josefina Huneeus, lo graficó en duros términos en la conversación filtrada con el Presidente:

“Yo creo que estamos frente a una personalidad psicopática, franca. No creo que haya cometido delitos que lo vayan a llevar preso, no hay apropiación indebida —después de hablar con cinco penalistas y darle una vuelta como de un año a la hueá—, pero sí hay irresponsabilidades graves, hay faltas, hay ambiciones, hay delirios de grandeza. Hay millones de cosas graves, súper graves”.

Con la caída económica de ProCultura, se cerraron todos sus proyectos. Dos de ellos quedaron bajo fuerte escrutinio público. El primero fue la restauración de fachadas en Antofagasta, cuya valorización —$262 mil pesos por metro cuadrado— causó polémica. El proyecto incluía capacitaciones y empleos para decenas de vecinos de la región, muchos de ellos también afectados por el caso Democracia Viva.

“No se pilotea en el norte porque no funciona”, le había dicho Larraín a Cristina Dorador. Finalmente, tampoco funcionó.

El segundo proyecto cuestionado fue un programa de prevención del suicidio, firmado con su exjefe y actual gobernador de Santiago, Claudio Orrego, quien también ha declarado en la causa. El convenio costó más de $1.683 millones al Estado y, según cifras oficiales, sólo se ejecutó en un 40%.

José Andrés Murillo, de la Fundación Para la Confianza —organización colaboradora en el programa—, explica los alcances del quiebre:

“En ese proyecto había un chat de emergencias en prevención del suicidio. Alcanzamos a atender a unas dos mil personas. Es decir, por esto quedaron más de 2.000 personas con ideación suicida sin ser atendidas”.

Así, la historia del niño al que le enseñaron que había que cuidar a los pobres, que servir era un privilegio y no una carga; el joven que se hizo psiquiatra después de conocer de cerca la ideación suicida; el doctor que durante años habló de eso, escribió columnas, levantó proyectos, terminó convertido en el rostro de una fundación caída, que dejó inconclusa la ayuda para las personas más vulnerables del país. Las mismas que prometió –o dijo prometer– a su abuela que cuidaría.

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