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Opinión

12 de Julio de 2025
Columna Marco Moreno
Columna Marco Moreno
Imagen: Sandro Baeza/The Clinic

El centro político: ese oscuro objeto del deseo

Foto autor Marco Moreno Por Marco Moreno

"Todos lo buscan, todos lo invocan, todos quieren hablarle, pero pocos entienden realmente qué es, dónde está o cómo se moviliza. Y no es casualidad: el centro ya no es lo que era. Por de pronto no es un lugar fijo en el mapa ideológico, sino más bien una zona difusa, cambiante, moldeada por el desencanto, el pragmatismo y la desconfianza", dice Marco Moreno en su columna de esta semana, en la que se refiere a la compleja búsqueda de los candidatos presidenciales por hablar al elector del centro político, el cual, dice, "sigue más vivo que nunca, aunque irreconocible".

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Como en la célebre película de Buñuel, el centro político en Chile parece un objeto deseado, pero escurridizo. En la película de 1977 se narra la historia de una posesión imposible, la del cuerpo de una mujer. Metafóricamente podríamos asimilar ese objetivo con el deseo de representar al centro político. Todos lo buscan, todos lo invocan, todos quieren hablarle, pero pocos entienden realmente qué es, dónde está o cómo se moviliza. Y no es casualidad: el centro ya no es lo que era. Por de pronto no es un lugar fijo en el mapa ideológico, sino más bien una zona difusa, cambiante, moldeada por el desencanto, el pragmatismo y la desconfianza.

Durante décadas, el centro político chileno estuvo encarnado por partidos que ofrecían gobernabilidad, gradualismo y una promesa de progreso sin estridencias: la Democracia Cristiana por un lado, Renovación Nacional por el otro, y una Concertación que hizo de la moderación su marca de fábrica. Pero ese mundo se desfondó. La crisis de representación que se arrastra desde 2011, y que el estallido de 2019 profundizó, dejó al centro sin estructuras claras, sin relato articulado y, sobre todo, sin voceros creíbles.

Y sin embargo, sigue ahí. Más vivo que nunca, aunque irreconocible. Porque si bien los partidos del centro se desdibujaron, el electorado que busca equilibrio y soluciones concretas no desapareció. Solo mutó. Hoy ese votante no se declara “de centro” con orgullo doctrinario, pero actúa como tal: desconfía de los extremos, exige resultados, cambia su voto sin culpa y castiga con abstención cuando se siente defraudado. Ya no vota por lealtad, sino por utilidad.

No por nada todos los candidatos —de izquierda a derecha— buscan hoy interpretar al centro. Desde Jeannette Jara hasta Evelyn Matthei, todos entienden que para tener una oferta viable deben hablarle a esa demanda mayoritaria que quiere certezas, eficacia y equilibrio. El centro se ha convertido en el terreno más codiciado del tablero político, aunque nadie se atreva a nombrarlo directamente.

Este nuevo centro es pragmático, impaciente, y muchas veces contradictorio. En una elección puede inclinarse por un liderazgo progresista si le ofrece orden y gobernabilidad, y en la siguiente girar hacia la derecha si percibe que la seguridad está en riesgo. Lo vimos en el rechazo a ambas propuestas constitucionales: la gente no quiere refundaciones, pero tampoco quiere que todo siga igual. El centro quiere cambios, pero que no lo desestabilicen. Quiere reformas, pero con resultados. No es tibieza: es desconfianza.

El problema es que ni la izquierda ni la derecha parecen saber cómo hablarle. Unos lo miran con sospecha, como si fuera sinónimo de complacencia o neoliberalismo. Otros lo ven como un botín electoral, pero sin ofrecerle respuestas sustantivas. Así, el centro termina siendo un espacio de vacío político, donde florecen figuras nuevas, independientes, técnicas o mediáticas, capaces de conectar con sus emociones más que con sus ideas.

Además, el padrón electoral actual, marcado por el voto obligatorio y la heterogeneidad social, ha obligado a todos a reconocer que dentro de esa masa diversa se alojan también muchos de los antiguos votantes de centro. No están organizados ni hablan con una sola voz, pero su peso puede ser decisivo. Representan esa mayoría silenciosa que observa, evalúa y castiga.

En un sistema cada vez más fragmentado, entender al centro ya no es una opción, es una necesidad. No se trata de inventar un nuevo partido de centro ni de resucitar viejas fórmulas. Se trata de comprender que hoy el centro político es más una actitud que una identidad: una ciudadanía que quiere orden sin autoritarismo, progreso sin utopías, y política sin gritos.

Ese oscuro objeto del centro seguirá siendo esquivo para quienes lo subestiman o caricaturizan. Pero puede volverse decisivo para quienes sepan escucharlo, interpretarlo y, sobre todo, interpelarlo con propuestas concretas y liderazgos creíbles.

Porque en el Chile que viene, ganar el centro no es solo clave para triunfar en las urnas. Es también el camino para reconstruir un mínimo común de gobernabilidad.

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