Entrevistas
13 de Julio de 2025Alfredo Jaar, Premio Nacional de Arte: “Soy intelectualmente muy pesimista, pero muy optimista con mi voluntad”
Hace dos semanas, el artista chileno radicado en Nueva York y Premio Nacional recibió la prestigiosa Medalla Edward MacDowell por su contribución a la cultura de Estados Unidos, un reconocimiento que antes obtuvieron figuras como Alice Munro, David Lynch y Yoko Ono. Jaar no es indiferente al momento que atraviesa ese país: “Estamos siendo testigos de un fascismo emergente que se impone con cada vez más claridad y fuerza”, dice a The Clinic. A sus casi 70 años, prepara, además, la apertura en Bruselas de su más reciente muestra, "The end of the world (El fin del mundo)", donde condensa la violencia geopolítica y el colapso ecológico en un cubo diminuto hecho a partir de los diez minerales que sostienen la vida. Chile no está en su radar por ahora: no está pensando en exponer, admite que no votó en las primarias del domingo y revela su único encuentro con el Presidente Boric.
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Cuando lo notificaron, no lo creyó: la MacDowell Colony, una de las residencias artísticas más antiguas y prestigiosas de Estados Unidos, acababa de concederle la Medalla Edward MacDowell, que desde 1960 distingue a creadores, escritores y pensadores por su contribución excepcional a la cultura estadounidense. Philip Roth, Alice Munro, David Lynch y Yoko Ono son solo algunas de las figuras que la han recibido, y ahora un incrédulo Alfredo Jaar se suma a esa selecta nómina. Es el galardonado número 65 en la historia de la institución, además del único chileno. Hace dos semanas, el artista, arquitecto y cineasta de 69 años –quien está radicado desde 1982 en Nueva York– viajó hasta Peterborough, New Hampshire, para recibir el premio en una ceremonia al aire libre que le impidió votar en las elecciones primarias donde resultó ganadora Jeannette Jara.
“Fue una increíble sorpresa”, cuenta Jaar a The Clinic desde su hogar, cubriéndose el rostro con ambas manos, como quien aún no reacciona. “No tenía idea, porque a uno no le avisan de esto. Me lo anunciaron de manera sorpresiva y, cuando me metí al sitio web para ver quiénes la habían recibido, quedé alucinado, no lo podía creer. Pensé que había sido un error, que realmente no la merecía”.
“Acabo de volver de allá. Me entregaron la medalla el domingo. Fue una ceremonia muy hermosa y estoy increíblemente agradecido por este reconocimiento. Eso me da un poco más de fuerza para seguir luchando en estos momentos tan difíciles”, agrega.
En sus palabras de agradecimiento tras recibir el reconocimiento, Jaar rindió tributo a algunos de los referentes literarios que lo han acompañado a lo largo de su vida: “A James Baldwin, a Audre Lorde” y también a la autora Toni Morrison, de quien escogió una frase que lleva tiempo repitiéndose como un mantra personal. El artista la recita frente a la cámara: “Dice: ‘Don’t let anybody convince you this is the way the world is and the refore must be. It must be the way it ought to be’”. En español, aclara, significa: “No le permitas a nadie convencerte de que esta es la manera en que el mundo es y por lo tanto tiene que ser; el mundo tiene que ser como debería ser”.
Jaar subraya que este nuevo reconocimiento –que se suma a otros como el Premio Nacional de Artes Plásticas de Chile en 2013 y el Hasselblad International Award in Photography en 2020– le llega en un momento inquietante para la sociedad estadounidense. “Estamos siendo testigos de un fascismo emergente que se impone con cada vez más claridad y fuerza”, advierte.
El año pasado hubo un quiebre muy claro en la libertad de expresión en dicho país, cuando “el gobierno de Biden y Harris ordenó desalojar con policías a los estudiantes que protestaban en la Universidad de Columbia. Ahí murió la libertad de expresión”, insiste Jaar, “y Trump no ha hecho más que construir a partir de ahí y llevarlo todavía más lejos”.

La situación, dice el artista, excede la represión directa: “Estamos viviendo en un momento de censura. Y como sabemos los chilenos que vivimos bajo el gobierno militar, peor que la censura es la autocensura. Porque cuando la gente empieza a tener miedo, se autocensura”. Ni siquiera el arte se ha salvado de caer en esto último, advierte Jaar. “Siempre he dicho que el arte y la cultura son el último espacio de libertad que nos queda. Pero, lamentablemente, hemos llegado a un punto donde ya no puedo sostener eso. La prensa independiente prácticamente ya no existe y esta censura está emergiendo en todas partes del mundo”.
“La prensa está en manos de conglomerados ideológicos que repiten lo que dicen los gobiernos. Antes, al menos, quedaban ciertos espacios de información independiente. Hoy casi no existen. En el arte sucedió algo similar y hoy la autocensura en los artistas jóvenes es brutal. Yo lo puedo decir porque tengo cierta reputación, pero los artistas jóvenes están todos mudos porque tienen miedo”, dice el artista nacional.
Jaar ve a Donald Trump como la punta visible de un fenómeno más profundo. Acaso su obra más célebre, A Logo for America, cobró nueva vida precisamente en la era del mandatario republicano. Estrenada originalmente en 1987 como una intervención pública en Times Square, la pieza consistía en una secuencia de imágenes en una pantalla única con el mapa de Estados Unidos, donde se leía en letras luminosas: “This is not America”. La frase operaba como un gesto semiótico de resistencia: un recordatorio de que América es un continente, no un solo país. “Esta obra nació como una reacción semiótica”, explica Jaar.
“Me chocaba mucho escuchar todo el tiempo ‘God bless America’, ‘Welcome to America’, y darme cuenta de que no estaban hablando del continente nuestro, sino que estaban borrando todo el resto”.
Más de 40 años después de su debut, A Logo for America sobrevive como una obra mutante: un letrero encendido que, en cada época, adquiere un nuevo sentido. Durante el gobierno de Obama, cuando se exhibió otra vez en Times Square –esta vez ocupando 65 pantallas simultáneas– muchos la leyeron como un gesto contra la política migratoria que expulsó a millones de personas. Con Trump, se convirtió en un emblema directo de resistencia: un recordatorio de que la Make America Great Again no era la América de todos.
“La obra se reinstaló en su primer mandato y The Guardian me dedicó una página entera diciendo que era una obra anti–Trump”, recuerda Jaar, esbozando una sonrisa. Y reafirma: “Yo no reconozco tampoco a ese Estados Unidos”.
Hoy la frase circula también convertida en un meme, reapropiada por usuarios anónimos de los movimientos y las redes sociales. En su cuenta personal de Instagram –donde tiene más de siete mil seguidores y solo sigue a una persona, su hijo Nicolás, músico– Alfredo Jaar ha subido un único post –en febrero de 2022– con la imagen de su icónica declaración en neón: This Is Not America.
—¿Qué siente cuando ve su frase dando vueltas por ahí, circulando sin control?
—Me parece fascinante. Nunca pensé que tendría esa vida tan larga. Es una obra que ya no me pertenece del todo, y eso la hace aún más potente. Ha seguido pasando por etapas, y ahora yo soy un observador: tiene vida propia.
—Lleva más de 40 años viviendo en Estados Unidos. ¿Cómo describiría el clima que enfrentan hoy los migrantes con los controles y políticas restrictivas que está aplicando el gobierno de Trump?
—Todo se ha vuelto más hostil. ICE (Immigration and Customs Enforcement) tiene cientos de policías dando vueltas por la ciudad, deteniendo gente y expulsándola. En algunos casos los están enviando a estas cárceles de máxima seguridad en El Salvador, donde otro tirano ha construido unas cárceles absolutamente horroríficas. Hay muchos videos circulando en internet que los utilizo yo en mis conferencias para mostrar de qué se trata. Ha creado un ambiente de terror en la población inmigrante que no sabe cómo resistir porque nada los protege. Hay gente que no tiene recursos para un abogado, por lo tanto están viviendo en un miedo absoluto, con los hijos aún en el colegio y sin medios para irse. Están en una situación realmente dramática.
Es una locura. Ayer mismo, Trump estaba hablando de la nueva cárcel que quiere construir con caimanes y cocodrilos alrededor, como si fuera un show. Es todo un espectáculo de crueldad que se ha normalizado. Mucha gente no dimensiona que esto ocurre todos los días, en cada ciudad grande. La comunidad inmigrante vive completamente aterrorizada. Se han instalado el miedo y la resignación. Y el resto de la sociedad, en gran parte, mira para otro lado.

El fin del mundo
El trabajo de Alfredo Jaar ha sido catalogado de provocador, incómodo y político. Todo menos indiferente. Sin embargo, había un tema que hasta ahora no había abordado y que, según cuenta, comenzó a rondarlo con una mezcla de urgencia y de culpa: el cambio climático.
“Mi carrera ha estado dedicada a responder a contextos políticos, tragedias, crisis geopolíticas, pero nunca me había dedicado en profundidad al tema del calentamiento global. Me estaba sintiendo culpable y quería hacer algo al respecto”, dice ahora el artista.
Esa inquietud fue la génesis de su más reciente proyecto, The end of the world (El fin del mundo), una obra que él mismo define como “un ensayo visual sobre el estado ecológico y geopolítico del planeta a partir de los diez minerales clave que sostienen la vida contemporánea hoy en el mundo entero”.
Entre ellos están el litio, indispensable en la revolución energética y las baterías; el coltán, esencial para la electrónica y origen de conflictos armados en África; y las tierras raras, un grupo de 17 elementos cuya producción controla casi por completo China. El cubo también incorpora cobalto, níquel y cobre, materias primas estratégicas de la industria tecnológica; uranio, motor nuclear y geopolítico; silicio, base de los semiconductores; oro, reserva financiera y material crítico; y fósforo, un recurso vital –aunque menos visible– que sostiene la producción de alimentos en todo el mundo.
Cada uno, recalca Jaar, “está atravesado por la violencia extractiva y explica gran parte de las tensiones actuales y las guerras que se están gestando”.
“Putin invadió Ucrania porque Ucrania posee el 80% del litio en Europa. Y la próxima guerra va a ser Taiwán, porque ahí se producen todos los semiconductores, el 90% de los más avanzados. Estados Unidos necesita provocar una guerra con China por Taiwán, porque si no va a colapsar”, opina.
La instalación fue estrenada en Berlín en 2024, en el interior del Kindl Centre for Contemporary Art, un antiguo edificio industrial convertido en centro de arte contemporáneo, con un enorme bloque de concreto de veinte por veinte metros. Jaar instaló un cubo de cuatro por cuatro centímetros que se exhibía sobre un pedestal mínimo, bañado por una luz roja tenue que creaba una atmósfera amenazante.
“Todos los artistas habían hecho obras gigantescas para responder al gigantismo del espacio, y yo vi la oportunidad de hacer exactamente lo contrario. Terminé exponiendo ese cubo diminuto y el impacto fue muy, muy grande”, recuerda.
“Quise incorporar esa luz porque sugiere peligro, emergencia. Es como si todo estuviera al borde de estallar”, explica el artista. Mientras tanto, el público rondaba esa pieza minúscula con la fascinación –o el apetito– de un animal carroñero.
Para Jaar, ese pequeño objeto “grafica lo frágil de la vida” y condensa en su escala la paradoja de un mundo que depende de recursos finitos.
El diario Der Tagesspiegel destacó El fin del mundo como “un gesto radical de silencio frente a la magnitud de la catástrofe”. La recepción dejó satisfecho al artista: “Toda la prensa alemana reaccionó muy bien. Quedé muy contento”. Tras un año en la capital alemana, la instalación se exhibirá en Bélgica a partir del 4 de septiembre en La Patinoire Royale Bach, uno de los principales espacios de arte contemporáneo de Bruselas.
Por ahora, Jaar descarta traer la obra a Chile. “No hay planes por el momento”, dice. “Yo, con respecto a Chile y con todos los países, me controlo: no me gusta sobreexponerme en ninguna parte. En Chile tuve una exposición en el Bellas Artes hace dos años; por lo tanto, no tengo pensado exponer por lo menos por dos o tres años más. Prefiero mantenerme un poco más invisible en Chile por unos años”.

Chile fuera de su radar
En su penúltima exhibición en el país, en el MAC Parque Forestal, Alfredo Jaar volvió a instalar su otra obra icónica: la pregunta ¿Es usted feliz?, que originalmente colgó en las calles de Santiago en 1980. La pieza permaneció durante meses en la fachada del museo y terminó quedándose casi dos años, a pedido del público.
“Estuvo colgada mucho tiempo, la gente se encariñó con ella”, recuerda. “Esa pregunta me ha perseguido toda mi carrera. En el fondo, en todas mis obras está implícita esa pregunta”, reflexiona.
—¿Se sigue haciendo esa pregunta?
—Yo me la hago siempre, todo el tiempo, y siempre digo que no (ríe). Por eso sigo mi
camino.
Su última visita fue en enero de 2025, cuando estuvo en Chiloé y Santiago. En esa ocasión, Jaar donó dos de sus obras al Museo de Arte Contemporáneo de la Universidad de Chile. Una fue precisamente ¿Es usted feliz?, y la segunda Cien años de soledad (No realmente), una instalación inspirada en la novela de García Márquez y dedicada a Rosa Devés, rectora de la Universidad de Chile.

“Decidí donar esta obra a la universidad en homenaje a Rosa, y fue un gran privilegio que ella aceptara la donación”, cuenta Jaar. “Yo conocí primero a Isabel, hermana de Rosa, quien fue compañera de estudios en la FAU y es una de mis mejores amigas en Chile. Después conocí a Rosa y me impresionó mucho su trayectoria como científica y como primera mujer rectora de la Universidad de Chile”.
Cien años de soledad (No realmente) fue creada en 1985 y expuesta por primera vez en el New Museum of Contemporary Art de Nueva York. Actualmente, se exhibe en el hall de entrada de la sede del MAC en Quinta Normal. La instalación consiste en dos líneas de neón que cruzan el título de la novela cumbre de García Márquez y del Boom Latinoamericano en letras blancas y, justo debajo, “No realmente” escrito en rojo, una relativización irónica hacia la visión mitificada del continente.
“Descubrí el poco conocimiento que tienen de América Latina… De América Latina lo poco que sabían era a partir de este libro de García Márquez, entonces nosotros estábamos todos viviendo en Macondo. Por eso se me ocurrió esto casi como un chiste: era un pequeño gesto para sugerir ‘¡no, no estamos solos!’”, explicó Jaar durante la ceremonia de donación junto a la rectora Devés, en enero de este año.
“Esa obra se me ocurrió, en realidad, casi como chiste”, complementa ahora el artista. “Yo estaba pensando en todos los golpes militares donde realmente noestábamos solos, no estábamos en soledad total, sino que estábamos muy acompañados –y muy mal acompañados– por tantas intervenciones
norteamericanas”.
Aunque visita Chile periódicamente, Alfredo Jaar admite que sigue con distancia la contingencia nacional. “Honestamente, estoy muy desconectado, por lo tanto no sé muy bien de la política chilena actual. Me dedico a mis proyectos y leo la prensa internacional, pero de Chile no me llega nada. La política chilena no está en mi algoritmo”, dice el artista.
En 2021, durante la Convención Constitucional, Jaar donó otra obra a la recién constituida asamblea encargada de redactar una nueva Carta Magna. El artista instaló Música (Todo lo que sé lo aprendí el día que nació mi hijo), una pieza sonora que transmitía en tiempo real los llantos de recién nacidos desde hospitales públicos, como un símbolo del país que estaba por nacer.
—Paradójicamente, de aquel proceso no nació nada en términos constitucionales. ¿Qué mirada tiene de ese proceso?
—Honestamente, encontré alucinante la primera propuesta de nueva Constitución. Era el texto más progresista que había visto: promujeres, proequidad, propueblos originarios, y de una generosidad impresionante. Pero era tan bello y tan poco calculador que la mayoría del país no lo pudo aceptar. Terminó siendo un documento extraordinario que no pasó. Después el péndulo se fue al otro extremo, a una segunda propuesta que era todo lo contrario, que por suerte tampoco prosperó. Fue como un espejo invertido.
Ante la pregunta por su opinión del panorama electoral, Jaar se encoge de hombros, sonríe y guarda silencio. Tampoco quiere opinar del Gobierno del Presidente Gabriel Boric.
A cambio, ofrece solo una impresión personal del Mandatario: “Vino a mi muestra en el Bellas Artes y le ofrecí una visita guiada que duró casi dos horas. Empezamos solos los dos y terminamos casi un centenar que nos siguieron en silencio por el recorrido. Me pareció una persona muy linda y generosa, de una gran cultura. Fue un momento muy hermoso”.
—Cumplirá 70 años en unos cuantos meses (5 de febrero), ¿significa algo más que un cambio de folio para usted?
—Yo sigo trabajando, sigo con mucha energía, y espero seguir lo más posible. Los artistas no nos jubilamos. Yo soy intelectualmente muy pesimista, pero muy optimista con mi voluntad. Parafraseando a Gramsci, “prefiero ser optimista con mi voluntad y seguir mi camino”. Mi obra más importante siempre es la próxima.



