Los archivos secretos de la construcción del primer San Carlos de Apoquindo en el testimonio del dirigente-constructor que encabezó la obra
El 10 de agosto, Universidad Católica volvería a su estadio luego de más de tres años sin localía fija. Pero este retorno no se entiende sin repasar una historia que comenzó hace medio siglo, cuando el club vendió el viejo estadio de Independencia y se instaló en San Carlos de Apoquindo. Aquí, la historia de la construcción del estadio, contada por uno de sus protagonistas. Fernando Bolumburu –exjugador, dirigente y constructor– fue uno de los hombres que encabezó la cruzada por devolverle una casa al equipo: levantando un estadio con maquinaria prestada, donaciones entre socios y clavos comprados en Sodimac. A días de la reapertura del nuevo Claro Arena, esta es la historia fundacional del estadio cruzado.
Por Sebastián Palma y Agustín Morel 26 de Julio de 2025
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En 1971, el Club Deportivo Universidad Católica se quedó sin casa. La universidad –que por esos años controlaba al equipo– arrastraba deudas y decidió cortar por lo más delgado: vendió el estadio de Independencia. El viejo recinto, donde alguna vez la UC se hizo fuerte, desapareció ese mismo año. Hoy no queda ni una piedra.
La jugada fue un desastre. Sin estadio propio, Universidad Católica empezó a arrendar localías en Santa Laura y otros recintos de la capital. Dos años después, el equipo –que a esa altura no funcionaba– descendió. Una tormenta perfecta.
“A nosotros, en Independencia, no nos ganaba nadie. Y al año siguiente, bajamos. Lloré de impotencia, porque no estaba en el equipo”, recordó años más tarde Washington Villarroel, defensor histórico y bicampeón en los 60. Les costó años volver a competir de igual a igual con los grandes.
Cincuenta años después de esa venta, la historia volvió a tener un giro parecido. En 2022, Universidad Católica dejó de jugar en su nueva casa, San Carlos de Apoquindo. Esta vez la razón fue distinta: la remodelación prometida para modernizar el estadio inaugurado en 1988. Las obras ya llevan tres años.
Aunque los motivos no fueron los mismos, el patrón se repitió. El equipo volvió a arrendar el estadio Santa Laura y, si bien no cayó al fondo, sí perdió el ritmo: quedó fuera de torneos internacionales y lejos de los títulos que, entre 2018 y 2021, parecían una costumbre.

A Universidad Católica le cuesta funcionar sin una casa. Eso lo sabe bien Fernando Bolumburu, histórico dirigente que se reconoce cruzado desde antes de tener memoria.
—Cuando estaba recién nacido, mi papá me llevó a hacerme socio. La firma en mi carné es la huella de mi pie entintado —comenta.
Su ligación con la Católica no solo estuvo en su prematura afiliación como socio, desde niño jugaba a la pelota en el barrio con Alfonso Swett –expresidente de Universidad Católica que inauguró San Carlos de Apoquindo– y visitaba el estadio Independencia junto a su padre.
En la adolescencia comenzó a entrenar en el equipo, jugó un año en el equipo profesional, pero finalmente se decidió a estudiar construcción civil en la Pontificia Universidad Católica de Santiago. Allí siguió jugando a fútbol en la liga universitaria.

Al titularse, Fernando Bolumburu levantó una oficina y se convirtió en profesor. Como en aquella época el club seguía liderado por la universidad, naturalmente se hizo de una silla en la junta de dirigentes del club. Desde allí vio las dificultades de un equipo sin casa.
—Luego de la venta del estadio Independencia nos quedamos con Santa Rosa nomás, pero el futbol no podía funcionar allí. Había una cancha de rugby que la tuvimos que transformar para que pudiera entrenar el primer equipo –recuerda Fernando–. Santa Laura era nuestra segunda casa, los más antiguos le decíamos la casa 2.
El brote de San Carlos de Apoquindo
En 1982 Alfonso Sweet Saavedra asumió la presidencia de la Universidad Católica. Agarró un fierro caliente, sin estadio y con malos resultados a finales de los 70: el equipo vivió un momento de crisis, con solo 199 socios con sus cuotas al día. En 1981, solo había un jugador con contrato vigente, era el seleccionado nacional Gustavo Moscoso.
Recién asumido en el cargo, se encomendó la tarea de modernizar el club. A una de las primeras personas que llamó fue a su vecino de la infancia con el que jugaba a la pelota: Fernando Bolumburu.
—Me dijo: “Fernando, tomémonos el fútbol”. Fue un 3 de enero, nunca lo voy a olvidar —recuerda hoy el exdirigente.

La propuesta no era simbólica. El 27 de enero se constituyó la Fundación Club Deportivo Universidad Católica, con un objetivo concreto: convertir al club en una entidad autónoma, con personalidad jurídica propia, desligada económica y administrativamente de la universidad. Una institución capaz de tomar decisiones por cuenta propia.
El siguiente paso era evidente: construir un estadio. Y para eso, el dirigente-constructor iba a ser clave.
El terreno ya existía. A principios de los años 70, el expresidente Manuel Vélez había adquirido unos paños en los faldeos cordilleranos de Las Condes. Pero el proyecto tenía escollos. La lejanía con el centro de Santiago era uno. El otro, más complejo, era legal: tras la separación entre el club y la universidad, ¿a quién le pertenecían esos terrenos?
—Ahí nos tocó una negociación importante con la universidad —cuenta Bolumburu—. Se formó una comisión. Por parte de ellos estaba (el exministro) Hernán Larraín Fernández, y por nuestro lado, otros dos dirigentes y yo.
—Con Hernán éramos amigos de toda la vida, y nos tocó enfrentarnos por el mismo objetivo. La universidad eligió primero: se quedó con los mejores lotes, desde Camino el Otoñal hacia arriba. Después vendieron esos terrenos, que hoy son casas y grandes condominios. A nosotros nos tocó lo último. Por eso quedamos tan arriba. Con el tiempo, parte de eso se lo vendimos a la Universidad (del Desarrollo) y a un colegio colindante.

El estadio que no fue dentro del Parque Metropolitano en el Cerro San Cristóbal
Mientras la universidad y el club aún discutían la repartición de los terrenos, una alternativa surgió para construir el nuevo estadio. Católica puso la mira en un paño propio a orillas del río Mapocho, en el sector conocido entonces como Santa Rosa de Las Condes.
Como ese terreno no cumplía con las condiciones, se fijaron en un espacio justo al frente: un predio a los pies del cerro San Cristóbal, dentro de lo que hoy es el Parque Metropolitano. A comienzos de los años 80, la idea tomó fuerza. Una revista de la época lo llamó “el estadio de la discordia”. Para la UC, era la oportunidad de dejar atrás 11 años sin localía fija.
El proyecto era ambicioso. Setenta mil metros cuadrados de parque, rodeados de naturaleza, con áreas recreativas, gimnasio, multicanchas, un anfiteatro, y un estadio con capacidad para 18 mil personas, similar a lo que será el nuevo Claro Arena.

En 1984 se puso la primera piedra. Quienes pasaban por el lugar recuerdan el cartel que colgaba a la entrada: “Aquí se construye el estadio de la UC”.
Pero el sueño duró poco. Ese mismo año, vecinos de Las Condes y Vitacura reclamaron por el impacto que tendría un estadio de esa envergadura en el sector, y Católica optó por renunciar al proyecto.
Con el paso del tiempo, Fernando Bolumburu reveló que aquella movida fue, en parte, una negociación estratégica.
—Nos habían donado ese terreno en el cerro San Cristóbal. Incluso podíamos haber hecho un túnel bajo la Costanera y otras obras de mitigación. Pero en realidad, nosotros queríamos construir arriba, en San Carlos. Poner el primer ladrillo allá fue una manera de empujar la autorización. Sabíamos que en el cerro no íbamos a poder crecer.

San Carlos de Apoquindo se construyó como una minga
La remodelación del estadio San Carlos de Apoquindo —rebautizado como Claro Arena— se financió con el respaldo de la marca telefónica, aumentos de capital a través de la compra de acciones por parte de los socios y una emisión de bonos. Un modelo calcado del mundo empresarial: estructurado, profesional, moderno.
Pero no siempre fue así. Fernando Bolumburu, uno de los protagonistas de la construcción original del estadio en los años ochenta, recuerda que ese proceso fue muy distinto. No hubo marcas, bonos ni empresarios. Lo que hubo fue voluntad.
—Alfonso Sweet creó un sistema de donaciones entre socios, amigos de los socios, conocidos. A los directores se nos exigió llevar al menos 25 colaboradores, lo que equivalía a reunir unos 25 mil dólares por cabeza. Así armó un lote de unos diez dirigentes que andábamos por todos lados buscando aportes —cuenta Bolumburu.
Él lideró la comisión estadio junto a Juan Eduardo Errázuriz y Teodoro Yametti, los tres ligados profesionalmente al mundo de la construcción. Pero en vez de contratar a una empresa, ellos mismos se hicieron cargo del proyecto.

—No contratamos constructora. La constructora éramos nosotros. Solo trajimos a un arquitecto y a un constructor civil, Eugenio Duque, que era amigo nuestro. Le dijimos que iba a ser el único con sueldo. Nosotros trabajábamos gratis —explica.
—Muchas cosas funcionaban porque nosotros donábamos. Mi oficina donó una retroexcavadora y cuando me la entregaron la tuve que botar. La construcción fue bien artesanal, como una minga. Juan Eduardo también aportó maquinaria y plata. Nosotros estábamos todos los días a las 8:30 de la mañana en el estadio. A veces faltaban clavos y teníamos que partir al Sodimac a comprar. Fue muy emocionante –añade.
El 4 de septiembre de 1988 se inauguró el nuevo complejo del Club Deportivo Universidad Católica con un amistoso frente a River Plate de Argentina. Pero el primer triunfo oficial en su nueva casa llegó recién el 25 de septiembre, cuando los cruzados vencieron 2-0 a Fernández Vial por la fecha 12 del campeonato. Ante 8.540 espectadores, Juvenal Olmos abrió la cuenta a los dos minutos del segundo tiempo. Ese gol, en el arco norte, quedó registrado como el primero de la UC en San Carlos.
Pero Bolumburu tiene otra versión.
—Cuando terminamos el estadio lo celebramos como se debe. Jugamos una pichanga entre los directivos y el cuerpo técnico. Ese fue el primer uso real del estadio.
—¿Y quién ganó? —se le pregunta.
—Los directores, po. Les sacamos la mugre. Además no nos importaba nada: nos tocaban en el área y cobrábamos penal. El primer partido fue ese. Después hubo un almuerzo. Nos abrazamos. Fue un logro que costaba imaginar.
Hoy, ese grupo de dirigentes todavía se reúne dos miércoles al mes a comer. Bolumburu cuenta que todos están contentos con cómo está quedando la remodelación, y que ya tienen su asiento reservado en la tribuna Sergio Livingstone para el partido del próximo 10 de agosto frente a Ñublense.
Respecto a su relación con Cruzados, la sociedad anónima que hoy lidera al club, Bolumburu dice que han respetado el legado del primer San Carlos de Apoquindo y que él se comprometió simbólicamente con la nueva construcción.
–Ellos hicieron esta búsqueda de acciones que a todos nosotros nos dieron la posibilidad de ser inversionistas. Unos más u otros menos, de hecho yo compré tres acciones para poder decir que soy accionista de Cruzados. Lo hice de manera simbólica, porque me parece bien su modelo.




