Opinión
9 de Agosto de 2025
Encuestitis crónica: cómo la opinión publicada enferma la democracia
Por Marco Moreno
"A menos de cien días de las elecciones, es hora de recuperar el debate democrático. No es aceptable que el futuro de un país se decida en función de lo que diga una encuesta publicada en domingo. La democracia exige más que números: exige ideas, propuestas, confrontación de visiones", opina el columnista Marco Moreno esta semana, en la que realiza un análisis de los efectos que genera la dependencia de sectores políticos hacia los sondeos de opinión, en medio de un turbulento año presidencial.
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A menos de cien días de la elección presidencial y nueve de conocer los candidatos que estarán en la papeleta del 16 de noviembre, el termómetro político más consultado —y a veces el único— sigue siendo lo que dicen las encuestas.
No importa si se trata de Cadem, Feedback, Data Influye, Panel Ciudadadano UDD, Criteria o Pulso Ciudadano: su publicación pautea la agenda, ordena las prioridades de los candidatos, reconfigura alianzas y hasta instala derrotas antes de que se emita un solo voto. Lejos de ser una herramienta para conocer las preferencias ciudadanas, la “encuestitis” se ha convertido en un dispositivo de poder que parecer estar enfermando nuestra democracia.
La enfermedad no es nueva, pero se ha vuelto más sintomática. La sobredosis de encuestas, combinada con una cobertura mediática acrítica y espectacularizante, termina por erosionar la deliberación pública. La política deja de ser un espacio de propuestas, disputas programáticas y liderazgo con visión de futuro, para convertirse en un reality show donde lo único que importa es el ranking semanal. Así, el electorado deja de ser ciudadano para transformarse en consumidor de sensaciones en una democracia “ocular” o “espectatorial” donde los ciudadanos son espectadores como advierte Jeffrey Green.
Conviene aclarar que el problema no son las encuestas en sí mismas. Estas pueden ser instrumentos útiles para captar tendencias, medir percepciones y anticipar escenarios cuando las condiciones políticas son relativamente estables y las variables del comportamiento electoral se mantienen dentro de ciertos márgenes de previsibilidad. Pero hay que hacer distinciones clave que muchas veces se omiten: lo que hoy conocemos y consumimos regularmente no son encuestas electorales en sentido estricto —que requieren diseños probabilísticos robustos, marcos muestrales precisos y controles de error más exigentes— sino estudios de clima de opinión, cuyo objetivo es detectar estados de ánimo, no proyectar resultados. Confundir ambos tipos de medición no es solo un error técnico, sino también una distorsión política.
Además, estos estudios no son neutrales. Se producen, circulan y consumen bajo una lógica de mercado. Son encargados por clientes —partidos, medios, gobiernos, empresas— que esperan respuestas útiles para orientar decisiones estratégicas. Como cualquier otro producto, responden a una demanda y, por tanto, sus contenidos y formatos se ajustan a lo que el mercado espera. No es casual que muchas encuestas sean “canjeadas” por visibilidad mediática: los medios ganan pauta y contenido, mientras las encuestadoras obtienen posicionamiento y validación pública.
En este ecosistema, los resultados dejan de ser meras mediciones para transformarse en bienes de consumo, amplificados por medios que contribuyen a instalar la ficción de que miden una verdad objetiva. El problema, entonces, no está en el instrumento, sino en su uso descontextualizado, en la forma en que los estudios de opinión son presentados como si fueran representaciones exactas de la voluntad ciudadana. En escenarios de incertidumbre, desconfianza institucional y voto obligatorio, esa ficción puede ser particularmente dañina.
Este fenómeno ha sido ampliamente estudiado. Giovanni Sartori, en Homo videns, advertía ya a fines del siglo XX sobre la transformación de la política en imagen y espectáculo, donde la información pierde profundidad y se vuelve fragmentaria. Las encuestas, en ese esquema, operan como una suerte de oráculo moderno: predicen, pero también producen efectos. En lugar de reflejar la realidad, la construyen. En palabras de Pierre Bourdieu, no hay tal cosa como “la opinión pública” unificada que las encuestas dicen capturar; lo que existe es una pluralidad de opiniones, muchas veces volátiles, que los instrumentos cuantitativos no logran representar adecuadamente.
El problema es que las encuestas no solo miden: inducen, anticipan, disciplinan. El llamado bandwagon effect, ampliamente estudiado en la ciencia política, muestra cómo los votantes tienden a respaldar a quienes lideran en los sondeos, bajo la lógica de no “desperdiciar” su voto. Efectos, como el del “voto útil” distorsionan la libre decisión del votante, sustituyendo el juicio propio por la percepción del entorno. Elisabeth Noelle-Neumann lo llamó la “espiral del silencio”: cuando los ciudadanos creen que su opinión no coincide con la mayoría, optan por callar o adaptarse, para no ser excluidos socialmente. En elecciones, eso se traduce en una desconexión entre preferencias reales y voto efectivo.
En contextos de fragmentación política e incertidumbre, como el que vivimos, las encuestas dejan de ser brújulas y se transforman en jaulas. No permiten imaginar escenarios nuevos, ni facilitan la emergencia de liderazgos alternativos. Por el contrario, consolidan lo existente y sancionan toda desviación como una amenaza a la estabilidad. Esto genera un efecto conservador, donde las candidaturas disruptivas son rápidamente etiquetadas como “inviables”, y los medios de comunicación actúan como cajas de resonancia de ese relato, amplificándolo sin mayor escrutinio.
El rol de los medios en esta distorsión es clave. No se limitan a informar los resultados: los editorializan, los dramatizan, los convierten en espectáculo. Se construyen titulares con supuestos “empates técnicos”, aunque la diferencia esté dentro del margen de error; se exageran movimientos de uno o dos puntos como si fueran terremotos; se entrevistan a expertos que no interpretan, sino que confirman la narrativa del momento. Lo que importa no es tanto qué se mide, sino cómo se presenta. Así, se genera un clima de opinión que parece más real que la propia realidad.
La democracia, en este escenario, se convierte en una competencia de percepciones, donde lo simbólico reemplaza a lo sustantivo. Como señala el politólogo John Zaller, la opinión pública es altamente manipulable cuando se basa en información incompleta o sesgada. Y eso es exactamente lo que ocurre cuando las encuestas se transforman en la única fuente de legitimidad en el debate público.
¿Existe salida? No se trata de prohibir encuestas, como se ha intentado infructuosamente en algunos países, sino de restituir su sentido original: ofrecer una fotografía parcial, limitada y metodológicamente sujeta a múltiples restricciones. Es urgente que los medios asuman una responsabilidad editorial más rigurosa, que los periodistas abandonen la lógica del rating y que los partidos políticos dejen de tomar decisiones solo en función de focus groups.
A menos de cien días de las elecciones, es hora de recuperar el debate democrático. No es aceptable que el futuro de un país se decida en función de lo que diga una encuesta publicada en domingo. La democracia exige más que números: exige ideas, propuestas, confrontación de visiones. Y sobre todo, exige respeto por la autonomía de los ciudadanos.
Al final del día, el único sondeo que importa es el que se hace en la urna. Y ese, aunque muchos lo olviden, sigue siendo secreto.



