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Opinión

23 de Agosto de 2025
Jeannette Jara, columna Marco Moreno
Jeannette Jara, columna Marco Moreno
Ilustración: Sandro Baeza / The Clinic

El problema no es Jara, es lo que hay (o no hay) detrás

Foto autor Marco Moreno Por Marco Moreno

"Si bien la candidata logró un momento de euforia tras las primarias, corre el riesgo de comenzar a estancarse justo en la fase donde debiera ensanchar su base y disputar el centro político", dice el columnista Marco Moreno, quien profundiza en el denominado techo electoral que afectaría la campaña de la abanderada del oficialismo, Jeannette Jara.

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La carrera presidencial en Chile ha entrado en una nueva etapa tras el cierre del plazo para la inscripción de candidaturas. En este escenario, los últimos estudios de opinión comienzan a revelar un cuadro complejo para Jeannette Jara, la abanderada del oficialismo. Aunque logró imponerse con holgura en las primarias, los datos más recientes evidencian que esa ventaja inicial no necesariamente se traduce en un camino expedito hacia La Moneda. Por el contrario, surgen señales que apuntan a un eventual “techo” electoral que limita su capacidad de crecimiento.

El concepto de “techo electoral” no es una invención periodística ni una categoría arbitraria. Está ampliamente validado por la literatura politológica y electoral comparada. Investigadores como Matthew Shugart, Peter Mair y Stefano Bartolini han analizado cómo ciertas candidaturas, debido a su perfil ideológico, a su nivel de rechazo o a las características del sistema de partidos, alcanzan un punto de saturación electoral a partir del cual les resulta extremadamente difícil seguir creciendo. En especial en sistemas fragmentados, polarizados o con fuerte volatilidad del voto —como el chileno actual—, este fenómeno se vuelve más probable y crítico.

Uno de los estudios clásicos que permite entender este fenómeno es el de Bartolini y Mair sobre la cristalización del voto y los clivajes históricos en Europa Occidental. Aunque orientado a partidos, su lógica es trasladable a las candidaturas: cuando el electorado percibe a un candidato como expresando de forma rígida una identidad ideológica o sectorial, su capacidad de ampliación se reduce, especialmente en contextos donde la segunda vuelta opera como un mecanismo de agregación más amplio. Este punto también lo desarrolla Thomas Poguntke al analizar las dificultades de los candidatos con identidades fuertes —de izquierda o derecha— para transformarse en opciones mayoritarias sin perder su base original.

El primero de los indicios de un techo en la campaña de Jara proviene de las simulaciones de segunda vuelta, en las que aparece perdiendo frente a las principales cartas de la derecha: tanto Evelyn Matthei como José Antonio Kast la superarían en un balotaje. A esto se suma un dato aún más preocupante para una candidatura en fase de expansión: la exministra del Trabajo lidera los niveles de rechazo. Esta variable, como han demostrado estudios de Richard R. Lau y David Redlawsk sobre decisión electoral, tiende a pesar más que las adhesiones en contextos de competencia polarizada, donde la campaña no solo busca movilizar propios, sino también neutralizar los rechazos cruzados.

En este punto, conviene hacer una distinción clave. El alto nivel de rechazo que enfrenta Jara suele atribuirse mecánicamente a su militancia en el Partido Comunista. Sin embargo, los estudios cualitativos comienzan a sugerir otro fenómeno más estructural: Jara aparece, más que cualquier otro de los siete candidatos en carrera, como la depositaria del voto de castigo al Gobierno. No porque represente explícitamente al Ejecutivo, sino porque simboliza su continuidad. En un escenario donde más de la mitad del electorado vota de forma obligatoria y sin convicción partidaria, esa asociación con la administración Boric pesa más que la etiqueta ideológica. La paradoja es que Jara, aun con una biografía distinta y con un estilo más moderado que otros cuadros del oficialismo, termina pagando el costo de una gestión que la ciudadanía percibe como poco eficaz. En este sentido, su techo no es solo ideológico, sino también emocional: es el límite que impone una ciudadanía que quiere “pasar la página”.

Este fenómeno descrito no es necesariamente un reflejo de las cualidades personales de Jeanette Jara. Lo que está ocurriendo es que estas virtudes comienzan a verse tensionadas por varios factores como la falta de articulación política del bloque que la respalda y los déficits de diseño estratégico.

En efecto, el talón de Aquiles de la campaña de Jara parece estar en el tipo de coalición que la respalda. Lo que debería ser una plataforma amplia, capaz de mostrar unidad política y sentido estratégico, aparece hoy como una alianza más instrumental que orgánica. En otras palabras, lo que hay detrás de Jara no parece todavía una coalición con proyecto, sino un pacto electoral con fecha de vencimiento.

Este diseño puede servir para ganar una primaria, pero es insuficiente para proyectar gobernabilidad y mayoría en una segunda vuelta. Esta fragilidad de base tiene efectos directos sobre la campaña. A falta de una coalición cohesionada, se reducen los voceros, se dispersa la narrativa y se hace más difícil ordenar al electorado oficialista. El resultado es una campaña que, si bien logró un momento de euforia tras las primarias, corre el riesgo de comenzar a estancarse justo en la fase donde debiera ensanchar su base y disputar el centro político.

A lo anterior se suma otro problema también de fondo: el desbalance estratégico dentro del propio comando. Puede decirse que los “pies” de la campaña —la comunicación electoral, el despliegue territorial, el esfuerzo programático— andan mal porque la “cabeza”, es decir, el equipo encargado de la conducción estratégica, estaría menos preparada que estos para cumplir su cometido. La metáfora no es casual: hay movimiento, pero sin dirección clara.

Las señales del comando apuntan a una improvisación táctica más que a una planificación estratégica situacional. La ausencia de un relato consolidado, los ejes programáticos difusos y las contradicciones entre voceros revelan que los responsables de la conducción política de la campaña no están cumpliendo su rol como brújula. En ese vacío, los esfuerzos en terreno pierden eficacia, los mensajes se dispersan y la candidata queda expuesta a flancos innecesarios y errores no forzados como los de los últimos días en relación al programa. Sin conducción estratégica, incluso los mejores recursos comunicacionales se convierten en fuegos de artificio.

El techo electoral de Jara, entonces, no es un límite teórico, sino una advertencia empírica. Los datos, la experiencia comparada y la teoría política coinciden en que ciertas candidaturas, aunque potentes en su arranque, pueden encontrarse con barreras estructurales que impiden su crecimiento. Superarlas requiere más que campaña: exige coalición, relato, gobernabilidad anticipada y un equipo que sepa pensar la contienda a largo plazo.

Jara aún tiene tiempo y condiciones para revertir este cuadro. Pero no basta con carisma ni biografía. Los ciudadanos están más críticos y exigen algo más: capacidad de gobernar desde la campaña. Es decir, demostrar desde ya, que existe un proyecto político coherente, una coalición funcional, un equipo conductor y una estrategia clara. Porque en este nuevo ciclo electoral, las emociones pueden encender una candidatura, pero solo la arquitectura política sostiene el edificio hasta el final.

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