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La trama detrás de la tortura en el Hospital de Osorno: fotos íntimas compartidas en WhatsApp, ataques con pistolas Nerf y llaves de lucha que causaron fracturas

Las agresiones contra A.G. ocurrieron hace más de cinco años dentro del Hospital Base de Osorno, pero solo salieron a la luz esta semana con la filtración de videos donde se ve cómo cuatro funcionarios lo reducen, lo golpean y lo someten a humillaciones extremas. La viralización de esas imágenes desató una cadena de consecuencias: la destitución de los implicados, su detención y la inminente formalización por tortura. La investigación de The Clinic permitió reconstruir un cuadro aún más amplio: fotos íntimas difundidas como stickers de WhatsApp en tono de burla, disparos con pistolas de juguete en plena oficina, llaves de lucha que le provocaron fracturas, controles abusivos sobre sus finanzas personales. Aquí, además, se revela la propagación de datos erróneos: la víctima no ha sido diagnosticada con TEA.

Por 5 de Septiembre de 2025
Osorno: la trama tras las torturas a funcionarios
Osorno: la trama tras las torturas a funcionarios
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Esta semana, A.G. —el trabajador del Hospital de Osorno que se hizo conocido en todo el país tras la viralización de los videos donde era golpeado y humillado por sus compañeros— encendió su computador desde Canadá, país al que emigró en 2021 tras los episodios de violencia. Al otro lado de la pantalla lo esperaba la fiscal de Osorno que lleva el caso abierto de oficio por el Ministerio Público, decidida a avanzar en una investigación que hoy remece a la ciudad y al país.

La conversación la sorprendió. A.G. no sabía de la existencia de los registros en que aparecía reducido por sus propios colegas. En uno lo sujetan mientras una máquina rasura su cabeza entre risas y burlas. En otro, un chorro de vapor quema su piel mientras permanece atado de pies y manos, incapaz de defenderse.

Ese material audiovisual era la prueba que le habría servido años atrás para sostener la denuncia que interpuso contra sus compañeros. Una denuncia que derivó en un sumario interno desestimado por las autoridades del Hospital Base San José de Osorno, que terminaron sobreseyendo el proceso con una resolución difícil de explicar: “Ante la imposibilidad de acreditar con absoluta certeza que los hechos denunciados constituyan maltrato laboral”.

Pero no fue lo único que sorprendió a la fiscal. En la misma conversación, A.G. aclaró que nunca ha sido diagnosticado con Trastorno del Espectro Autista (TEA), pese a que esa información circuló masivamente en los días posteriores a la filtración.

Al teléfono, su padre lo confirma: “Él no ha sido diagnosticado, es un ingeniero informático que se desempeña bien”, afirmó su papá, quien en los últimos días ha asumido una vocería por el caso que sacudió la vida de su hijo.

Tras esa conversación, la fiscal no perdió tiempo. Con los videos ya sobre la mesa y el testimonio fresco de A.G., el jueves cursó la orden de detención contra los cuatro funcionarios acusado (hasta el cierre de esta edición se detuvo a tres), quienes este viernes serán formalizados -según señalan desde la Fiscalía- por el delito de torturas, un cargo que en la ley chilena se traduce en una sanción severa: presidio mayor en su grado mínimo, es decir una condena que va desde cinco años y un día hasta diez años de reclusión efectiva.

“Comenzaron a aplicar violencia con el pretexto de querer hacerme más hombre”

El 3 de julio de 2020, el ingeniero A.G., dependiente de la Unidad de Desarrollo del Hospital Base San José de Osorno (HBO), acudió al departamento de asesoría jurídica de la institución para denunciar una serie de episodios de violencia sufridos entre noviembre de 2018 y junio de 2020.

En un comienzo, la denuncia apuntó a dos de sus compañeros de trabajo, los también ingenieros Erardo Gallardo y Jairo Báez. Según declaró A.G., los maltratos comenzaron apenas un mes después de incorporarse a la unidad, donde los tres compartían el mismo nivel jerárquico.

“Desde noviembre de 2018 comencé a recibir bromas de parte de los integrantes de la unidad. No había problema con ello, pues no eran cosas malas, pero el señor Erardo Gallardo paulatinamente comenzó a extralimitarse con sus bromas y en su trato verbal hacia mí. Por ejemplo, me hostigaba usando un juguete (Nerf) que disparaba proyectiles con punta plástica, y en algunas ocasiones el proyectil impactó en mi ojo. También me escondía objetos de mi escritorio”, relató A.G., en el inicio de su testimonio.

Con el tiempo, según aseguró, las bromas se transformaron en comentarios ofensivos y descalificaciones directas por parte de Gallardo: “No me contratarían en ninguna parte”, “que era súper weón”, entre otras frases. A su juicio, mientras otros compañeros podían bromear de forma pasajera, Gallardo solía sobrepasar los límites, intercalando momentos de cercanía con burlas e interrogatorios irónicos para ridiculizarlo.

Lo más grave, sin embargo, comenzó en 2020. En ese periodo, relató A.G., Jairo Báez pasó de las bromas a la violencia física. “Mostraba una actitud inmadura y aplicaba violencia con el pretexto moral de que quería hacerme más ‘hombre’”, señaló.

En sus declaraciones, A.G. incluso se excusó con la entrevistadora: “Todo esto suena muy extraño, te pido disculpas por ello”.

El ingeniero aseguró que llegó a tener moretones tras los forcejeos de Báez, quien lo obligaba a levantarse de su asiento para enfrentarlo físicamente. “Muchas veces se excedía: me apretaba o pegaba fuerte. Cuando yo ya perdía la paciencia y me defendía, él reaccionaba peor, al punto de que terminaba con más moretones”, dijo.

A esa dinámica se sumó Gallardo. Según A.G., entre ambos montaron un “tira y afloja” permanente: si intentaba no responder a uno, era amedrentado por el otro. La oficina, relató, se convirtió en un espacio donde nunca sabía de qué lado vendría la agresión.

En marzo de 2020, la situación escaló a un plano íntimo. A.G. declaró que sus compañeros lo grabaron en el baño y lo fotografiaron mientras se cambiaba de ropa, material que luego difundieron entre colegas. The Clinic accedió a esas imágenes, compartidas en el grupo “Depto. TICS”: en una de ellas se observa a A.G. sin pantalones, vistiendo solo una camisa azul y su credencial institucional; en otra, aparece sentado en el inodoro.

El hostigamiento también se trasladó a lo digital. Según A.G., Báez accedió a su cuenta de WhatsApp Web y divulgó conversaciones privadas en la unidad. Gallardo, en tanto, se hacía pasar por él para responder mensajes. Las burlas continuaron con la difusión de imágenes privadas en el grupo de soporte del hospital.

En abril, denunció A.G., Gallardo fue más lejos: extrajo grabaciones de su teléfono en las que conversaba con su madre y las usó para hacer comentarios ofensivos tanto sobre ella como sobre su hermana. Durante días, ese material fue motivo de risas en la unidad. Además, aprovechando que conocía sus claves, bloqueó su tarjeta de débito cuando A.G. se negó a prestársela.

El acoso físico tampoco se detuvo. “A finales de mayo, producto de la mala actitud de Jairo, forcejeé con él para responder a sus agresiones y terminé con un dedo dislocado”, relató. Báez cesó por un tiempo, pero en junio volvió con mayor violencia: “Me aplicó una llave en el brazo y en el dedo lesionado, a raíz de una broma de la que yo ni siquiera fui autor. Me amenazó, descalificó y hostigó durante días”.

El 26 de junio de 2020, el hostigamiento culminó en un último gesto que, según A.G., resumía el clima de abuso en la oficina: esa tarde, sus compañeros escondieron su computador y lo dejaron bajo llave, con el pretexto de que se demoraba demasiado en sus tareas.

El testimonio entregado por A.G. naturalmente abrió un proceso interno. Se designó a una fiscal a cargo de investigar los eventuales maltratos. El primer entrevistado en el proceso fue el propio denunciante, quien relató más hechos de violencia particularmente de su compañero Erardo Gallardo. 

“Me preguntaba qué fue lo que hice el fin de semana, yo contestaba que había visto una película en Netflix, y él contestaba con groserías diciendo que ‘me agarrara a una mina’. Las molestias no eran muy seguidas, como tres a cuatro veces por semana, lo cual se transformó en algo muy desagrable, generando un gran estrés en mi persona. Debo dejar en claro que cuando Erardo se encontraba de vacaciones, Jairo disminuía bastante su nivel de agresividad”, fue una de sus respuestas.

En su relato, A.G. además dio cuenta de que los golpes de Jairo Báez le provocaron una fractura (acompañó su declaración con un certificado médico) y que Erardo Gallardo incluso llegó a controlar sus finanzas. 

“Él tenía acceso a mi cuenta web con el objetivo de “vigilar mis finanzas” ya que consideraba que yo gastaba mi dinero en puras tonteras, sospecho que alguna vez me vio ingresando mi clave. Cuando él perdió su tarjeta de débito me pidió la mía para su uso personal y como yo me negué, me bloqueó la tarjeta y cambió la clave de la página web”, respondió.

Antes de terminar su entrevista, la fiscal preguntó lo que por protocolo se suele preguntar: ¿Tiene algo más que agregar? 

A.G. respondió: “Pese a que algunas personas hacen bien su trabajo, y considerando que yo era nuevo y dependía de ellos, el clima laboral es importante y pienso que si una persona le molesta algo deben parar, tal vez un poco también es responsabilidad mía, en este caso porque debí haberlo informado antes”.

La investigación sumarial que inexplicablemente terminó sin sanciones

El primer denunciado en declarar fue Erardo Gallardo, lo hizo el cinco de agosto del 2020, a esa altura A.G ya había renunciado al hospital. Dentro de su relato comentó que las bromas en su contra eran parte de una dinámica de amistad. 

“Él tenía mucha confianza con nosotros, siempre nos contaba sus cosas personales, él siempre también molestaba a otros colegas, dentro de la unidad hay una dinámica de molestarnos entre nosotros como para distraernos un poco, en lo que se refiere a los golpes era un juego, pero mutuo nunca era violencia contra A.G”, indicó. 

En su testimonio Gallardo reconoció ser quien compartió las imágenes de A.G. sentado en el baño. “Creo que fui yo. Dentro de un grupo de camaradería, no en un grupo de trabajo”, indicó. 

Sobre el supuesto uso de su tarjeta bancaría añadió: “Esto yo lo veía como una asesoría, no como vigilancia, él me agradeció muchas veces por mi ayuda, incluso me regalo chocolates, en agradecimiento. Él me pidió que lo ayudara con este tema, abrimos una cuenta como de ahorro en su mismo banco y logró ordenarse, incluso estaba pidiéndome que lo ayudara con fondos mutuos”.

En su declaración, Gallardo cerró indicando que la renuncia de A.G fue una sorpresa para él, que sentía que le tenía confianza y que nunca había tenido problemas con él. Gallardo acompañó su declaración con una serie de fotografías con A.G., compartiendo cumpleaños, Navidades, en distintas escenas clásicas de oficina.

La tercera persona en declarar fue Rodrigo Reyes, jefe de los denunciados y denunciantes, su turno llegó el 11 de agosto del 2021. Sobre los eventuales episodios de violencia entre sus subordinados expresó: “sí, vi que jugueteaban entre ellos, pero en ningún caso entiendo que fue violencia (golpes). No estoy en la misma oficina, pero a veces los escuchaba e iba a ver qué ocurría. Habitualmente eran risas”, indicó.

Sobre la conversación que sostuvo con A.G sobre los episodios de violencia Reyes añadió: “En algún momento nos juntamos para ver en qué estaba cada uno, y tocábamos el tema y A.G. nunca expresó nada y decía que se sentía integrado a la Unidad, de hecho, hasta teníamos un grupo WhatsApp. Si me preguntas si A.G estaba integrado, sí estaba integrado. De hecho, él siempre compartía situaciones personales y familiares”. 

El 25 de agosto del 2020 fue el turno de la declaración de Jairo Báez. En su relato comentó que conoció a A.G. antes de entrar a trabajar al hospital, que habían sido compañeros de universidad y que incluso habían tenido ramos juntos. Sobre su relación laboral indicó: 

“Él tendía o quería competir conmigo, él siempre decía que el era el “PARIA”, (en broma) es decir, como el último eslabón de la cadena o del grupo. En el sentido que se ofrecía para ir a comprar. Yo le decía que no lo hiciera, quizás esos comentarios “correctivos” no le caían bien”.

Respecto a los episodios de violencia denunciados por A.G. Jairo los calificó de juegos: “En la hora de colación, ya que todos se iban a la casa y quedábamos solo tres en un ambiente más de confianza y…ahí se producían estos juegos… pero no eran siempre solo en ocasiones. Esto se producía debido a que tenemos un compañero Jonathan que iba al gimnasio y yo lo acompañaba, entonces él también quería ir… pero él decía que se sentía ‘débil’ y en este contexto le decíamos que tratara de empujar a Jhonatan tratando de medir fuerza entre los tres”, aseveró. 

En su declaración Jairo reconoció el uso de pistolas de juguete en horario laboral, aunque precisó que A.G. tambié le disparó a él: “todos tenemos una, incluso yo tengo una pistola pequeña que me regalaron, y bastaba con eso(…) pero no son para dispararnos entre nosotros, sino, es para hacer puntería. Incluso él compró una más sofisticada que la que teníamos nosotros como una ballesta, lo hacía como para competir o sobresalir del grupo, pero cuando él llegó con esa pistola la disparaba a veces también contra mí, con el tiempo decidimos dejar esa dinámica”, precisó. 

A pesar de las pruebas reunidas —entre ellas fotografías tomadas en un baño y compartidas en grupos internos del hospital—, el sumario concluyó con un sobreseimiento. El dictamen, lejos de sancionar a los responsables, se limitó a recomendar un análisis interno de la unidad:

“Ante la imposibilidad de acreditar con absoluta certeza que los hechos denunciados constituyan maltrato laboral en contra del Sr. A.G. se propone decretar el sobreseimiento del presente sumario. Se sugiere realizar un análisis exhaustivo de la organización y funcionamiento de la Unidad mencionada, de modo de avanzar hacia un ambiente laboral que garantice el trato respetuoso entre sus miembros y el pleno ejercicio de la función pública”.

Así, pese a un testimonio, a pruebas gráficas y a las propias admisiones de los acusados, la investigación terminó en nada. El hostigamiento quedó reducido a la categoría de “juegos” y “dinámicas de camaradería”, y la única consecuencia fue una vaga recomendación administrativa.

La voz del agredido en el hospital de Osorno: “Sé que me pueden perjudicar”

Sin obtener respuestas en el procedimiento sumarial, A.G. decidió acudir a la justicia ordinaria. En octubre de 2021 presentó una denuncia por lesiones leves en contra de Jairo Báez.

Según la acusación, a fines de mayo de 2020, en dependencias de la Unidad de Desarrollo del Hospital Base de Osorno, Báez lo insultó y luego lo agredió, forcejeando con él y aplicándole una llave de lucha que le lesionó el dedo anular de la mano izquierda. Un mes más tarde, a fines de junio, el episodio se repitió en circunstancias similares.

El parte médico describió la magnitud de la lesión: “fractura de la base de la F13 por dorsal con presencia de un fragmento óseo y pérdida del espacio articular interfalángico distal del cuarto dedo de la mano izquierda”.

Para entonces, A.G. ya había abandonado el país. Desde el extranjero siguió el proceso judicial, que terminó en marzo de 2024 con el sobreseimiento de Jairo Báez.

Pero el caso no quedó ahí. Ese mismo año, la Dirección del hospital —según informó a Biobío— recibió nuevos antecedentes y ordenó la reapertura del sumario administrativo, además de denunciar los hechos al Ministerio Público por considerar que podían constituir delitos.

Dichos antecedentes se conocieron a partir de una nueva denuncia de discriminación, esta vez por parte de una mujer que invidualizó a sus agresores y aportó antecedentes del caso de A.G. De ni ser por ello, muy probablemente no hubiese explotado el nuevo caso.

El proceso penal, sin embargo, permaneció prácticamente inmóvil hasta la reciente difusión de los videos en la prensa que registran las agresiones contra A.G. A partir de esas imágenes, la Fiscalía abrió un nuevo proceso que desembocó en la detención de tres personas, entre ellas Jairo Báez y Erardo Gallardo, quienes hoy pasarán a control de detención y, eventualmente, serán formalizados por el delito de tortura.

En la carpeta investigativa que maneja el Ministerio Público se incluyeron, como prueba, las declaraciones del primer sumario interno del Hospital de Osorno, aquel que terminó sin sanciones. Entre los documentos figura incluso el mensaje de WhatsApp con el que A.G. presentó su renuncia en 2020:

“Quiero renunciar. Esta vez no sé si intenten convencerme de lo contrario, pero de todas formas lo digo con este mensaje para evitarme los sermones. Sé que dejé cosas pendientes y sé que me pueden perjudicar por mi decisión. Yo, por mi lado, no pretendo perjudicar a nadie”, escribió.

Hospital Base San José de Osorno.

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