Opinión
11 de Septiembre de 2025
Peppa Pig y la publicidad en la infancia
Por Maribel Vidal
Maribel Vidal, directora ejecutiva de Conar, aborda en esta columna el fenómeno global de Peppa Pig y cómo los contenidos infantiles influyen en la forma en que los niños perciben el mundo. "Cada mensaje dirigido a un menor puede dejar huellas profundas, por lo que la publicidad dirigida a ellos, debe ir más allá de promover un producto, debe contribuir positivamente a su desarrollo emocional, social y cognitivo", asegura Vidal.
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Peppa Pig no es únicamente una serie animada, es un fenómeno global. Desde su estreno en 2004, esta producción ha alcanzado a más de 180 países y generado ventas millonarias que la sitúan entre las marcas infantiles más influyentes del mundo. Su éxito responde a una estrategia cuidadosamente diseñada: el uso de colores suaves que no saturan la vista, un lenguaje claro y accesible para el público infantil, y relatos centrados en rutinas cotidianas que generan identificación inmediata.
Estos elementos, aparentemente simples, están respaldados por un conocimiento profundo del desarrollo de la primera infancia y del impacto que la narrativa puede tener en la formación de gustos, hábitos y formas de expresión desde muy pequeños. Los contenidos que consumen los niños no sólo los entretienen, influyen directamente en su manera de percibir el mundo, en su comportamiento y en sus interacciones diarias con otros niños y adultos de su entorno inmediato.
En Chile, el Código de Ética Publicitaria entrega orientaciones claras para resguardar la comunicación dirigida a los menores de edad. Entre ellas, destaca la necesidad de emplear un lenguaje adecuado a su etapa de desarrollo, aplicar especial cuidado en su participación en campañas publicitarias y asegurar total transparencia en entornos digitales e iniciativas con influencers, donde la frontera entre contenido y publicidad suele ser difusa. Estas directrices de autorregulación no buscan limitar la creatividad, sino garantizar que los mensajes respeten la vulnerabilidad y la capacidad de influencia que las marcas y su publicidad ejerce sobre esta audiencia.
Esto incluye no solo la publicidad directamente dirigida a menores, sino también aquella en la que participan menores o que se difunde en medios y entornos donde ellos pueden estar expuestos, aun cuando el mensaje no tenga como objetivo principal a esta audiencia.
Actualmente, los niños están expuestos a un flujo constante de estímulos, ya no sólo provenientes de la televisión, sino también de redes sociales, aplicaciones, videojuegos y otras plataformas interactivas. Esto amplifica la responsabilidad de las marcas, agencias y creadores de contenido. Cada mensaje dirigido a un menor puede dejar huellas profundas, por lo que la publicidad dirigida a ellos, debe ir más allá de promover un producto, debe contribuir positivamente a su desarrollo emocional, social y cognitivo.
En un contexto donde la industria se transforma a gran velocidad, el compromiso con una publicidad responsable no puede ser opcional. Debe ser una práctica sostenida, basada en principios éticos y en la conciencia del impacto que generan los mensajes. En el Consejo de Autorregulación y Ética Publicitaria (CONAR), reiteramos nuestro llamado a que la creatividad y la estrategia se pongan al servicio de contenidos respetuosos, empáticos y conscientes de su alcance. La comunicación dirigida a menores de edad debe inspirar, orientar y aportar valor, evitando cualquier forma de manipulación o confusión.
La manera en que elegimos dirigirnos a los más jóvenes refleja el tipo de sociedad que aspiramos a construir. Asumir esta responsabilidad de forma colectiva y sostenida, es clave para garantizar un entorno comunicacional que proteja y potencie a las nuevas generaciones.



