Sigrid Alegría, un año después de hacer público su diagnóstico: “No me gustó sentir tan rápidamente una responsabilidad sobre la neurodivergencia”
La actriz Sigrid Alegría está por estos días en plena temporada de una de sus facetas artísticas, la cueca. Con Sigrid y los claveles comparte escenario con su hijo mayor, que es músico, Alonso Velasco. En este diálogo cuenta cómo fue caer en brazos de la cueca siendo ya mayor y tras una niñez desarraigada, en Alemania. También dice que hacer “Los Casablanca” obligó al equipo a rediseñar los personajes porque solo había villanos, reflexiona sobre el desafío de ser madre de tres hombres en tiempos feministas y revela el peso que sintió cuando hizo pública, el año pasado, su propia neurodivergencia.
Por Jimena Villegas 13 de Septiembre de 2025
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Es miércoles y Sigrid Alegría Conrads (51), actriz y cantante, está sentada al aire libre en una cafetería de barrio. Se dispone a tomar un café después de haber almorzado ahí mismo con su socia. Se la ve tranquila, pausada, contenta.
A Sigrid Alegría se la ve como se suele ver a las personas cuando son dueñas de su tiempo. Un dato indica que, sin duda, en este mismo momento, una parte del reloj sí le pertenece: hace ya dos meses que terminaron las grabaciones de su más reciente telenovela, la nocturna “Los Casablanca” de Mega.
La intensidad de las grabaciones quedó atrás. Pero pasa también –dice ella– que hay una decisión personal, un modo de vivir. Ya no es tiempo de no tener tiempo: “Me dicen: es que eres muy lenta. Pues sí, soy lenta. Pero me hace bien (se ríe) y no necesito ir tan apurada, no quiero ir tan apurada”, afirma Sigrid Alegría.
—Alguna vez dijo que tuvo que aprender a no ir tan rápido.
—Porque me enseñaron que levantarse más temprano, para ir haciendo todas las cosas que había que hacer, me hacía más valiosa. Todo era para ayer. Y está también ese minuto en que te quieres comer el mundo y tomar todas las oportunidades que se te dan. Hoy día, las oportunidades las elijo yo y canalizo mi energía. Entré en una etapa de crear. Durante mucho tiempo fui soldado en proyectos de otras personas. Hoy en día, con todas las historias que tengo, con todos los aprendizajes que tengo, me nace crear y menos mal tengo que tiempo para eso.
Una de sus apuestas en esta fase son los talleres de expresión y lenguaje corporal. Dice que partió en la pandemia y online: “Me los pidieron mucho, porque no hallaban cómo rellenar los espacios para los estudiantes”, afirma. En agosto viajó a Chiloé. Una profesora de baile de Ancud necesitaba que ella les enseñara a sus alumnas cómo demostrar corporalmente una emoción: “Porque no es solo una coreografía. Hay emociones detrás de esa coreografía”, afirma.
Un post de hace dos años en su Instagram muestra un trocito de ese trabajo expresivo. En el suelo, sin palabras, solo con ruidos y movimientos, Sigrid Alegría interpreta el dolor: es impactante. Estos talleres -explica- representan para ella la idea de ir agarrándose de las oportunidades y desempolvando proyectos que no pudo sacar adelante en su minuto: “La vida ha sido muy linda conmigo. Me preguntan cosas y me piden información, y yo la tengo. Y, cuando la doy, la quieren escuchar de nuevo o aconsejan para que me la pregunten, para que yo la cuente”. En este caso, busca que las personas identifiquen la emoción correcta y luego la integren al movimiento: “Las emociones básicas tienen una postura, una respiración, una máscara, una voz. Nosotros lo usamos para actuar”.
—Se ve que le gusta el tema.
—Estoy enseñando algo bueno, algo sano. Estoy dando herramientas que, creo, sí sirven para ser una mejor persona y para lograr cosas que tú quieres lograr.

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Desde hace 16 años, Sigrid Alegría dedica una parte importante de su personaje artístico a la cueca. Baila cueca brava, canta cueca brava. En la fiesta de la Chilenidad de Cerrillos en 2015 existió -en su honor, evidentemente- La Ramada de la Alegría. Hoy lidera un grupo que lleva su nombre, Sigrid y los Claveles. Debutaron el año pasado y comparte escenario con su hijo mayor, Alonso Velasco. Tiene también un emprendimiento que lleva su nombre y está dedicado a la producción de eventos culturales.
Si bien hay tocatas durante todo el año, septiembre es “la” temporada. Ella se lo toma tan en serio que, durante esta conversación, se priva del trocito de brownie que acompaña al café. Afirma al pasar, así como si se lo comentara a sí misma para darse disciplina, que tiene que sentirse cómoda al enfundare la ajustada y sexy malla de color púrpura intenso con la que se presenta. Se diría que el viernes 5 Los Claveles dieron la largada dieciochera, con un show en Peñalolén. Hasta ahora tienen cerradas 15 tocatas, entre eventos privados y escenarios públicos como Colina, el Parque O’Higgins, Rancagua, Lo Barnechea o la sala SCD.
Sigrid Alegría partió en la cueca cuando su padre la invitó a sumarse a Aparcoa, una agrupación creada él y otros alumnos de Arquitectura de la Universidad de Chile en 1965. El nombre es un acrónimo formado por los apellidos de los fundadores. Se disolvieron el año pasado. La cueca para ella es legado familiar: “Herencia de Julito Alegría, y creo que es la gran herencia que me dejó. No fuimos muy cercanos hasta que un buen día él, que buscaba alguna manera de encontrarse conmigo, eligió el escenario”.
—Y le resultó, ¿verdad?
—Creo que eligió bien. Me enseñó todo, me presentó a la gente y me habló mucho, porque sabe mucho. Me fue contando historias como de dónde viene la cueca. Pero, un buen día, Julito me confiesa que está cansado porque la cueca trae bohemia. Y a él le gustaba la bohemia, pero ya su cuerpito le está diciendo: cálmate, tranquilidad, eres un hombre grande, tienes que cuidarte. Y yo creo que también él sintió que ya había entregado todo lo que necesitaba entregar. Fue bueno. Me quedé con el gusto de relacionarme con la música. La cueca creo que le hace bien a mi chilenidad”.
—¿Por qué?
—Porque la cueca es unión. Es la música que nos permite resumir nuestro origen. La chilenidad es mestiza, es lo que un grupo de personas formó alrededor de un fogón. Por eso, a los encuentros cuequeros se les llama “La Rueda”. Tiene los dos golpes del Kultrun mapuche, la guitarra de los españoles, los panderos y pañuelos de los moros. Y finalmente las letras nos van contando lo que está pasando en cada época. Nos da sentido de pertenencia, tranquilidad. La música siempre es sanadora.
—Abandonada por el padre, usted “adoptó” al hijo en Los Claveles.
—(Se ríe) Alonso, que ya había terminado de estudiar composición, me dice: Mamá, yo puedo tocarte la guitarra. Le dije: Pero jamás has tocado una cueca en tu vida. No -me contesta él- pero es folclor. Y agarré a mis otros tres músicos y le hice un taller exprés de un mes. Teníamos un mes para subirnos en septiembre del año pasado por última vez con Julito Alegría. Íbamos a estar los tres en la SCD de Plaza Egaña. Le dije: quiero esa sala llena, invita a todos tus amigos. A todos yo los he ido a ver, los he ido a buscar y les he dado de comer, que me ayuden ahora a rellenar este espacio.
—Y obviamente los amigos fueron…
—Fueron todos los cabros y las cabras. Fue muy lindo. Ahí es cuando el Alonso se dio cuenta de que él tenía mucho que ver con la cueca y me dice: sí quiero. No paró nunca más. Hasta el día de hoy los amigos le dicen: Yapo, si ya pasó el 18. Pero él se enamoró de la cueca. Yo se lo advertí, le dije ten cuidado, porque sé de lo que estoy hablando. Cuando la cueca te besa la boca no te suelta nunca más.
—¿A usted se la besó aquí o en Alemania?
—¡Acá, acá! Allá lo sentía como algo ajeno. En cambio, acá me hizo sentido y logré apropiármela.
—¿Cómo es compartir un escenario con un hijo?
—Es muy lindo porque, de repente, volvimos a encontrarnos de igual a igual, así como durante su primera crianza, en que éramos muy hermanos, muy cómplices. Después pasamos por la adolescencia, en que una tenía que ser la mamá grande y dar los consejos y toda esta cosa. Ahora nos volvemos a encontrar de igual a igual. En la música, él sabe mucho más que yo y, por lo tanto, yo lo miro con cara de duda, de ayuda, y él me salva.
—Usted tiene dos camadas, Alonso y los dos más chicos. ¿Ha sido muy diferente su manera de vivir la maternidad?
—Totalmente. El Alonso tenía una madre mucho más aprensiva, mucho más asustadiza, mucho más celosa. Yo era mucho más instintiva, porque no tuve una mujer grande al lado que me pudiera contar, más o menos, cosas básicas como que las guagüitas, después de unos días de nacidas, cambian de piel. Yo, de repente, veo al Alonso despellejándose y casi me morí. Ahí, el pediatra me dijo: ya, cuando te pasen cosas, llámame y pregúntame, porque esto deberían habértelo contado. Con el Alonso yo estaba descubriendo el mundo, mi carrera y si es que quería ser actriz o no y si es que el mundo del arte me permitía ser actriz y me aceptaba. Éramos muy amigos. En cambio, con estos otros cachorros siempre he sido madre.
—Usted solo tiene hijos hombres. ¿Es difícil ser mamá de hombres en este momento?
—Sí, porque estamos en un momento en que el péndulo de la igualdad y los derechos femeninos está exactamente en el lado contrario. Por lo tanto, el hombre hoy está ahora bajo la lupa, muy cuestionado, muy asustado. Me parece perfecto, está bien. Pero llegar al límite de sentirse culpable por tener algo colgando entre las piernas me parece grave. También porque la idea que hablemos de esto no es ver quién le gana a quién, ni que haya una venganza, sino que simplemente que hablemos en el mismo volumen.
—¿Cómo se educa a un hijo en esta circunstancia? Igual le dará un poco de miedo.
—A ver, yo al ser mamá soy la primera mujer que les enseña cómo tratarme. Mamá no es un símbolo en que hay un amor incondicional y le puedo contestar como quiera y la puedo tratar como quiera. No, mamá te cuida y te ama y somos cómplices, pero respetémonos, querámonos. Creo que lo estoy haciendo desde ese lugar. También muestro que mamá se equivoca. Y, da lo mismo la cantidad de años que tengan, les enseño que no solo soy su mamá, sino también una mujer y que tengo dolores y miedos. Desde ahí los tres tienen muchas amigas. Saben tener relaciones amistosas y respetuosas.
—De nuevo, no debe ser fácil.
—A mí también se me activa la lucidez. Gracias a todo el movimiento feminista o femenino, como más bien me gusta decirle, uno también vio que tenía muy normalizadas muchas cosas. Ahora, también pienso que hay cosas que sí. Por ejemplo, a mí me gusta que me abran la puerta o que a veces me digan: ¿quieres que te vaya a buscar? Puedo sola, claro que puedo sola. Pero me gusta que me cuiden.

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Sigrid Alegría se llama así porque nació en Rostock (Alemania), el año 1974. Su madre, Mónica, que no sabía una gota de alemán, estaba sola en casa porque su marido, Julio, andaba en Moscú. Ellos -dice Sigrid- habían hecho un acuerdo: si la guagua era hombre, el nombre lo ponía ella y si era mujer, la elección era de él. Pero él nunca le comunicó a ella qué ideas tenía. Entonces, cuando la guagua llegó al mundo y se vio que era niña, a Mónica solo se le ocurrió una cosa: ponerle como la enfermera alemana que hizo de traductora y la acompañó a parir.
“Fue su heroína en ese momento. Así era la Conrads”, dice Sigrid Alegría.
La mayor de las dos hijas del matrimonio Alegría Conrads llegó a la Tierra en plena Guerra Fría y, por así decirlo, al otro lado del Muro de Berlín, en la República Democrática Alemana (RDA). Sus padres, exiliados, se habían instalado en Rostock muy pocos meses antes del nacimiento de Sigrid Alegría. Tras salir de Alemania, ella pasó también por los Países Bajos. Sigrid Alegría dice que, aunque jamás vivió muestras de racismo, siempre fue una extranjera en esas tierras ajenas.
En agosto de 1992, Rostock se transformó en un epicentro de xenofobia. Fueron considerados los peores ataques contra inmigrantes en Alemania después de la Segunda Guerra Mundial. Militantes de extrema derecha tiraron piedras y bombas molotov contra edificios de departamentos de familias migrantes. Los vecinos alemanes no los defendieron.
—¿Usted se imaginó algo así viniendo de allí?
—O sea, efectivamente, en Rostock hubo un movimiento neonazi fuertísimo. Se tomaron todos esos edificios y atacaron a los rumanos. Nunca me sentí discriminada de esa manera ni lo viví a nivel neonazi, pero siempre fui la extranjera. En Alemania era la chilena, en Holanda era la alemana y en Chile era la alemana o la europea. Ya después crecí y era la famosa. Siempre fui diferente.
—Chile vive hoy su propia presión migratoria y hay racismo. ¿Qué se puede decir desde la propia experiencia?
—Es loco, porque a mí me tocó estar en el otro lado. Nosotros fuimos los extranjeros en Alemania y nos decían: ¿Por qué son tan ruidosos? ¿Por qué insisten con su comida? ¿Por qué insisten con su música? ¿Por qué no se suman al país que los está adoptando y se comportan lo más parecido a nosotros posible? Yo tuve esta conversación con Julito hace poco. ¿Por qué pasaba?, le pregunté. No se -me dice- pero teníamos la necesidad de traernos nuestro país con nosotros.
—Es una necesidad de identidad, ¿no?
—Sí, sí. Tu linaje. Quieres traerte tu país contigo y tratar de contagiar a los que te rodean. ¿Para qué? Para sentirte en tu lugar de origen. Y hoy escucho lo mismo que nos decían a nosotros.
—Parece que no se está tranquilo en un lugar que está tan lejos.
—Pero también creo que hoy en día es distinto. A ver, allá nos preguntaban si nos costó mucho acostumbrarnos los zapatos. O sea, imaginarse Chile, para ellos, era ver algo parecido a Pocahontas, una cosa muy lejana y extraña. Hoy día ya no es así y debiéramos acomodarnos todos un poquito más. Creo que, efectivamente, enchufarte en el país que te está recibiendo es un bonito gesto. Pero también en el país que está recibiendo, nosotros en este caso, ser buenos anfitriones nos hace más valiosos. No sé si es acá en Chile o es en el mundo, pero hay tanto miedo al cambio. Resulta que ahora tienes vecinos que hablan otra de otra manera o tienen la piel de otro color y te da miedo. Creo que falta escuchar que esa persona no está en su casa porque algo está pasando. Por algo estará acá. Te juro que no están aquí porque quieren. Si están es porque están tratando de salvar algo, que es su familia, su salud, su vida, su lo que sea.
—¿Usted cree en Dios?
—No. Pero sí me considero una persona creyente. Creo en otras cosas: en mis ancestros, en la vida. Creo que la vida, sea con un cuerpo o no, es una energía y esa energía sigue existiendo, aunque pierdas el cuerpo, tu cosa tangible. La energía no necesita algo tangible y todo es bastante circular, se recicla. Y creo en las causalidades que nosotros empujamos para que las cosas sucedan.

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Los registros locales indican que en Chile hay, al menos, otras cinco Sigrid Alegría. Cuatro nacieron en este siglo, cuando la Sigrid actriz ya era famosa. Muy probablemente le deben su nombre a ella. La que no, porque nació en 1982, comparte igual una curiosidad con la Sigrid Alegría actriz: ambas fueron inscritas en la misma circunscripción, Recoleta.
Este año, según consta en el sitio Chilenovelas, la Sigrid Alegría actriz hizo su telenovela número 24. “Los Casablanca”, un melodrama coral lleno de intrigas y mentiras, que saldrá de pantalla después de la semana del 18. Alegría brilla en un papel contenido y tenso, capturado por el miedo y la traición.
El personaje de Sigrid Alegría, que se llama Miranda Infante, transita desde la venganza al arrepentimiento, en un arco marcado -cómo no- por el influjo del amor. Hay crimen. Falta por ver cuál es el castigo.
—¿Qué le dejó esta telenovela?
—Era una propuesta muy interesante, porque fue el primer proyecto en el que me encuentro con que éramos solo villanos. No había nadie bueno en ese grupo de personajes. Era un gran elenco y un grupo de guionistas a los que conozco y admiro mucho, igual que el director, “Pipe” Arratia. Tener a (Francisco) Melo al lado ya era una cosa espectacular, es uno de mis actores favoritos. Y (Francisco) Reyes, que es el hombre que tiene más experiencia en televisión. Me tiré de cabeza, creo que ni siquiera pregunté cuánto me pagaban.
—¿Y le pagaron bien?
-Sí, sí. La televisión se paga bien. No como antes, por supuesto, porque la televisión no es lo de antes, pero en comparación a cualquier sueldo en Chile es alto. Pero, de verdad, no me importaba tanto eso como la ganancia que yo estaba teniendo como artista.
—¿Y se cumplió su expectativa?
-Te voy a contar que tuvimos que detenernos un poco, porque se nos había olvidado el ingrediente romántico. Y el ingrediente de la inocencia o eso que pasa cuando estás haciendo un mal o daño, pero es porque tienes heridas propias y no porque eres maquiavélico.
—¿La humanidad?
-Puede ser. La humanidad de cada personaje, los que los lleva a ese momento de la historia donde empezamos a contar la historia. También apareció la frase de las cosas que pasan cuando sobra el dinero: ¿qué tipo de problemas se tienen cuando sobra el dinero? Entonces, llevábamos un par de meses grabando y empezaron a aparecer estas preguntas. Nos volvimos a juntar y a analizar los personajes porque teníamos la oportunidad, porque la teleserie estaba escrita entera hasta el final y sabíamos cómo terminaba, cómo íbamos a hacer ese viaje.
—¿Entonces fue más estudiada que otras teleseries?
—Yo creo que eso se nota en pantalla. Sí, tuvimos un desarrollo y un trabajo de mesa mucho más perfecto que lo usual en teleseries y, por lo tanto, aprendimos mucho más. Mi personaje es una mujer muy sola. Sacrificando su libertad por seguridad, cumple con lo que hay que cumplir. Y, por supuesto, tiene un corazón roto y miedos. Es una oportunista, por el bien de ella misma no involucra a más personas. Esta señorita me invitó a entrar al lado oscuro.
—Usted contó el año pasado que forma parte del espectro autista. ¿Por qué lo hizo?
—Primero porque lo descubrí gracias a uno de mis tres hijos, el único con habilidad social más vulnerable. Como esa es la gran señal que tenemos, hasta ahora, con los estudios respecto al autismo, me invitaron a hacer los exámenes y sí, es un hermoso autista. El porcentaje más alto de esto es la herencia directa. Entonces llevo al más chiquitito, le hacemos los exámenes y, cuando me describen a este enano, que también es un hermoso autista con otras vulnerabilidades y otras habilidades, me están hablando de mi hijo mayor. A él me lo tenían diagnosticado con depresión crónica, que para mí significaba poder encontrarme en la casa a un hijo sin vida en cualquier momento. Hicimos los exámenes y el Alonso también, con ciertas habilidades y otras vulnerabilidades. Ahí me dicen: ¿Tú cachái que la única persona en común de estos tres enanos eres tú?
—Claro. ¿A usted qué le pasó?
—Yo llevaba desde los seis años haciendo terapia. Tradicional, sola o grupal, esotérica, de alineación de chakras. Había hecho todo y siempre me sentí como con un ancla amarrada al tobillo, teniendo que nadar constantemente, sin poder parar de aletear, porque si no me ahogaba. Tomé muchos años pastillas. No me considero una persona histérica. No tengo características de esquizofrenia. Pero no llegaba a quedarme tranquila con algo que no estaba siendo solucionado en mí. Entonces, digo: claro, me encantaría saber.
—Y cuando le dijeron que sí, entendió.
—¡Ahí entendí todo! Y me dio un alivio tan grande. Primero, por saber que no tengo hijos con depresión ni con esquizofrenia ni nada de eso. Y segundo, para saber cómo presentarnos frente a la gente y cómo cuidarnos entre nosotros, qué cosas tengo que enseñarles. Yo, por esas cosas de la vida, justamente trabajo con la expresión de las emociones, que es la parte que no tenemos muy desarrollada. Ser hipotónicos no nos ayuda mucho, entonces tampoco logramos reconocer qué le pasa al otro, eso es la falta de empatía. Pero yo trabajo en eso desde hace 30 años, entonces he podido jugar con ello.
—¿Y está consciente de que hablarlo le da una responsabilidad social?
—Digamos que cuando esto sale a la luz, aparecieron como 50 centros de terapia ocupacional queriendo que yo sea la niña símbolo. Me sentí súper agredida. También hubo empatía brutal. Entiendo que no se va a solucionar nada hasta que no lo hablemos claro. Hasta que no sepamos cuántos somos, un Estado no va a saber cuánta plata tiene que invertir y esas cosas. Pero no me gustó sentir tan rápidamente una responsabilidad sobre la neurodivergencia.
—¿Hay algo de lo que se arrepienta?
—Es una pregunta que me han hecho varias veces y le he dado varias vueltas. ¿Sabes qué? No. No, porque cuando haces algo que tiene una consecuencia mala es un aprendizaje. Y, si eres lo suficientemente noble e inteligente, se hablará lo que hay que hablar y se hará lo que hay que hacer. Y se sana y sigue con esa experiencia en el corazón para delante, más grande. Entonces, la verdad es que arrepentirse no me sirve para nada.



