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Opinión

21 de Septiembre de 2025
Sandro Baeza

Charlie Kirk y la celebración inaceptable

Foto autor Ignacio Bazán Por Ignacio Bazán

Aunque odiado por un buen segmento de los estadounidenses y con ideas muchas veces discutibles, Charlie Kirk también era la voz de millones. Ahora su figura, siempre al borde del mesianismo, ya no está. Su asesinato es la constatación de una gran sombra en el alma de quienes festejaron o relativizaron el hecho. Y eso, no se puede dejar pasar.

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Cuando alguien muere asesinado frente a cientos de personas parece algo obvio sentir una mezcla entre pena y shock. Si a eso le agregamos otros datos, como que el homicidio fue frente a su esposa y dos hijas que no tienen más de cuatro años, con cámaras y celulares grabando desde varios ángulos, para que luego las imágenes llegaran nítidamente a todos los rincones del mundo, el shock al ver ese disparo teledirigido al cuello es aún mayor.

Eso fue lo que le pasó a Charlie Kirk (31), un activista político que fue clave en la segunda elección de Trump. Un tipo que supo (y pudo) conectar con audiencias jóvenes (y no tan jóvenes) mientras recorría debatiendo las ciudades y los campus universitarios de Estados Unidos. 

Pero el shock de la muerte de Kirk quedó algo corto, porque el golpe más fuerte vino después: gente celebrando en redes sociales que le habían disparado. Y luego, más gente celebrando que finalmente había muerto. 

Qué mundo. 

La ironía del asesinato a Charlie Kirk

Al día siguiente, comunicados de empresas desvinculando a algunos que celebraron, mientras continuaba la lluvia de contenido de quienes relativizaban el hecho. “Cosechó lo que sembró”, decían los más recatados cuando se referían al asesinato. 

Aunque no tenga nada que ver con justificar nada, “lo que sembró” era más a menos lo siguiente: ser proarmas; vincular las altas tasas de criminalidad en la población negra con padres ausentes; ser totalmente antiinmigración ilegal y, por lo tanto, pro expulsión de ilegales; ser antiaborto; ser cristiano y profamilia; además de negar que la población trans sea del género con el que se siente identificada. Eso, entre muchas otras cosas. 

Puesto en el papel, una persona con la que se podría estar en desacuerdo en prácticamente todo. 

Pero es justo hacer una salvedad. 

Probablemente, a muchos les pasó lo mismo, pero con la muerte de Kirk, el algoritmo empezó a mostrar su presencia en varios debates a lo largo y ancho de Estados Unidos. Y quise ver por mí mismo si Kirk era realmente el monstruo que una parte de ese algoritmo retrataba, mientras encontraba excusas para justificar su muerte. 

Lo primero que me llamó la atención es que, en muchos de los debates, Kirk era increpado en tonos y formas muy violentas por, en su mayoría, estudiantes universitarios. Era una rabia bien característica de quienes están totalmente seguros de tener la verdad de su lado. Y Kirk, quien también creía estar en lo cierto, eso es indudable, respondía a veces con sarcasmo, a veces en forma directa, pero pocas veces dejaba de sonreír. Y en el proceso, usaba el método socrático. Es decir, les hacía un montón de preguntas a sus contrincantes de turno, para luego desarmarlos con un par de frases.  

Uno podía estar totalmente en desacuerdo con la opinión de Kirk, pero al final del video siempre quedaba algo, algún concepto para darle una vuelta. Y claro, para la gente decididamente de derecha, Kirk se transformaba en un articulador de ideas que ellos muchas veces no podían soñar con verbalizar, lo que también explica su fenómeno. 

Después pude ver al mismo Kirk en videos con intelectuales liberales más avezados y ahí la cancha se emparejaba o Kirk derechamente perdía. Ya no era pan comido como con un alumno de segundo año de Sociología de universidad gringa del midwest. 

Kennedy. Malcom X. Martin Luther King. Easton Ellis

A los baby boomers los marcó cuando, en 1963, asesinaron a John Kennedy en Dallas, Texas. Todos recuerdan que hacían o dónde estaban cuando eso pasó. A la generación de sus padres también. Luego vinieron más asesinatos en Estados Unidos. En solo cinco años murieron Malcom X, Martin Luther King y Robert F. Kennedy: Bobby, senador y al momento de su muerte, competidor en las primarias demócratas para la presidencia. 

Todos estos hombres tenían en común defender causas de derechos civiles o ser demócratas de tomo y lomo. Básicamente, estar bien lejos de la órbita republicana.

Estos últimos años ha habido intentos de atentados tanto a políticos demócratas como republicanos. Lo que parecía una práctica solo dirigida al mundo liberal, ahora pasó a tocar al mundo conservador.  

¿La ironía?

Cuando el año pasado, en un cierre de acto de campaña, a Donald Trump una bala casi le da en la cabeza, cortándole la oreja, muchos creyeron que era un tongo. Aunque en tiempos de teorías conspirativas y personajes extremadamente histriónicos, no se puede culpar demasiado a quienes pensaron eso. Ahora, con la muerte de Kirk, ese intento de asesinato asume una nueva dimensión, más lejos de la mitología y más cerca de la realidad. 

Quizás algo de esto lo anticipó Bret Easton Ellis en su libro Blanco, publicado en 2020, una suerte de crónica del desencanto de un autor exitoso con el mundo liberal del que siempre se sintió parte. Ellis, quien conoció la discriminación de un mundo conservador desde el prisma de un hombre homosexual, empezó a chocar gradualmente con el mundo al que hoy mucho llaman woke.

Por eso, una de las cosas que más queda del texto, es la lógica de la cancelación de quien piensa diferente, la pérdida de amistades en el proceso, y de cómo su pareja demócrata, un par de décadas más joven, podía irse del departamento que compartían por varios días luego de una discusión sobre política. 

Aún así, cuando Ellis publicaba su libro, ya empezaban a haber ciertos cuestionamientos dentro de la misma izquierda estadounidense. Cito: “Una noche, tomando unas copas, alguien me confesó con un suspiro: ‘No sé cómo nos hemos convertido en semejante incordio’. Y en una cena, un progre de mediana edad, se mofó: ‘Buf, ya no soporto a la Resistencia’. Y eso que había sido orgulloso miembro de la misma”. 

Tal vez, Easton Ellis cantó victoria antes de tiempo. Y con la llegada de Trump al poder, esas posiciones que se fueron ablandando se volvieron a endurecer, lo suficiente para que ocurriera lo del mismo Trump y lo de Kirk. 

Y lo que es peor, quizás mucho peor, para que esos actos se terminen justificando por un segmento de la población. 

Pero no todo es desesperanza.  

Quiero creer que la mayoría está más cerca de Bernie Sanders. El eterno tótem del mundo progresista, dijo tras la muerte de Kirk: “Una sociedad libre y democrática, que es lo que América se supone que es, depende de la premisa que la gente puede alzar la voz, organizarse, ser parte de la vida pública sin miedo, sin preocuparse de que terminar siendo asesinado, herido, o humillado por expresar opiniones políticas. De hecho, esa es la esencia de lo que la libertad y la democracia son”.  

Y sí. Una cosa es el dedo de quien aprieta el gatillo. Y otra es el aplauso a ese acto, no solo por un tema de principios civiles básicos; también porque ese mismo gatillo se puede accionar desde el otro lado. Y si eso ocurre, el acto de matar y la celebración cómplice también serán inaceptables. 

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