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Opinión

26 de Septiembre de 2025

Una Batalla Tras Otra: La vida misma, en cine

Foto autor Cristian Briones Por Cristian Briones

El comentarista de cine Cristián Briones destaca a la nueva película de Paul Thomas Anderson ("Boogie Nights", "Petróleo Sangriento") como el "mejor estreno hollywoodense del año". La película, protagonizada por Leonardo di Caprio y Benicio del Toro, es tanto una historia de padres e hijas, como de la derrotas del liberalismo, además de un comentario sobre el presente de EE.UU.

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El resumen de este texto puede ser agregado a la efervescencia, casi en forma de crítica maximalista, que se ha tomado las redes en estos días de primeros visionados de la nueva película de Paul Thomas Anderson. Es el mejor estreno hollywoodense del año, con escasísima competencia. Un ejercicio de ejecución cinematográfica tan impecable como implacable. Una obra indispensable de lo que va de la década y directo a los listados de este siglo.

La versión desarrollada, se extiende bastante más. Es una revisión sobre un artista abrumado, por lo cíclico de la historia de su país; un metraje sobrecargado, que el autor convierte en un mérito; un cineasta consumado, que exhibe su habilidad en el uso del montaje, la banda sonora, la construcción de tensión, y un ritmo despiadado que consigue que una película de dos horas y cuarenta minutos, sea tan entretenida, trágica, divertida y trepidante, que se sienta como de hora y media.

La historia está inspirada en Vineland, de Thomas Pynchon. Una sátira política sobre la resaca que dejó la revolución hippie, con la Era Reagan como paraje de fondo. Un ex militante revolucionario que cría a su hija en la clandestinidad, se ve alcanzado por su pasado, deberá huir y rescatarla. La ausente madre de la protagonista fue la causante de un cabo suelto en la historia de la célula insurrecta, que hoy tiene a su familia huyendo de un militar desequilibrado.

La historia base ya tiene todos los elementos de tensión dramática necesaria para crear una gran película. Más todavía considerando que los atributos narrativos de Paul Thomas Anderson (PTA de aquí en adelante) siempre han sido soberbios. Pero esta vez hay un mérito que debe ser tomado en cuenta y que se suma a las monumentales cualidades en las formas. Y es que el cinco veces nominado al Oscar como guionista y tres como director, se atrevió a hacer algo que no había hecho hasta aquí: contar una historia sobre el estado actual de su nación. Porque Una Batalla Tras Otra (One Battle After Another) no está situada en esos ficticios 80’ Pynchon, si no en un EE.UU. distópico, pero que es incontestablemente similar al de hoy.

Brian de Palma alguna vez deslizó una crítica a la generación de cineastas cinéfilos de los ‘90, diciendo que “Tenemos mucha gente haciendo Cine mirando el Cine que vino antes que ellos, y no mirando el Mundo a su alrededor”.

Más allá de los méritos de valor en sí mismo de esa afirmación, lo cierto es que hay un punto cuando revisamos esas filmografías. Autores contando sus historias en sus propias reglas. David Fincher arma universos cerrados, incluso al abordar historias reales. Tarantino literalmente ha ido creando mundos alternativos.

Y no es que PTA nunca hubiera contado historias sobre su país, abordó la brutalidad de los self made-man en Petróleo Sangriento (There Will Be Blood) y esa otra exportación no tradicional norteamericana, que es el intelectual que crea un movimiento religioso, en The Master: Todo Hombre Necesita un Guía (The Master). Pero no había ido por una representación contemporánea de la socio-cultura norteamericana. Y menos por una tan contingente. Casi puede sentirse un estado de perplejidad en esta pieza de su filmografía. Como si al abrir una ventana el sol le hubiera cegado y apenas puede acostumbrarse a este nuevo paisaje.

La ganancia nuestra, es que el californiano tiene tanto aplomo fílmico, que el resultado es alquimia pura: porque la única forma en que puede relatar la historia reciente de EEUU, es de manera frenética, caótica e inevitable. Una historia que arrastra cavilando durante casi dos décadas, pero “poco y nada cambió en 16 años”.

Y aquí nos topamos con el “problema” de Una Batalla Tras Otra: que en su fondo, es demasiadas cosas. Es una historia de padres e hijas. De la soledad paternal. De una ausencia generacional. Del fracaso de la revolución. De la derrota del liberalismo. De los fetiches del supremacismo blanco. De la frágil supervivencia en la solidaridad. De la imposibilidad de enfrentar al Poder cuando este ya ha mostrado todas su cartas y ha sido validado. Y un par de etcéteras que podrán desmenuzarse en los meses por venir.

El punto ahí es que mientras algunos pueden creer que esta sobrecarga temática, que no argumental, es un punto en contra, PTA lo convierte en algo a favor de la narración misma. Es una crónica atiborrada, que podría incluso parecer errática, pero el cineasta se convierte en un malabarista que juega a equilibrar el caos. Y a darle impulso, como si pretendiera que cada objeto que arroja al aire fuera encendiéndose en llamas al pasar por sus manos. Y lo consigue. Porque cada uno de sus personajes tiene una función narrativa.

Teyana Taylor es Perfidia Beverly Hills, una revolucionaria intoxicada con la adrenalina más que con la fuerza de un manifiesto. Argumentalmente es la impulsora y nexo de la historia y representa a una forma de lucha social tan ensimismada, que perdió su cualidad convocante. Sean Penn es el teniente Lockjaw (que se puede traducir como Tétanos, que produce tener la mandíbula encajada, PTA no es sutil en esto), personaje afinado al extremo de ser un manojo de tics, listo para encarnar la hipocresía del arribismo al poder.

La protagonista de la historia es Willa (la debutante en largometrajes Chase Infiniti), que recién aparece llenando la pantalla, pasado el tercio de la historia, con el ímpetu de la juventud convencida que debe cuestionar toda autoridad. Leonardo Di Caprio (Bob, dejémoslo en Bob) cumple con ser un hilo conductor frustrante e hilarante, pero por sobre todo, el nexo generacional entre una cultura que ya no tiene cabida en el mundo y el de una generación que tiene todo supuestamente resuelto, pero que en realidad, no tiene control sobre prácticamente nada. Regina Hall, como una militante creyente. Benicio Del Toro, siendo tan cuerdo como absurdo, que quizás es la mejor forma de sobrevivir en el mundo que aporta este paisaje. Curioso que Alana Haim, protagonista de Licorice Pizza, tenga acá un rol secundario, y que su co-protagonista en aquella película, esté también hoy en cartelera con otra obra que relata un EEUU oscuro y brutal.

No es que cada uno de los temas que aborde PTA estén en la nota precisa. El tratamiento de ciertos tópicos puede no ser del agrado de todo el mundo, pero lo cierto es que el director no tiene por qué entregar todas las respuestas. Lo suyo es pintar de la manera más vibrante posible, el panorama que encontró al abrir la ventana. Puede dejar inquieta a su audiencia, porque esta es una de esas obras mayores que te hunde y marea en la butaca. Arrolladora en sus formas de manera que sea casi imposible saber desde dónde llegaron los golpes. Es un K.O. por repetición.

En un nivel, Una Batalla Tras Otra es la obra de mayor escala de PTA. Tiene acción, explosiones, persecuciones, etc. Pero su nivel dramático no le es nada ajeno. Es donde sus protagonistas hacen de esta, una película de personajes. Que pueden no aparentar ser profundos, pero contradicen esa aseveración siendo siempre muy humanos. Cometen errores, dañan a aquellos que aman. Y si bien pueden parecer caricaturas, es el ímpetu del movimiento, la ferocidad del mundo que los moldea, que colapsa y cambia y los lleva a ir de un punto a otro, en donde se sostienen con uñas y dientes, lo que les da tridimensionalidad. Con la incertidumbre propia del caos, y la esperanza inherente de que lo que hacen, está validado en aquello y aquellos que aman.

La energía visual de PTA es algo que escasea en el cine hollywoodense. Lo que deja fuera. Aquello que enfoca. Se puede notar el cuidado en la artesanía y el respeto por la forma colectiva de su arte: entrega el espacio a los actores para desgarrar sus papeles y forzarlos a ser propios. Lo de Jonny Greenwood en la banda sonora es una relación artística virtuosa. Su montajista y su director de fotografía tienen apenas dos largometrajes, y el afiatamiento es impactante. Cada detalle está cuidado, y aquel que no lo parezca, sólo es parte de una propulsión estudiada.

Para alguien que ya es un experto en poner la ansiedad en pantalla, el nivel de control es impresionante. PTA prueba algo nuevo, y sin embargo, nunca deja de ser él. Su firma cinéfila también está en tomar prestada de Sidney Lumet una frase para su final: “Ve a cambiar el mundo. Nosotros tratamos”. Es emocionante, es emotiva, es visceral y cerebral. Una mezcla virtuosa de desazón y esperanza.

Uno de los títulos más magníficamente honestos que se han visto en años. Porque funciona en sus tres niveles. Narrativamente es una película que no tiene pausa alguna, que cada secuencia, cada escena, cada toma, es una pequeña escaramuza que concatena a la siguiente sin dejar respirar. Temáticamente son montones de luchas traslapadas, sin otro destino aparente más que seguir hacia adelante corriendo, o arrastrándose, pero hacia adelante. Y esa mirada del mundo que la define. Esa es la vida cuando te tomas el tiempo de mirar allá afuera: Una Batalla Tras Otra.

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