Spencer Tunick y los secretos de su nuevo proyecto en Chile: “Con todos los cambios que ha vivido el país, siento que mi trabajo volverá a reflejar sus transformaciones”
El fotógrafo estadounidense vuelve a posar su mirada sobre el país más de veinte años después de su recordada primera visita en 2002, cuando congregó a más de cuatro mil personas desnudas en el Parque Forestal. Tras varios regresos e intentos fallidos, prepara una nueva intervención para los próximos meses, cuyas locaciones mantiene bajo estricta reserva: “Es información confidencial y solo se compartirá cuando llegue el momento adecuado”, dice a The Clinic, que detectó algunas de las gestiones de su equipo en Maipú y Antofagasta. Adelanta, eso sí, que la convocatoria será más acotada, para fines de primavera o a comienzos del verano, y que su obra buscará tomar el pulso social de los últimos años. Tunick reflexiona sobre este nuevo proyecto, su vínculo persistente con Chile y la dimensión política de su trabajo: “La desnudez en lugares públicos representa una explosión de vida frente a las sociedades conservadoras”.
Por Pedro Bahamondes Chaud 12 de Octubre de 2025
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Lo vieron en el Templo Votivo de Maipú, en el funicular del Cerro San Cristóbal y caminando a plena luz del día por el casco histórico de Santiago. Spencer Tunick regresó en abril pasado a Chile –por quinta vez y tras una década de su última visita– para anunciar oficialmente su anhelado nuevo proyecto en el país.
A más de veinte años del masivo desnudo que provocó en el Parque Forestal, en el invierno de 2002, caminar, observar y perderse en la ciudad siguen siendo ejercicios habituales en su etapa de exploración, así como no dejar huellas de sus pasos: el escenario de sus fotografías es un misterio que prefiere no develar hasta el final.
Así lo expresó por esos días, durante la presentación de Spring –o Primavera, título de su nueva instalación en el país– en el marco del Live Session Real Experience de Citylab, en el GAM. Producido por la Fundación 2046, el proyecto está programado para realizarse aún sin fecha exacta –noviembre, se dijo originalmente– y sus preparativos se mueven con total sigilo.

Mucho menos se sabe cuál será la toma que el fotógrafo y artista estadounidense buscará capturar: “Estoy pensando en incorporar la historia del amor por los libros y el amor por las bibliotecas en la cultura, así como los símbolos y materiales orgánicos de la Tierra”, deslizó entonces.
Aunque se aproxima la fecha anunciada, poco más se sabe de su nueva intervención. Tunick se resiste a romper el secretismo: “Cuando organizo mis instalaciones siempre visito muchos lugares; esa es parte de la fase de exploración de mi trabajo. Santiago tiene tantos espacios interesantes, tanto arquitectónica como culturalmente. El objetivo principal es encontrar el mejor sitio donde mi visión para este proyecto pueda realizarse”, dice a The Clinic.
“En este último viaje tuve la maravillosa oportunidad de caminar y explorar la ciudad, conocer sus calles y absorber el espíritu y la diversidad de Santiago. Encontré varios sitios que encajarían muy bien para mis instalaciones artísticas. Sin embargo, no puedo dar detalles específicos sobre qué locaciones usaré. Esa información es confidencial y solo se compartirá cuando llegue el momento adecuado”, agrega.
Su cuenta de Instagram –dice Tunick– será el canal oficial a través del cual dará a conocer próximamente más detalles, y confirma además que al parecer su nueva obra se realizará el próximo año: “Te insisto por favor en que pongas mi cuenta de Instagram en tu nota. Es la única forma de que la gente se entere de cómo será mi proyecto 2026”.
Nacido en Middletown, Nueva York, en 1967, Spencer Tunick se hizo conocido mundialmente en los años 90 por sus retratos masivos de cuerpos desnudos en entornos urbanos de todo el mundo. Ha intervenido con sus “esculturas desnudas” ciudades como Nueva York, Sidney, Ciudad de México, Barcelona, Londres y Montreal, entre muchas otras, pero fue en Santiago, en su primer paso por Chile, donde su obra adquirió un carácter mítico.
El 30 de junio de 2002, más de 4 mil personas posaron desnudas para él en las calles aledañas al río Mapocho, al barrio Bellas Artes y el Museo de Arte Contemporáneo, anfitrión de su primera visita. El artista no esperaba más allá de 500 asistentes y la situación se salió de control: no logró tomar la foto que quería y además fue denunciado y tachado de inmoral por sectores conservadores y grupos eclesiásticos.
Pero mientras su nombre acaparaba titulares y hasta era motivo de debate en el Congreso, las nuevas generaciones vieron en ese acto una forma de ruptura y liberación como no la había habido.
Con el correr de los años, el episodio de Tunick y su inesperado carnaval nudista se convirtió en memorabilia dosmilera pura y dura. Era otro país. Él mismo lo recuerda así: “Fue una experiencia muy especial para mí. En muchos sentidos, siento que fue catártica para quienes participaron, y la fotografía de 2002 refleja eso. Dadas las circunstancias, no pude lograr la escultura que tenía en mente, pero el resultado fue un buen reflejo del espíritu de la época en Chile”.
Desde entonces, el fotógrafo se obsesionó con la idea de regresar: “Había intentado tres veces en los últimos años volver al país con un nuevo proyecto, pero no fue posible. Hace un tiempo me contactó la Fundación 2046 y acordamos una instalación durante mi visita de scouting para buscar nuevas locaciones. Ellos me invitaron a ser parte de Live Session Real Experience, en el GAM”, cuenta.
“Cuando se acercaron a mí, sentí que la idea de conectar al artista con los asistentes estaba muy en línea con algunos aspectos de mi obra, y además era una oportunidad, después de más de 20 años, de lograr mi objetivo de crear una fotografía escultórica –casi conceptual, casi documental–, algo que había planeado en 2002 y que en ese momento no resultó”.
—¿Qué impresión le dejó su última visita a Chile? ¿Cómo percibe que ha cambiado la sociedad local en estos poco más de veinte años?
—Mi primer viaje a Chile fue un descubrimiento y una experiencia que guardo con mucho cariño. Desde entonces intenté varias veces volver con un proyecto, pero solo ahora fue posible. Mi visita e instalación de 2002 mostraron los profundos cambios que la sociedad chilena ya estaba experimentando tras el retorno a la democracia. La excitación que causó mi obra y los debates diversos y relevantes que se generaron –y que se han extendido hasta hoy en el país– le otorgaron un valor adicional. En muchos sentidos, siento que mi instalación de 2002 ha adquirido nuevas dimensiones con el tiempo. Se convirtió más en un documento artístico que en una entidad escultórica. Pero quedé feliz de que finalmente resultara bien.
“Desde esa primera vez he vuelto varias veces y me he mantenido conectado con Chile, siguiendo algunos de los acontecimientos más relevantes que han marcado al país, desde el terremoto de 2010 hasta los últimos movimientos sociales que intentaron promover una reforma constitucional. Cada vez que regreso, veo de primera mano la constante evolución del país, su apertura y riqueza cultural. En ese sentido, con todos los cambios que ha vivido el país, siento que mi trabajo volverá a reflejar sus transformaciones. Además, con la mayor apertura actual, pienso que no causará el mismo shock que en 2002, lo que al mismo tiempo me permitirá concretar mejor mi objetivo”.
—¿Qué precauciones está tomando para que esta vez resulte todo tal y como lo está planeando?
—A lo largo de los años he desarrollado protocolos más efectivos para enfrentar los desafíos de organizar estas instalaciones, y además trabajo con un gran equipo. Para asegurar un buen resultado, aplicaré la experiencia acumulada. También creo que las emociones serán distintas a las de hace 23 años y, en mi opinión, eso lo hará mejor. Trataré de garantizar además una comunicación constante entre la organización, yo y los participantes. Ese diálogo entre artista y asistentes siempre se refleja de alguna manera en el resultado.
—¿Qué más detalles puede revelar sobre la nueva obra que hará en Chile? ¿Dialoga en algún sentido con su fotografía del Parque Forestal?
—En comparación con la instalación de 2002, el país ha evolucionado y cambiado. Esta vez el objetivo es crear una composición que me permita, como artista, expresar mi visión. Sobre el número de participantes, aún no lo tengo claro, pero probablemente será un grupo más reducido que en 2002. Después de tantos años de experiencia, he desarrollado protocolos claros para manejar todas las complejidades de la instalación, y mi equipo está completamente preparado. En el caso de Chile, me gustaría hacer algo espiritual, que calme los corazones de las personas y al mismo tiempo desafíe sus mentes.
Tunick confidencia que puso al menos una condición a los organizadores y patrocinadores de su nueva obra en Chile: “Es muy difícil para mí ser espiritual con el frío, y más trabajando con personas desnudas”, dice. “Lo más complejo de todo el proyecto no es el arte, sino explicar a los organizadores que no quiero repetir lo de 2002 en cuanto a las bajas temperaturas. Espero que lo comprendan”.

Una secuencia de intentos fallidos y viajes secretos al norte
Pasaron exactamente diez años desde su primera intervención en el Parque Forestal cuando Spencer Tunick regresó a Santiago, en septiembre de 2012. Con expectación, la prensa anunció que volvía en “calidad de turista” y para asistir a la feria de arte contemporáneo Ch.ACO, en la Estación Mapocho. “Pensé, como persona, en volver silenciosamente a Chile y sentir el país de nuevo”, declaró entonces.
Durante su breve estadía, Tunick sostuvo reuniones con la directora de Ch.ACO, Elodie Fulton; con el productor televisivo Luis Venegas, director de TVI –productora a cargo de canales como ARTV, Vía X y Zona Latina–; y con el curador chileno radicado en Estados Unidos, Christian Viveros-Fauné, amigo y colaborador suyo desde hace más de veinte años. El propósito era ambicioso: desarrollar un proyecto en el sur, posiblemente en la Patagonia. Nada de eso prosperó.
“No hay organización artística que tenga la infraestructura para organizarlo”, dijo Tunick a la prensa previo a su partida. Así terminó de quemar su primer intento.
Tiempo después, el fotógrafo conoció a un “hombre de negocios” mientras abordaba un vuelo de regreso a Estados Unidos. Ese intermediario contactó al entonces director del Museo de Arte Contemporáneo, Francisco Brugnoli, quien declinó sumarse a una nueva propuesta vinculada al trabajo del fotógrafo. “Me pidió la opinión y se la di: le dije que las segundas partes nunca eran buenas”, contó el fallecido artista chileno en un reportaje publicado en este mismo medio, en 2021.
Segundo intento: octubre de 2013. Tunick volvió a aterrizar en Santiago y permaneció seis días recorriendo la ciudad. También se trasladó a Valparaíso y a Antofagasta en busca de locaciones. “Siempre quise volver y continuar haciendo mi arte aquí”, dijo durante una conferencia de prensa en el Palacio Consistorial de Providencia.
La entonces alcaldesa, Josefa Errázuriz, recordó aquel encuentro en el ya citado artículo: “Nos contactó como municipalidad con la intención de volver a Chile y buscar nuevos espacios. Su propuesta era hacer retratos siempre de desnudos, pero menos masivos. Su tema era el río y pensaba también fotografiar mujeres desnudas en el Parque de las Esculturas. Entiendo que él prefirió otras locaciones y nunca más tuvimos respuesta de su parte”.
Tercer intento: entre noviembre y diciembre de 2015, Spencer Tunick pasó su estadía más prolongada en Chile y vivió cerca de veinte días entre hoteles boutique y pequeños departamentos en los barrios Lastarria y Bellas Artes, en Santiago. Recorrió también San Pedro de Atacama, los géiseres del Tatio y el Valle de la Luna, además del puerto de Valparaíso.
Estaba en busca de nuevas locaciones y permisos para un ambicioso proyecto junto a un equipo encabezado por Luis Venegas –quien costeó todos sus gastos– y por Christian Viveros-Fauné. A ellos se sumaron la productora argentina Débora Montaner y el realizador audiovisual Pablo Mantilla, entonces director de contenidos de ARTV, quien quedó a cargo de registrar el proceso para un documental titulado Invisible Man, que tampoco vio la luz. Aún circula un teaser en la web.
Tunick esbozó durante ese viaje una serie de instalaciones: imaginó 200 cuerpos pintados color bronce al interior de la mina de Chuquicamata, otros 300 al amanecer sobre el Valle de la Luna, un tercer grupo a bordo de un barco de la Marina en Valparaíso y hasta una fotografía masiva en las graderías del Estadio Nacional. “Se pensó incluso hacer algo en Villa Grimaldi y vincular el trabajo de Spencer con la historia política de Chile, lo cual pudo haber sido una pésima idea”, recordó después Viveros-Fauné.
El documental Invisible Man, en tanto, buscaba registrar su regreso y el vínculo artístico en Chile. “Se habló de una producción con una pata publicitaria que sirviera para su distribución y para conseguir financiamiento, tanto del proyecto fotográfico de Tunick como de la película”, contó también Mantilla a The Clinic, en 2021. Incluso viajó con él a Estados Unidos para filmarlo en su casa y conocer su taller.
El proyecto perdió impulso por falta de fondos, pese a los intentos de sumar marcas como Movistar y Minera Escondida. “Ha habido posibilidades reales de volver, pero me he negado a convertirme en rostro publicitario y nunca más respondieron”, replicó Tunick en el mismo reportaje.
Veinte años después, sin embargo, su historia pendiente con Chile parece encontrar salida. Las huellas de su nuevo proyecto en el país se confunden entre sigilosas reuniones, oficios de lobby y movimientos reservados entre Santiago y el norte. Pero hay ciertas pistas.
De acuerdo con los registros de la Ley de Lobby, el 29 de octubre de 2024 se realizó una primera reunión entre representantes del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio –Carla Cubillos y Cristian Barrera– y los organizadores del proyecto. El tema: “Presentación Proyecto Spencer Tunick Chile 2025. Invitación a colaborar”.
Casi tres meses después, el 10 de enero de 2025, hubo una segunda videoconferencia entre la misma Cubillos y Nishme Zafe Bastías, directora de Desarrollo Comunitario de la Municipalidad de Maipú, por el mismo asunto. Y luego, el 27 de enero, existió un tercer encuentro, vía Teams, entre Claudia Gutiérrez, jefa del Departamento de Fomento de la Cultura y las Artes, y Alfonso Arenas, secretario ejecutivo de Artes de la Visualidad del ministerio. En la agenda: “Seguimiento y actualización proyecto Spencer Tunick Chile 2025. Formalización de apoyo y colaboración para la ejecución del proyecto”.
El 11 de julio de 2025, en tanto, se realizó una audiencia presencial en la oficina del gobernador regional de Antofagasta, Ricardo Díaz Cortés, acompañado de su asesora de gabinete Gabriela Collao. En el acta se consigna la presentación de “un proyecto cultural, artístico y mediático para la realización en Chile de una nueva instalación del reconocido fotógrafo estadounidense Spencer Tunick en la región de Antofagasta”. La cita más reciente data de agosto pasado, e incluye a autoridades regionales con la participación de Katherina Noyer, directora de Live Session Real Experience, la misma plataforma que presentó Spring en el GAM.
Tunick prefiere no ahondar en lo anterior y responde con humor cuando se le pregunta si su nuevo proyecto cuenta con apoyo formal del Ministerio de las Culturas: “Creo que los conocí personalmente caminando por la calle, ellos estaban vestidos. No estoy seguro si los organizadores se reunieron con ellos”.
Desnudez, censura y política
Granada, la tierra de Federico García Lorca, amaneció cubierta de cuerpos verdes el pasado 20 de septiembre. Entre olivares andaluces, Spencer Tunick volvió a desplegar su inconfundible coreografía humana. No era su primera vez en España –ya había intervenido Valencia, San Sebastián y Barcelona–, pero esta vez, dice, tenía un sentido especial.
El artista comparte algunas de las imágenes del backstage que acompañan este artículo, donde se ven decenas de cuerpos verdes convertidos en una extensión y en frutos del paisaje.
La intervención fue un encargo de Cervezas Alhambra –empresa con trayectoria en el patrocinio de arte contemporáneo en España– y reafirma una constante en la obra del artista: la idea del cuerpo como materia viva, efímera y política.
“Buscaba un lugar simbólico que conectara el cuerpo humano con la naturaleza. Finalmente, me decidí por un olivar, donde cientos de personas desnudas posaron con sus cuerpos cubiertos de pintura verde”, explica Tunick.
“Mi objetivo con esta imagen es retratar la relación simbiótica que existe entre la naturaleza y los seres humanos. Crear un paisaje verde de formas humanas tiene esa relación simbiótica con la vida: al ser parte del arte, puedes ralentizar las cosas, enfocarte más en la quietud en lugar del ajetreo, algo muy relevante en mi trabajo”.
—¿Cree que el cuerpo desnudo sigue provocando el mismo impacto que cuando comenzó a trabajar con él en los 90?
—Las sociedades han evolucionado y la forma en que las personas se relacionan con sus cuerpos ha cambiado. El movimiento body positive ha impactado en cómo se percibe la desnudez y la diversidad. Sin embargo, todavía existe un nivel de hipocresía y doble estándar. Por ejemplo, la censura en redes sociales sigue siendo fuerte. Un buen ejemplo es cómo Instagram maneja la desnudez: mientras permite imágenes muy violentas o la promoción de desinformación, censura el cuerpo desnudo como si hubiera algo intrínsecamente malo en él, reduciéndolo únicamente a objeto sexual.
“El trabajo que puedo publicar en redes sociales es muy distinto al que realmente hago. Para mí, cada pezón pixelado solo consigue sexualizar más la obra censurada. Personalmente, creo que aunque las redes sociales permiten difundir mejor mi trabajo, todavía debemos lidiar con mentalidades conservadoras que piensan la desnudez solo en términos de sexualidad. En muchos sentidos, mi obra –que ocurre en espacios públicos– busca confrontar esa realidad: la desnudez en lugares públicos representa una explosión de vida frente a sociedades conservadoras”.
—Con la irrupción de imágenes generadas por inteligencia artificial, ¿cómo se posiciona su obra en ese nuevo escenario?
—No estoy en contra. Cuando se usa responsablemente, puede ser una herramienta interesante para algunos artistas. Sin embargo, debemos ser cautos: los aspectos humanos no pueden quedar de lado, la creatividad humana debe estar en el centro, y eso nunca podrá ser reemplazado.
Tunick vive y trabaja en Nueva York. Desde allí observa el clima político de su país con una mezcla de preocupación y esperanza, y no transa ante la regresión conservadora que encabezan figuras como Donald Trump.
“Soy demócrata de larga data. Tengo una fuerte convicción en los derechos humanos, el respeto hacia todas las personas y el valor de la diversidad. También respeto otras miradas y tengo amistades cercanas que son republicanas, y algunos han participado en mi obra, aunque no son la mayoría”, dice.
“Crear una experiencia compartida de nuestra humanidad siempre ha sido un aspecto positivo de mi trabajo. Siempre tengo la esperanza de que, tal vez, participar en mi obra pueda inspirar o mover la mentalidad de alguien”, concluye.



