Opinión
7 de Noviembre de 2025
“Mátate, Amor”: aquello que nos desgarra por dentro
Por Cristián Briones
La directora Lynne Ramsay vuelve con una película visceral y sin concesiones. "Mátate, Amor" -protagonizada por una arrojada Jennifer Lawrence junto a Robert Pattinson- no busca complacer ni explicar: quiere que el espectador sienta el desgarro, el vértigo y la incomodidad de existir. De una pareja en medio del nacimiento de un hijo y la depresión post parto. Una cinta compleja y, por lo mismo, atípica y digna de verse en el panorama actual de la cartelera.
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Antes siquiera de hacer el intento, muy probablemente fútil, de abordar “Mátate, Amor” (“Die My Love”), parece justo acotar dos líneas sobre esa misma aproximación:
La primera es que sí, podemos decir que esta es una película sobre la depresión post-parto.
No. Tachen eso.
Es un intenso y brutal drama sobre la depresión post-parto. Y a la vez, es bastante más que aquello, en todas sus dimensiones.
La segunda es que llegamos al cine en estos días con una pregunta enquistada: “¿Es esto para mí?”. Una película es como cualquier otro producto, y no una obra que requiere apreciación. Tenemos la intención de salir satisfechos, no incómodos. Celebrando que la película fue exactamente lo que queríamos ver, no haciéndonos preguntas sobre su post-textualidad. Rehuimos el desafío, porque angustias el mundo ya tiene muchas.
Y no es que el arte no pueda ser un disfrute, pero en un sistema en dónde todas las industrias, algoritmos y productos están enfocados en ello, es muy raro que una buena obra de arte hoy sea complaciente en todo aspecto. “Die My Love” (me permitiré entregarme a la varias militancias del título en inglés) no es eso. Ni siquiera lo busca.
Esto no es sorpresa alguna para quienquiera que haya seguido la filmografía de su directora, la escocesa Lynne Ramsay. Una de las fuerzas de la naturaleza fílmica que se ha ido tomando cada género por las astas, desde su debut en largometrajes hace poco más de un cuarto de siglo. Con “Ratcatcher“, Ramsay entró de forma inclasificable en el ‘british social drama’; “Morvern Callar” fue su primer acercamiento a la sensorialidad atada a la salud mental; “Tenemos que Hablar de Kevin” fue la “mainstream” que la presentó al mundo; y con su neo noir “En Realidad, Nunca Estuviste Aquí“, demostró que lo suyo es una voz contestataria incluso entre sus pares.
Su formación como fotógrafa resulta abrumadora. Cada decisión estética está pensada en transmitir aquello por lo que personajes están pasando o poniendo un aspecto de pantalla a un escenario. A Ramsay no le interesa tentar a quien está preguntándose qué película ver cuando ya está en la fila, le interesa que, sentado en la butaca, puedas sentir lo que sus personajes experimentan. Esa es su forma de contar historias. Y para eso tiene el talento de tan solo un puñado de cineastas actuales. Y además, está despojada de cualquier miramiento.
“Die My Love” no es la excepción. Por el contrario, se siente el ensañamiento.
Basada en la novela de Ariana Harwicz, ‘Mátate, Amor’, llegó a las manos de Jennifer Lawrence vía Martin Scorsese, quien la visualizó como la protagonista. Fue la productora de Lawrence la que contactó a Ramsay, una decisión tan arriesgada como atrevida, e integró a Scorsese como productor. La historia de una apasionada y joven pareja que se muda a un ambiente rural en una casa heredada y solitaria, para esperar el nacimiento de su hijo, tomó forma con tres guionistas: la misma directora, Enda Walsh (“Small Things Like These”) y Alice Birch (“Normal People”). Y sumó al reparto a Robert Pattinson como la pareja de Lawrence, Sissy Spacek y Nick Nolte como los padres de este, y LaKeith Stanfield, en un rol bastante inabordable.
Con un bebé de pocos meses, la rutina de placer y encuentro cambia brutalmente. La soledad, el desasosiego, la insatisfacción sexual, la incomodidad física y emocional, comienzan a aflorar. Y Jennifer Lawrence las interpreta todas. En una actuación absolutamente temeraria, porque corre el riesgo de ser rechazada por el personaje que construye, Lawrence se convierte en todo el drama de la película. Sin contrapeso alguno. Sin otro sentido que experimentar el drama en sí mismo.
Lawrence rebota contra las paredes del texto y la imagen, a veces incluso de forma literal. No es que el resto de los personajes estén pobremente escritos, o que el reparto falle en acompañarla, o que sus interpretaciones no estén a la altura, todos están muy bien en sus propios roles, es que toda la construcción de la película depende de lo que Ramsay quiere mostrarnos, que quiere que experimentemos. Y es a ella, su protagonista. No es su dolor, no es una de esas narraciones que se regocijan con crueldad sobre sus personajes. Es una fascinación por lo complejo de sus distintos estados. Es una mirada al vacío. Y por eso también el error de reducir esta película solamente a una depresión post-parto:
“El bebé está bien, es todo lo demás lo que está mal”
Cada comentario, cada acercamiento que, en la misma película, busca solucionar, arreglar al personaje con algo sencillo, material, tangible, no es distinto de nuestra necesidad de aterrizar el relato. Queremos una mirada concreta sobre esta situación, y por eso mismo se nos vuelve inaccesible. Este no es un producto que podamos leer sus calificaciones antes de comprar. Ramsay hace de “Die My Love” una obra fascinante precisamente porque aunque pudiera parecer inentendible, no es incomprensible. Es sólo que no es una sola cosa. Y eso es exquisitamente desconcertante. Porque lo construye con el guión, con las imágenes, con la selección de colores, con la ambientación, con el cine como el sincretismo de las artes.
No es gratuito el uso de ese himno de las relaciones trágicas que es ‘Love Will Tear Us Apart’ y que la misma Lynne Ramsay, en un compromiso autoral total, entona al final de la película. Hay una ambivalencia en esas letras en las cuales la escocesa busca hincar el diente. No es sólo que el amor no sea lo suficiente para mantener una relación de pareja o la propia cordura. Es que nos revivirá en el proceso. Nos destrozará por dentro al obligarnos a seguir intentándolo. O a dejar de hacerlo.
“Die My Love” no es una película perfecta, la mejor del año, una indispensable del 2025 o cualquiera de esas cuñas tan recurrentes como necesarias en la industria actual. Es una película compleja, escabrosa. Muchas veces desorientadora e impenetrable. Quizás no es una película para usted lector o para quien suscribe.
Y tal vez por eso mismo, es que se yergue merecedora de que nos sentemos en una butaca por dos horas para contemplarla. Porque está hecha para que podamos palpar cómo algo está desgarrándose desde su interior. Y para esas sensaciones es que buscamos el arte.



